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EL ACTO PSICOANALÍTICO
Conferencia impartida en
la Red de Asistencia Psicoanalítica,
en Madrid, en el año 2001.
El título de esta charla, “el acto analítico”, presupone que vamos a
comentar una modalidad del acto en particular, no el acto en general.
Esta modalidad particular es la que está adjetivada con el término
“psicoanalítico”.
Comienzo con esta afirmación pues es bastante raro encontrar la
palabra “acto” en psicoanálisis por fuera del psicoanálisis lacaniano, y
es que Lacan dedicó un año entero de su enseñanza a este tema del acto
que situó, en primer lugar, como el momento de pasaje del
psicoanalizante a psicoanalista.
Antes de Lacan, me refiero a los posfreudianos y a su zona de
influencia, léase Kurt Schneider por ejemplo, el acto se usaba con un
matiz despreciativo; coloquialmente se decía por ejemplo: tal paciente
es muy actuador, lo que tenía el sentido de alguien que actúa en vez de
hablar, a punto tal que para descalificar al Che Guevara, y no es que yo
esté de acuerdo con sus postulados políticos, se decía que tenía una
personalidad psicopática, es decir, que no era razonable y que actuaba
sin pensar. En cierta medida se oponía pensamiento y acción, oposición
que tiene algo de verdadero pero que no puede asentarse en un juicio de
valor, o en el uso diagnóstico que reemplaza la moral; algo así como
decir que hay que ser razonable, tolerante, y no actuar.
Como ya dije, es con Lacan que el acto psicoanalítico vuelve ha
ocupar el lugar que le dio Freud, lugar que se había perdido, no sólo
por las dificultades de su teorización, sino, también hay que decirlo,
por las dificultades que el término “acto” lleva consigo. De esta
manera, podemos decir que el estudio del acto psicoanalítico puede
arrojar luz sobre las concepciones del acto en general.
Para mostrar parte de estas dificultades podemos recurrir a su
etimología, que según el Corominas viene del latín “actus”, que a su vez
es derivado de “agere”, que sería “obrar”. Esto de por sí es
interesante, puesto que está mucho más cerca de la palabra empleada por
Freud. De este “agere”, entonces, proviene toda esa serie de palabras
que tienen que ver con la actuación teatral, primer o segundo acto de
una obra, o la misma palabra actores, etc.
Más interesante, aún, es el matiz que adquiere la palabra acto dentro
del ámbito jurídico. El Pomares, diccionario jurídico, nos dice que:
“acto es la acción o respuesta secundaria a la elaboración de una
percepción”. Y agrega: “Mediante los sentidos percibimos cosas que
posteriormente, y según el interés que nos motiva, permiten elaborar
pensamientos simples o complejos. El acto surge como acción, respuesta o
reacción, a la sensación experimentada tras la elaboración de lo
percibido. Todo acto humano voluntario surge de una necesidad y conduce
a un premio, placer o incentivo. Cuando existe acto por necesidad o
incentivo hablamos de ‘acto lógico’. Cuando no existe incentivo puede
hablarse de un ‘acto ilógico’, impuesto, reflejo o instintivo. (…) Los
actos humanos pueden ser: voluntarios, involuntarios, lógicos, absurdos,
impuestos, reflejos, mecánicos, instintivos, incentivados y
patológicos”.
Se nota en este extraño galimatías que hay dos concepciones de acto.
El primero es parte de la concepción estímulo-respuesta, el acto vendría
a ser la respuesta a un estímulo: la percepción. Si quieren después
volvemos a esta concepción, pero ahora sigo con la segunda que se
esconde entre tanta palabrería y que es la que entiende el acto como la
culminación de un proceso razonante que permitiría un acto lógico.
Justamente es contra esta concepción que Freud introduce el acto como
“acto fallido”, como acto no logrado.
