Freud junto a su amigo Wilhelm Fliess, a quien dirigió entre 1887 y 1892 una serie de cartas que resultan fundamentales para comprender los orígenes del Psicoanálisis.

Sigmund Freud y Wilhelm Fliess

 

DEL INCONSCIENTE FREUDIANO AL NUESTRO

Curso sobre
“Los Fundamentos del Psicoanálisis”
Primera Clase

Presentación.

Este curso está dirigido a aquellas personas que desean aproximarse por primera vez al psicoanálisis, por lo que intenta exponer con sencillez y rigor sus fundamentos. Y un curso que pretende desarrollar los fundamentos del psicoanálisis no puede comenzar sino por el estudio de su concepto fundamental: el inconsciente.

De una manera u otra es sabido que uno de los descubrimientos del psicoanálisis es el inconsciente, y de sobra es conocida la influencia que tuvo y tiene sobre el discurso social. El siglo XX está notablemente influenciado por este concepto, incluso en todos los trabajos realizados para demostrar su inexistencia. Pero al mismo tiempo que se producía su divulgación se banalizaba su acepción, ya que el inconsciente freudiano es totalmente subversivo y esto no es bien tolerado por los discursos imperantes.

Hay que tener en cuenta, además, que el siglo XX da a luz multitud de saberes que influenciaron sobre lo que se entiende por inconsciente. Lingüística, topología, lógica,... son algunos de estos saberes que, de la mano de Jacques Lacan, se incorporan al psicoanálisis modificando su estatuto.

Por todo ello, debemos realizar un recorrido desde el origen del inconsciente hasta su actualización en el siglo XXI.

La doble personalidad: origen del inconsciente.

El concepto de inconsciente va siendo construido sobre los avatares clínicos con que Freud tropieza en su práctica cotidiana durante los últimos años del siglo XIX. En esa época está dedicado a la escucha e investigación de la neurosis histérica, práctica que le abre un campo inexplorado más allá de la conciencia. Esa otra escena se le muestra a Freud en los síntomas, y específicamente en el origen de los síntomas histéricos, por lo que la causalidad es situada en un tiempo distinto, en un tiempo que hace a la historia de cada cual, lo que le abre las puertas a una historia no recordada pero vivida y que ha dejado sus secuelas en las vidas de sus pacientes.

De esta manera queda centrado el origen del inconsciente en los “Estudios sobre la histeria”, de Breuer y Freud, donde aparece por primera vez el término inconsciente (“Unbewusste”) en referencia a la “doble personalidad” histérica de Anna O. Este fenómeno de la doble personalidad, o incluso de la personalidad múltiple, estaba sobre el tapete en aquellos años y no pasaba desapercibida su importancia en la investigación de la histeria. Se entendía por “doble personalidad” la coexistencia en la histérica de una personalidad enferma tras la personalidad sana, sin que esta última supiera nada de la otra aunque sufriese su influencia directa. De esta primera utilización de la palabra “inconsciente”, hay que rescatar que es una forma de decir la escisión de la personalidad psíquica, una división radical y sin concesiones del yo de las pacientes, lo cual marca todo el desarrollo de la teoría psicoanalítica y, al mismo tiempo, una diferencia esencial con otras doctrinas que pueden designarse como prefreudianas aunque estén fechadas en el 2002. Tal escisión marcada por la doble personalidad es fundamental para entender que la pretendida unidad de la vida psíquica es sólo imaginaria, o sea, una manera de consolarse ante los avatares del destino creyendo que cada cual es el que realiza voluntariamente su decurso vital. En este sentido, podemos afirmar que todos tenemos personalidades dobles y múltiples que nos gobiernan más allá de nuestra conciencia.

El inconsciente como lo no recordado y lo no olvidado.

Para progresar en este entender el inconsciente freudiano, hay que recalar en un texto publicado poco tiempo después del citado anteriormente: “Psicoterapia de la histeria”.

El abandono de la hipnosis y su reemplazo por la “asociación libre” preside las teorizaciones que Freud va hilvanando. Así aparecen, para explicar la escisión anteriormente nombrada, la teoría de las defensas contra la pulsión y su intrincación con una nueva manera de pensar lo inconsciente -que por cierto hará furor en el siglo XX-, me refiero al concepto de represión. Todo esto dicho a vuelapluma, ya que volveremos sobre ello a lo largo de este curso, abre a una dimensión distinta de pensar la memoria, el recuerdo y lo no recordado que, sin embargo, producirá efectos.

