Freud en 1931, un año después de la publicación de “El malestar en la cultura”, su ensayo más leído.

Sigmund Freud en 1931

 

AMOR E IDENTIFICACIÓN

Conferencia pronunciada en la Universidad de Sevilla
en Enero de 2002

Hoy comenzamos el tercer ciclo sobre los Conceptos Psicoanalíticos organizado por el Aula de Cultura de la Facultad de Pedagogía, Psicología y Filosofía. Corresponde, en primer lugar, agradecer a los organizadores el brindarnos la posibilidad de dar estas clases.

En segundo lugar, conviene aclarar que dentro de los conceptos psicoanalíticos están el amor y una de sus consecuencias básicas: la identificación. La identificación es para el psicoanálisis un concepto fundamental que borra la frontera entre la psicología individual y la psicología colectiva, borramiento por otra parte difícil de entender para aquellas corrientes que postulan una sólida unidad del yo frente al medio, es decir, aquellas corrientes que van desde las que defienden la concepción de una “personalidad fuerte” hasta las que hablan de “consolidar la identidad”, sin comprender que la identidad es una noción imaginaria constituida por identificaciones.

Para entender esto último, podemos exponer que no existen una identidad masculina y otra femenina, que el ser del hombre y el ser de la mujer son productos de identificaciones a los ideales del momento social, ideales que dibujan un estereotipo de lo que debe ser un varón o de lo que debe ser una mujer incluso mucho más allá de los atributos sexuales anatómicos. Así esta noche, en el Ateneo de Sevilla, expondré el caso de un travestí que cuestiona los rasgos identificatorios de su ser sexuado.

Un ejemplo más de la situación descrita lo tenemos en esos hombres que se pasean en las piscinas mostrando su complexión muscular, de tal modo que, a pesar de sus atributos masculinos, se exhiben como mujeres. Y otros ejemplos, finalmente, de que la identidad es un abigarrado nudo de identificaciones, los podemos observar recurriendo a Freud y a sus molestas -por subversivas- afirmaciones, que no se detienen ante las convenciones sociales ni frente a sus instituciones, en las que nos señala que aquellos hombres que sienten dudas sobre su sexo se suelen inclinar hacia las instituciones militares, donde el uniforme les garantiza su identidad varonil. Curiosamente, esto lo vemos confirmado hoy en día por la frecuencia con que las revistas de homosexuales utilizan en sus portadas a modelos enfundados en uniformes militares como reclamo para sus ventas.

Por otro lado, la institución religiosa, siempre tan apegada a la estructura humana, conserva el celibato para sus miembros, los cuales acostumbran a ser personas de buenas volutas, como se dice, pero que tienen una relación de indiferencia con el sexo. Por supuesto también hay excepciones, pero que sólo confirman la regla.

Por todo lo anterior, y por otras razones que iremos dando en el transcurso de esta charla, podemos seguir afirmando que los límites entre la psicología individual y la colectiva son difíciles de precisar. Por ejemplo, me sorprende la indiferencia colectiva hacia el último petrolero en peligro de hundirse en el Estrecho, nadie hace nada, no hay ni siquiera una página en Internet, y esa negación colectiva, que es del orden del “no quiero saber” -Gibraltar está muy cerca-, esa negación colectiva es independiente de la relación con la negación de cada uno de los sujetos tomados en el uno por uno. Todos y cada uno se identifican con el “no quiero saber” del otro.

Seguramente, si les preguntara a ustedes qué es la identificación, las respuestas serían múltiples y diversas; en parte porque la noción de identificación tiene un uso más extenso que el que le da el psicoanálisis y, al mismo tiempo, porque la vulgarización del psicoanálisis ha contribuido a la confusión.

Me parece adecuado, para cernir la cuestión, plantear una nota semántica sobre este tema. El sustantivo identificar puede ser tomado de dos maneras diferentes: En primer lugar, tiene un sentido transitivo que corresponde al verbo identificación. Así, por ejemplo, cualquiera ha visto en más de una película cuando se coloca a varios presos en un lugar iluminado y en otro a los testigos que tienen que reconocer, que tienen que “identificar”, al que ha cometido un determinado delito. Y, en segundo lugar, el sustantivo identificar puede ser tomado en su forma reflexiva, correspondiente al verbo “identificarse”, que a “grosso modo”, en su forma usual, implica que un individuo se vuelve idéntico a otro. El hermano menor que se identifica al hermano mayor puede aclarar este uso semántico.

