Conferencia dictada el 3 de octubre de 1999, en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla, para la Asignatura de Libre Configuración dedicada ese año al “Psicoanálisis”.

"Tranxilium" Uno de los ansiolíticos más usados

 

ANGUSTIA Y ANSIEDAD

Hoy me toca hablarles de la angustia y de la ansiedad, de sus diferencias, de sus similitudes, de sus usos y abusos. El primer obstáculo que encontré al preparar esta charla es que tanto la angustia como la ansiedad son términos de los cuales todos creen saber, o mejor aún que todos creen saber lo que eso significa, y esto dificulta un poco las cosas porque las descripciones fenoménicas que se hacen por cada uno de la angustia y de la ansiedad varían en grados considerables. Pero, también hay que decirlo, muchas de estas descripciones se superponen con fenómenos típicos, fenómenos típicos que son todos referidos al cuerpo.

El segundo obstáculo que encontré era mi propia posición con respecto a esta pareja de términos. Mi postulado básico era el siguiente: La angustia y la ansiedad son dos términos que hablan del mismo afecto.

Este postulado estaba basado, entre otras cosas, en el Diccionario de la Real Academia que presenta los dos términos casi como sinónimos. Dice de la angustia: “Aflicción, congoja, ansiedad”. Y de la ansiedad, en su segunda acepción: “Angustia que suele acompañar a distintas enfermedades, en particular a ciertas neurosis y que no permite sosiego a los enfermos”.

Pues bien, después de hacer un recorrido por distintos textos, no podría sostener tan taxativa aseveración. Es en el recorrido por esos libros donde iré trenzando esta charla que concluirá en una afirmación contraria a la del postulado inicial, es decir que angustia y ansiedad no son sinónimos, aunque muchas veces se confundan sus significaciones. Más aún, su uso no es inocente ya que tiene incluso connotaciones políticas, no hablo de una política de partidos, pero sí de políticas de los grandes laboratorios farmacéuticos que hacen al consumo de psicofármacos.

Los psiquiatras, inducidos por el lenguaje que rodea a los psicofármacos, prefieren el uso del término ansiedad por aquello que es de uso popular: “un ansiolítico, o un tranquilizante”.

En un vademécum médico podemos encontrar las indicaciones del Tranxilium que leo textualmente: “Tranxilium está indicado en todas las manifestaciones ansiosas que pueden presentarse en la psicopatología de la vida cotidiana y cuya intensidad no alcance una dimensión psiquiátrica”. Esta cita de un vademécum médico, además de tomar dichos freudianos, nos deja el interrogante siguiente: ¿qué son las manifestaciones ansiosas?.

En busca de la respuesta leemos las indicaciones más detalladas del Tranxilium. Este fármaco está indicado en: “1º) Estados de ansiedad, aislados o asociados a una afección orgánica, con o sin insomnio”. Este primer punto no aclara demasiado el uso del término ansiedad, pero en el segundo sí encontramos un uso aproximado de dicha noción. Cito: “2º) Estados depresivos con componente ansioso, desde la inquietud a la angustia, tanto esenciales como reactivos”. No estoy haciendo una crítica al vademécum ni al laboratorio psicofarmacológico, sólo intento poner de relieve la importancia del lenguaje farmacológico en la psiquiatría, puesto que la noción de ansiedad aparece como más científica, en el sentido de ser más abarcativa, que la de la angustia. La angustia aparece como de rango inferior, junto con la inquietud. Pero de nuevo vuelve la confusión cuando, en el índice, el Tranxilium se sitúa bajo la rúbrica de tranquilizantes.

En rigor, podemos afirmar que la psicofarmacología prefiere cierta ambigüedad entre los términos, pero que al final se decanta por el término ansiedad, por eso no es casual que en el lenguaje médico cotidiano se use la palabra “ansiolíticos”.

Todo lo cual puede estar determinado también por la lengua, ya que el término ansiedad se usa mucho más en el inglés, como lo confirmaría el uso de esta palabra en Melanie Klein, psicoanalista inglesa que habla de “ansiedades tempranas”.

La actual ofensiva del inglés en el mundo, vía las nuevas tecnologías -especialmente Internet-, muestra a esta lengua como la más importante en el discurso científico. Y si la lengua inglesa utiliza más la palabra “ansiedad”, ésta aparece con un brillo superior.