Sobre estos pilares la condición humana cambia de sentido, porque el genio de Freud reconoce que el núcleo de lo patogenético -el protón pseudo histérico- es aquello que los enfermos no reconocen como recuerdo, es decir, no reconocen como pensamientos de recuerdos. La concatenación de lo no recordado con lo recordado, muestra una hiancia que transforma lo no recordado en pensamientos inconscientes. Ahora bien, dicho de esta forma se presta a confusiones, así que aclaremos: los pensamientos inconscientes son los pensamientos no recordados, pero ¿qué son los pensamientos no recordados?. Sigamos por un momento a Freud al pie de la letra: “¿Se debe suponer que se trata realmente de pensamientos nunca producidos, y para los cuales existía una mera posibilidad de existencia, de suerte que la terapia consistiría en la consumación de un acto psíquico interceptado?”. Ésta es una pregunta que Freud realiza pero que no contesta, o mejor dicho, que contesta desde la clínica: en un recorrido psicoanalítico se va de lo consciente hasta lo inconsciente, lo que hace que la ilación del pensamiento se transmute y devenga otro. Los pensamientos inconscientes son la ilación novedosa introducida en la cura sobre el modo de pensar consciente. Lo inconsciente aparece de esta manera como el punto de fuga de una nueva ilación del pensamiento que transforma el destino de un sujeto.

Es siguiendo esta vía regia que se llega a formular el inconsciente como “lo no recordado, pero no olvidado”, fórmula brillante por su doble negación, pero que nos marca a lo inconsciente como algo del orden de lo no realizado, de lo que no ha llegado a materializarse y que, sin embargo, es la realidad más real de lo psíquico, lo que produce una enorme cantidad de efectos. De aquí podemos deducir que el inconsciente no es un contenedor donde habría pensamientos contenidos, no es un recipiente que aloja vaya a saber que carga energética; lo inconsciente es un lugar vacío lleno de pensamientos inconscientes que tienen su existencia, pero de la cual no podrá saber nunca nada.

La sexualidad inconsciente.

Volvamos una vez más a esa forma elegante con que Freud define su inconsciente, su concepto de inconsciente, en las primeras aproximaciones a su descubrimiento: “El inconsciente es lo no recordado y no olvidado”. Este movimiento poético tiene una causalidad que lo determina, y esa causalidad Freud la coloca en la sexualidad.

En su estudio de las neurosis histéricas, corrigiendo a Charcot -quien piensa la etiología desde una determinación hereditaria-, Freud la plantea desde la sexualidad.

Desde un criterio psicoanalítico, la sexualidad tiene una acepción más amplia que la dada por la gente en general, lo cual implica reconocer que la sexualidad no es sólo la genitalidad. Esto es importante para entender con cierta seriedad el planteo freudiano.

Las costumbres, los hábitos, las conductas sexuales han cambiado mucho desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Lo que podía ser una conducta anómala y reprochable en aquellas fechas, hoy es un hábito permitido. Como ejemplo de esto basta la simple mención de la gran cantidad de parejas que viven juntas sin haber contraído matrimonio, o la aceptación, aunque no sin dificultades, de la homosexualidad. Estos cambios en las costumbres sexuales, que son debidos en gran parte a la difusión del psicoanálisis, muestran con claridad que no son las distintas figuras y significaciones que la sexualidad adquiere para el ser humano lo que Freud va mostrarnos como reprimido.

Los cambios en los hábitos sexuales en las sociedades desarrolladas, y como contrapartida la emergencia de costumbres sexuales sumamente tradicionales -como pueden ser las maneras de vivir la sexualidad entre los talibanes-, muestran que lo más lábil de la pulsión es el objeto en que ésta se satisface. Frente a esta labilidad pulsional, cada civilización se las arregla a su manera, de la misma forma que cada persona, atravesada por el discurso social, también se las arregla a su manera.

La represión freudiana no es del orden de la represión policial, o la represión política o moral; la represión freudiana tiene que ver con ese desarreglo primigenio de la sexualidad humana que Freud encontró en los síntomas de sus pacientes.

Surgen en los comienzos del psicoanálisis diversos términos, que a veces se superponen e incluso se contradicen, para designar esta función: “defensa”, “represión”, “censura”.

“Las neuropsicosis de defensa” es un artículo freudiano donde puede leerse con claridad cómo el yo se defiende del empuje sexual, e incluso cómo la modalidad de la defensa va a determinar las distintas patologías: histeria, neurosis obsesiva y paranoia. Después, el término defensa, muy usado en el comienzo de la obra freudiana, va siendo reemplazado por el de represión. Este último tiene un estatuto contradictorio, porque si bien es cierto que por un lado aparece como un mecanismo de defensa entre otros, por otro lado aparece como el mecanismo que divide el aparato psíquico. De aquí la doble dimensión que marcan los conceptos de represión primaria y represión secundaria.