A pesar de que al comienzo de su obra Freud utiliza ambas acepciones, rápidamente se decanta por la segunda, que convierte en el concepto de identificación estrictamente psicoanalítico y, conducido desde la clínica, termina plasmando su concepción más acabada al respecto en “Psicología de las masas y análisis del yo”, concretamente en el capítulo VII cuyo título es “La identificación”.

No obstante, de la misma manera que los postulados ptoloméicos sostenían que la Tierra era el centro del universo, la psicología ha forjado distintas nociones para sostener la falsa creencia de que la especie humana es el centro del mundo, por lo que conceptos como el de identidad, personalidad, yo,... han llegado a constituir también en la actualidad grandes baluartes oscurantistas para sostener la creencia de que el hombre es el rey de la creación. Y no es cosa de dos corrientes teóricas enlazadas en una cuestión bizantina, la importancia de esta discusión estriba en sus repercusiones sobre la clínica y la dirección de la cura. De nuevo un ejemplo esclarecerá esta situación.

Pensemos por un momento en un paciente esquizofrénico cuyo diagnóstico no ofrece duda alguna. Desde el punto de vista del DSM-IV, se le clasificará como “trastorno de la personalidad de tipo esquizoide” y, por lo tanto, se tratará de curar ese “trastorno” partiendo de definir la personalidad normal como la de una persona adaptada. Si se le diagnostica como “trastorno de la identidad”, se tratará de integrar en el paciente una “identidad sólida”, lo que le provocará un aumento sintomático. Y otro tanto de lo mismo pasará si se le designa como “trastorno disociativo del yo”.

Sin embargo, sucederá todo lo contrario si entendemos la esquizofrenia como un fallo en la identificación primaria determinada por una disfunción simbólica.

Con esto he introducido dos términos nuevos: identificación primaria y disfunción simbólica. Y para que estos términos se esclarezcan hay que explicar el capítulo VII de “Psicología de las masas y análisis del yo”, cuyo comienzo no tiene desperdicio. Dice Freud: “La identificación es la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona”. Más aún, la identificación es un vínculo muy temprano a otra persona a quien el niño admira: el padre.

Este concepto de la identificación levantó ampollas en los medios analíticos puesto que lo obvio es pensar la primera identificación con la madre, como sostuvo Jung. Pero Freud, dejándose llevar por sus análisis, mantiene contra viento y marea que esta primera identificación es al padre, a lo que agrega que corresponde a la fase oral de la organización de la libido “durante la cual el sujeto incorpora el objeto ansiado y estimado comiéndoselo y, al hacerlo así, lo destruye”. Freud, con esa frescura que todavía nos admira, propone como prueba al caníbal que come a los que ama. De pasada, hemos dado lugar al amor.

Es evidente que algo de eso hay, lo sabemos por la patología, por los psicópatas como aquel famoso caso del japonés que se descubrió que conservaba en el frigorífico el cuerpo troceado de su novia para ir devorándolo poco a poco, o como aquel otro que se nos muestra de forma excepcional en “El silencio de los corderos”. Pero también lo sabemos por la psicopatología de la vida cotidiana, por sucesos como el del avión que se estrelló en los Andes forzando a los que se salvaron de la tragedia a sobrevivir alimentándose de los cuerpos del comandante y una azafata, según se refleja en otra película titulada “Vivir”. Curiosamente, el destino posterior de todos ellos fue el misticismo. Y también lo sabemos, por último, porque en todas las misas, en la comunión, los fieles se comen el cuerpo de Dios en la Santa Eucaristía, y se lo comen porque le aman.

Freud aclara que en algunos casos se toma al padre como objeto sexual, con el cual el niño espera satisfacer sus pulsiones sexuales. Esta situación puede complicar las cosas, de modo que, para evitar la confusión, aclara que en la identificación el padre es lo que el niño quisiera ser, mientras que como objeto sexual el padre es lo que el niño quiere tener.

Retomemos con cierta calma lo que hasta aquí hemos avanzado. En la “identificación primaria” es al padre amado al que se quiere igualar, se quiere ser como él. Decir “enlace afectivo” es decir amor idealizado, que es dador de ser. El “ser” en el cachorro humano es un ser por identificación, es un ser dado por Otro, lo que implica una primera alienación fundante que imposibilita saber sobre el ser.

