Eugen Bleuler, psiquiatra de cuya obra tomó Freud algunos términos como el de “ambivalencia”.

Eugen Bleuler (1857-1940)

 

AMOR Y ODIO DESDE EL PSICOANÁLISIS

Introducción.

Que no hay amor sin odio lo intuye mucha gente, pero nadie lo quiere creer. Nadie lo quiere creer porque se prefiere mantener la ilusión de ocupar el lugar del amado, quieren ser amados por el Otro, quieren ser el único o la única para su otro u otra. No todos, también hay que escribirlo, hay algunos que prefieren ocupar el lugar del ser odiados, de los odiosos para el otro.

Misterios del alma humana que pasa por combinatorias y proporciones muy diversas entre los dos polos nombrados, casi siempre sin que los sujetos tengan la menor idea de su propio padecer. Un motivo entre otros para sostener tamaña ignorancia es la repulsa que sienten las buenas conciencias para interiorizar estos aspectos.

Es así como lo ignora aquella madre que solo cree amar a su protegido sin darse cuenta de que en ese amor asfixiante ya hay átomos de odio que pueden estallar en el momento en el que el muchacho decida romper ese vínculo. Situación que puede quedar fijada en esa figura patética que es la del hombre sometido a la demanda contrapuesta de la madre por un lado y de la esposa por otro. También lo ignora aquel padre que de tanto cuidar a su hija, prohibiéndole salir con el chico de sus amores, la transforma en una mujer huraña y solitaria llena de odio hacia el resto de la humanidad. Puede agregarse a esta serie infinita el caso de un joven cuyo síntoma era la duda permanente sobre si era amado o no. Esta situación típica de la neurosis obsesiva se produce en el común de los mortales en forma más atenuada, mostrando que el temor a perder al ser querido desmiente la idea general de que el amor hace la felicidad.

Que no hay amor sin odio lo demuestran claramente los ejemplos expuestos que han sido tomados de la clínica, del quehacer cotidiano, y que marcan las relaciones de pareja hasta extremos insospechados. No es raro encontrar a un matrimonio entrado en años que comenzó su andadura con amor apasionado y que, al cabo de un tiempo, a veces prolongado, está unido por un odio intenso y profundo, un rencor soterrado que impide una separación digna con argumentos distintos. Un ejemplo diferente de esta ignorancia profunda la dan los vecinos del lado cuando, en forma repetida, ella le monta a su chico algunos escándalos porque, queriendo ser la única, no quiere que él se vaya de pesca este fin de semana con sus amigos.

Puede leerse que el amor no da la felicidad aunque, qué duda cabe, de esta manera lo piensa la mayoría; de esa creencia tantos desengaños, porque el amor tiende a la apropiación del amado. Tendencia siempre fallida porque está siempre el peligro de ser abandonado. Más aún, no son extraños los casos en los cuales alguien es abandonado y, en ese mismo momento, todo el amor que sentía se transforma en un odio profundo que puede llegar al maltrato físico, a una violencia extrema, incluso al homicidio.

Que el amor no va sin odio lo muestran los ejemplos de la psicología individual, que se multiplican por multitudes cuando se trata de la psicología colectiva. En esta perspectiva, una primera lectura invita a pensar que el amor une y el odio dispersa. Ahora bien, esta afirmación sólo puede sostenerse como una verdad a medias -lo cual no es poco, ya que sin amor no existirían agrupaciones humanas- porque, como el amor no va sin odio, las dispersiones también se producen por su causa.

Es más, las cosas no son tan simples porque los polos giran de manera asimétrica, y así es bien conocido en el juego político el papel fundamental que cumple el “enemigo exterior”. Alimentando el odio hacia lo diferente, hacia lo extranjero se consigue una sólida unión entre los miembros de un colectivo en base a simpatías mutuas, una de las derivas del amor. Esta lógica imparable es una herramienta que sirve para entender la xenofobia, el nacionalismo y muchas cosas más que hacen a las comunidades humanas, entre las cuales puede situarse incluso la guerra.

A la inversa de lo anterior, también puede colocarse el amor como causa, y en ese girar aparece con clara nitidez cómo el amor a Dios deviene odio que fomenta guerras santas donde la autoinmolación está a la orden del día(1). Este giro del amor al odio viene a mostrar el aspecto mortífero y mortificante del amor, como se puso de relieve en la guerra de la antigua Yugoslavia.

