Portada de la “Revista de las Jornadas Freudianas de Madrid” de 1982, dedicadas a “La Transferencia”, en la que fue publicado este trabajo.

Revista de las Jornadas del Campo Freudiano 1982
 

EL ESPACIO TRANSFERENCIAL

Oscar Masotta solía decir con frecuencia que allí donde creía repetir traicionaba, y allí donde creía traicionar repetía. Señalaba, entre otras cosas, la fugacidad del decir inconsciente que sólo una posición de escucha permite arrebatar a la repetición. Comenzar por este recuerdo, además de aludir a un nombre, abre el encabezamiento al punto de partida, que como está escrito en el programa es el espacio transferencial. Salta a la vista que el segundo término está adjetivizado; y al adjetivizar el sustantivo pretendo acotar un espacio que sólo es descifrado en el acto analítico. Acto que es un dicho y cuya estructura significante coloca a la transferencia como uno de sus conceptos fundantes.

Era mi intención dividir este espacio en dos: el espacio transferencial en Freud y el mismo espacio en Lacan. Sin embargo, por lo escuchado en la tarde de ayer, intentaré agregar un tercer punto en forma muy breve. Un punto que puedo enunciar como: el estatuto del concepto dentro o en el discurso analítico.

Comienzo por el último punto, es decir, el estatuto o el estado del concepto en el discurso analítico. Esto implica de entrada una severa distinción con los usos y abusos de este término en otros ámbitos. Y la primera diferencia a señalar es con el concepto en el ámbito de la filosofía, ya sean estas filosofías empiristas, nominalistas, idealistas o cualquiera otra.

Y debe quedar clara la diferencia con aquellas posturas que sostienen al concepto en relación a un objeto, ya sea éste real, ideal, metafísico o axiológico. En el discurso analítico, el concepto tiene su referente en lo real. Diferencia crucial que marca una posición novedosa en el conjunto de las ciencias conjeturales; o para decirlo medio en serio medio en chiste, en el conjunto de la ciencia-ficción.

El referente del concepto es lo real, y Lacan utiliza para su adecuada ordenación el cálculo infinitesimal ya que, recordemos, lo real es lo imposible. También puede ser dicho de otra manera: entre el concepto y lo real existe una relación de connotación. Y es indudable que el término relación cubre de forma imaginaria ese correlato obligado que hace a lo real del concepto. Es decir, que, siguiendo el discurso lacaniano, el significante extrae de lo real al concepto. Este camino es opuesto al de la psicología, que en general entiende al concepto como una denotación biunívoca. Vale la pena insistir: la emergencia del concepto analítico, que es del orden de la agudeza, es en lo real del deseo, y en forma específica del deseo de analista.

Luego de este apretado resumen, abro a vuestra escucha el segundo punto que proponía: el espacio transferencial en Freud, o el espacio de Freud. Para comenzar la indagación de este punto, repetiré en forma aforística lo que está desarrollado en “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”: “la transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente”(1). Es bien cierto que Lacan, pocos años después, en el Seminario 15, cuyo título es “El acto psicoanalítico”, afirma que este aforismo está un poco pasado de moda. Es que su recorrido lo ha llevado a colocar en primer plano al goce de la repetición, con lo cual, en una nueva vuelta de tuerca, hace emerger al concepto con una nueva connotación. Sin duda, pero en la cuestión del espacio es mejor caminar despacio, y en el aforismo citado podemos leer, por un lado, un acto; por otro, una realidad.

Esto, a su manera, está en Freud. En “La dinámica de la transferencia”(2) afirma textualmente: “cuando en la materia del complejo hay algo que se presta a ser transferido a la persona del médico, se establece en el acto esa transferencia”. Recordemos que Freud ha seguido al complejo patógeno por el camino de la regresión tópica hasta lo inconsciente, lugar del acto transferencial. De esta realidad psíquica, de este lugar tópico, un acto (que es un decir) une dos lugares tópicos que son parte extra partes. Con esto no hace otra cosa que seguir la línea de su propio pensamiento inaugurada en los “Estudios sobre la histeria”, donde, específicamente en “Psicoterapia de la histeria”, define la transferencia como un efecto displaciente debido a la emergencia de una representación que es transferida al médico por falsa conexión(3). La cual, en “La interpretación de los sueños”, teoriza sobre el modelo del desplazamiento, con la cualidad de ser tanto intra como intersistémica.

