Cayo Julio César, a quien se refiere Arturo Roldán en esta conferencia a propósito de que ejemplifica con su paso del Rubicón el paso del acto, “un acto de separación, como lo es la escansión”.

Busto de Cayo Julio César

 

EL ACTO PSICOANALÍTICO

Conferencia impartida en la Red de Asistencia Psicoanalítica,
en Madrid, en el año 2001.

El título de esta charla, “el acto analítico”, presupone que vamos a comentar una modalidad del acto en particular, no el acto en general. Esta modalidad particular es la que está adjetivada con el término “psicoanalítico”.

Comienzo con esta afirmación pues es bastante raro encontrar la palabra “acto” en psicoanálisis por fuera del psicoanálisis lacaniano, y es que Lacan dedicó un año entero de su enseñanza a este tema del acto que situó, en primer lugar, como el momento de pasaje del psicoanalizante a psicoanalista.

Antes de Lacan, me refiero a los posfreudianos y a su zona de influencia, léase Kurt Schneider por ejemplo, el acto se usaba con un matiz despreciativo; coloquialmente se decía por ejemplo: tal paciente es muy actuador, lo que tenía el sentido de alguien que actúa en vez de hablar, a punto tal que para descalificar al Che Guevara, y no es que yo esté de acuerdo con sus postulados políticos, se decía que tenía una personalidad psicopática, es decir, que no era razonable y que actuaba sin pensar. En cierta medida se oponía pensamiento y acción, oposición que tiene algo de verdadero pero que no puede asentarse en un juicio de valor, o en el uso diagnóstico que reemplaza la moral; algo así como decir que hay que ser razonable, tolerante, y no actuar.

Como ya dije, es con Lacan que el acto psicoanalítico vuelve ha ocupar el lugar que le dio Freud, lugar que se había perdido, no sólo por las dificultades de su teorización, sino, también hay que decirlo, por las dificultades que el término “acto” lleva consigo. De esta manera, podemos decir que el estudio del acto psicoanalítico puede arrojar luz sobre las concepciones del acto en general.

Para mostrar parte de estas dificultades podemos recurrir a su etimología, que según el Corominas viene del latín “actus”, que a su vez es derivado de “agere”, que sería “obrar”. Esto de por sí es interesante, puesto que está mucho más cerca de la palabra empleada por Freud. De este “agere”, entonces, proviene toda esa serie de palabras que tienen que ver con la actuación teatral, primer o segundo acto de una obra, o la misma palabra actores, etc.

Más interesante, aún, es el matiz que adquiere la palabra acto dentro del ámbito jurídico. El Pomares, diccionario jurídico, nos dice que: “acto es la acción o respuesta secundaria a la elaboración de una percepción”. Y agrega: “Mediante los sentidos percibimos cosas que posteriormente, y según el interés que nos motiva, permiten elaborar pensamientos simples o complejos. El acto surge como acción, respuesta o reacción, a la sensación experimentada tras la elaboración de lo percibido. Todo acto humano voluntario surge de una necesidad y conduce a un premio, placer o incentivo. Cuando existe acto por necesidad o incentivo hablamos de ‘acto lógico’. Cuando no existe incentivo puede hablarse de un ‘acto ilógico’, impuesto, reflejo o instintivo. (…) Los actos humanos pueden ser: voluntarios, involuntarios, lógicos, absurdos, impuestos, reflejos, mecánicos, instintivos, incentivados y patológicos”.

Se nota en este extraño galimatías que hay dos concepciones de acto. El primero es parte de la concepción estímulo-respuesta, el acto vendría a ser la respuesta a un estímulo: la percepción. Si quieren después volvemos a esta concepción, pero ahora sigo con la segunda que se esconde entre tanta palabrería y que es la que entiende el acto como la culminación de un proceso razonante que permitiría un acto lógico. Justamente es contra esta concepción que Freud introduce el acto como “acto fallido”, como acto no logrado.

En Freud, entonces, encontramos la idea del acto en primer lugar como acto fallido, como acto fracasado. Esta concepción del acto está escrita en “Psicopatología de la vida cotidiana”, que junto a “La interpretación de los sueños” y “El chiste y su relación con lo inconsciente” forman el trípode para estudiar lo que Lacan llamó “las formaciones del inconsciente”, es decir la estructura significante del inconsciente, y su gramática: la condensación en términos freudianos, que será actualizada por Lacan bajo la metáfora, y el desplazamiento, que es el término utilizado por Freud que Lacan denominará metonimia.