De lo individual a lo colectivo, el amor y el odio han estado y están presentes en casi todas las actividades humanas. No es de extrañar entonces encontrar una abundante literatura sobre estos aspectos del quehacer humano, escritos que abarcan casi toda la historia y los más diversos géneros mostrando opiniones, posturas, conceptualizaciones contradictorias entre diversos autores dependiendo del punto de partida de cada cual, filósofos, psicólogos, poetas, novelistas, pero también biólogos, médicos, físicos, y así de seguir... Por este motivo ningún tratado sobre el amor, incluido “El Banquete” de Platón, da cuenta del todo del amor y su opuesto asimétrico el odio.

Este punto de partida es importante para señalar que nuestro pequeño aporte es una lectura singular del amor y del odio desde el psicoanálisis e introduce una nueva manera de pensar sobre estos temas.

Amor y odio desde el psicoanálisis.

Que el amor no va sin odio ni el odio sin amor es algo que se intuye por la mayoría de la gente, pero que los psicoanalistas escuchan todos los días en su consulta, hasta tal punto que Lacan(2) inventó para ello un neologismo: la “odioenamoración”. Esta coexistencia del odio y el amor no había pasado desapercibida tampoco para Freud, quien introdujo la cuestión con el término de “ambivalencia”.

No podía ser de otra manera puesto que el psicoanálisis instituye un lugar privilegiado para esta escucha, y no porque los psicoanalistas sean desprejuiciados, o que tengan mayor agudeza que el resto de los mortales, es debido a la transferencia. Dicho de otra manera: una cura psicoanalítica está determinada por la duplicidad transferencial, es decir, lo que habitualmente pasa cuando se reactualiza un amor o un odio infantil sobre la figura del analista. Esta determinación de la cura coloca a los analistas en una situación inmejorable para escuchar lo que Freud llamó ambivalencia y que, con el paso del tiempo, tiende a borrarse como efecto novedoso.

Difícil sabiduría la freudiana que toma las palabras para designar sus observaciones clínicas allí donde las encuentra. Es así como el término “ambivalencia” fue usado por primera vez por Eugen Bleuler en su libro “Demencia Precoz. El grupo de las esquizofrenias”(3), publicado en 1908, para designar uno de los síntomas fundamentales de ese cuadro clínico: “La tendencia de la psique esquizofrénica a otorgar a los psiquismos más diversos un índice positivo y otro negativo al mismo tiempo no siempre es muy explícito”, y más abajo afirma: “El mismo concepto puede estar acompañado simultáneamente por sentimientos agradables y desagradables (ambivalencia afectiva): el esposo ama y odia a su mujer”(4). Esta última acepción es la que irá adquiriendo más peso en la obra de E. Bleuler y la que orientará a Freud. La ambivalencia implica una lógica donde coexisten dos tendencias opuestas que pueden sintetizarse por la simultaneidad en la psiquis de cualquiera del sí y del no.

Que no hay amor sin odio lo escuchó con claridad Freud porque pudo establecer previamente el concepto de transferencia, donde este par de opuestos asimétricos aparece al descubierto; y no sólo en el caso de la esquizofrenia, sino también en el caso de las neurosis, desde donde puede afirmarse que es una de las características de la condición humana.

En sus primeros años de psicoanalista, Freud escucha esta ambivalencia sin llegar a formalizarla. Están sus huellas en “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”, y toman forma explícita en “Análisis de un caso de neurosis obsesiva”, donde puede leerse: “Una batalla se libraba en el interior de nuestro enamorado entre el amor y el odio dirigidos hacia una misma persona”(5).

Las huellas y su forma explícita cristalizan en su artículo de 1912 “La dinámica de la transferencia”, cuando aparece la palabra “ambivalencia” para explicar la transferencia negativa por el camino de la resistencia. Es la puerta que se abre para pensar la condición humana de otra manera. Donde la bondad muchas veces no es nada más que la máscara que sostiene la maldad, y donde la inversa también es verdadera aunque más rara. Esta vía hace posible pensar el altruismo de otra forma, simplemente como una formación reactiva que hace posible cierto equilibrio en la vida de aquel hombre con apariencia de bondadoso.