Puesta en acto, entonces, de la realidad inconsciente. Y esta realidad es la del deseo sexual y su articulación significante, por donde es abierta la escena al fantasma -castillo antiguo donde los ruidos muestran al objeto en los rodeos pulsionales.

Esta realidad psíquica es para Freud otra instancia, otro sistema, otra localidad fuera del tiempo y fuera del espacio; o como él lo afirma, otra escena distinta a la dada por el mundo de representaciones concientes. Características singulares que surgen en las paradojas del discurso freudiano obligando a la introducción de distintos movimientos: el punto de vista dinámico, el económico, el tópico. Su primera aproximación es la creación de “representaciones auxiliares” que posibiliten cierto acercamiento a su aparato psíquico. Y es así como aparecen el microscopio y el telescopio como modelos analógicos, para dibujar sus propias figuras.

En el capítulo “Psicología de los procesos oníricos”, de “La interpretación de los sueños”(4), la representación auxiliar tiene como objetivo mostrar al aparato psíquico constituido por distintos sistemas cuya singularidad está dada por la existencia de un orden fijo de sucesión, para que la excitación pueda recorrerlo en una dirección y otra; lo que es la base de su concepto de regresión. Si ustedes miran la figura reproducida, que es la número tres, verán el esquema lineal cuyo punto de entrada es la P (percepción), y cuyo punto de salida es la M (motricidad):

En rigor, Freud habla de una orientación espacial de los sistemas; dada, como ya dije, por una sucesión. Sucesión no continua, como puede ser visto en la figura, ya que ahí lo inconsciente aparece cerrado, sin comunicación. Paradoja evidente, ya que los sistemas tienen vasos comunicantes por donde transcurre el proceso de excitación con sus modificaciones -el peaje del cual habla Freud, posibilidad del acto analítico, puesta en juego de la censura.

Ubicado el Inc. entre percepción y preconsciente, aparece en primer plano la idea de intervalo y, en segundo lugar, las dificultades con el adentro y el afuera que serán escollos difíciles en el discurso freudiano.

Estas dificultades espaciales pueden ser leídas con cierta facilidad en sus trabajos sobre metapsicología, que recordemos que quiere decir: exposición de un proceso psíquico en sus relaciones dinámicas, tópicas y económicas. En el artículo sobre “Lo inconsciente” se hace presente el problema de la doble inscripción de las huellas, o el pasaje de una huella de un sistema al otro. La forzada solución freudiana es, como afirma, una hipótesis funcional. La represión estaría dada por la contracarga del sistema preconsciente que, de esta manera, se protege de la presión inconsciente. Y decimos forzada ya que la dinámica, incluso la económica, intentan poner en movimiento espacios cerrados, que como ya dije tienen que tener algún vaso comunicante.

La dificultad estriba en que, para Freud, el inconsciente está fuera del espacio, es Otro espacio. Lo cual nos permite transformarla en una pregunta: ¿fuera de qué espacio?. La respuesta aparece como simple: fuera del espacio habitual, fuera del espacio empírico. Sin embargo, el solo hecho de enunciarlo de esta manera, ya implica una teoría del espacio. El espacio habitual, empírico, ese que estaría dado por el mundo de nuestras representaciones concientes, es aquel que está dado por la empiria de la sensopercepción con un extremo sensible y otro motriz; es decir, un espacio imaginario.

Y Freud, al mismo tiempo que sitúa lo inconsciente fuera de este espacio sensible, imaginario, tiene necesidad de situarlo en otro espacio radicalmente distinto del anterior. En esto residen sus mayores obstáculos, ya que para ello toma los modelos espaciales de su momento.

Intentaré una mayor aprehensión del espacio freudiano haciendo una excursión sobre el espacio mismo, y recordando lo que ya dije en relación al concepto: lo real puede ser sólo indagado en lo simbólico produciendo corrimientos y transposiciones en el orden imaginario.

Regresemos un momento hasta los presocráticos -atravesando un campo hecho para las carreras, como lo indica su etimología. Allí, el oscuro río heraclitano escinde el campo del espacio entre lo lleno y lo vacío, entre el ser y el no ser. Ser del espacio lleno o espacio vacío del no ser. En Platón, el ser espacial adquiere plenitud: ser eterno, sin destrucción posible, contenedor de las cosas creadas; es en el Timeo lo que no es sino para ser llenado. Un continuo espacial sin cualidades y sin forma.