Esta formalización lacaniana permite una mayor simplicidad a la hora de entender las formaciones del inconsciente y sus relaciones con la verdad. Dicho de otra manera, la formalización lacaniana nos permitirá acercarnos más a la verdad que habla en los sueños, en los lapsus, en los chistes y en los actos fallidos.

La “Psicopatología de la vida cotidiana”, texto de 1905, comienza con la parte que es más conocida: el primer capítulo, “Olvido de nombres propios”, es en el que aparece el olvido del nombre de Signorelli, que Freud va analizando hasta llegar a los frescos de Orvieto donde lo reprimido eran cuestiones enlazadas a la muerte y a la sexualidad. Y donde digo cuestiones cometo un ligero error porque Freud habla de “pensamientos reprimidos”, es decir que muestra al inconsciente como una cadena de pensamientos reprimidos.

Si seguimos el texto de “Psicopatología…”, nos encontraremos sucesivamente con el “Olvido de palabras extranjeras”, su capítulo 2, después con el 3, “Olvido de nombres y de series de palabras”, el capítulo 4 que alude a los “Recuerdos infantiles y recuerdos encubridores”, el 5 que habla de las “Equivocaciones orales”, el capítulo 6 que lleva por título “Equivocaciones en la lectura y en la escritura”, el 7 que hace al “Olvido de impresiones y propósitos”, y el 8 que ya comienza a ser más adecuado al tema que nos ocupa porque se refiere a las “Torpezas o actos de término erróneo”, pero cerremos antes la serie de los temas tratados en esta obra: el capítulo 9 está escrito sobre “Actos sintomáticos y casuales”, el 10 sobre los “Errores”, el 11 sobre “Actos fallidos combinados” y el 12 sobre “Determinismo, creencia en la casualidad y en la superstición”.

La sola enumeración de los títulos de los diversos capítulos de “Psicopatología de la vida cotidiana”, nos muestra una serie no homogénea que va desde los olvidos y los recuerdos, que tienen que ver con la memoria, hasta los actos fallidos, que tienen que ver con la motilidad. Desde esta perspectiva, esta serie no homogénea nos llevará a un callejón sin salida si no encontramos lo que marca su mínimo común denominador.

Freud a este punto, a este mínimo común denominador, lo marca con toda claridad: es el mecanismo que viene en lugar de los pensamientos reprimidos. De esta manera podemos entender que se recuerde Boltraffio en vez de Signorelli y que eso sea equivalente al error. Freud da otro ejemplo: el querer abrir la puerta del laboratorio con la llave de su casa cuando eran totalmente distintas. De esta forma coloca estas pequeñas alteraciones de la vida cotidiana en el registro del sentido, usando esta palabra, en este momento, como antónimo de algo ocurrido por azar, en forma azarosa, sin sentido.

Como ya he adelantado al enumerar los capítulos, Freud divide a los actos fallidos en dos grandes grupos: a) aquellos en los cuales el efecto fallido (es decir lo que Freud llama el extravío de la intención) es lo principal, los designa como “actos de término erróneo”; y b) aquellos actos totalmente inadecuados a su fin, los llama “actos sintomáticos”. Da innumerables ejemplos de cada tipo.

De entre los que proporciona para el primer grupo, ya hemos citado el error de querer abrir el laboratorio con la llave de su casa, al cual le da el siguiente sentido: “quiero estar en mi casa”. Estos actos fallidos que Freud llamó “actos de término erróneo”, se manifiestan como perturbaciones de otros actos y aparecen como torpezas o despistes.

Los del grupo b) no se apoyan en otros actos conscientes, pero son aceptados por quienes los realizan de manera natural porque no les atribuyen intención inconsciente alguna, como pueden ser el acariciarse la barba o jugar con la correa del reloj.

De todo lo anterior, Freud deduce que los actos fallidos son equivalentes a los síntomas, pues en definitiva no son más que un retorno de lo reprimido. Pero lo que hay que tener en cuenta es que no es la misma forma de retorno, no es una representación que en lugar de la reprimida retorna, no es el significante que reemplazando a otro significante reprimido quiere acceder a lo consciente, sino que el retorno se hace como acto. Freud lo dice como que “está ligado a la motilidad”.