Sin percibir con nitidez cómo se va produciendo el cambio puede leerse, a medida que la teoría psicoanalítica progresa, que la ambivalencia va cobrando cada vez más importancia y, a partir de los años veinte, con la introducción de la pulsión de muerte, es colocada como uno de los pilares donde se asienta el síntoma.

Desde este punto de vista, el síntoma aparece como una formación de compromiso para resolver el conflicto producido por la ambivalencia y, retomando el camino señalado por las huellas dejadas en sus casos clínicos, coloca a la fobia como un desplazamiento del odio hacia un objeto sustitutivo. La neurosis obsesiva queda enmarcada por la formación reactiva, que es en rigor la represión del odio y su conversión en su opuesto. En este punto aparece la buena conciencia bajo el rostro de una persona bondadosa hasta extremos inconcebibles, pero cuyo odio soterrado estalla en su vida de relación de distintas maneras. Como aquel hombre pío, de misa de once, del barrio elegante de una ciudad cualquiera, que maltrataba a sus empleadas de mala manera con una conducta socialmente correcta.

Esta progresión de la ambivalencia en la obra freudiana no es sin problemas, porque la reversión del amor y el odio, y viceversa, está expuesta con precisión en “Las pulsiones y sus destinos”, texto de 1915. Allí puede leerse la oposición amor - odio con total nitidez, así como sus relaciones con la pulsión.

Pulsiones, odios, amores.

En la sabana africana no hay leones anoréxicos, ni tigres bulímicos, ni elefantes gays, los ciclos de apareamiento son inmutables, la misma escena se repite formando una cadencia regular donde las migraciones son una forma de repetir la especie. Estamos en el reino del instinto que tiende con una fijeza milenaria a la reproducción de cada especie. Los animales están gobernados por esa presión instintual que los hace nacer, vivir y morir de acuerdo a unas pautas predeterminadas.

No pasa lo mismo en la especie humana, donde podemos encontrar a un hombre de mediana edad cuyo goce sexual pasa por una braga sucia, o una mujer joven locamente prendada de otra mujer, y así de seguir, lo que viene a mostrar que no estamos en el reino del instinto sino en el campo de la pulsión. Ésta es la posición freudiana y no el menor de sus descubrimientos.

En el mundo animal, el instinto está totalmente fijado al objeto que hace las veces de un desencadenamiento para el apareamiento; en la especie humana, la labilidad del objeto hace posible una sexualidad diferente donde lo variable de esto último formula un comportamiento singular. Esta diferencia entre el instinto y la pulsión hace posible entender el amor y el odio, en sus relaciones con la sexualidad, en algunos momentos íntimamente enlazados, en otros extrañamente separados -como lo vienen a mostrar la clínica de ciertas pasiones amorosas (aquí conviene recordar “El imperio de los sentidos”) o la clínica de la neurosis obsesiva, donde la imposibilidad de realizar el acto sexual con la persona que se ama se complementa con la posibilidad de la sexualidad sobre un objeto degradado.

Precisar un objeto de estudio, llevarlo a su plenitud, darle el ordenamiento necesario, son cualidades de los trabajos freudianos que resuelven un problema de forma simple sin ocultar la trama confusa que llevó a la solución, dejando abiertos los interrogantes que no pudieron ser cerrados. Ésta es una forma de leer “Las pulsiones y sus destinos”(6), texto de 1915 donde está cernida toda la problemática de las pulsiones en su relación con el odio y el amor.

La resolución es simple: no duda en afirmar la estrecha relación del amor y el odio por un lado y la pulsión por otro, pero al mismo tiempo separa, diferencia dos órdenes distintos. Lo afirma con todas las letras: el amor y el odio no son pulsiones ni pertenecen a su registro. Las pulsiones pertenecen al orden sexual, el amor y el odio pertenecen al campo del narcisismo, al campo del yo.

Lo simple de la resolución cabalga sobre las dificultades argumentales que comienzan en la gramática: el amor tiene tres antítesis y no una sola como la pulsión. El amor tiene como antónimo al odio, a lo que hay que agregar la antítesis amar-ser amado, y, por último, agrupándolos en un mismo polo, el amor y el odio se oponen a la indiferencia. Estas tres antítesis complican la argumentación que puede ser leída en el escrito citado. Sólo conviene enumerar sus coordenadas, o sea, la triple polaridad que encierra la vida anímica: a) sujeto (yo) - objeto (mundo exterior); b) placer - displacer; c) activo - pasivo.

