Portada del libro de Juan Pablo II “Cruzando el umbral de la Esperanza” al que se hace referencia en este ensayo psicoanalítico.

Portada del libro de Juan Pablo II

 

EL PORVENIR DE LAS RELIGIONES

Conferencia impartida en Diciembre de 2002

Hoy me toca desarrollar, en este ciclo de “Conferencias de Psicoanálisis” titulado “¿Qué porvenir para la civilización?”, un tema que plantea dificultades muy especiales: “¿Qué porvenir para las religiones?”.

Estas dificultades tienen que ver con algo específico ligado al tema que nos ocupa, ya que es un problema, si puedo llamarlo así, que toca al yo. Toca específicamente a los sistemas de creencias que sostienen lo imaginario de éste, que le dan consistencia al espesor del yo y que ayudan a mantener la ignorancia sobre temas tan difíciles de tratar como pueden ser los de la falta, la muerte, el sentido de la vida, y un largo etcétera que iremos señalando a lo largo de nuestra charla.

Este sistema de creencias tiene una amplia función en el entramado de las instituciones sociales. Dicho de otra manera, las instituciones sociales tienen en la religión un buen pegamento que les da una cohesión importante y hace posible su funcionamiento. Este sistema de creencias también opera incluso en las instituciones analíticas, donde la yocracia juega sus juegos de prestigio y de poder de manera implacable. Pero dejemos esto para otro trabajo.

Las complicaciones del tema se acentúan si intentamos cernir lo que es una religión, o qué son las religiones, pregunta nada fácil de responder cuando se trata de buscar el mínimo común denominador de situaciones muy diferentes, como pueden ser las creencias politeístas o monoteístas.

No hay muchas dudas de que el cristianismo es una religión, pero no está tan claro cuando hablamos del budismo o del taoísmo y, sin embargo, hay un cierto parecido si lo pensamos desde la “experiencia religiosa”. Esta expresión remite a sensaciones difíciles de poner en palabras, pero que suelen designarse como experiencias de infinitud, de comunidad con Dios, de ser uno con el universo, etc., experiencias que han sido percibidas por personas que pertenecen a los más diversos credos y civilizaciones, que pueden haber atravesado tanto un sacerdote católico como un monje budista, lo que nos demuestra que son intrínsecas a la especie humana.

A pesar de que no hay estadísticas confiables, el 98% de la humanidad tiene un sistema de creencias, lo que también apoya que lo religioso es parte constitutiva de la vida. Para decirlo con mayor precisión, la religión es -como ya lo afirmé antes- parte constitutiva del yo de cada cual, contribuyendo a que esta instancia psíquica sea un lugar de desconocimiento.

Ateísmo, agnosticismo.

La religiosidad humana tiene como contrapartida el ateísmo, que es como se designa la posición de quien niega la existencia de Dios, o de una realidad trascendente al hombre. Esta posición es muy antigua, ya la podemos encontrar en la antigua Grecia en los sofistas, aunque desaparece después para volver en ciertas corrientes del Renacimiento y, sobre todo, en la Ilustración. El ateísmo se difundió mucho más en el siglo XX, donde los defensores del marxismo y del neopositivismo lo consideraron un elemento esencial para la construcción de una nueva sociedad. El pensamiento freudiano esta impregnado de esta posición.

Ahora bien, lo que tiene que quedar claro es que el ateísmo es una respuesta a la pregunta sobre la existencia de Dios: para el ateo Dios no existe, pero en la misma medida que tiene que responder por la inexistencia está sosteniendo la posibilidad de la existencia. Esto puede parecer un poco confuso, pero lo que es evidente es que la respuesta negativa a la existencia divina, es una respuesta que tiene que ver con una creencia en la no-existencia de Dios; lo que implica que todo el peso pasa al problema de la creencia, del creer.

En el ateísmo, lo que aparece es la posibilidad de un discurso sostenido por la creencia en el poder positivo de la ciencia, frente a lo irracional del discurso religioso. Esto produce una inversión paradójica, ya que si más allá de los problemas epistemológicos vemos al discurso de la ciencia como un sistema de creencias, la ciencia misma pasa a ser una religión moderna. Esto se puede ver en la respuesta que da la ciencia al problema del origen del universo, el Big Bang. Este mito, difícil de probar por medios empíricos, se nos presenta como una creencia. Así que, produciendo una singular voltereta, podemos llegar a afirmar que la ciencia no es más que una religión entre otras cuyos oficiantes, los científicos, tienen como único Dios los beneficios empresariales.