En Aristóteles aparece el “locus”. El lugar de las cosas, el lugar propio de la cosa. Las cosas, en su diferencia, rompen la idea de un continuo espacial, retomando en el entramado discursivo un conflicto de opuestos: lo discreto, lo continuo. El espacio estoico es un continuo donde los cuerpos ordenan sus posiciones.

Distintos lugares que al aprehender el campo espacial hilvanan términos que hacen al espacio astral, a los espacios ciudadanos en la dispersión de las ciudades griegas. Espacio entre columnas: “intercolumnum”; entre ceja y ceja: “intercilium”. Espacio de palabras discretas que hablan de un continuo espacial que es, a su vez, un espacio de medidas. Medición formalizada por el número sobre un continuo espacial: la línea recta.

De estos contrastes surge el número fraccional, los intervalos inconmensurables, el número real, sobre el trasfondo de las longitudes, las áreas, los volúmenes. El espacio es aprehendido en un orden matemático que es, por excelencia, un orden geométrico.

Y podemos afirmar que este orden geométrico es instalado en el registro simbólico por un nombre: Euclides. Podríamos hacer una reseña de las distintas teorías que intentan explicar su origen; sin embargo, razones de espacio lo imposibilitan. Nombremos dos posturas opuestas: Michel Serres(5), en el seminario sobre la identidad realizado en 1977 bajo la dirección de Lévi-Strauss, coloca el origen de la ratio geométrica en la tachadura de un espacio topológico salvaje. El espacio euclídeo, al mensurar la tierra, produce la justa medida como rechazo de las morfologías salvajes dadas por lo múltiple. Aunque, en rigor, esta tesis mítica es más extensa, podemos entender el intento de diferenciar registros superpuestos. A la inversa, los autores de esa importante obra llamada “La matemática: su contenido, métodos y significados”(6), conocidos habitualmente como “los autores rusos” (Aleksandrov, Kolmogorov y otros), sostienen el surgimiento de la geometría en las necesidades de la vida práctica, en la empiria campesina, en las urgencias materiales del trabajo que, por sucesivas abstracciones, devienen en conceptos geométricos. En este mito, está implícita la teoría de que la geometría sería un reflejo de la realidad dada por la empiria de la sensopercepción, que de abstracción en abstracción devendría sistema. Esta postura, muy extendida y que goza de adeptos sin saberlo, propone al espacio intuitivo como simétrico al espacio geométrico.

Sin embargo, como ya lo dije, en el origen un nombre, un nombre mítico: Euclides, a quien le es supuesto haber estudiado en Atenas con los platónicos y haber fundado una Escuela de Matemáticas en Alejandría. Sus “Elementos” constituyen uno de los libros que mayor influencia han tenido en el pensamiento matemático. Su estructura lógica fundamental permaneció invariable durante casi dos milenios. En todo ese tiempo la geometría fue euclídea, y el espacio euclidiano fue enseñado incluso con las mismas letras de su autor en todas las escuelas hasta 1860, según nos informa Ian Steward(7). Su estructura, como es de sobra conocido, está basada en definiciones axiomáticas seguidas por un sistema deductivo.

Pasamos por alto las variaciones históricas -que no afectan al sistema basal- para poder afirmar: los “Elementos” de Euclides son una estructura simbólica que determina la modalidad de percepción del poco de realidad que aparece en el fantasma como representación del espacio cotidiano. Dicho de otra forma: el espacio cotidiano, ese que llamamos empírico, ese espacio en el cual el yo se mueve como pez en el agua, es el correlato imaginario de un orden geométrico euclídeo. Sistema que ha sido extraído en lo real de la antigua ciudad de Alejandría. Lo cual no deja de tener importancia si nos percatamos de que este espacio persiste hasta 1926, momento en el cual Lobachesky puede desconstruirlo.

Este espacio euclídeo era el espacio freudiano, límite que demarca su impasse en la tópica, incluso en su topografía -tomando este último término en su acepción usual: arte de representar un terreno en un plano con sus formas, dimensiones y relieves. El inconsciente freudiano intenta “un fuera” del espacio imaginario yoico, pero desde afuera le son devueltos los fantasmas geométricos que hacen a sus escollos.

Alguien puede alegar, sin embargo, que en Freud hay elementos de geometría proyectiva; e incluso que ahí está el término proyección, en cuanto mecanismo. Objeción concedida, pero recordando al mismo tiempo que la geometría proyectiva surge del estudio de la perspectiva por Leonardo y Durero principalmente. Y que este sistema es formalizado en 1813 por Poncelet, quien no abandona el espacio euclídeo.

