Portada de la “Revista de las Jornadas Freudianas de Madrid” de 1982, dedicadas a “La Transferencia”, en la que fue publicado este debate.

Revista de las Jornadas del Campo Freudiano 1982
 

DISCUSIÓN SOBRE
“LA TRANSFERENCIA Y SU ESTAGNACIÓN”

Viernes, 3 de Diciembre de 1982.

La sesión fue presidida por Arturo Roldán y contó con la participación de Eduardo Foulkes, Víctor Korman y Moustapha Safouan.

- Arturo Roldán: Tenemos un problema de tiempo. La discusión estaba planteada para las 20.15 y son las 21.15, vamos evidentemente a destiempo, pero ello es bastante habitual en este tipo de encuentros. Tenemos que intentar animar esta discusión y en ese sentido quisiera ser un ánima para poder suscitar la palabra de todos, para hacer surgir las preguntas, las cuestiones, los interrogantes, y para que, en definitiva, hagamos lo que hace el análisis en relación a la palabra. Me parece que en las exposiciones que hemos escuchado han quedado algunas cosas claras que quisiera puntuar. Desde el lado del objeto por ejemplo, ha quedado diferenciado el objeto del amor del objeto del deseo. Objeto del amor que en términos del álgebra lacaniana es la i pequeña, paréntesis, a pequeña, paréntesis, es decir: i(a).

Y del lado del deseo el “petit a”. Creo que desde aquí se abren algunas preguntas posibles que introduzco para animar el debate. Por ejemplo, una pregunta que hace al estilo analítico y que supone también una “vuelta” a Freud: ¿cuál es la relación del amor con el concepto del Sujeto supuesto Saber?, es algo que vale la pena indagar más extensamente. A veces uno tiene la impresión de que todos los analistas volvemos siempre a Freud, de que siempre volvemos a las fuentes, a las citas de Freud, y me preguntaba porqué. De pronto pensé, me di cuenta de que tenía que ver con un simple hecho: el psicoanálisis no es una ciencia positiva, y justamente porque no es una ciencia positiva, como las matemáticas, que puede recurrir permanentemente a su propia formalización, recurre al origen, y entonces nosotros tenemos que volver una y otra vez a Freud para recomenzar. Es decir, que en este recomienzo las preguntas se vuelven a hacer. De nuevo entonces, las preguntas que surgen son la relación del amor al Sujeto supuesto Saber, pero también la relación del odio al Sujeto supuesto Saber, odio que también está en la transferencia. Me parece que por aquí podemos empezar.

- Eduardo Foulkes: Yo asumiría la propuesta de Arturo Roldán solicitándole una precisión a Marga Mendelenko. En algún momento ella habló de la dominación por parte del analista de su deseo, y pensaba que para que esto no fuera una contradicción, es decir, plantear que el deseo sea dominable, habría que pensar que ese dominio posible pasa por el reconocimiento del analista de estar sujetado al deseo.

- Marga Mendelenko: Evidentemente, sujeto del deseo el analista no puede dejar de serlo. Va a serlo siempre. Pero para centrar esto, es decir, ¿qué quiere decir el deseo del analista?, hay que tener en cuenta por un lado que el analista cuenta con su inconsciente para trabajar, y por otra parte la posición misma de analista que debe mantener. Mantener en varias cosas. Tomemos por ejemplo el caso de Ana O., y pongamos allí a Breuer ocupando la posición de analista. ¿Qué es lo que él no pudo escuchar de Ana O., que hizo que creyera que se trataba de algo que le acontecía a Ana O. con respecto a él?. Lo mismo podría señalarse en el caso de Freud con Dora o el Hombre de los lobos. En Dora por ejemplo, Freud está allí “suponiendo” que ella tiene un problema con los hombres y que estaría bien que consiguiese uno. Esto quiere decir dos cosas: por un lado que el deseo del analista lo lleva a veces a olvidar que él ocupa el lugar del Sujeto supuesto Saber desde el inicio del tratamiento, y por otro que Freud, con su deseo de orientar a Dora hacia la heterosexualidad, impide la emergencia en ella del deseo. En el caso de Breuer, por ejemplo, eso que siente él, aterrorizado con lo que le pasa a Ana O. y que lo lleva a interrumpir el tratamiento, no se trata de él, no está él implicado, es el Otro el que está en juego, inclusive en el caso de que él mismo sienta ese deseo, por eso yo digo que la transferencia, el amor, es una ficción pero al mismo tiempo es verdadera.

- Arturo Roldán: Quisiera intervenir para tratar de señalar un aspecto en el que me parece que vale la pena insistir. Habría que separar el deseo “del” analista en general del deseo “de” analista. Es decir, en Breuer no hay un deseo “de” analista, hay un deseo simplemente, y por eso rehuye la situación. Al revés, en Freud aparece un deseo “de” analista, y la única forma de conceptualizarlo es la de connotarlo con una “x”.