Esta posición deriva en el agnosticismo, que es un término acuñado en 1869 por el naturalista británico T. H. Huxley para designar la posición de quien se abstiene de pronunciarse sobre viejos problemas que sobrepasan al interés científico. De nuevo estamos en una forma particular de sostener la no-creencia en Dios.

Sea como sea, lo que se constata empíricamente es que los creyentes son la inmensa mayoría de los habitantes de este planeta, y que ese solo dato pone en evidencia la fuerza de las religiones. Lo que hay que investigar, pues, es de donde proviene esa fuerza, ya que casi el 100% de la población mundial sostiene una creencia o una no-creencia en Dios, que hace de la existencia de Dios lo más real del mundo humano.

Las religiones, las creencias.

Casi todos los libros sobre religión, la definen como un sistema de creencias en la divinidad, dándole a lo divino la dimensión de algo trascendente más allá de la especie humana. Desde esta perspectiva, la creencia en un origen “extraterrestre” de la especie humana, por ejemplo, se plantea con el rango de lo religioso, siendo la palabra creencia la que condiciona toda su extensión.

Y de nuevo estamos metidos en un embrollo, puesto que es difícil cernir a este verbo, “creer”. ¿Qué es creer?: “Yo creo en Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...” Creer en Dios es aceptar la existencia de Dios. No tengo dudas sobre su existencia, pero tampoco puedo demostrar por medio alguno su existencia. Esta ambigüedad de la creencia es lo que la hace útil para todo uso.

Podemos decir que creer es querer creer, y eso porque da una explicación, un sentido a la vida que de otra manera se percibe como difícil de soportar: la creencia en Dios es un soporte para explicar la indefensión que los individuos de la especie humana perciben en sí mismos. Quizás quien mejor lo explica es Juan Pablo II, quien en su libro “Cruzando el umbral de la Esperanza” afirma: “Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los recónditos enigmas de la condición humana, que ayer como hoy turban profundamente el corazón del hombre: la naturaleza del hombre, el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio y la retribución después de la muerte, y, finalmente, el último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, de dónde procedemos y hacia qué nos dirigimos”. Esta cita del Papa no es tomada al azar, ya que sirve para ubicarnos con relación a la creencia de manera que la podemos definir como una respuesta a los enigmas de la vida, una respuesta que cierra la pregunta, una respuesta que va a condicionar la vida de la gente, y una respuesta que está teñida por los meandros del poder; aunque, también hay que decirlo, para sostener esta última afirmación es preciso separar el nivel de la creencia del nivel de utilidad que se le saca desde una perspectiva política. O sea, hay que diferenciar la creencia en Dios, de la institución Iglesia; o dicho de otra manera, hay que saber separar la creencia como respuesta que obtura, de la institución religiosa que se aprovecha de aquella.

El sentido.

Es así como podemos afirmar que las religiones dan un sentido a la vida, y que este hecho primario tiene enormes consecuencias en la humanidad. Da sentido al sufrimiento, se sufre para alcanzar la vida eterna; da sentido a la injusticia de la condición humana, ya que de los pobres será el reino de los cielos, y así podríamos seguir... Lo que está en juego es la palabra “sentido”.

Uso la palabra sentido en una forma muy general, en una forma muy amplia. Desde el psicoanálisis puedo afirmar que el sentido es la significación, significación personal que se entronca con el discurso común, en el sentido que este discurso común formula un vínculo social que es compartido. Lo que aparece como contraparte de este sentido es el sin-sentido, que remite a la cadena significante y que hace posible que las distintas religiones tengan una manera particular de dar sentido.

Éste es un mojón interesante, ya que hace posible distinguir dos grandes modalidades para este “dar sentido”. Por una parte, las llamadas religiones orientales buscan ese sentido en una serie de normas para la vida que produzcan un acercamiento a la verdad de una manera particular; es decir, postulan el camino para que cada cual encuentre su verdad, mientras que lo que generalizan son ciertas normas para trazar ese camino que debe llevar al encuentro con la verdad de cada cual. Éste es el verdadero sentido del budismo, donde Buda es un buda entre otros; es el primer buda, pero cualquiera siguiendo sus principios puede llegar a ser buda, a ocupar el lugar de buda y alcanzar el nirvana. Es por eso que la transmisión se hace burlando el sentido. Sin embargo, por otra parte, las religiones monoteístas dan sentido desde una verdad universal que está dicha, que es del orden de la revelación y que tiene que ver con la creencia en esa verdad.

