Esta es la famosa foto de Javier Bauluz en la que captó a una pareja española tomando el sol en una playa con el cadáver de un inmigrante ahogado a ocho metros de distancia. Para leer la entrevista que le hicieron en Revista Fusión, pulse sobre la fotografía.

Foto de Javier Bauluz

 

CLÍNICA DE LA INMIGRACIÓN

Conferencia impartida en el año 2002 en el
Centro de Estudios sobre la Inmigración.
Red de Asistencia Psicoanalítica.

Mucho se habla sobre el problema de la inmigración, pero poco es lo que se dice sobre este fenómeno que aparece como novedoso. Mucho es lo que se calla sobre la inmigración, bastante lo que se miente sobre estos hechos, y todo ello por una razón muy simple: demasiados intereses en juego que van de los políticos a los policiales. De los primeros es fácil ver su dimensión internacional (problemas con Marruecos) y nacional (el uso que se hace del fenómeno para obtener más votos). De los policiales está llena la prensa, donde se entremezclan los problemas con las mafias, las corrupciones a granel, el tráfico de esclavos y esclavas, y un sin fin de aspectos que complejizan el fenómeno y que están al servicio de los intereses políticos.

Mucho es lo que se calla y mucho es lo que se silencia, pues hay una serie de malos entendidos, de prejuicios difíciles de disipar.

Si leemos el fenómeno desde una perspectiva histórica podemos constatar que no es un problema moderno, más bien parece consustancial a la especie humana. Las migraciones, los cambios territoriales, los movimientos de la gente en las más diversas geografías y con motivos diversos, hacen de las corrientes migratorias una marca de la historia humana. Lo moderno es la dirección del flujo migratorio que, en estos últimos años, ha cambiado en su punto de origen y en su lugar de arribo. Basta pensar que, después de la segunda guerra mundial, la dirección era desde Europa hacia América, mientras hoy es desde los países del tercer mundo hacia los desarrollados.

Esta nueva dirección produce algunos problemas novedosos que se ven en los oscuros vericuetos de las mafias que trafican con carne humana, en las pateras que dejan su cuota de muertos en el estrecho, en la inmigración sin papeles, en la necesidad de los inmigrantes en los países receptores para mantener aspectos de la economía legal e ilegal y un largo rosario difícil de enumerar.

Nos encontramos, pues, una imposibilidad: realizar un estudio sobre dicho fenómeno que consiga enfocarlo de manera completa, en toda su complejidad. Así que, dentro de las investigaciones parciales, nuestro esfuerzo se centrará en la búsqueda de lo que nos puede aportar la utilización de nuestra herramienta: el psicoanálisis.

Punto de partida.

Es indudable que cada inmigrante que llega trazará su camino particular en esa nueva vida que comienza con su llegada, lo cual no implica que no se pueda realizar alguna afirmación universal que ayude a entender los recorridos particulares.

Desde el psicoanálisis es posible establecer un punto de partida, una verdad no por obvia menos importante, un universal que nos habla de la diferencia: el que llega no es igual al que está.

Esta verdad básica es tratada de dos maneras diferentes:

- Desde la izquierda, desde los movimientos antiglobalización, desde posiciones liberales, se intenta borrar la diferencia, se la niega. El eslogan surgido hace un tiempo que afirma que “sólo hay una raza humana” es su paradigma, un eslogan que dice una verdad a medias porque, claro que sólo hay una raza humana donde se ubica cada cual, pero así también se niegan las diferencias dentro de los que componen esa raza. Negar la diferencia es contribuir a la no-resolución del problema puesto que no se puede escamotear lo real y, por consiguiente, tarde o temprano, tal negación ha de pasar factura.

- Mientras tanto, desde la derecha, incluso la no demasiado ultra, se significa la diferencia como lo malo, lo demoníaco, la delincuencia, el incremento de la inseguridad ciudadana, el tráfico de drogas, etc., etc. Y esta posición gana rápidamente adeptos, traduciéndose en un aumento de los votos para esa ala política consustancial a la estructura maniquea de la raza humana.

La alternativa es el estudio de la diferencia.

La diferencia.

El que llega es diferente al que está, y a su vez existen diferencias entre los que están. Si tomamos el ejemplo de España podemos constatar que no es lo mismo el catalán, que recibe a inmigrantes para levantar su cosecha, que el agricultor de Huelva, que necesita mano de obra barata para recoger la fresa.

La diferencia entre los que están debe ser incorporada al estudio de la inmigración, puesto que nos encontramos ante un problema espinoso como lo es el de la lengua. Y esta diferencia entre los que están muestra un aspecto aún menos estudiado, que es el del trato despectivo de los que están hacia los que llegan, un trato despectivo que se da en todas las culturas de los que están.