En Freud, entonces, encontramos la idea del acto en primer lugar como
acto fallido, como acto fracasado. Esta concepción del acto está escrita
en “Psicopatología de la vida cotidiana”, que junto a “La interpretación
de los sueños” y “El chiste y su relación con lo inconsciente” forman el
trípode para estudiar lo que Lacan llamó “las formaciones del
inconsciente”, es decir la estructura significante del inconsciente, y
su gramática: la condensación en términos freudianos, que será
actualizada por Lacan bajo la metáfora, y el desplazamiento, que es el
término utilizado por Freud que Lacan denominará metonimia.
Esta formalización lacaniana permite una mayor simplicidad a la hora
de entender las formaciones del inconsciente y sus relaciones con la
verdad. Dicho de otra manera, la formalización lacaniana nos permitirá
acercarnos más a la verdad que habla en los sueños, en los lapsus, en
los chistes y en los actos fallidos.
La “Psicopatología de la vida cotidiana”, texto de 1905, comienza con
la parte que es más conocida: el primer capítulo, “Olvido de nombres
propios”, es en el que aparece el olvido del nombre de Signorelli, que
Freud va analizando hasta llegar a los frescos de Orvieto donde lo
reprimido eran cuestiones enlazadas a la muerte y a la sexualidad. Y
donde digo cuestiones cometo un ligero error porque Freud habla de
“pensamientos reprimidos”, es decir que muestra al inconsciente como una
cadena de pensamientos reprimidos.
Si seguimos el texto de “Psicopatología…”, nos encontraremos
sucesivamente con el “Olvido de palabras extranjeras”, su capítulo 2,
después con el 3, “Olvido de nombres y de series de palabras”, el
capítulo 4 que alude a los “Recuerdos infantiles y recuerdos
encubridores”, el 5 que habla de las “Equivocaciones orales”, el
capítulo 6 que lleva por título “Equivocaciones en la lectura y en la
escritura”, el 7 que hace al “Olvido de impresiones y propósitos”, y el
8 que ya comienza a ser más adecuado al tema que nos ocupa porque se
refiere a las “Torpezas o actos de término erróneo”, pero cerremos antes
la serie de los temas tratados en esta obra: el capítulo 9 está escrito
sobre “Actos sintomáticos y casuales”, el 10 sobre los “Errores”, el 11
sobre “Actos fallidos combinados” y el 12 sobre “Determinismo, creencia
en la casualidad y en la superstición”.
La sola enumeración de los títulos de los diversos capítulos de
“Psicopatología de la vida cotidiana”, nos muestra una serie no
homogénea que va desde los olvidos y los recuerdos, que tienen que ver
con la memoria, hasta los actos fallidos, que tienen que ver con la
motilidad. Desde esta perspectiva, esta serie no homogénea nos llevará a
un callejón sin salida si no encontramos lo que marca su mínimo común
denominador.
Freud a este punto, a este mínimo común denominador, lo marca con
toda claridad: es el mecanismo que viene en lugar de los pensamientos
reprimidos. De esta manera podemos entender que se recuerde Boltraffio
en vez de Signorelli y que eso sea equivalente al error. Freud da otro
ejemplo: el querer abrir la puerta del laboratorio con la llave de su
casa cuando eran totalmente distintas. De esta forma coloca estas
pequeñas alteraciones de la vida cotidiana en el registro del sentido,
usando esta palabra, en este momento, como antónimo de algo ocurrido por
azar, en forma azarosa, sin sentido.
Como ya he adelantado al enumerar los capítulos, Freud divide a los
actos fallidos en dos grandes grupos: a) aquellos en los cuales el
efecto fallido (es decir lo que Freud llama el extravío de la intención)
es lo principal, los designa como “actos de término erróneo”; y b)
aquellos actos totalmente inadecuados a su fin, los llama “actos
sintomáticos”. Da innumerables ejemplos de cada tipo.
De entre los que proporciona para el primer grupo, ya hemos citado el
error de querer abrir el laboratorio con la llave de su casa, al cual le
da el siguiente sentido: “quiero estar en mi casa”. Estos actos fallidos
que Freud llamó “actos de término erróneo”, se manifiestan como
perturbaciones de otros actos y aparecen como torpezas o despistes.