Y en Freud la proyección muestra su espacio presupuesto sobre un adentro y un afuera; lo que trae bastantes complicaciones cuando tiene que escribir sobre la psicosis, y en forma especial sobre Schreber.

No obstante, en la urdimbre del discurso que trenza una gramática inconsciente (condensación y desplazamiento), Freud rasga el velo fantasmático del espacio intuitivo. Como es habitual, es Freud mismo quien lo saca a luz. En Londres, poco antes de su muerte, escribe una nota -con fecha 22 de julio de 1938- que dice textualmente:

“La espacialidad podría ser la proyección de la extensión del aparato psíquico. Ninguna otra derivación es posible. En lugar del a-priori kantiano, las condiciones de nuestro aparato psíquico. La psique es extensa, pero nada sabe de ello”(8).

Podríamos detenernos aquí. Sin embargo, es necesario ir más allá de la fascinación poética de la cita para intentar un descentramiento posible. Una breve excursión por la “Crítica de la razón pura” permitirá ampliar el espacio. En ese texto, el “a priori” está definido como un saber independiente de la experiencia, e incluso de las impresiones de los sentidos. Kant, al continuar su desarrollo, agrega que por conocimiento a priori entiende al que es absolutamente independiente de toda experiencia, no el que es independiente de ésta o aquella experiencia. Es decir, que un saber es a priori, cuando es independiente de la experiencia en cuanto universal. Como es lógico, al a priori le opone el saber a posteriori, que es empírico y dado por los sentidos. Los criterios de verdad están dados por la universalidad y la necesidad de la representación. Y esta representación ha de ser dada por la intuición pura, no empírica. Una de esas representaciones es el tiempo y otra el espacio. “Jamás -dice- podemos representarnos la falta de espacio, aunque muy bien podemos pensar un espacio sin objetos”(9).

Falta agregar a esta apretadísima síntesis -que cada cual puede ampliar por su cuenta- que la representación del espacio a priori tiene las siguientes características: el espacio es uno, se representa con magnitud dada infinita y es la condición subjetiva de toda sensibilidad. “El espacio no es más que la forma de todos los fenómenos de los sentidos externos”(10). Con lo cual llega a la geometría, que es un ejemplo de la intuición a priori -y conocida, según Kant, con certeza apodíctica.

Es justamente a este punto umbilical del sistema kantiano al cual Freud opone otra extensión del aparato psíquico, extensión que está en el orden de lo no sabido, quizás de lo que no se puede saber. Ya que la imposibilidad señalada por Kant de la no representabilidad de la falta espacial, apunta a lo real.

Es que entre Kant y Freud la geometría ha dejado de ser euclídea. A partir del quinto postulado -por un punto exterior a una recta puede ser trazada una y sólo una paralela a dicha recta-, Lobachesky desarrolla la geometría que lleva su nombre. Descentramiento del espacio y de su imagen intuitiva producto de una visión euclidiana. Lugar donde la palabra visión toma toda su fuerza, ya que las dificultades de la aprehensión a geometrías no euclídeas pasa por lo intuitivo del punto de vista de la mirada.

El descentramiento no se detiene, deja de tener sentido hablar de un espacio, ya que hay múltiples espacios lógicamente concebibles. El orden geométrico se diversifica; aparecen los espacios rimmanianos, la topología, la topología analítica, el espacio n-dimensional, el espacio de Hilber, hasta llegar al espacio-tiempo de la relatividad. Y los imaginarios de esos espacios aparecen en otros lugares; en los comics por ejemplo, donde dibujantes como un Caza, un Moebius, un Corben -para citar al azar-, desarrollan sus dibujos en otros espacios, por donde los personajes mueven sus grotescos cuerpos en distintos relatos. En el cine también, donde 2001 señala una fecha importante; y -¿por qué no?- en la televisión, donde hace pocos días vimos a los tripulantes del Columbia en un espacio sin arriba ni abajo, sin derecha ni izquierda.

“La psique es extensa, pero nada sabe de ello”, afirma el viejo Freud en la cita repetida. ¿Qué extensión es no sabida?.

Y con esa pregunta introduzco el tercer punto que hoy me interesa traer a la escucha: el espacio lacaniano, donde los términos a resaltar son extensión y saber.