Para poner lo anterior de relieve, podemos recordar que los gallegos, andaluces, extremeños y asturianos que inmigraron a Cataluña fueron llamados “charnegos” cualquiera que fuera su origen. Una corriente migratoria que se hizo cargo durante años de los trabajos “sucios” que los catalanes despreciaban y contribuyó al desarrollo de la Cataluña próspera que hoy conocemos.

También podemos recordar que en el país vasco se denomina “maquetos” a los inmigrantes, y que por esa designación pasan a ser ciudadanos vascos de segunda categoría.

Otro ejemplo de lo mismo es la designación de “gallegos” a todos los españoles que emigraron a Argentina, cuyo uso despectivo se muestra en los “chistes sobre los gallegos”, chistes similares a los que se cuentan en España sobre los leperos.

Este trato despectivo hunde sus raíces en la condición socio-económica de los inmigrantes que, obviamente, no pertenecen a las capas más favorecidas de la sociedad. Para escribirlo de manera simple: no emigran los señoritos andaluces ni los acaudalados burgueses gallegos, emigran los menos favorecidos, los que lo pasan mal en sus lugares de origen, los menos cultos.

Por eso hay que diferenciar también la inmigración por hambre de la inmigración política, como por ejemplo la de los argentinos y chilenos de los años 76 en adelante, que se integran más o menos rápido a la sociedad de arribo y cuyos hijos se adaptan sin problemas.

Pero en cualquier caso, la diferencia de los que están no impide una igualdad de trato despectivo hacia los que llegan, y eso no dejará de tener consecuencias sobre las dos riberas.

La diferencia entre los inmigrantes.

Sigamos por caminos obvios. España se ha transformado de un país de emigrantes a un lugar deseado por los inmigrantes, que a su vez son extremadamente diversos.

Antes introdujimos la diferencia entre inmigración política e inmigración laboral. Esta primera división muestra en la más pura empírica que no es lo mismo un exiliado argentino que llega a España en los años 70 que un inmigrante marroquí que llega en una patera a la costa gaditana.

Diferencias abismales que plantean problemas sumamente distintos, como distintos son los puntos de salida de los que llegan: chinos, tunecinos, marroquíes,… y también cubanos, colombianos, dominicanos y un largo etcétera.

Otra afirmación obvia se desprende de lo anterior: todos los que llegan son diferentes a los que están y, a su vez, existen grandes diferencias entre los que llegan.

Todos los que llegan son diferentes a los que están, pero esa diferencia pasa por distintos lugares. En primer término, la que construye la diferencia esencial es la lengua o, mejor aún, las lenguas. No es lo mismo un magrebí que llega a España sin hablar español que un peruano cuya lengua materna es el castellano. Esto, que de nuevo es obvio, tiene una gran importancia si pensamos que la lengua hace a la cultura, y que, de esta manera, transporta tradiciones, reglas de parentescos, hábitos, que están en el punto de salida de quien llega.

Todos los que llegan son distintos a los que están y esa diferencia pasa en primer lugar por la lengua. Este rasgo es implacable y determina el camino de muchos inmigrantes, especialmente de los inmigrantes del norte europeo, de los países que conformaban la antigua Unión Soviética, a los que hay que agregar rumanos, servios, croatas, y un largo etc. Estos grupos, entre los cuales es posible encontrar a personas con titulación superior, quedan indefensos por sus dificultades idiomáticas y, los primeros meses de su estancia en España, realizando labores muy inferiores a su preparación, se sumergen en un estado de confusión ansiosa por la situación vital en que se encuentran.

Este grupo de inmigrantes suele encontrar refugio en una vuelta a la religión, por lo que va siendo habitual encontrarnos a los polacos llenando las iglesias de distintos barrios o a los ucranianos buscando lugares de culto ortodoxo. La integración -volveremos sobre esta palabra- de este grupo está facilitada por la religión pero dificultada por la lengua.

Moros y cristianos.

Otro grupo con dificultades con la lengua es el árabe. Analizar este colectivo tiene dificultades extremas debido a los prejuicios imperantes que se fundamentan en ciertas noticias de la prensa, como por ejemplo aquellas que informaban de reuniones secretas previas de los pilotos suicidas que se estrellaron contra las Torres Gemelas con algún grupo local de Tarragona perteneciente a Al Qaeda. Pero éste no es el único obstáculo que plantea el estudio del colectivo árabe; otro es también el número importante, y diverso, de sus integrantes, constituyendo un flujo inmigratorio imparable que deja tras sí el trágico reguero de cadáveres que flota en el estrecho.

Ni todos los árabes son fundamentalistas ni todos llegan en pateras, pero todos están bajo la influencia del Corán, que para los musulmanes es la palabra de Dios que descendió en lengua árabe hasta su profeta. Esto que puede parecer banal, es sin embargo de suma importancia si recordamos que la tradición islámica se negó a la traducción de su libro sagrado a otras lenguas.