Los del grupo b) no se apoyan en otros actos conscientes, pero son
aceptados por quienes los realizan de manera natural porque no les
atribuyen intención inconsciente alguna, como pueden ser el acariciarse
la barba o jugar con la correa del reloj.
De todo lo anterior, Freud deduce que los actos fallidos son
equivalentes a los síntomas, pues en definitiva no son más que un
retorno de lo reprimido. Pero lo que hay que tener en cuenta es que no
es la misma forma de retorno, no es una representación que en lugar de
la reprimida retorna, no es el significante que reemplazando a otro
significante reprimido quiere acceder a lo consciente, sino que el
retorno se hace como acto. Freud lo dice como que “está ligado a la
motilidad”.
Tomemos otro ejemplo del mismo Freud que nos permitirá aclarar un
poco más la interpretación del acto fallido: “Años atrás, nos dice
Freud, cuando hacía más visitas profesionales que en la actualidad, me
sucedió muchas veces que al llegar a la puerta de una casa, en vez de
tocar el timbre o golpear con el llamador, sacaba del bolsillo el llavín
de mi propio domicilio para, como es natural, volver a guardarlo un
tanto avergonzado. Fijándome en qué casas me ocurría esto, tuve que
admitir que mi error de sacar la llave en vez de llamar significaba un
homenaje a la casa ante cuya puerta lo cometía, siendo equivalente al
pensamiento: ‘Aquí estoy como en mi casa’, pues sólo me sucedía en los
domicilios de aquellos pacientes a los que había tomado cariño”. Sigue
diciendo Freud: “Por lo tanto el acto fallido era una representación
simbólica de un pensamiento definido, pero no aceptado conscientemente,
dado que el neurólogo sabe siempre muy bien que, en realidad, el enfermo
no le conserva cariño cuando no espera del médico ningún beneficio y que
él mismo no demuestra un interés excesivamente caluroso por sus enfermos
más que en razón a la vida psíquica que en la curación pueda esto
prestarle”. Dejemos de lado la ambigüedad de la última frase y centremos
nuestra atención en lo que Freud llama una “representación simbólica”.
El acto fallido es una representación simbólica de un pensamiento
reprimido, simbólica en el sentido de que va a representar teatralmente
(con el cuerpo) los pensamientos reprimidos.
De esta manera vemos cómo se separan representación, pensamientos y
acto motor fallido, y el pensamiento reprimido es: “Aquí estoy como en
mi casa”. El acto fallido deja de ser algo azaroso para adquirir un
sentido preciso, que por medio de la interpretación freudiana será la
articulación de un saber novedoso, de un saber inconsciente, que cambia
la subjetividad de un sujeto, puesto que lo reprimido pasa a la
conciencia.
Por supuesto si hay reprimido hay represión, pero no es el momento
para hablar sobre ella y ubicarla con justeza en la obra freudiana,
basta recordar que la represión viene, en cierta manera, a ocupar el
lugar que antes de 1900 ocupaba la noción de defensa. Es decir, que en
un primer momento de la obra de Freud la defensa era frente a la
sexualidad, lo mismo que pasa en la represión.
Esto viene a cuento porque la represión divide al sujeto, así que no
se trata del yo como unidad psíquica, no se trata del “self”, ese
curioso término inglés que se traduce por “sí mismo”, sino que por el
contrario, la represión freudiana es una manera de decir que no hay
unidad de ninguna especie, que somos sujetos divididos, escindidos.
Cuando Freud mete la mano en el bolsillo para sacar el llavín de su casa
e intentar abrir la de su paciente, está ejecutando un acto que
reemplaza a los pensamientos inconscientes, pero… ¿de quién son los
pensamientos inconscientes?. Algunos dirán que de Freud, concedido, pero
¿a quién nombra el nombre de Freud?. Por eso diríamos al revés: que los
pensamientos reprimidos poseen (en el sentido de una posesión) al sujeto
Freud, que no está en ningún lado porque decir “sujeto dividido”… quiere
decir que no hay un sujeto.