Freud, en el artículo citado, habla de dos formas más de identificación. La segunda que entra en la formación del síntoma viene ejemplificada por la identificación a un síntoma materno por parte de la hija, propuesta desde el complejo de Edipo. Así, la identificación a una tos pertinaz de la madre puede deberse al deseo hostil de sustituir a la madre, pero la culpa se expresa de la siguiente manera: “¿no querías ser tu madre?, pues ya lo has conseguido, al menos experimentas sus mismos sufrimientos”. Esta modalidad identificatoria, cuyo ejemplo nos da Freud en la relación entre madre e hija, causa estragos en la hija. ¡Cuántas jóvenes en análisis perciben al cabo de un tiempo que son más parecidas a sus madres de lo que pensaban!. Es más, en muchos casos, es tras toda una vida puesta al servicio de no ser como su madre, por un camino de rebeldía, que se descubren más idénticas a ella de lo que jamás habrían imaginado. Así, una analizante cayó en la cuenta, después de siete años de análisis, que su vida aparentemente libre, sin responsabilidades familiares, sin ataduras con ningún hombre y que por lo tanto creía tan alejada del modelo materno tipo maruja, que ella, la analizante, se pasaba todo el día fregando su casa de la misma manera que lo hacía su madre. Lo curioso de esta modalidad de identificación es que se efectúa sobre una parte de la persona modelo, sobre un rasgo de la persona objeto. Por ejemplo, en la breve viñeta clínica que he relatado, el rasgo era “la mujer tipo maruja”. Freud nos dice que esta identificación al rasgo se da sobre la persona amada, pero también hay casos en que se establece una identificación de esta clase sobre una persona no amada.

El tercer tipo de identificación es la que se produce independientemente de toda relación libidinosa con la persona copiada. Freud, con esa facilidad que tenía para leer en lo cotidiano la confirmación de sus teorías, lo ejemplifica con la situación creada en un colegio mayor por la llegada de una carta que excita los celos de una pensionista, lo cual a su vez produce una epidemia de ataques histéricos entre sus compañeras que imitan al sufrido por la que recibió la carta. En otras palabras, es una identificación debida al deseo de encontrarse en la misma situación.

Lo que llama la atención en este punto, es que así Freud esboza además una teoría de la simpatía. Es decir, que la simpatía nace de la identificación y no a la inversa.

Esta simpatía hace que se reconozcan entre sí los individuos pertenecientes a una masa, ya que el enlace que se da entre ellos está basado en la identificación con un rasgo de un objeto común a todos, pero que no es un objeto pulsional. De nuevo con un pequeño ejemplo esta situación quedará más clara: Aunque hace bastante tiempo que no sucede, cuando el Madrid se proclamó campeón de la liga, ya no recuerdo el año, la masa acudió a la Cibeles y se sumó a una poderosa comunidad afectiva. Lo mismo pasa con los sufrientes hinchas del Atlético.

A pesar de estas banalidades, podemos ya entender la importancia de la identificación y el por qué borra, como dijimos, la diferencia entre la psicología individual y la colectiva. Por otro lado, como supongo que también escucharon, la identificación tiene un papel importante en diversas patologías.

Les invité anteriormente a asistir esta noche a la presentación del caso de un travestido y vuelvo a recordárselo porque Freud, en este apartado VII, escribe toda una teoría sobre la génesis de la homosexualidad. Primer punto: el joven ha permanecido fijado a su madre muy intensamente y más tiempo del habitual. Segundo punto: al llegar a la pubertad, en vez de cambiar de objeto, el sujeto se identifica con su madre y es como ella, busca objetos a quienes cuidar como era cuidado por su madre. Este esquema freudiano pone en cuestión las teorías hormonales, las teorías genéticas, y “tutti cuanti”. Y aunque en la actualidad no es posible continuar sosteniendo el esquema freudiano tal cual, porque sabemos que las cosas son más complicadas, sigue siendo un buen punto de partida. Sabemos que los movimientos gays constituyen incluso “lobbys” de presión en la política americana, y una de las preguntas que surgen es por qué se produce este aumento vertiginoso de homosexuales, que no se puede explicar, como lo hacen algunos, por contagio epidémico. Pues bien, encontré la respuesta donde menos la esperaba, en una película llamada “El club de la lucha” cuando el protagonista afirma: “somos hijos del divorcio y criados por mujeres”. Una respuesta contundente si tomamos en serio la exaltación de la violencia, incluso la violencia masoquista como ideal de lo varonil.