Tomemos otro ejemplo del mismo Freud que nos permitirá aclarar un poco más la interpretación del acto fallido: “Años atrás, nos dice Freud, cuando hacía más visitas profesionales que en la actualidad, me sucedió muchas veces que al llegar a la puerta de una casa, en vez de tocar el timbre o golpear con el llamador, sacaba del bolsillo el llavín de mi propio domicilio para, como es natural, volver a guardarlo un tanto avergonzado. Fijándome en qué casas me ocurría esto, tuve que admitir que mi error de sacar la llave en vez de llamar significaba un homenaje a la casa ante cuya puerta lo cometía, siendo equivalente al pensamiento: ‘Aquí estoy como en mi casa’, pues sólo me sucedía en los domicilios de aquellos pacientes a los que había tomado cariño”. Sigue diciendo Freud: “Por lo tanto el acto fallido era una representación simbólica de un pensamiento definido, pero no aceptado conscientemente, dado que el neurólogo sabe siempre muy bien que, en realidad, el enfermo no le conserva cariño cuando no espera del médico ningún beneficio y que él mismo no demuestra un interés excesivamente caluroso por sus enfermos más que en razón a la vida psíquica que en la curación pueda esto prestarle”. Dejemos de lado la ambigüedad de la última frase y centremos nuestra atención en lo que Freud llama una “representación simbólica”. El acto fallido es una representación simbólica de un pensamiento reprimido, simbólica en el sentido de que va a representar teatralmente (con el cuerpo) los pensamientos reprimidos.

De esta manera vemos cómo se separan representación, pensamientos y acto motor fallido, y el pensamiento reprimido es: “Aquí estoy como en mi casa”. El acto fallido deja de ser algo azaroso para adquirir un sentido preciso, que por medio de la interpretación freudiana será la articulación de un saber novedoso, de un saber inconsciente, que cambia la subjetividad de un sujeto, puesto que lo reprimido pasa a la conciencia.

Por supuesto si hay reprimido hay represión, pero no es el momento para hablar sobre ella y ubicarla con justeza en la obra freudiana, basta recordar que la represión viene, en cierta manera, a ocupar el lugar que antes de 1900 ocupaba la noción de defensa. Es decir, que en un primer momento de la obra de Freud la defensa era frente a la sexualidad, lo mismo que pasa en la represión.

Esto viene a cuento porque la represión divide al sujeto, así que no se trata del yo como unidad psíquica, no se trata del “self”, ese curioso término inglés que se traduce por “sí mismo”, sino que por el contrario, la represión freudiana es una manera de decir que no hay unidad de ninguna especie, que somos sujetos divididos, escindidos. Cuando Freud mete la mano en el bolsillo para sacar el llavín de su casa e intentar abrir la de su paciente, está ejecutando un acto que reemplaza a los pensamientos inconscientes, pero… ¿de quién son los pensamientos inconscientes?. Algunos dirán que de Freud, concedido, pero ¿a quién nombra el nombre de Freud?. Por eso diríamos al revés: que los pensamientos reprimidos poseen (en el sentido de una posesión) al sujeto Freud, que no está en ningún lado porque decir “sujeto dividido”… quiere decir que no hay un sujeto.

Es fácil deducir entonces que mientras el acto fallido se pone en acto, excluye a los pensamientos reprimidos, y mientras pienso no soy nada más que esos pensamientos, cuya conclusión bien podría ser: “soy donde no pienso”. La articulación del saber inconsciente destrona al ser. Dicho de otra manera: el yo de la especie humana, ese pretendido centro de la personalidad, es esclavo del inconsciente.

Esto último cambia de registro la idea general de que el acto es un cálculo, o dicho de otra manera que es el final de un razonamiento calculado que lleva al disfrute de un bien. Al contrario, y ahí está, para mostrarlo, el único acto logrado: el suicidio. Este acto suicida muestra a las claras que el sujeto no labora para su bien, que puede trabajar para su destrucción por medio del acto. Es por eso que los juristas necesitan dividir el acto en dos: voluntario e involuntario, pero… ¿el acto suicida es voluntario o involuntario?. Acabo de leer una novela inédita de un amigo, Luís Lorente para nombrarlo, cuyo título es “Y sigue lloviendo” -que dicho sea de paso espero ver publicada más o menos pronto- en donde se describe, con una escritura que marca un estilo, la desdicha de Roberto Aro, quien en el momento que deja de pensar salta hacia el suicidio desde el edificio más alto de Madrid.

Esta dicotomía entre pensamiento y acto es sumamente importante, porque mientras hay pensamientos está presente la indeterminación del sujeto (como vienen a mostrarlo los pensamientos reprimidos del sueño, justamente ahí no se sabe dónde está el sujeto), en cambio en el acto no hay indeterminación del sujeto, hay certeza de que no hay sujeto: en el momento del acto el sujeto cesa de ser. Después pueden venir los comentarios, las interpretaciones, pero eso es del orden del después, y si bien es cierto que todo acto implica un antes y un después, quedará siempre un real no sabido.