Es fácil deducir entonces que mientras el acto fallido se pone en
acto, excluye a los pensamientos reprimidos, y mientras pienso no soy
nada más que esos pensamientos, cuya conclusión bien podría ser: “soy
donde no pienso”. La articulación del saber inconsciente destrona al
ser. Dicho de otra manera: el yo de la especie humana, ese pretendido
centro de la personalidad, es esclavo del inconsciente.
Esto último cambia de registro la idea general de que el acto es un
cálculo, o dicho de otra manera que es el final de un razonamiento
calculado que lleva al disfrute de un bien. Al contrario, y ahí está,
para mostrarlo, el único acto logrado: el suicidio. Este acto suicida
muestra a las claras que el sujeto no labora para su bien, que puede
trabajar para su destrucción por medio del acto. Es por eso que los
juristas necesitan dividir el acto en dos: voluntario e involuntario,
pero… ¿el acto suicida es voluntario o involuntario?. Acabo de leer una
novela inédita de un amigo, Luís Lorente para nombrarlo, cuyo título es
“Y sigue lloviendo” -que dicho sea de paso espero ver publicada más o
menos pronto- en donde se describe, con una escritura que marca un
estilo, la desdicha de Roberto Aro, quien en el momento que deja de
pensar salta hacia el suicidio desde el edificio más alto de Madrid.
Esta dicotomía entre pensamiento y acto es sumamente importante,
porque mientras hay pensamientos está presente la indeterminación del
sujeto (como vienen a mostrarlo los pensamientos reprimidos del sueño,
justamente ahí no se sabe dónde está el sujeto), en cambio en el acto no
hay indeterminación del sujeto, hay certeza de que no hay sujeto: en el
momento del acto el sujeto cesa de ser. Después pueden venir los
comentarios, las interpretaciones, pero eso es del orden del después, y
si bien es cierto que todo acto implica un antes y un después, quedará
siempre un real no sabido.
“El analista se autoriza de sí mismo”, aforismo que reemplaza a las
calificaciones académicas para ocupar el lugar del analista. Después de
producido ese acto podrá dar múltiples razones, pero algo quedará en la
oscuridad del acto, lo real del deseo del analista.
La dicotomía entre pensamiento y acto no nos puede hacer perder de
vista que el acto no está fuera del lenguaje. Cuando Freud habla del
acto fallido como “representación simbólica” y le da una interpretación
que es una frase (“quisiera estar en mi casa”), inscribe el acto en el
lenguaje, en el registro simbólico, que viene a sustituir a los
pensamientos reprimidos. Como se puede entender a partir de este
ejemplo, el acto no es la continuación, o el final, de una serie de
pensamientos, el acto es un cortocircuito del pensamiento, una
interferencia sin sujeto.
Por lo anterior se puede distinguir un movimiento motor cualquiera
del acto psicoanalítico, pues este último tiene algo de franqueamiento,
de pasaje de un límite. El ejemplo clásico para poner esto en evidencia
es el paso del Rubicón, cuando César lo pasa cambia su posición
subjetiva, puesto que el Rubicón marca la frontera del Imperio Romano y
aquel célebre “alea jacta est”, la suerte está echada, es una frase
vacía de significaciones, que sólo ratifica casi de manera oracular el
pasaje del acto. Este pasaje, este atravesamiento producido en el acto,
diferencia el acto de cualquier otro movimiento.
Este pasaje que opera el acto conlleva una consecuencia obligada: el
acto separa, el acto, valga la redundancia, es un acto de separación,
como lo es la escansión.