Las llamadas religiones orientales.

No es éste el lugar para dar una clase sobre religiones, pero se nos hace necesario, para poder continuar, recordar brevemente en qué consisten las principales “religiones orientales”.

El taoísmo, que hoy no tiene gran influencia pero que tuvo un lugar destacado en la historia, fue fundado por Lao-Tse (“viejo maestro”) en el siglo VI antes de cristo. Para este sistema de creencias lo importante es el Tao, el camino hacia lo puro, por lo que postula el alejamiento de todo lo sensorial para arribar al origen del cielo y de la tierra, el que regula el Yin y el Yang e imprime justicia en lo político y social. El Tao es un camino a transitar, es un camino verdadero, pero que no dice cuál es la verdad.

El hinduísmo es una mezcla de creencias que van desde el politeísmo al monoteísmo, y que se asienta en el espíritu profundamente religioso del pueblo hindú. La idea general es la aceptación de un código de conducta consistente en un amor compasivo hacia todos los seres vivos, que es lo que consideran que acerca a lo divino. Creen en la reencarnación.

El budismo es un camino del espíritu basado en la experiencia de Siddharta Gautama, llamado el primer Buda o “Buddha histórico”, príncipe indio que vivió a mediados del siglo VI antes de cristo cerca de la frontera con Nepal. Este camino no tiene un fin predeterminado, porque el camino mismo es el fin para alcanzar la máxima felicidad y alejarse del sufrimiento. No es un camino de creencias; es, por el contrario, una experiencia personal e intransferible que lleva al nirvana, es decir, a un estado de mínima tensión.

El confucionismo, basado en las enseñanzas de Kongfuzi (551-479 antes de cristo) y principal sistema de pensamiento en China, tiene cinco principios básicos: 1) relación de justicia entre príncipes y súbditos; 2) relación de amor entre padres e hijos; 3) conjunto de deberes entre el hombre y la mujer; 4) relación adecuada entre generaciones (ancianos-jóvenes); y 5) relación de lealtad entre amigos.

Esta ligera pincelada sobre las llamadas religiones orientales, muestra con claridad que ninguna postula una verdad única, que casi todas son caminos, conductas a seguir para alcanzar un estado divino. Una de las consecuencias implícitas de este tipo de religiones, entonces, es que tienen un entronque importante con la política y el manejo del Estado.

Pero, llegados a este punto, tendremos que ocuparnos de las religiones que realmente pesan en nuestro mundo occidental y cristiano: las tres grandes religiones monoteístas. Para ello, empecemos con un poco de historia.

Las religiones monoteístas.

En la actualidad, los creyentes de las religiones monoteístas superan los 3.000 millones de personas. Los fieles al judaísmo suman un total de 15 a 18 millones repartidos por diversos lugares del planeta. El cristianismo cuenta con más de 2.000 millones de seguidores y crece en todos los países de Latinoamérica. En esta expansión juega un papel decisivo la conquista de América por los españoles, que se llevó a cabo en nombre de la cruz. El Islam, por su parte, cuenta con alrededor de 1.200 millones de creyentes. El credo monoteísta representa, pues, media humanidad, y su influencia en todos los ámbitos del quehacer humano es tan importante que impregna la vida de las principales comunidades, y explica muchos fenómenos que no pueden ser reducidos a análisis económicos o sociales.

Por ejemplo, la guerra en la antigua Yugoslavia, donde la lucha religiosa adquirió ribetes espeluznantes, tuvo que ver con las religiones monoteístas. Recordemos que los croatas son católicos, los serbios son católicos ortodoxos y los bosnios son musulmanes, aunque todos hablan el mismo idioma y comparten el mismo origen étnico. De modo que los crímenes contra la humanidad que se sucedieron en Bosnia nunca debieron denominarse como “limpieza étnica”, sino como “limpieza religiosa”.