“El analista se autoriza de sí mismo”, aforismo que reemplaza a las calificaciones académicas para ocupar el lugar del analista. Después de producido ese acto podrá dar múltiples razones, pero algo quedará en la oscuridad del acto, lo real del deseo del analista.

La dicotomía entre pensamiento y acto no nos puede hacer perder de vista que el acto no está fuera del lenguaje. Cuando Freud habla del acto fallido como “representación simbólica” y le da una interpretación que es una frase (“quisiera estar en mi casa”), inscribe el acto en el lenguaje, en el registro simbólico, que viene a sustituir a los pensamientos reprimidos. Como se puede entender a partir de este ejemplo, el acto no es la continuación, o el final, de una serie de pensamientos, el acto es un cortocircuito del pensamiento, una interferencia sin sujeto.

Por lo anterior se puede distinguir un movimiento motor cualquiera del acto psicoanalítico, pues este último tiene algo de franqueamiento, de pasaje de un límite. El ejemplo clásico para poner esto en evidencia es el paso del Rubicón, cuando César lo pasa cambia su posición subjetiva, puesto que el Rubicón marca la frontera del Imperio Romano y aquel célebre “alea jacta est”, la suerte está echada, es una frase vacía de significaciones, que sólo ratifica casi de manera oracular el pasaje del acto. Este pasaje, este atravesamiento producido en el acto, diferencia el acto de cualquier otro movimiento.

Este pasaje que opera el acto conlleva una consecuencia obligada: el acto separa, el acto, valga la redundancia, es un acto de separación, como lo es la escansión.

También podemos afirmar lo inverso, la escansión es un acto que implica un antes y un después, una sesión y otra. Por eso no es un problema técnico, pero tampoco es un problema de intuición, es un problema que hace a la temporalidad en uno de cuyos extremos está el puro goce de hablar, el goce en el bla, bla, y en el otro extremo la posibilidad de que el acto haga posible la elaboración, esta última dicha en su sentido freudiano.

La temporalidad tiene como trasfondo una concepción del tiempo que no es del orden del cronómetro, sino de la lógica. Para abrir un poco el entendimiento a este tiempo lógico, tendríamos que dar una vuelta sobre el tiempo, pero como eso no es posible porque, valga la redundancia, nos llevaría mucho tiempo, sólo marcaré algunos mojones sobre el tema.

Todos hemos vivido el efecto 2000. Aunque no haya pasado nada en el orden de los hechos, hemos vivido el fenómeno 2000 y todo por un problema de ceros. No sé si alguno de ustedes vio la televisión, concretamente “La 2”, por ella transmitieron el momento en que cada país entraba en el año 2000, que dicho sea de paso mientras más se acercaba a Europa más aburrido, pero lo que quería señalarles es que se emitió también la salida del sol, la primera salida del sol del año 2000. No recuerdo el nombre, pero una tribu, o un pueblo, bailaba una danza ritual para saludar al sol naciente. Era un espectáculo auténtico, no folklore a la venta, y esto por una razón muy simple, porque las personas que allí danzaban no hubieran sido aceptadas por ningún productor debido a la estética corporal. Era muy hermosa la escena, o por lo menos a mí me lo pareció, y en ese momento me pregunté: ¿qué hacía distinto ese amanecer para ellos que habrían realizado ese rito miles de veces?, ¿por qué ese rito de homenaje al sol naciente mostraba la marca del 2000?. Y había algo distinto, por lo que se notaba que no era cualquier año, y eso distinto ¿eran las cámaras de televisión?. En este sentido el tiempo cronológico es una convención que parece existir desde siempre. Lo mismo pasa con la medición del tiempo. Les recuerdo que el uso masivo de los relojes en la muñeca tiene pocos años y sin embargo es decisivo en nuestra civilización, permite entre otras cosas las facturas de teléfono.

Vivimos inmersos en las milésimas de segundos, como vienen a mostrarlo las medallas de oro de las olimpiadas.

El tiempo tiene múltiples aspectos, no voy a entrar en ellos, como sería hablar de lo instantáneo y lo duradero, del pasado y del futuro y su tránsito sin retroceso, pero también de la simultaneidad y la sucesión; podríamos seguir, pero quiero dar una opinión de alguien que no sea psicoanalista.

He tomado un artículo que lleva por título “El tiempo en psicología”, escrito por Giovanni Bruno Vicario y publicado en la revista “Investigación y Ciencia” de octubre de 1997, que finaliza diciendo: “Decir que el tiempo psicológico no tiene nada que ver con el que manejan los físicos es seguramente excesivo, pero da una idea bastante apropiada de la situación”. Dos formas de entender el tiempo.