También podemos afirmar lo inverso, la escansión es un acto que
implica un antes y un después, una sesión y otra. Por eso no es un
problema técnico, pero tampoco es un problema de intuición, es un
problema que hace a la temporalidad en uno de cuyos extremos está el
puro goce de hablar, el goce en el bla, bla, y en el otro extremo la
posibilidad de que el acto haga posible la elaboración, esta última
dicha en su sentido freudiano.
La temporalidad tiene como trasfondo una concepción del tiempo que no
es del orden del cronómetro, sino de la lógica. Para abrir un poco el
entendimiento a este tiempo lógico, tendríamos que dar una vuelta sobre
el tiempo, pero como eso no es posible porque, valga la redundancia, nos
llevaría mucho tiempo, sólo marcaré algunos mojones sobre el tema.
Todos hemos vivido el efecto 2000. Aunque no haya pasado nada en el
orden de los hechos, hemos vivido el fenómeno 2000 y todo por un
problema de ceros. No sé si alguno de ustedes vio la televisión,
concretamente “La 2”, por ella transmitieron el momento en que cada país
entraba en el año 2000, que dicho sea de paso mientras más se acercaba a
Europa más aburrido, pero lo que quería señalarles es que se emitió
también la salida del sol, la primera salida del sol del año 2000. No
recuerdo el nombre, pero una tribu, o un pueblo, bailaba una danza
ritual para saludar al sol naciente. Era un espectáculo auténtico, no
folklore a la venta, y esto por una razón muy simple, porque las
personas que allí danzaban no hubieran sido aceptadas por ningún
productor debido a la estética corporal. Era muy hermosa la escena, o
por lo menos a mí me lo pareció, y en ese momento me pregunté: ¿qué
hacía distinto ese amanecer para ellos que habrían realizado ese rito
miles de veces?, ¿por qué ese rito de homenaje al sol naciente mostraba
la marca del 2000?. Y había algo distinto, por lo que se notaba que no
era cualquier año, y eso distinto ¿eran las cámaras de televisión?. En
este sentido el tiempo cronológico es una convención que parece existir
desde siempre. Lo mismo pasa con la medición del tiempo. Les recuerdo
que el uso masivo de los relojes en la muñeca tiene pocos años y sin
embargo es decisivo en nuestra civilización, permite entre otras cosas
las facturas de teléfono.
Vivimos inmersos en las milésimas de segundos, como vienen a
mostrarlo las medallas de oro de las olimpiadas.
El tiempo tiene múltiples aspectos, no voy a entrar en ellos, como
sería hablar de lo instantáneo y lo duradero, del pasado y del futuro y
su tránsito sin retroceso, pero también de la simultaneidad y la
sucesión; podríamos seguir, pero quiero dar una opinión de alguien que
no sea psicoanalista.
He tomado un artículo que lleva por título “El tiempo en psicología”,
escrito por Giovanni Bruno Vicario y publicado en la revista
“Investigación y Ciencia” de octubre de 1997, que finaliza diciendo:
“Decir que el tiempo psicológico no tiene nada que ver con el que
manejan los físicos es seguramente excesivo, pero da una idea bastante
apropiada de la situación”. Dos formas de entender el tiempo.
Como es sabido, hay analistas que siguiendo la costumbre freudiana
trabajan con el tiempo cronológico, habitualmente cuarenta minutos por
el reloj. Pero esta modalidad que se basa en un automatismo técnico
impide la eficacia del acto, puesto que al quedar sometido a la tiranía
del reloj el tiempo no es utilizable para la elaboración.
Al revés de lo anterior la escansión de las sesiones, por el acto
mismo de la escansión hace posible una elaboración, aunque no siempre.
Muchas veces me preguntan en las supervisiones cuándo y dónde escandir.
Esta pregunta busca respuestas técnicas y ese no es el camino, el camino
es buscar la lógica de ese tiempo no cronológico, la lógica que subyace
a las sesiones breves.