Porque justamente es lo que va a permitir la emergencia de lo real del deseo, y por lo tanto su indomabilidad. Este aspecto me parece central en la dirección de la cura. Insisto: hay que diferenciar claramente el deseo “del” analista del deseo “de” analista, porque si no se lo hace por ese camino se llega siempre a la noción de la contratransferencia, noción que entorpece totalmente la cura. En cambio, el deseo “de” analista se juega en la interpretación, o digamos que sólo ahí debe verse para poder precisamente hacer la dirección de la cura. El tema me parece no sólo central sino también sugestivo en el caso de que trabajemos en instituciones que no respondan a una jerarquía. Digo esto porque en las instituciones donde las jerarquías priman este tema nunca podrá ser tocado, y justamente en el conocimiento lacaniano aparece privilegiado este deseo “de” analista en relación a la dirección de la cura.

- Oscar Gutiérrez: Quiero expresar mi sorpresa por la puntualización que hizo Roldán sobre el odio; la relación entre el odio y el Sujeto supuesto Saber en la transferencia. No lo tomé mucho en cuenta, tal vez porque el odio suena feo y porque de alguna manera todo este trabajo tiene que ver con el amor, por lo menos con el amor a Freud. Pero sin formular una respuesta cerrada, yo pensaba si el odio hacia el analista podría pensarse entonces como aquello que le impide reconocer su deseo de confundirlo con el Sujeto supuesto Saber. Recordaba recién una cita de Freud en la que dice: “Contra las pasiones de poco valen unos sublimes discursos, la paciente solo sentirá el desaire y no dejará de vengarse”. Freud siempre hablaba de “la” paciente, lo cual no quiere decir que con “el” paciente esto no ocurra, pero él se expresaba así. ¿Por qué la venganza y qué relación guarda con el odio en el cual la pasión no puede ser desmentida?. Porque en última instancia lo que plantea el amor de transferencia sería que uno puede hablar mucho del amor, el que finalmente vendría a ser una especie de vacío.

- Eduardo Foulkes: Tal vez sea pertinente, en relación a lo que dice Gutiérrez, recordar que tanto el amor como el odio son experiencias que se constituyen en la relación imaginaria y, en mi opinión, ninguna de las dos introduce la falta en el objeto, todo lo contrario, tanto en el amor como en el odio lo que se ve es un intento de establecer una relación con un objeto pleno. En otras palabras, en la experiencia del odio, el objeto odiado es un objeto en el cual la falta se borra. Al odiarlo se está expresando la intención de conocer y circunscribir lo faltante, dándole así una existencia imaginaria y, por lo tanto, la falta podrá ser colmada. Es como si el sujeto le dijera al objeto: “Te odio porque te falta algo que existe”.

- Oscar Gutiérrez: Lo que yo me pregunto es si en el odio se intenta sostener a ultranza la existencia de un objeto pleno y en el amor, en cambio, habría un cierto reconocimiento de la falta. Al menos, más reconocimiento que del lado del odio.

- Eduardo Foulkes: En mi opinión, es difícil poder hacer esa diferencia ya que, como decía, ambos sentimientos se oponen al reconocimiento de la falta y, por lo tanto, al surgimiento del deseo.

- Sr. X: Yo estaba pensando si una venganza habitual por parte de la paciente consiste en abandonar el análisis, precisamente cuando a esas pasiones no se les da respuesta. Por otra parte, me planteo la dificultad de dar respuesta a esas pasiones que en sí mismas resultan como ciegas.

- Oscar Gutiérrez: ¿Qué significa dar respuesta a una pasión?. Por otra parte, abandonar el análisis puede ser precisamente para no escuchar que no hay respuesta posible a la pasión. La pasión puede llegar a funcionar en una situación de vacío; lo único que produce es un eco. Cuando uno habla de pasión habla de algo muy absoluto.

- Sr. X: Bueno, pero el análisis intenta dar una respuesta que no consista en la satisfacción de la demanda, una respuesta a cómo salir de esta situación en la que aparentemente se dice: “el amor es tan loco que no se puede hacer nada”.

- Oscar Gutiérrez: Yo diría que la postura del analista tiene que ser una no respuesta a las demandas de la pasión y que, en última instancia, el paciente debe descubrir la imposibilidad de respuesta a la pasión.

- Sra. X: Yo quería preguntar si, tomando el amor de transferencia como modelo en el cual ver cómo el sujeto ama al objeto actual por amor al objeto perdido, se podría sostener desde allí una diferencia entre la transferencia y la contratransferencia.