El término extensión está demasiado cargado de sentido para poder proseguir su uso sin más; diremos que es una tensión preexistente, es una tensión que está más allá del principio del placer. Y es lógico que esta ex-tensión no pueda ser imaginada. Este impedimento central en la transmisión analítica obliga a Lacan a recurrir a un saber referencial. Retomemos esto desde distintos lugares: sabemos de los múltiples usos que Lacan hace de lo que fue llamado “análisis situ”. En 1966 agrega al esquema R, de “Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, sus propiedades topológicas.

En principio, el esquema R era sólo un plano proyectivo; en la nota del 66, al transformar la superficie de lo real en una Banda de Moebius, localiza al sujeto en el corte de la banda, haciendo una caída que es la del objeto(11).

Antes, en 1964, en “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”(12), el uso del espacio topológico permite aprehender con cierta finura lo que habitualmente es llamado el “manejo de la transferencia”. El espacio usado es el del ocho interior. Allí, el punto de la transferencia es el gozne que posibilita el pasaje de un momento identificatorio a la línea del deseo que -articulada en el fantasma- puede llegar a producir lo que es su causa: el “objeto a”, que por eso mismo es causa de la división del sujeto.

Esto puede ser escuchado con singular claridad desde el lado del amor. Este amor en la transferencia puede llevar al analizante a tomar al analista como Otro, con quien se identifica en forma narcisista. La intervención en la transferencia debe hacer posible la transformación de la demanda en deseo. En esta situación, el analista rota del Otro a encarnar el “petit a”. Situación difícil, ya que en ese momento la división del sujeto retorna sobre el analista mostrándole su carencia. Esta dificultad en la dirección de la cura puede tener distintos efectos en el lugar del analista, uno de los cuales puede ser cierto monto de angustia.

Es en éste y otros efectos, donde la Institución ofrece el reparo de las jerarquías, al instalar un Ideal del Yo productor de una hipnosis colectiva. Queda asegurada, de esta manera, la tranquilidad sin deseo en los sillones y el cierre automático de lo inconsciente. Otra posición está dada por los analistas solitarios, que por la imposibilidad del lugar terminan siendo sus propios referentes, cerrando así su oreja.

Después de este periplo, retornemos: si el analista es colocado como Ideal del Yo en la transferencia, debe salir de esa identificación para permitir el surgimiento de lo que llamábamos la ex-tensión psíquica, esa tensión preexistente que es la extensión de la única realidad: la realidad psíquica. Circuito que será transitado innumerables veces, en el curso de un análisis, sobre ese espacio que es ahora topológico.

Esta vuelta sobre sí mismo que el discurso analítico produce, soluciona los problemas que las tópicas freudianas presentaban. Y esta solución implica que lo real insiste para mostrar que lo primordialmente reprimido -esa lalengua- sigue produciendo efectos en la misma extensión del psicoanálisis. Queda, de esta manera, abierto el inconsciente lacaniano a otros espacios -cuya multiplicidad está dada por el saber referencial y cuyas construcciones posibilitan la transmisión más allá de lo imaginario.

Por ello, el concepto de transferencia no puede ser imaginado; lo que no implica que en la transferencia lo imaginario no muestre el goce de un cuerpo -donde el yo produce una superficie extensa, un cuerpo erógeno- que sólo en el registro simbólico puede ser medido. Y es así como Lacan introduce el nudo borromeo que -siendo un espacio de nudos- posibilita un adecuado ajuste de lo real, lo simbólico y lo imaginario. Si la topología es, como vulgarmente se dice, la geometría del caucho o del chicle, para mostrar sus continuidades los tres registros producen diferencias de sentido que hacen al pasaje de la transferencia.

Al anudar cordeles de bramante, al rebuscar sus formas en el error, al trenzar los hilos para sorprender sus cualidades, Lacan hace surgir Otro espacio. Y es por el espacio de la repetición, que intentaré subrayarlo: Inhibición, síntoma y angustia; triple engarce que Freud escalona en la sucesión de su texto y que Lacan ordena en la teoría del nudo borromeo (RSI). Este espacio anudado facilita la diferencia crucial entre el síntoma y el fantasma, fundado en la escritura. El primero parece como el pellizco de lo simbólico sobre lo real, de lo que en lo real no funciona; el segundo, al quedar ubicado el a en el punto que determina su mutuo anudamiento, su constelación queda impresa sobre los tres registros.

Podría seguir repitiendo, pero creo que es suficiente para señalar la atopía fundante de lo inconsciente -cuya extensión es la ex-tensión del deseo y su articulación significante. Cadena en donde el objeto hace stop a su deslizamiento. De allí, los nudos, la topología, las fórmulas,... y en la transferencia el sin saber.