Instante de mirar, tiempo de comprender y momento de concluir son las
premisas de esa lógica, que se pueden aplicar a una sesión o a toda una
cura psicoanalítica. Por eso no se puede adelantar lo que va durar una
cura, puesto que ignoramos cuál es el tiempo de comprender de cada
sujeto. Lo mismo puede decirse para cada sesión, donde hay que evitar
que el obsesivo se regodee en su incesante bla, bla, o eludir el lamento
gozoso de la histeria.
Es evidente que, siguiendo esta lógica, la puntuación de la sesión
pretende precipitar los momentos conclusivos a los cuales el analizante
llega. O para decirlo con una cita de “Función y campo de la palabra”:
“Se demuestra allí que es la certidumbre anticipada por el sujeto en ‘el
tiempo para comprender’ la que, por el apresuramiento que precipita el
‘momento de concluir’, determina en el otro la decisión que hace del
propio movimiento del sujeto error o verdad” (“Escritos 1”, página 276).
A lo que cabría agregar, para su entendimiento, que la función
conclusiva de la puntuación es la de suspender toda certidumbre del
sujeto. Sobre este tiempo lógico no puedo explayarme como quisiera, sólo
les doy la referencia para aquellos que quieran extenderse sobre el
tema: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada”, escrito
de 1945.
A veces, no siempre, el tiempo de comprender marca el estilo de cada
analista. Además, la puntuación no tiene el mismo valor en diferentes
momentos de la cura, y aunque la cura es siempre en el uno por uno, no
deja de haber reacciones más o menos típicas según la clínica de las dos
grandes neurosis.
Así, encontramos al obsesivo embarazado de pensamientos, más o menos
impuestos, pensamientos que adquieren la dimensión de un ritornelo
implacable que tapa cualquier agujero. Preso de la duda con la cual
logra evitar por momentos la angustia, y con momentos de precipitación
donde la compulsión arrastra al sujeto, combinados con otros momentos
donde la inhibición lo paraliza en su intento desesperado de tapar lo
real con el significante. Y esto se debe al atrapamiento narcisista de
sus objetos, que formulan la pregunta sin respuesta multiplicados al
infinito, como en esos espejos puestos frente a frente y donde la serie
de imágenes no tiene fin, dirigiendo su mirada hacia el palco donde él
está instalado. Vacilación del sujeto que suele terminar con un “pasaje
al acto” (como los accidentes de coches).
Y encontramos en la histeria el vacío, este sentimiento que muchas
veces puede ser manifiesto pero otras veces se expresa como la sensación
de no vivir, de estar lejos, distante de la vida, y que por eso suele
terminar en “acting-out”.
Esta clínica nos enseña que hay un límite en la acción del
psicoanalista, pues no siempre es posible prever un acto, incluso
pudiendo hacer un cierto pronóstico de un acto ¿qué medidas tomar para
evitarlo?. Creo que aquí se impone una posición de cierta humildad, esta
praxis que es el psicoanálisis tiene sus límites. Si de pronto nos
encontramos con una persona que realmente no ha sido deseada por sus
padres, como era el caso que trabajamos hace un mes y que presentó
Manuel Camacho, poco es lo que podemos hacer para evitarle un destino
que a veces lleva inevitablemente al suicidio. He tenido algunos casos
de este tipo, y sólo se suele lograr un aplazamiento temporal del acto
suicida.
Es cierto que ciertos actos que son excesivamente transgresivos
volverán a repetirse, estoy hablando de violaciones, de homicidios, y
aquí nos encontramos con la paradoja de que a estos sujetos, además de
la pena dictada por el juez, se les obliga a un tratamiento
psicoterapéutico con la idea de que habría una curación. Este tipo de
actos no son analizables.
Este problema clínico se agrava en la psicosis por lo que la
psiquiatría clásica llama “actos inmotivados”, es decir psicóticos,
paranoicos generalmente, que se suicidan o matan sin que nada nos avise
de ellos. Otras veces las voces alucinadas, a las que, recordémoslo, no
pueden desobedecer, nos dan la pista de un acto peligroso.
© ARTURO ROLDÁN
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