Foto de Simon Wiesenthal junto a la portada de su libro “Los límites del perdón”, objeto de este comentario.

Simon Wiesenthal: "Los límites del perdón", Ed. Paidós

 

EL PERDÓN

Artículo redactado en Abril de 2002

En el momento actual, en este comienzo del siglo XXI, marcado por las nuevas tecnologías que se hicieron presentes en las Torres Gemelas y, hace pocos días, en el atentado en el paraíso balinés, hay ciertos debates que parecen anticuados, viejos problemas de conciencia (como se les llamaba) que pertenecen al pasado. Entre éstos, la problemática del perdón parece cosa de otro siglo.

La gran virtud del libro de Simon Wiesenthal “Los límites del perdón”, que está dividido en dos partes, es recordarnos esta vieja problemática intentando alejarse de un planteamiento meramente religioso y con la ambición de dilucidar el “dilema ético y racional de una decisión”.

La primera parte, titulada “El girasol”, está dedicada a narrar un episodio que le pasó al autor cuando, por su condición de judío, le tocó vivir en distintos campos de concentración o exterminio nazis durante la segunda guerra mundial. En dicho relato se pueden percibir con claridad los horrores de esos campos, la degradación a la que puede llegar el ser humano cuando, dadas ciertas condiciones políticas, la muerte aparece como un mal menor. Es en uno de esos campos de exterminio donde Simon Wiesenthal vive una experiencia sorpresiva: un joven soldado de la SS a punto de morir se confiesa con un judío (que podía ser cualquier judío) a quien le solicita el perdón por los crímenes cometidos contra los integrantes de su comunidad, entre otros haber encerrado a grupos de judíos, incluidos los niños, en diversas iglesias para después prenderles fuego y quemarlos vivos. Simon Wiesenthal niega ese perdón al soldado moribundo.

La segunda parte del libro está construida con las respuestas escritas por un gran número de personajes a quien el autor le planteó la siguiente pregunta: “Si usted hubiera estado en mi lugar... ¿qué habría hecho?”. Así, su encuesta determina las respuestas porque, si bien son muy diversas, resultan todas encorsetadas por la manera en que está formulada la cuestión. De otra manera: la pregunta es una trampa, ya que implica la presencia de la muerte y la posibilidad o no de disminuir el sufrimiento de un enemigo.

Desde nuestra perspectiva, el episodio en sí, aunque extremadamente curioso, no invita a ninguna trascendencia. Queda la sensación de que es un dilema moral inútil: el soldado que pidió perdón ha muerto hace mucho tiempo y su pequeño drama subjetivo, que tuvo importancia para él en sus últimas horas, no guarda demasiado interés, pues nada se puede hacer con eso. Desplazamos el cursor y nos encontramos conque fluyen otras preguntas: ¿qué pasó en Simon Wiesenthal para que se quedara tan fijado a ese episodio, hasta el punto de requerir la opinión de otras personas muchos años después?.

Es esta pregunta la que nos interesa seguir, con lo cual abandonamos la reflexión moral para adentrarnos en el problema del perdón y sus consecuencias para la economía psíquica. De otra manera: quien pide perdón otorga al Otro el poder de perdonar, coloca al Otro en el lugar del amo, ya que, cualquiera que sea su decisión, liberará al que pide perdón de su responsabilidad. De esta manera, y parodiando la estructura de la transferencia, el que pide delega en el Otro un poder, y si el otro decide hacer uso de ese poder, queda atrapado en un lugar que a su vez lo vuelve culpable. Es el caso de Simon Wiesenthal, quien, de una manera u otra, pide en forma muy elegante que le perdonen por no haber perdonado. Es decir, que el acto de pedir perdón por parte del soldado moribundo está sostenido en el odio, al hacer transitar la responsabilidad del acto al Otro.

Es por eso que perdonar es divino. El sacerdote es el trasmisor de un perdón dado por Dios, quien aparece como responsable último del acto ilícito. Todo lo cual resulta paradójico, ya que al ser Dios el responsable del acto, al perdonar la deuda, al perdonar la falta para la reconciliación, el perdón aparece como un acto de amor. Esto es la ceremonia de la confesión, en la cual el pecador es purificado, lavado de sus faltas cometidas. Curiosa situación: quien pide perdón odia, quien perdona ama, y si al que se le pide perdón responde con un “no te perdono” devuelve el odio. Esta es la razón por la que el perdón es planteado como un dilema moral. No conviene olvidar que Simon Wiesenthal no perdona, y no es para menos, habida cuenta de que ha sufrido en manos de los nazis todas las humillaciones que una persona puede soportar.

Es así como el autor del libro aparece como un resentido -¿por qué está mal tener resentimientos?- y eso nos lleva a enfocar la historia de “El girasol” desde otro lado. Otro lado que abrimos con otra pregunta: “¿por qué el soldado nazi, a punto de morir, quería ser perdonado?”, o “¿qué función cumple el perdón en la economía subjetiva de cada cual?”.

Para ser perdonado es necesario un paso previo, pecar, faltar, y esto en relación a la ley. Es sobre este trasfondo que aparece el perdón, pero también el castigo, y tanto el uno como el otro reparan lo irreparable, alivian de la tensión producida por la falta y llaman a la esperanza de un futuro mejor, con menos remordimiento. Pero esto tiene un precio: en el caso del castigo es obvio; en el caso del perdón se paga con una nueva renuncia pulsional que se sacrifica en el altar del Otro y que hará del perdonado, en el mejor de los casos, un reincidente y, en el peor, una persona sumida en la angustia de una vida cuidadosa para poder seguir siendo perdonado.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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