Argumentando con este instrumental, Freud muestra la asimetría del amor y el odio. El primero está en relación con lo que es placentero, para lo cual expulsa y se conforma expulsando a lo displacentero. Este exterior que produce displacer es odiado, y cuando este exterior se encarna en otros el odio lleva inevitablemente a la tentación de destruir, de suprimir a ese otro: el odio apunta a destruir el ser del otro.

Esta forma de entender el origen del amor y el odio, deja atrás la antigua polémica entre quienes hablan de herencia y quienes hablan de factores culturales para situar estos dos sentimientos. Es posible afirmar que tanto el amor como el odio son estructurales a la formación del yo y, por consiguiente, inevitables en la especie humana.

Esta puerta abierta por Freud no puede dejar indiferentes a aquellos profesionales encargados de la salud, puesto que no ver esta combinación de amor y odio en la especie humana sólo contribuye a fomentar la presencia del odio, con todas las consecuencias que esto trae aparejado. Las posturas humanistas, ésas que niegan la ambivalencia humana y que atribuyen el odio a causas circunstanciales, ese humanismo que habla de que el hombre y la mujer son seres de pura bondad corrompidos por la sociedad, al engañarse engañan, y en ese engaño hacen más difícil la convivencia comunitaria promoviendo la negación de lo que está en cada cual. Estos humanistas de nuevo cuño no pueden tolerar su propio odio, no pueden reconocer sus formas de odiar, con lo cual contribuyen al desconocimiento.

Una parte importante de las teorías psicológicas actuales está impregnada de esta ideología que, llevada al campo terapéutico, contribuye a fomentar la patología de quien consulta.

El amor y el odio no son simétricos.

En el amor, una persona encuentra con precisión otro ser como objeto de amor, donde la voluptuosidad, la compañía, el misterio del encuentro está dado por los rasgos coincidentes. Esto es posible verlo en esas parejas de adolescentes enamorados donde la similitud, incluso física, causa sorpresa.

Sin olvidar que el amor es ciego, ceguera determinada por el ideal al cual se ama encarnado en una persona corriente. Una muestra de esta situación es la de aquel enamorado desenamorado que se pregunta al cabo de un tiempo de separación: “¿cómo es posible que yo estuviera enamorado de esa persona?”.

La situación del odio es diametralmente opuesta pero no es simétrica, amor y odio no han surgido de la bipartición de un todo original, tienen diverso origen y pasan por un desarrollo diferente antes de colocarse como opuestos bajo el dominio del placer - displacer.

El amor, la palabra amor, de una u otra manera está asociada al sexo. El Eros griego ya lo muestra con estas acepciones. Se pueden discutir sus relaciones, se puede poner en claro que la erotología o la sexología tienen relaciones complicadas con el amor, pero esa relación está presente. No ocurre lo mismo con el odio.

El odio no está relacionado de entrada con la sexualidad, está íntimamente ligado en sus orígenes con lo que molesta, con lo que produce malestar, con lo que resulta displacentero. Freud lo escribe de esta manera: “El yo odia, aborrece y persigue, con propósitos destructores, a todos los objetos que llega a suponer una fuente de sensaciones de displacer porque constituyen una privación para su satisfacción sexual o para sus necesidades de conservación. Puede incluso afirmarse que el verdadero prototipo de la relación de odio no procede de la vida sexual, sino de la lucha del yo por su confirmación y afirmación”(7).

Este origen del odio en las necesidades vitales, que lo diferencia del amor ligado a las pulsiones sexuales, es argumento suficiente, en el decir de Freud, para situarlo en una anterioridad lógica al amor.

En la estructuración de la persona humana el odio aparece antes que el amor, lo cual no deja de ser una verdadera sorpresa que invita a reflexiones importantes, reflexiones que no pueden quedarse en una mera llamada a las buenas conciencias, ya que si el odio es anterior al amor pueden encontrarse situaciones clínicas donde aparezca esto con alguna aproximación.