Este sin saber que, oculto entre las filigranas de los textos freudianos y sacado a luz por el discurso de Lacan, facilita la introducción del SsS en la transferencia. En rigor, el espacio transferencial es sostenido desde esta nueva armazón teórica, donde el supuesto analista es colocado en el puesto, en el lugar del saber. Malos entendidos que inauguran la transferencia, ya que tanto el saber como el sujeto son supuestos a la materialidad del significante, a la lengua. Saber supuesto desde el amor, desupuesto desde el odio. Condiciones de estructura de la transferencia, ya que el Sujeto supuesto Saber es transfenoménico y es, al mismo tiempo, condición de posibilidad de la transferencia. Que el psicótico no pueda ser sujeto a la transferencia es, como mínimo, lo que a la estructura puede ser ofrecido como contraprueba.

Dificultades que abren al organon lacaniano el álgebra por el cual el saber deviene un término S2, significante binario que produce una retroacción sobre S1. Y de la misma manera que no es igual el Freud de 1900 al de la segunda tópica, por ejemplo, este SsS es matematizado de distintas formas. Tomemos la que aparece en la “Proposición del 9 de octubre de 1967”(13). Primero está escrita sobre un registro musical:

Un paso más y es formalizada en un algoritmo:

En forma rápida: Según Lewis y Papadimitriou, el algoritmo es un método en el cual “se trata de procedimientos enunciados con la mayor precisión que dan un conjunto de reglas, aplicables siempre de igual forma a todos los casos concretos de un problema general”(14). Un ejemplo de algoritmo es la resta de dos números enteros. La cualidad que resalta es la de ser mecánico o automático, por lo que aprendido, o almacenado en un computador, soluciona los problemas que se presentan. Algunos de ellos parten de un dato inicial que, en forma invariable, los parten en dos. Y este dato inicial está dado por la asociación libre del analizante que -escindido por la barra- registra arriba lo que será el emblema por el cual el saber será supuesto. Por abajo de la barra, la serie de significantes que en la transferencia posibilitan el surgimiento del saber.

Difícil y paradójica situación -la del analista- ya que el analizante nada quiere saber, y sólo supone un saber por la demanda de amor narcisista. Sin embargo, es en este camino donde lo que está debajo de la barra -el saber- puede ser articulado en el decir del analizante. En este doble registro del amor y del saber, el analista debe dirigir la cura.

Al colocar al analista en el lugar del Sujeto supuesto Saber, el analizante demanda una interpretación que será escuchada como signo de amor. La escansión sale al paso de esta dificultad posibilitando la caída de un sentido para que resurja otro. Esto implica la imposibilidad de matematizar la interpretación, que sólo será referida al deseo del analista que -al ser colocado en el lugar de la x- hace al retorno de lo real.

Las dificultades freudianas dejan paso a otro espacio; en este caso, al de los algoritmos, cuya pertinencia puede ser leída desde la clínica analítica. Es decir, la escucha introduce los espacios transferenciales que, en 1982, son lacanianos. De esta manera, y dejando el espacio abierto a la discusión, en esta Villa de Madrid, termino.

© ARTURO ROLDÁN

CITAS:

1. Lacan, J. - Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis - Ed. Barral - 1977.

2. Freud, S. - La dinámica de la transferencia - T. II. - Ed. Biblioteca Nueva - 1968.

3. Freud, S. - Psicoterapia de la Histeria - T. I.

4. Freud, S. - La interpretación de los sueños – T. I.

5. Serres, M. - Discurso y recorrido - Seminario La identidad - Ed. Petrel - 1981.

6. Aleksandrov, A.D. - Kolmogorov, A.N. y otros - La matemática: su contenido, métodos y significado - Alianza Universidad Ediciones - 1980 - T. I.

7. Steward, I. - Conceptos de matemática moderna - Alianza Universidad Ediciones - 1980.

8. Freud, S. - Conclusiones, ideas, problemas - T. III.

9. Kant, I. - Crítica de la razón pura - Ediciones Alfaguara - 1978.

10. Ídem 9.

11. Lacan, J. - De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis - Escritos II - Siglo XXI - 1975.

12. Ídem 1.

13. Lacan, J. - Proposición de 9 de octubre de 1967 - Ornicar? - Ed. Petrel.

14. Lewis, H.R. y Papadimitriou, Ch. - La eficiencia de los algoritmos - Revista: Investigación y Ciencia.
 

     
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