- Eduardo Foulkes: Yo, por mi parte, tomaría lo que usted acaba de decir sobre el sujeto y diría que, desde ese punto de vista, transferencia y contratransferencia no se diferencian sino que se asemejan. En ambos casos, el sujeto reacciona en sus sentimientos en función de buscar en el objeto actual el objeto perdido. Pero me adhiero a la necesidad de diferenciar la noción de “contratransferencia” del deseo del analista, ya que lo que está en juego no es ni más ni menos que el estatuto del objeto del deseo, y en la teoría de la contratransferencia no se percibe que ese objeto perdido lo es, no porque quedó en el pasado, sino porque se pierde en lo real.

- Moustapha Safouan: Podríamos decir algo en lo que se refiere a la cuestión de si el deseo del analista es dominable. No recuerdo bien si así lo formuló Marga Mendelenko, pero en todo caso, si se plantea el problema de una forma directa y brutal: ¿puede el analista dominar su deseo?, la respuesta es, evidentemente, no. Para que lo domine sería preciso que lo conozca con anterioridad, y nosotros estamos hablando del deseo inconsciente. Pero esa respuesta no agota el problema ya que es indudable que el analista es afectado por su analizante. Por ejemplo, puede impacientarse porque la cosa se prolonga y se alarga en el tiempo, lo que hace que en él se pueda originar el deseo de pasar a hechos concretos, o puede desear tirar al paciente por la ventana, o, por el contrario, desear mecer al paciente en sus brazos.

Hay muchas vivencias que el analista experimenta, pero justamente se supone que él está preparado para dominar esos movimientos que experimenta. Él debe dominarlos. Es lo que se llama saber “hacerse el muerto”. Es por eso, también, que se habla de la “apatía” del psicoanalista, y esto por referencia a la apatía de los estoicos.

Entonces para que el analista pueda dominar todas esas tendencias, todos esos movimientos, debe estar habitado, dominado por un deseo más fuerte que todos esos deseos, que todas esas tendencias. Pero ese deseo que le permite trabajar como analista, ¿de dónde viene?. Es algo que se debe adjudicar a los efectos del análisis didáctico, ya que suponemos que su análisis didáctico produjo en él una modificación en su libido. Una modificación libidinal tal que un mero deseo se produjo en él, y que justamente ese deseo le permite ocupar la posición de analista. Y es precisamente para saber en qué consiste ese deseo que Lacan instituye la experiencia del “pase”. No deseo explayarme sobre este capítulo, pero diría que el Sr. Roldán tenía razón cuando estimó que el problema de saber si el analista puede dominar su deseo remite directamente al problema del deseo del analista. Evidentemente en la medida en que no haya efectuado su análisis didáctico, capaz de producir esa modificación libidinal en él, su deseo va a hacer ciertamente de las suyas con él y con su analizante.

Es lo que ocurrió en el citado caso de Breuer. Debo decir que toda aquella historia de cuando Breuer interrumpe el análisis de Ana O. y parte con su mujer de viaje, durante el cual le hizo una hija, y que luego esta hija se suicidaría en Nueva York(1), esta historia, en su parte final, es una fábula que fue retomada tal cual por muchos historiadores y analistas, y todo esto es aclarado por Lucy Freeman en su libro “La historia de Ana O.”(2). La hija de Breuer murió acosada como muchos correligionarios durante el nazismo. Esto tiene un interés anecdótico, pero lo que nos interesa es que Breuer, cuando Ana O. comenzó a sentirse mejor luego de pasarse nueve meses sin salir de su habitación -ahora obviamente me pregunto por qué nueve meses-, Breuer, les decía, la invitó a algo que le produciría placer a ella, y que fue el dar un paseo por el Prater, el gran parque de Viena.

Entonces, en su carruaje también llevó a su pequeña hija Berta para que los acompañase, niña que tenía por lo tanto el mismo nombre que Ana O. (Berta Pappenheim).

Recordemos que también la madre de Breuer se llamaba Berta. Es decir, que la presencia del deseo aquí era bastante..., es decir, que si el deseo era un deseo de Berta, ¿qué se puede pedir si no es precisamente otra Berta?. Pero justamente de esto derivó que al regresar, Ana O., en lugar de experimentar un placer, no sólo se deprimió, sino que por primera vez habló claramente del suicidio. Veamos porqué.

Simplemente, Breuer tenía un deseo, pero ¿qué es un deseo?. ¿Quiere decir un anhelo inútil?. Ella era una histérica y asimiló ese deseo a una demanda, o consideró ese deseo como una demanda, y entonces, por eso mismo, se encontró frente a una demanda ante la cual ella no podía responder con otra cosa que con su desesperanza.

Ello es un ejemplo de lo que podríamos designar como las jugarretas que puede originar el deseo del analista, y es por esto mismo que el análisis llamado didáctico es necesario.
 

CITAS:

(1) Ver, por ejemplo, el relato de Ernest Jones en "Vida y obra de Sigmund Freud".
(2) No existe versión en castellano. La versión francesa del original en inglés es de 1977, editada por PUF.
 

     
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