Por ejemplo, en aquel niño de nueve años, rebelde hasta extremos agresivos con sus maestros y sus compañeros, de mal talante e insulto rápido, pésimo alumno, que prefiere dedicarse a atormentar cuanto bicho viviente cae en sus manos porque, siendo de padre ausente en lo real, es criado por una madre que no lo deseaba, una madre que sólo muestra odio hacia su hijo y de la cual aprende que la única posición posible en el mundo es el odiar hasta extremos intratables. Así, lo primero que hizo cuando entró en mi consulta fue romperme una lámpara como al descuido y, cuando le exigí una reparación por aquel destrozo, su respuesta fue la risa y el cobijo en su falta de responsabilidad por ser un niño.

Avatares de la transferencia que ponen en dificultad algunas curas analíticas y donde la pregunta que sale es: ¿cómo orientar la dirección de la cura para que ese odio contenido pueda expresarse sin pasajes al acto?. Pregunta que a su vez remite a otra, pues plantear el pasaje al acto determinado por el odio no es tarea fácil, y esa otra pregunta podría sintetizarse en: ¿es el odio elaborable?. Sin pretender agotar con ello la respuesta, es posible afirmar que una forma de elaboración es saber sobre el odio que cualquier sujeto porta en sus entrañas, saber sin el cual no hay posibilidades de ningún tipo. Imaginemos un psicoterapeuta o un psicoanalista que no ha articulado este saber en su terapia previa -imaginación que se asienta sobre muchos que reciben consultas a diario-, en lugar de ayudar a elaborar esta situación colabora con la represión trayendo, en el mejor de los casos, una mejoría sintomática dada por la sugestión, lo cual siempre se acompañará de un aumento del odio en la vida del paciente con las consecuencias que es mejor no imaginar.

Estos avatares entre el odio y el amor, estas circunstancias formadoras del amor y el odio, hacen a su asimetría, ya que este último nace desexualizado y sólo se sexualiza cuando las pulsiones de autoconservación entran al servicio de las pulsiones sexuales. Éste es uno de los motivos que explica que no haya amor sin odio en el mundo de las relaciones humanas.

Amor y odio en sus relaciones con eros y tánatos.

Las extrañas paradojas que trazan en el mundo humano el amor y el odio producen sus efectos en lo más cotidiano, impregnando toda la vida y la muerte de la gente.

Vida y muerte, eros y tánatos, son nociones muy amplias que han sido teorizadas de distintas maneras; en el caso del psicoanálisis esta dualidad humana está colocada en el rango de la pulsión.

Un esquema puede ayudar a desarrollar este aspecto: Cuando Freud teoriza por primera vez las pulsiones las clasifica en el binario pulsiones sexuales - pulsiones del yo, y estas últimas se corresponden con las pulsiones de autoconservación. Pero en 1920, cuando escribe “Más allá del principio del placer”, agrega a la oposición anterior la oposición pulsión de vida - pulsión de muerte, lo cual le permite colocar de un lado los fenómenos que hacen a la vida, como el amor, y del otro lado, del lado de la pulsión de muerte, lo que podemos llamar los fenómenos negativos, como la agresividad, lo que separa, y el odio.

A este respecto hay que tener en cuenta lo ya escrito anteriormente: que las relaciones entre las pulsiones, por una parte, y el amor y el odio por otra, no son directas. Ni el amor ni el odio son pulsionales, sino que son derivas de la pulsión y quedan en el lugar del yo.

¿Qué yo para el amor y el odio?.

Es habitual, ya sea en el saber cotidiano o ya sea en el saber científico, considerar al yo como una unidad que sería el centro de la persona. Este pronombre personal de primera persona estaría al servicio de la continuidad de la conciencia que, más allá de los cambios que experimenta un sujeto a lo largo de la vida, daría la sensación de ser uno mismo, daría el sentimiento de identidad.

Esta concepción del yo se plasma en casi todas las corrientes psicológicas y filosóficas contemporáneas, pero si no es el yo, otros conceptos vienen a suplantar esta idea: personalidad, self, yo mismo, identidad, ser,... son todas elaboraciones que van en el mismo sentido que lo expuesto para el yo, que en definitiva quiere decir la supremacía del yo como control y centro organizador de la conducta humana.