El soporte que la lengua árabe hace al Corán formula una larga tradición en los inmigrantes árabes, hasta tal punto que en Francia se ha detectado que muchos hijos de estos inmigrantes, es decir de la primera generación de musulmanes nacidos en Francia, se han adherido a los grupos fundamentalistas.

La tradición que transita en el Corán es mantenida de generación en generación, lo cual se nota en esa nueva ruta de peregrinación que atraviesa España todos los veranos y que viene del Norte hasta los puertos españoles para cruzar el Estrecho. Tradición que también se empieza a hacer notar con el uso o no del pañuelo por parte de las niñas árabes en los colegios españoles.

Por todo esto es importante tomarse muy en serio la siguiente pregunta: ¿qué tienen en común un marroquí que levanta las fresas en Huelva y los musulmanes de los grupos fundamentalistas?, y su consecuencia: ¿qué es integrar este colectivo en España?.

La respuesta a la primera pregunta no es difícil: lo que suelen tener en común es la religión, que determina su ideología, sus costumbres, su forma de entender la fe, la vida, la muerte, es decir, lo que habitualmente tienen en común es el Corán. Es cierto, también, que los musulmanes mantienen entre sí diferencias importantes: no es lo mismo la Mezquita de Marbella que la de la M30, ni es lo mismo la lectura saudí del Corán, que ha dado como producto final a los talibanes, que la lectura del Corán que se realiza en la mezquita de Villalba. Pero estas lecturas diferentes no alcanzan a borrar lo común, y si tomamos esto en serio nos encontramos con problemas novedosos.

La coexistencia de dos religiones monoteístas, y por tanto enfrentadas, plantea tales dificultades en la cultura de los que están, la católica, para el colectivo árabe que llega, musulmán, que hace verdaderamente imposible su integración. En otras palabras: la religión musulmana tiene excesivos preceptos contrarios a los derechos humanos desde el punto de vista de nuestra sociedad occidental moderna y, aunque también tiene algunos la religión católica, esta última parece que va lentamente superándolos. Me refiero a preceptos contrarios a los derechos humanos como los que se manifiestan en particular en el trato discriminatorio e inferiorizante que se da a la mujer por ambas religiones, pero claramente más acusado por parte de la mahometana.

Así pues, si no se producen lecturas novedosas del Corán que hagan posible un cambio de esta situación, con el colectivo árabe nunca habrá integración sino sólo una coexistencia basada en un mínimo respeto mutuo. Situación difícil de conseguir y que estaría marcada por una estabilidad muy inestable.

Un ejemplo de las dificultades expuestas puede observarse en los colegios e institutos de enseñanza media de Ceuta y Melilla, donde se producen los porcentajes de deserciones escolares más altos de España. Ante ello, algunos proponen como una posible solución la enseñanza en árabe para los hijos de este colectivo, pero eso también significaría consolidar una comunidad musulmana no integrada en la sociedad española. Son, pues, problemas que parecen sin salida y que sólo se podrán resolver con soluciones nuevas e ingeniosas.

La invasión de los hispanohablantes.

Las lenguas autóctonas que vivían en lo que hoy es Latinoamérica fueron arrasadas por la conquista española, lo que sin duda produjo múltiples efectos, entre otros la expansión del castellano que hoy es hablado por 400.000 millones de personas.

Las políticas de empobrecimiento propiciadas por los países dominantes con la complicidad de las burguesías locales, las innumerables guerras de exterminio en países como Argentina, Uruguay, Chile, Guatemala, etc., han producido una inversión del flujo migratorio que es, ahora, de Latinoamérica hacia la antigua metrópoli.

Este grupo inmigratorio ha cambiado la fisonomía de las ciudades españolas. En Madrid hay barrios enteros marcados con su sello: Lavapiés, Embajadores, Legazpi, Usera, son lugares donde los hispanohablantes se han asentado con sus propios espacios de encuentros, sus bares, sus plazas, sus locutorios, sus negocios -entremezclados con los chinos- donde los españoles que entran son extranjeros en su ciudad. Sus hijos ocupan las plazas que van quedando libres en los colegios públicos por la disminución del índice de natalidad de la población autóctona y, poco a poco, son cada vez más estos inmigrantes quienes con sus cotizaciones van sosteniendo la Seguridad Social. Por otro lado, influyen en la aparición de nuevos fenómenos: las pandillas, el tráfico de drogas, la prostitución,... pero esta cara de la cuestión es de orden policial y hay que enfrentarla como cualquier otro problema de orden público.