Por otra parte, aunque poco usado, pero formulado de manera contundente, surge también el término “censura”. Y no debemos olvidar que esta palabra, que se refiere a la censura onírica y que aparece usada con toda exactitud en “La interpretación de los sueños”, es determinante para la concepción del inconsciente tal como lo entiende Freud.

La censura.

Es en la correspondencia con su amigo Fliess, un médico berlinés, donde Freud, al comienzo de su obra, elabora no sólo su aventura personal sino también muchos de los conceptos que hoy están sólidamente implantados en el psicoanálisis.

En una carta fechada el 22 de noviembre de 1897, Freud se detiene sobre el término censura como una forma de explicar el carácter aparentemente absurdo de algunos delirios: “¿Has tenido alguna vez la ocasión de ver un periódico extranjero censurado por los rusos al atravesar la frontera?. Se han tachado palabras, frases y párrafos enteros de tal forma que lo que queda resulta ininteligible”. Esta palabra cumple, posteriormente, en “La interpretación de los sueños” una función importante. Utilizada para explicar la deformación onírica, se instala en el centro de la teoría produciendo una separación radical entre los sistemas consciente-preconsciente e inconsciente.

Podemos definir de esta manera al inconsciente como lo censurado, pero con la particularidad esbozada por Freud en la carta citada: es una censura que tacha una palabra, una frase, pero la palabra tachada permanece, no se evapora en los meandros de la nada, queda en su materialidad produciendo efectos, aunque ya nunca podremos saber cuál era aquella palabra.

La censura aparece de esta manera como un punto de origen, pero este punto originario no puede ser situado en cualquier parte. Este punto tiene una ubicación precisa, y, para decirlo como lo escribe Freud en la carta citada, ese punto está en la frontera, en el linde: cuando un periódico extranjero tiene que atravesar la frontera rusa, cuando una palabra tiene que pasar una frontera... y sólo puede pasarla como censurada.

Sigamos por un momento más en esa frontera. La palabra es posible de un lado, del lado en el que no hay censura, donde está articulada en un texto que puede ser leído sin causar ningún problema ni conflicto, pero al momento siguiente esa palabra debe ser censurada porque no es tolerable por el deseo que porta, por el deseo que esa palabra lleva consigo. De esta manera es posible afirmar que el deseo es el soporte de la escisión del sujeto.

Este efecto de una palabra tachada, borrada, es la palabra perdida para siempre: el pecado original de cada individuo de la especie humana. Y es este fallo estructural el que funda el sujeto del psicoanálisis, el sujeto de lo inconsciente, lo inconsciente propiamente dicho.

Actualidad de lo inconsciente.

En 1953, Jacques Lacan escribe “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. En ese escrito puede leerse una actualización del concepto de inconsciente en función de la palabra y sobre la estructura del lenguaje.

Esta actualización se realiza sobre el discurso concreto de cada analizante, y específicamente sobre lo que falta en el decir y que produce discontinuidades en el discurso consciente de cada cual. Como puede escucharse vuelve, en esta actualización, la primera teorización freudiana que nos hablaba de los efectos de lo inconsciente como una falta en la ilación de cada cual. Esto se verifica en la cura: cuando aparece un efecto de inconsciente se produce una nueva ilación que rehistoriza al sujeto y lo pone enfrente de una nueva verdad, o de una verdad que estaba reprimida.

La precisión del texto lacaniano nos invita a una cita: “El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado”.

Una vez más conviene recordar que la censura, como la describe Freud, hace referencia a la censura rusa: una palabra tachada y que sin embargo permanece produciendo efectos. Esa palabra está escrita, por eso puede volver a encontrarse en el curso de un análisis. Y si seguimos a J. Lacan en el texto citado(1), está escrita:

“- en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida;
- en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia;
- en la evolución semántica: y esto responde al 'stock' y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter;
- en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia;
- en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente sus(2) distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.”

© ARTURO ROLDÁN

Notas:

1) Lacan, Jacques: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en “Escritos 1”, pág. 249. Ed. Siglo XXI, México, 1984.
2) Véase Pasternac, Marcelo: “1236 errores, erratas, omisiones y discrepancias en los ‘Escritos’ de Lacan en español”, págs. 133 y 134. Ed. Oficio Analítico, Buenos Aires, 2000.
 

     
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