Por el contrario, el psicoanálisis constata con claridad que el yo está dividido, escindido, y que esa sensación de unidad teorizada por las otras corrientes psicológicas es simplemente la recreación de una falsa teoría determinada por el narcisismo. Cada cual, con su yo a cuestas, se empeña en una lucha despiadada por ser el único para el Otro, oropeles narcisistas que van desde la moda hasta la piscina, desde el vestir como puede verse por la calle o en las revistas, hasta las piscinas donde los cuerpos expuestos al sol del verano exhiben su arrogancia narcisista en el intento, siempre renovado, de capturar la visión del otro, de ser mirado; ¿o no es así tal y como se manifiesta en las fobias que muestran al desnudo el pudor sintomático de exponerse en bañador?. Y no se crean que esto es demasiado raro, más bien al contrario, lo frecuente es que a la llegada de la primavera estas fobias se intensifiquen, produciendo una alta cuota de sufrimiento en quienes las padecen.

El yo, desde una perspectiva psicoanalítica, no es un yo unitario sino un yo escindido en sus procesos de defensa. Más aún, es estructuralmente un yo partido que consolida su unidad en forma imaginaria, de manera narcisista, con lo cual se transforma en una instancia de desconocimiento.

La gente, las tertulias, las revistas científicas colocan al yo en la sede del conocimiento, pero justamente por ser narcisista, el yo es una alienación a la ignorancia, un lugar de no saber, un lugar escindido donde el único conocimiento es un conocimiento paranoico.

El yo imaginario, el yo narcisista, el yo como cuerpo libidinizado, sede y fuente del amor y del odio, marca la relación de esos polos opuestos asimétricos y determina cómo es su relación con los objetos odiados y amados.

No es casualidad que una de las primeras veces que Freud introduce el término de narcisismo lo haga en referencia a una elección de objeto homosexual, ya que éstos “se toman a sí mismos como objeto sexual, parten del narcisismo y buscan jóvenes que se les parezcan para poder amarlos como su madre los amó a ellos”(8).

Idas y vueltas, avances y retrocesos en las teorizaciones freudianas que, a pesar de todo, siempre mantienen un progreso sobre determinados conceptos, tal y como se corrobora en la práctica. Es así como en el caso Schreber(9) el amor aparece como unificante de la imagen corporal, lo cual no carece de importancia puesto que, de esta manera, podemos sostener que el amor tiene una función determinante para evitar la patología: El amor unifica al cuerpo al tomar a este último como objeto de amor, lo que hace posible la unidad pulsional.

Como es habitual, esto no es una superestructura teórica sino que hunde sus raíces en la clínica. De esta manera podemos ver cómo una conversión histérica, cualquiera que sea, implica una primera libidinización corporal. Es decir, un cuerpo unificado que se desarticula en sus partes dejando una “astasia-abasia” que no sigue los trayectos neurológicos.

Como no hay amor sin odio, también es posible entender los efectos del odio sobre el cuerpo; lo cual se puede escuchar con meridiana claridad en la anorexia nerviosa cuando percibimos no sólo que en esta enfermedad hay una alteración de la percepción del esquema corporal, sino que dicha alteración es fomentada por el odio más intenso hacia el cuerpo, un cuerpo que las pacientes consideran deforme y ante el que, como es sabido, ningún llamado a la realidad produce efecto. Éste es el campo que la psiquiatría llama las “dismorfofobias”, cuerpos prometidos al quirófano con los riesgos implícitos que de vez en cuando se denuncian en TV porque alguna que otra joven ha entrado en coma al ser operada en una clínica estética. Vana búsqueda de extirpar el odio que se siente hacia un cuerpo supuestamente mal visto y que impide cualquier relación con el otro sexo.

Este amor y este odio que unifican las coordenadas corporales tienen su contraprueba en la psicosis, donde la falta de esta unificación amorosa determina gran parte de la patología, especialmente de la esquizofrénica. Así, nos encontramos en estos enfermos cuerpos despedazados, cuerpos cuyos órganos han desaparecido en la virtualidad de un tiempo ido, como en el “Síndrome de Cotard”, cuerpos gigantes que se extienden por varios barrios ciudadanos y ante los que el llamado a la realidad de “¿cómo su cuerpo puede extenderse de aquí al Bernabéu si están las calles llenas de coches?”, no surge otra respuesta que una sonrisa de superioridad.

