Esta conferencia fue publicada como artículo en los “Cuadernos Alisios. Cuadernos Canarios de Psicoanálisis” de Diciembre de 1997.

Un síntoma... médico?

 

DEL SÍNTOMA MÉDICO AL SÍNTOMA ANALÍTICO

El título de esta charla propone una diferencia, que es también una secuencia que va del síntoma médico al síntoma analítico.

Esta diferencia es dada por obvia desde el lado del psicoanálisis, pero no es entendida por los médicos, quienes en el mejor de los casos tienen una actitud entre comprensiva y escéptica, que en nada cambia su práctica.

Este no-entendimiento, no es debido a la falta de inteligencia de tal o cual médico, este no poder escuchar en el síntoma algo más allá de lo médico se debe a razones que implican el corazón del síntoma, su núcleo de goce, podríamos afirmar con el riesgo de transmitir un aforismo.

A veces resulta patético escuchar a un psicoanalista intentando convencer a un médico de las virtudes de entender el síntoma como freudiano, y esto es así porque no se trata de que tal médico o tal otro no entiendan la concepción novedosa que implica el síntoma desde el psicoanálisis. Ya lo dijimos, no es el problema de un médico, es la concepción médica del síntoma la que determina el desconocimiento, es lo que podríamos llamar la ideología médica del síntoma. En el bien entendido que no se trata de cuestionar el síntoma médico ya que éste, por sí, ha mostrado su utilidad.

En “Psicoanálisis y medicina” Lacan toma dos puntos clave sobre los que se edifica la ideología médica actual: el dejar de lado, no enterarse de la demanda del enfermo, y menos aún del goce que siempre implica un cuerpo. Dos pilares que sostienen cada vez con más vigor el andamiaje médico, puesto que éste ha establecido un sólido lazo con el discurso de la ciencia cuyos representantes, los laboratorios médicos, dictan los cánones a seguir en el mundo de la medicina.

La concepción del síntoma que la medicina rechaza se gesta muy tempranamente en la obra de Freud. Lo podríamos decir de otra manera: la mutación en la concepción del síntoma funda el psicoanálisis y es previa a la formalización del inconsciente.

Un texto fundamental para entender cómo se produce esta nueva concepción del síntoma es “Psicoterapia de la histeria”, texto en el cual Freud expone los resultados de sus investigaciones sobre el síntoma histérico y sobre la estructura que da sostén a esta nueva forma de entender lo sintomático.

En el texto citado, “Psicoterapia de la histeria”, Freud nos recuerda que en “La comunicación preliminar” escrita conjuntamente con Breuer, habían afirmado que los síntomas histéricos desaparecían inmediatamente en cuanto se conseguía despertar con toda claridad el recuerdo del proceso provocador. Es decir, que postulaban que la descarga verbal actuaba sobre una representación no descargada.

Ya no es el síntoma signo de una disfunción orgánica, sino que se trata de una manifestación de lo reprimido.

En el texto citado “Psicoterapia de la histeria”, Freud, además de afirmar el pasaje del síntoma médico al síntoma analítico (usada esta expresión en un sentido amplio), intenta diferenciar las manifestaciones de la angustia de los malestares sintomáticos, y lo realiza separando lo que corresponde a la neurosis histérica de lo que denomina neurastenia y neurosis de angustia.

Me parece que este comienzo freudiano es importante, puesto que si es bien cierto que la ideología médica hace impermeable entender al síntoma en su formalización analítica, cierta confusión entre el síntoma y fenómenos ligados a la angustia, incluso a la inhibición en el campo analítico, contribuyen a aumentar la resistencia.

En otro lugar, Sevilla, intenté plasmar algunas líneas de demarcación entre la angustia y el síntoma; ahora la línea de separación será entre la inhibición y el síntoma.

Para tensar esta línea hay tres grandes textos que marcarán mi recorrido. Primero el texto por excelencia: “Inhibición, síntoma y angustia”, texto de Freud de 1925; en segundo lugar el Seminario 10 de Lacan sobre “La angustia”; y, en tercer lugar, la primera lección del Seminario 22 “RSI”.

“Inhibición, síntoma y angustia”, distintas formas del malestar que son agrupadas por Freud para marcar las diferencias entre ellas, máxime teniendo en cuenta que en este escrito transformará radicalmente su concepción sobre la angustia.

El texto freudiano comienza con una primera incursión sobre la diferencia entre síntoma e inhibición, que será una guía extremadamente útil para el desarrollo del tema.