Pulsión, amor.

Repito: “la identificación es la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona”; pero en esta definición aún nos queda algo sin aclarar, la palabra “afectivo”. Para cercar su significado hay que hacer un rodeo por lo que el psicoanálisis entiende por pulsión y por amor.

Para avanzar por este camino recurriré a unas fuentes no habituales en los trabajos psicoanalíticos, me refiero a los documentales de “National Geographic”. Debo reconocer que me gustan mucho y he visto casi todos: la vida de los elefantes, la cacería de los leones, el andar elegante de los tigres,... Pero en esos documentales no he visto elefantes bulímicos, ni leones anoréxicos, ni tigres gay, y eso tiene una explicación: los animales de la sabana africana están gobernados por el instinto, nacen, crecen, se reproducen de acuerdo a pautas fijas. Su equilibrio nutricional, entre lo que ingieren y eliminan, produce una homeostasis biológica que impide que existan jirafas obesas. Y este equilibrio sólo se rompe por la intervención del hombre o por catástrofes naturales.

En la especie humana, además de anoréxicos y bulímicos, obesos y desnutridos, encontramos hombres y mujeres que eligen como “partener” a gente de su mismo sexo, a hombres que gozan con una braga sucia, a mujeres que gustan de azotar a hombres, a hombres que maltratan a mujeres,... y podríamos seguir. Basta entrar en una página web de contactos para comprobar que hay para todos los gustos. Esto se debe a que la pulsión humana es diferente del instinto animal, que tiene su objeto fijo; el instinto humano no tiene un objeto determinado, su objeto puede variar de distintas maneras, y por ello, a este instinto pervertido Freud lo llamó pulsión.

La pulsión, entonces, es un instinto desnaturalizado por la existencia del lenguaje que lleva la impronta de la muerte. Dicho de otra manera, la especie humana es la única que anticipa su muerte, que vive la vida, entonces, como un trayecto hacia la muerte. Pero esta última observación no es solo un saber psicoanalítico, culturas milenarias como la china hablan del “yang” y del “yin”. Lo que de nuevo ha aportado el psicoanálisis es que la pulsión de vida y la pulsión de muerte no constituyen un par complementario, sino que su discordia no deja de tener efectos.

Estos efectos nos los revela Freud en “El malestar en la cultura” y los podemos sintetizar de la siguiente manera: si la pulsión apareciera libre sería impensable la comunidad humana. El canibalismo, por nombrar algo de lo que ya hablamos, produciría un festín antropofágico; la pulsión de muerte sembraría el planeta de criminales enloquecidos; el robo, la esclavitud volverían por sus fueros... y conste que todos estos fenómenos citados siguen y seguirán teniendo alguna existencia en nuestro mundo. Pero la pulsión libre impediría la vida que llamamos civilizada, y por eso existe la represión de la pulsión -que no hay que confundir con la represión política- que produce las neurosis, y cuanta más represión de la pulsión más neurosis. Esto es una enseñanza de la neurosis obsesiva, donde es fácil observar que quienes la padecen se esfuerzan en reprimir sus pulsiones y sólo consiguen más síntomas y más sufrimiento.

La pulsión se sitúa del lado de lo sexual con su doble cara de vida y de muerte. Pero ¿y el amor?. El amor hay que situarlo del lado del yo, del lado del narcisismo, que permite el primer enlace afectivo, que a su vez siempre es del lado del ideal. Yo quiero ser como mi padre porque le admiro, y por eso le amo, porque quiero ser amado por él. Ésta es la situación de la transferencia en una cura analítica, por eso el analizante dirá lo que supone que el analista quiere oír.

Lacan siguiendo la enseñanza freudiana difiere de éste y coloca la primera identificación en el rasgo unario, un rasgo sin significación pero que convertirá la falta en ser en un ser identificado.

Por estas razones, la cura, aprovechando el amor de transferencia, debe ser dirigida en contra de la identificación para que aparezca la pulsión reprimida.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
    Ir a INICIO Volver  Subir