La concepción de la condición humana que un creyente tiene, en cualquiera de las religiones monoteístas, es que existe un Dios creador de todas las cosas y, por supuesto, de la raza humana. Este Dios único ha enviado profetas para revelarles la ley a seguir. A su vez, esta ley ha sido escrita en un libro, y el hombre que siga sus mandamientos ganará el paraíso, mientras que quien los desobedezca será lanzado al tormento de los infiernos.

Este mínimo común denominador de las tres grandes religiones monoteístas instaura una clara diferencia con las otras religiones: por ejemplo, las nociones de pecado, culpa, castigo,... y su correlato, el castigo eterno, el infierno.

Pero justamente este mínimo común denominador de las tres religiones es, al mismo tiempo, lo que las diferencia entre ellas: para cada una de ellas su Dios es el único Dios, el Dios verdadero, y los que no creen en él, son enemigos de su fe. De esta manera, se marca un dentro y un afuera que es fuente de intolerancias, de segregaciones, de guerras religiosas.

La más antigua de las tres, el judaísmo, tiene como fundador a Moisés, que es el profeta a quien Dios ha revelado su ley. Hay que recordar que Dios ha realizado la promesa a Abraham de que Moisés conducirá al pueblo elegido, al pueblo judío, desde Egipto hasta el país en el que manan leche y miel. Esto está en el libro del “Éxodo” y, puesto que la legitimidad de la conquista de los hebreos se apoya en la Biblia, no deja de tener resonancias en la guerra entre judíos y palestinos.

Pero, ¿dónde se encuentran las primeras afirmaciones de un Dios único?. La respuesta no está clara si se la indaga desde una perspectiva historicista, pero la leyenda lo sitúa en el antiguo Egipto, donde Amenofis IV, hacia 1375 antes de Cristo, proclama por primera vez haberle sido revelada la existencia de un único Dios: Athon.

Es desde lo que podemos llamar este mito, que Freud escribe “Tótem y tabú”, donde aparece la función del padre en tanto y en cuanto es el padre asesinado por los hijos. Este mito freudiano puede resumirse así: el padre goza y prohíbe el goce a los hijos, los cuales se sublevan y asesinan al padre, pero llevados luego por la culpa, pactan entre ellos las prohibiciones a las que todos se atendrán, de modo que es este asesinato del padre el que se convierte en la base de la ley. Al final de su vida, esta hipótesis freudiana es retomada en su texto “Moisés y la religión monoteísta”, que fundamenta en la leyenda de un Moisés asesinado. Desde esta perspectiva, el monoteísmo para Freud tiene que ver con la función del padre. Lo cual se corroboraría de mil maneras, incluso por la oración: “Padre nuestro que estás en el cielo...”

Así, vemos cómo la diferencia con el judaísmo se instala en el cristianismo con la muerte del hijo y, fundamentalmente, por su “Resurrección”. No puedo entrar en detalles, pero para los evangelistas, especialmente para Pablo, la resurrección de Jesús es el acontecimiento principal del cristianismo. Muerte del hijo y resurrección, marcan a la religión católica.

El Islam aparece siete siglos después del cristianismo, y también define su legitimidad en la creencia de un libro único -el Corán- revelado por Mahoma por mediación del ángel Gabriel. Mahoma es el último profeta enviado por Dios para restablecer el verdadero monoteísmo.

Es importante hacer notar que este breve pasaje por los diversos monoteísmos nos muestra que la verdad, para cada uno de ellos, es la revelación realizada por Dios de su existencia; es decir, que la idea de un Dios único, según estas religiones, no proviene de los hombres, sino que proviene de Dios mismo.

Esta idea es la verdad para cada una de ellas, y es siempre una verdad asentada en la fe de los creyentes. La conclusión se impone: los tres monoteísmos son sistemas de exclusión recíproca que no pueden abrirse uno al otro; la legitimidad que cada uno se otorga a través de su alianza con Dios, no deja lugar a otro Dios.

Esta situación trae enormes consecuencias a la humanidad en su conjunto, ya que promueve el odio entre religiones y conduce a las “guerras santas”. Se trata, como ven, de un proceso muy curioso, ya que en el origen de toda segregación, de considerar al otro como enemigo, está la fraternidad, el amor al mismo Dios que une a los fieles y, al mismo tiempo, segrega a los infieles, a los no creyentes en ese Dios. En otras palabras, es el mismo proceso el que une fraternalmente a los que creen en un único Dios determinado y torna en enemigos a los que no creen en ese Dios.