Lo primero que afirma Freud es que la inhibición pertenece a un campo distinto del síntoma, ya que la primera presenta una relación especial con la función. De esta manera introduce Freud un término que será esencial en el estudio de la inhibición, el término “función”, lo que hace posible que la inhibición de una función pueda adquirir el rango de normal o patológica según la magnitud de la inhibición de la función, es decir, que la inhibición pueda llegar a ser considerada un síntoma.

Debemos reconocer que el término función es usado por Freud de una manera muy amplia, lo que le permite colocar en el rango de la inhibición fenómenos muy diversos. Es así como nos habla de inhibiciones en la función sexual que van de la impotencia a la falta de placer del órgano. También describe las inhibiciones más frecuentes de la nutrición, entre las que destaca la repugnancia. En tercer lugar nombra la inhibición de la locomoción, punto que pondrá de relieve Lacan y, casi fuera de serie, Freud designa la inhibición de la capacidad de trabajo.

La explicación freudiana es simple: la función yoica de un órgano queda alterada cuando su significación sexual, su erogeneidad, recibe un incremento.

En el seminario de “La angustia”, Lacan va construyendo un esquema sobre “Inhibición, síntoma y angustia” al entender que estos tres términos no son del mismo nivel, es decir que no hacen serie.

La inhibición, nos dice Lacan, se encuentra en la dimensión del movimiento, aunque este movimiento sea metafórico, la detención de este movimiento es la inhibición. Es un impedimento.

El impedimento, la detención de un movimiento funcional, Freud nos dice, implica investigar las distintas perturbaciones del yo. De esta manera, para Freud, el yo aparece como lugar de la función, es más, Freud lo llama sede de las funciones del yo, es decir, que la inhibición se enreda con la angustia por tener la misma ubicación. Freud explícitamente afirma la estrecha relación de la angustia con la inhibición: “Algunas inhibiciones son renuncias a la función a causa de que durante su realización surgiría angustia”. Al tener su sede en el yo, la angustia y la inhibición se separan del síntoma, que tiene distinta ubicación.

El punto álgido, el punto que se presenta como un verdadero obstáculo para entender la inhibición freudiana es el lugar de su localización, es decir, el yo. Si se lee el texto con un poco de atención se puede llegar a pensar que el yo sede de la inhibición es distinto al yo sede de la angustia.

En el apartado IV de “Inhibición, síntoma y angustia”, al comenzar un nuevo comentario sobre el caso Juanito, Freud nos propone la siguiente explicación de la agorafobia: “El miedo incomprensible al caballo sería el síntoma, y la incapacidad de salir a la calle, un fenómeno de inhibición, una restricción que el yo se impone para no despertar al síntoma de angustia”.

Como podemos leer en el texto, se trata de una restricción que el propio yo se impone para no despertar la angustia, y más adelante agrega que cuando el “yo reconoce el peligro de castración da la señal de angustia e inhibe por medio de la instancia del placer-displacer el amenazador proceso de carga del ello”. Una posición contradictoria, puesto que en un primer momento es la inhibición la que evita la angustia y en un segundo tiempo es la angustia la que produce la inhibición. Pero si rechazamos esta modalidad de sucesión temporal y la reemplazamos por una visión de lugares, cosa que ya está en Freud, podemos ver que la inhibición y la angustia tienen un territorio en común y un lugar diferenciado.

Esto nos permite ubicar la inhibición en el registro imaginario que produce agujero en lo simbólico, y la angustia en el registro de lo real que recubre lo simbólico.

De esta manera podemos sostener que el yo del cual habla Freud en la inhibición es el yo libidinizado, es lo que viene a decir Freud cuando afirma que la “función yoica de un órgano queda alterada cuando su significación sexual, su erogeneización, aumenta”. Es así como Freud está hablando por medio de la erogeneización de un miembro, por ejemplo en la parálisis del escritor, de una irrupción imaginaria que va a determinar a lo simbólico. Lo cual tiene toda su importancia puesto que el goce necesita de un cuerpo para gozar.

Pero en el bien entendido que la función del yo, según la designa Freud, es colocada en ese lugar por la tendencia casi natural de nuestro pensamiento a considerar que la substancia, como tal, está en lo imaginario, y por lo tanto el yo es lo que en la representación hace agujero.

De otra manera, el yo es imaginado como un agujero, agujero que es a la vez taponado en el pronombre personal de primera persona.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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