En el libro editado por “Prensa Científica” (la misma editorial de “Investigación y Ciencia”) titulado “Drogas y cerebro”, de Salomon Snyder, podemos leer todo un capítulo dedicado a los tranquilizantes como fármacos ansiolíticos, incluso al hablar de Freud traducen la palabra alemana “Angst” como “ansiedad”, y hacen de Freud un teorizador de la ansiedad para acabar describiendo la forma en que actúan los ansiolíticos, que es sabido producen su efecto a nivel de los neurotransmisores.

A pesar de haberse descubierto por pura casualidad los psicofármacos que disminuyen los estados de ansiedad, los ansiolíticos, adquieren el estatuto de “científicos” al ser medibles sus efectos por diversos tests, y utilizando el lenguaje de las neurociencias pueden ser experimentados en animales. Este brillo científico permite el uso y abuso de estas drogas produciendo gran cantidad de adictos que dejan grandes beneficios a la industria farmacéutica. Para que se hagan una idea, según Philippe Meyer en su libro “La revolución de los medicamentos”, en el año 1982 en toda Francia se han recetado más de 23.000.000 de tranquilizantes -y, aunque se salga un poco del tema, acotemos que ese mismo año se han recetado en toda Francia 7.300.000 antidepresivos-, o lo que es lo mismo una caja cada tres franceses “grosso modo”. De otra manera, el término ansiedad conviene a las neurociencias.

Este camino podría andarse muchas más veces mostrando que su reiteración viene siempre a concluir en este punto, pero ¿por qué el inglés nos depara tal situación?. La única respuesta que puedo dar, y que no se cuál es su validez, es la etimológica. Vía un poco extraña pero no por eso desechable. Según el “Corominas”, la angustia es un derivado de “angosto” que en latín es “angustus” y que, en su deriva por la lengua, significa “estrechez, situación crítica”. La ansiedad se incorpora al castellano en forma tardía, recién en el siglo XIX y en el lenguaje médico, y es un derivado de “ansia”, en latín “anxius”.

Todo hace pensar, aunque habría que realizar una investigación para confirmarlo o desmentirlo, que el uso de la palabra ansiedad es más frecuente en inglés y que está ligado al encuentro entre el discurso de la ciencia y la medicina, encuentro que puede ser datado a fines del siglo XIX. Hay que recordar que la medicina es anterior a la ciencia y que la medicina científica es relativamente joven.

Otra vía para situar este punto es leer el “Diccionario de Psicoanálisis” de Laplanche y Pontalis, que nos muestra que la traducción de la palabra freudiana “Angst” es traducida a las lenguas latinas castellano, francés, italiano y portugués como “angustia”, mientras que al inglés es traducida por “anxiety”. Por ejemplo: en alemán “angstsignal”, en castellano “angustia señal”, en francés “signal d'angoisse”, en italiano “segnale d'angoscia”, en portugués “sinal de angustia”, pero el idioma inglés se sale de la serie y la traduce como “signal of anxiety”.

A partir de la mera traducción, podemos afirmar que la palabra “angustia”, “angst”, usada por Freud desde sus primeros escritos tiene otros antecedentes, más allá de los puramente científicos, aunque estén usados en el registro psiquiátrico. Me refiero a los artículos freudianos: “Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de 'neurosis de angustia'”, y “A propósito de las críticas a la neurosis de angustia”, ambos de 1895.

Para comenzar por este sesgo puedo darles una pista andaluza: ¿suena igual la “Virgen de las Angustias” que la “Virgen de las Ansiedades”?. Se ve claramente que no encaja, y es que la angustia hunde sus raíces en la religión. Según el “Vocabulario de Teología Bíblica”, de León-Dufourt, la Biblia en su traducción griega emplea distintas palabras para referirse al mismo afecto: agonía. “Aporeo”: “atolladero, sin salida”; “Stenokhoria”: “oprimido, sumergido en la aflicción”, y así podríamos seguir, pero para nuestro recorrido esto alcanza.

Para situar definitivamente a la angustia y su posición respecto a la ansiedad, no recurriré ni a Kierkegaard ni a Freud, recurriré a un poeta de Córdoba (Argentina), llamado Leopoldo Lugones, quien en 1912 escribió un poema titulado “El canto de la angustia”:

“Yo andaba solo y callado
Porque tú te hallabas lejos;
Y aquella noche
Te estaba escribiendo,
Cuando por la casa desolada
Arrastró el horror su trapo siniestro.