Es más, el amor a Dios padre tiene efectos todavía más extremos sobre algunos de sus creyentes, como el sacrificio suicida de los jóvenes palestinos o de los fundamentalistas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas, mártires todos por amor a Dios.

Entonces, ¿qué porvenir para las religiones?. Nada hace pensar que la ciencia derrote a las religiones, en la medida en que éstas son respuestas a viejos interrogantes humanos, respuestas que dan sentido, que son con sentido, como podemos ver por el brevísimo análisis de las religiones monoteístas, donde el sentido está dado por la creencia, la fe, la verdad revelada, que son respuestas que consuelan, que fomentan el no querer saber sobre la naturaleza humana, que promueven el deseo de tener un amo, es decir, el deseo de ser sometido a imperativos que ordenen la vida de cada cual; en esa misma medida, las religiones tienen un gran porvenir.

Un gran porvenir un poco complicado, ya que, como sistemas de creencias de cada cual, influirán en la vida política del planeta promoviendo o agravando conflictos. Esto se vio en la guerra de la antigua Yugoslavia, pero también estuvo presente en Afganistán. ¿Alguien puede imaginarse a los talibanes sin una lectura del Corán?. Y también está presente, de una manera u otra, en la guerra de Irak, donde la mayoría musulmana es un poderoso grupo de poder. Por supuesto que es un ingrediente importante en la guerra entre judíos y palestinos, y no hace mucho nos hemos asombrado de la muerte de fieles cristianos en Pakistán a manos de los musulmanes.

La pregunta que queda en los altares del lenguaje es: ¿qué pasa con la condición humana, por qué necesita de esta alienación?.

La lectura psicoanalítica.

Al revés de lo que se piensa habitualmente, Freud en “El porvenir de una ilusión” tiene una posición optimista. Postula que el avance científico será una fuente de mayor bienestar para el género humano. A lo que agrega que una educación libre de las ilusiones religiosas haría posible un mayor entendimiento de la naturaleza y un mayor alivio del sufrimiento. Todo lo cual no está dicho sin reservas, porque al mismo tiempo afirma que la educación tiene poco alcance frente al devenir pulsional.

Recordemos que define la ilusión como una creencia sostenida en un deseo; la ilusión no es sinónimo de error. Lo cual no deja de producir confusión, ya que hace sinónimos deseo y necesidad. Dicho de otra manera, la indefensión infantil promueve la necesidad de protección paterna que se da por el amor de éste hacia aquél. Un paso más y el hijo instala a un padre ideal, todo poder. Esta necesidad, este deseo, muestran por su envés que las representaciones religiosas surgen para tapar el desamparo humano.

Ensamblado con este razonamiento, aparece la concepción de que la cultura humana es posible por una renuncia a la satisfacción pulsional. Esta represión, que no es del orden ni de lo político ni de lo social, muestra la paradoja humana: sin represión pulsional no hay cultura, y la represión pulsional trae enfermedad, sufrimiento, neurosis.

La instancia represora es el superyó. Este último, como heredero del complejo de Edipo, uno de los lugares de la introyección de la figura parental, queda constituido por un lado con una vertiente pacificadora, pero por otro muestra su cara feroz, donde el imperativo causa estragos.

Al llegar a este punto la pluma de Freud no decae, no se detiene, y compara el desarrollo histórico de una neurosis obsesiva, padecida por cualquiera, con la historia de las representaciones religiosas. Dos son las consecuencias que extrae de esta comparación: la primera hace referencia a que algunas personas no enferman porque han aceptado la neurosis universal de la religión. La segunda consecuencia es que, si la neurosis obsesiva individual puede ser curada, la neurosis que implica la religión también podría serlo, y el remedio, Freud lo dice, se encontraría en la ciencia como contraria a la ilusión.

Pero hoy en día, entre la guerra de Yugoslavia y la guerra de Afganistán, entre la destrucción de las Torres Gemelas y la cuestión judeo-palestina, por no hablar de la guerra de Irak, se demuestra que esta última posición freudiana... ¡era una ilusión!.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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