Como es sabido, hay analistas que siguiendo la costumbre freudiana trabajan con el tiempo cronológico, habitualmente cuarenta minutos por el reloj. Pero esta modalidad que se basa en un automatismo técnico impide la eficacia del acto, puesto que al quedar sometido a la tiranía del reloj el tiempo no es utilizable para la elaboración.

Al revés de lo anterior la escansión de las sesiones, por el acto mismo de la escansión hace posible una elaboración, aunque no siempre. Muchas veces me preguntan en las supervisiones cuándo y dónde escandir. Esta pregunta busca respuestas técnicas y ese no es el camino, el camino es buscar la lógica de ese tiempo no cronológico, la lógica que subyace a las sesiones breves.

Instante de mirar, tiempo de comprender y momento de concluir son las premisas de esa lógica, que se pueden aplicar a una sesión o a toda una cura psicoanalítica. Por eso no se puede adelantar lo que va durar una cura, puesto que ignoramos cuál es el tiempo de comprender de cada sujeto. Lo mismo puede decirse para cada sesión, donde hay que evitar que el obsesivo se regodee en su incesante bla, bla, o eludir el lamento gozoso de la histeria.

Es evidente que, siguiendo esta lógica, la puntuación de la sesión pretende precipitar los momentos conclusivos a los cuales el analizante llega. O para decirlo con una cita de “Función y campo de la palabra”: “Se demuestra allí que es la certidumbre anticipada por el sujeto en ‘el tiempo para comprender’ la que, por el apresuramiento que precipita el ‘momento de concluir’, determina en el otro la decisión que hace del propio movimiento del sujeto error o verdad” (“Escritos 1”, página 276). A lo que cabría agregar, para su entendimiento, que la función conclusiva de la puntuación es la de suspender toda certidumbre del sujeto. Sobre este tiempo lógico no puedo explayarme como quisiera, sólo les doy la referencia para aquellos que quieran extenderse sobre el tema: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada”, escrito de 1945.

A veces, no siempre, el tiempo de comprender marca el estilo de cada analista. Además, la puntuación no tiene el mismo valor en diferentes momentos de la cura, y aunque la cura es siempre en el uno por uno, no deja de haber reacciones más o menos típicas según la clínica de las dos grandes neurosis.

Así, encontramos al obsesivo embarazado de pensamientos, más o menos impuestos, pensamientos que adquieren la dimensión de un ritornelo implacable que tapa cualquier agujero. Preso de la duda con la cual logra evitar por momentos la angustia, y con momentos de precipitación donde la compulsión arrastra al sujeto, combinados con otros momentos donde la inhibición lo paraliza en su intento desesperado de tapar lo real con el significante. Y esto se debe al atrapamiento narcisista de sus objetos, que formulan la pregunta sin respuesta multiplicados al infinito, como en esos espejos puestos frente a frente y donde la serie de imágenes no tiene fin, dirigiendo su mirada hacia el palco donde él está instalado. Vacilación del sujeto que suele terminar con un “pasaje al acto” (como los accidentes de coches).

Y encontramos en la histeria el vacío, este sentimiento que muchas veces puede ser manifiesto pero otras veces se expresa como la sensación de no vivir, de estar lejos, distante de la vida, y que por eso suele terminar en “acting-out”.

Esta clínica nos enseña que hay un límite en la acción del psicoanalista, pues no siempre es posible prever un acto, incluso pudiendo hacer un cierto pronóstico de un acto ¿qué medidas tomar para evitarlo?. Creo que aquí se impone una posición de cierta humildad, esta praxis que es el psicoanálisis tiene sus límites. Si de pronto nos encontramos con una persona que realmente no ha sido deseada por sus padres, como era el caso que trabajamos hace un mes y que presentó Manuel Camacho, poco es lo que podemos hacer para evitarle un destino que a veces lleva inevitablemente al suicidio. He tenido algunos casos de este tipo, y sólo se suele lograr un aplazamiento temporal del acto suicida.

Es cierto que ciertos actos que son excesivamente transgresivos volverán a repetirse, estoy hablando de violaciones, de homicidios, y aquí nos encontramos con la paradoja de que a estos sujetos, además de la pena dictada por el juez, se les obliga a un tratamiento psicoterapéutico con la idea de que habría una curación. Este tipo de actos no son analizables.

Este problema clínico se agrava en la psicosis por lo que la psiquiatría clásica llama “actos inmotivados”, es decir psicóticos, paranoicos generalmente, que se suicidan o matan sin que nada nos avise de ellos. Otras veces las voces alucinadas, a las que, recordémoslo, no pueden desobedecer, nos dan la pista de un acto peligroso.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
    Ir a INICIO Volver  Subir