Finalmente, los inmigrantes de Hispanoamérica tienen la ventaja, sobre los dos grupos analizados antes, de que usando la misma lengua materna que los autóctonos, con sus múltiples matices contribuyen a enriquecerla. Pero esta lengua común también hace que en muchas ocasiones pasen desapercibidas contradicciones intra-lingüísticas que dan lugar a malos entendidos y terminan estallando en los colegios, motivo por el que se producen conflictos entre los niños, dificultades de adaptación e incluso abandonos escolares, especialmente cuando los padres continúan atados a un paraíso perdido y sostenidos en una tradición que sólo con el tiempo se va diluyendo.

Pérdida del reconocimiento.

La expresión paraíso perdido remite, en buena lógica, a una pérdida irreparable, a una pérdida que tiene que ver con la pérdida de la felicidad, para lo cual se niegan todos los aspectos negativos del supuesto paraíso. Para los inmigrantes, el paraíso perdido es el lugar desde el cual se parte, el lugar de origen, que aparece como lo bueno, lo ideal y que es diferente al mundo real en el que viven.

Entre el “paraíso perdido” y el lugar real existe una fecha muy precisa, la del día de la llegada, que marca un antes y un después en la vida de cada cual. Este segundo cumpleaños, esta fecha de llegada muestra la ruptura en el tránsito de la vida de cualquiera, ruptura que tiene que ver con el paraíso perdido del reconocimiento.

“Con la espalda sobre la arena, las dos manos en la nuca, pensaba en lo que había quedado atrás, y en esa lenta duermevela que los primeros rayos de sol calentaban, recordó que en su aldea era reconocido como un habitante entre otros, con su casa, con su trabajo, con sus hijos que pronto traería a España”. Esta figura, cuasi poética, podría ser una manera de imaginar la subjetividad del inmigrante.

En esa aldea perdida, en ese paraíso perdido, él tenía lo que habitualmente se llama la “identidad”. El Otro de la aldea lo reconoce dándole un ser, y es desde el otro de la aldea donde se reconoce como siendo un ser que toma un punto de partida en el nombre con el que fue nominado por sus padres, siguiendo la tradición de cada cultura. Para que se entienda: la tradición en nuestra cultura propone que la nominación sea la misma que la del padre para el primogénito varón.

Este reconocimiento por la cultura, nos permite entender la misma en una forma muy amplia: la cultura como un estado de lengua en la cual viven los ideales, las costumbres, los ritos, los lazos de parentescos, etc. Por eso, en los inmigrantes, de un momento para otro todo lo que sostenía la identidad del sujeto desaparece y el reconocimiento cae. Y esta caída tiene como respuestas tantas variables como personas que llegan e inician una nueva vida. La edad, el sexo, su nivel escolar, su estado civil, su religión,... hacen que cada inmigrante subjetive esta pérdida del reconocimiento de manera particular.

Sin embargo, se pueden hacer algunas generalizaciones aunque sea de forma descriptiva: hasta el momento en que sale de su lugar de origen, la identidad está sostenida en el reconocimiento del Otro que está formulado por la cultura compartida. Este Otro de la cultura reconoce y hace reconocer su identidad. Se lo reconoce como tal persona con sus virtudes y sus defectos, se lo reconoce cuando alguien lo llama por su nombre, donde los ideales de cada cultura juegan un papel muy importante.

Al llegar a su lugar de destino, el inmigrante pierde esa identidad en la cual se reconocía, lo que conlleva una fuerte caída narcisista. Esta caída genera a su vez comportamientos diversos: puede haber un cierre absoluto frente a los que están, transformándose en un crítico acerado de la cultura que lo recibe, o, en un intento de integración rápido, manejar identificaciones imaginarias que pueden crear serios problemas. No obstante, la salida más frecuente a esta situación es la búsqueda del reconocimiento entre sus iguales, conformándose así colectivos cerrados en los que se obstaculizan mutuamente su integración en la sociedad de arribo.

Colectivos donde se preservan los ideales, los ideales del yo para ser precisos, y que, sostenidos en lo real de la situación presente, permiten elaborar la pérdida del paraíso perdido que produjo la fragmentación yoica en el tránsito de un lugar a otro.

Las consecuencias de esta situación son múltiples, enumeremos las más habituales: a) pérdida de autoestima, b) confusión leve, c) una permisividad mayor en conductas que ante la comunidad de origen eran reprimidas, d) alteraciones en el sueño, e) depresiones o ataques maníacos, f) abulia, g) problemas escolares serios en los hijos, h) elaboración patológica del duelo.

Trabajar sobre la diferencia es lo que puede permitir encontrar nuevas soluciones a estos problemas, teniendo en cuenta que, en las situaciones individuales, el psicoanálisis debe ayudar también a superar tales conflictos.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
    Ir a INICIO Volver  Subir