Es que, al no estar estos cuerpos ordenados por el amor, es decir, al no estar ordenados desde la castración, el orden simbólico no puede alcanzar en estos sujetos su pleno desarrollo, lo cual les conduce a una certeza delirante sobre su cuerpo y, por ende, sobre su yo.

Es que, en la psicosis -ya sea esquizofrénica, paranoica, melancólica o maníaca-, el amor aparece como congelado al no separarse el yo imaginario del yo real.

Es que, por decirlo de otra manera, la confusión entre lo imaginario y lo real del cuerpo introduce una dimensión delirante sobre el esquema corporal.

Y es que, por todo ello, se puede entender la diferencia entre la cura en una neurosis y la cura en una psicosis por la distinta cualidad de la transferencia.

La transferencia: entre el amor y el odio.

Que no hay amor sin odio lo sabe todo el mundo, y se supone que los analistas tendrían que saberlo aunque no siempre es así. Los analistas tendrían que saberlo siguiendo el hilo de la clínica freudiana, donde el amor y el odio en la transferencia son las cosas más habituales que pueden pasar en una cura.

Es de la mano de la repetición que Freud descubre la transferencia, es decir, que una representación inconsciente que se repite una y otra vez en el curso de un psicoanálisis se debe a que el analizante, por una falsa conexión, transfiere sobre la figura del analista sus viejos amores y odios infantiles. De esta manera, el amor de transferencia y el odio en la transferencia no son reproducciones falsas, sino que son verdaderos sentimientos que entran a jugar en la dirección de la cura.

Pero esta transferencia no es patrimonio de la situación psicoanalítica, también se establece en la llamada relación médico-paciente.

Un síntoma cualquiera, ya sea éste médico o psicoanalítico, produce en la persona sufriente un estado de desamparo que intenta remediar con una consulta a quien supone un saber curar lo que el síntoma introdujo en su vida. Ante esta demanda, lo que importa es la respuesta que se da.

Al síntoma médico le corresponde una respuesta desde la medicina, desde el saber médico. A la demanda de curación, el psicoanálisis contesta desde el no saber.

Este no saber no es un no saber teórico, es un no saber sobre la persona que consulta. Sólo el despliegue de la palabra es lo que hará posible que el saber sobre el síntoma se vaya articulando para quien consultó.

Es lo que Freud percibió rápidamente cuando planteó que la transferencia positiva, es decir, aquella que hace posible el trabajo elaborativo, es la transferencia del amor sublimado, agrupando por el contrario en el polo de la transferencia negativa el odio y el amor no sublimado.

A veces, aunque no siempre, la aparición de un síntoma cualquiera en la vida de una persona, o la irrupción de la angustia, le producen un estado de desamparo infantil, un estado que le recuerda a otros momentos vividos cuando ese desamparo era mitigado por el amor y la protección de sus padres. No sin ambivalencia, por supuesto, porque esa dependencia del amor a los otros, esa necesidad de protección frente al desamparo humano suele acarrear un odio importante que se refleja en la vida de los niños de mil formas distintas. Pero, aún así, el síntoma, la aparición de la angustia, al producir ese desamparo incitan a una demanda de amor por parte de quien está en el lugar terapéutico. El paciente, cuando consulta, supone que el otro sabe. Es lo que en psicoanálisis se conoce con el término de “Sujeto supuesto Saber”, y mientras se mantenga este supuesto la cura es posible.

La cura analítica muestra que el amor no va sin odio ya que el paciente demanda, más allá de la curación, ser amado, y esto lleva inevitablemente a que el amor produce un supuesto saber. Por el contrario, en otros momentos de la cura, cuando el amor vira al odio, éste produce una “desuposición de saber”.

Es que no hay amor sin odio... ni odio sin amor.

© ARTURO ROLDÁN

Bibliografía:

1) Roldán, Arturo: “El sacrificio del suicida homicida”.
2) Lacan, Jacques: “El Seminario 20: Aun”. Ed. Paidós.
3 y 4) Bleuler, Eugen: “Demencia Precoz”. Ed. Hormé.
5, 6, 7, 8 y 9) Freud, Sigmund: “Obras completas”. Ed. Biblioteca Nueva.
 

     
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