Brotó la idea, ciertamente,
De los sombríos objetos:
El piano,
El tintero,
La borra de café en la taza,
Y mi traje negro.

Sutil como las alas del perfume
Vino tu recuerdo.
Tus ojos de joven cordial y triste,
Tus cabellos,
Como un largo y suave pájaro
De silencio.
(Los cabellos que resisten a la muerte
Con la vida de la seda, en tanto misterio.)
Tu boca donde suspira
La sombra interior habitada por los sueños.
Tu garganta,
Donde veo
Palpitar como un sollozo de sangre,
La lenta vida en que te mece durmiendo.

Un vientesillo desolado,
Más que soplar, tiritaba en soplo ligero.
Y entre tanto,
El silencio,
Como una blanda y suspirante lluvia
Caía lento.

Caía de la inmensidad,
Inmemorial y eterno.
Adivinábase afuera
Un cielo,
Peor que oscuro:
Un angustioso cielo ceniciento.

Y de pronto, desde la puerta cerrada
Me dio en la nuca un soplo trémulo,
Y conocí que era la cosa mala
De las cosas solas, y miré el blanco techo.
Diciéndome: 'Es una absurda
Superstición, un ridículo miedo.'
Y miré la pared impávida.

Y noté que afuera había parado el viento.
¡Oh aquel desamparo exterior y enorme
Del silencio!
Aquel egoísmo de puertas cerradas
Que sentía en todo el pueblo.
Solamente no me atrevía
A mirar hacia atrás,
Aunque estaba cierto
De que no había nadie;
Pero nunca,
¡Oh, nunca habría mirado de miedo!
Del miedo horroroso
De quedarme muerto.

Poco a poco, en vegetante
Pululación de escalofrío eléctrico,
Erizáronse en mi cabeza
Los cabellos.
Uno a uno los sentía,
Y aquella vida extraña era otro tormento.

Y contemplaba mis manos
Sobre la mesa, qué extraordinarios miembros;
Mis manos tan pálidas,
Manos de muerto.
Y noté que no sentía
Mi corazón desde hacía mucho tiempo.
Y sentí que te perdía para siempre,
Con la horrible certidumbre de estar despierto.
Y grité tu nombre
Con un grito interno,
Con una voz extraña
Que no era la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces, en aquel grito,
Sentí que mi corazón muy adentro,
Como un racimo de lágrimas,
Se deshacía en un llanto benéfico.”

Pido disculpas a aquellos que no son sensibles al dicho poético por haberles leído una poesía tan larga, pero creo que valía la pena para entender mucho mejor lo relativo a la angustia. ¿Qué encontramos?. En primer lugar “lo siniestro”, que Freud nos entrega -en el artículo que lleva este mismo título- ejemplificado con un cuento de Hoffmann, “Der Sandmann” (“El arenero”), donde aparece en primer término lo familiar extraño, lo familiar que se ha vuelto extraño, extrañeza que hunde sus raíces en lo familiar reprimido.

Es por eso que aparecen esos objetos familiares, el tintero, la borra de café en la taza, que hacen presente, por ser familiares, una presencia sobre el fondo de la ausencia, o una ausencia presentificada. Los objetos familiares dejan de serlo, se transforman en sombríos objetos por ser señales angustiantes de aquella ausencia presentificada, y entonces, el silencio se vuelve audible, se carga de significaciones: es lento, es como una lluvia suspirante, blanda,... y el cuerpo, que en su familiaridad íntima deviene un cuerpo prometido a la muerte, “ese miedo horroroso de quedarme muerto”, en ese momento surge el grito, pero ya es un grito extraño al yo, pura llamada que hace al despertar de un sueño, de una pesadilla.

Lacan, en “La tercera”, conferencia dictada en Roma en el año 1974, se pregunta: “¿De qué tenemos miedo nosotros?”, y se responde: “La angustia es algo que se sitúa en nuestro cuerpo, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos asalta por reducirnos a nuestro cuerpo”.

Estamos muy lejos del cuerpo biológico, de los neurotransmisores, pero esto no implica oponer organogénesis a psicogénesis. Son dos órdenes distintos, dos lógicas distintas.

Situamos a la angustia en el orden religioso, la situamos en Kierkegaard, la situamos en el psicoanálisis, y a la ansiedad la colocamos en la razón biológica.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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