Esquema de “Psicología de las masas y análisis del yo” al que nos remite Lacan al final de su lección X del Seminario 4.

Esquema de "Psicología de las masas y análisis del yo"

 

EL SACRIFICIO DEL SUICIDA HOMICIDA

Artículo publicado en la Revista “Freudiana” nº 17 en 1996

I.

Lunes 26 de febrero de 1996. Los diarios anuncian un nuevo atentado en Israel y se dedican a toda suerte de análisis políticos que varían de acuerdo con su tendencia ideológica, pero lo que no pasa desapercibido para ninguno es la forma particular de la acción: los autores de estos atentados se autoinmolan, se sacrifican, convirtiéndose en verdaderas bombas humanas que causan terror y estrago.

Terror porque el sacrificio de la vida se transforma en un arma imparable, tan difícil de desactivar que produce entre sus efectos la locura colectiva, como viene a mostrarlo el episodio escuchado en el telediario sobre un conductor asesinado por la policía al ser confundido con un terrorista.

Estrago porque la potencia de la muerte produce el máximo de muertes, ya que la vida que porta la muerte elige el momento y el lugar propicios para segar el mayor número de vidas. Por ejemplo, caminando por las calles cotidianas, probablemente sereno, con la sonrisa puesta y la excitación silenciosa de quien ha elegido el día y la hora de su propia muerte, probablemente un adolescente con visitas frecuentes a la Mezquita. Quizás, ¿cómo saberlo?, recitando el primer “sura” del “Corán”, ese sura que es el sura que completa a todos los demás y que también se llama madre del Corán, madre del libro.

Pero si el paisaje queda nítido en las fotos de los diarios, esa nitidez es un velo para tapar lo incomprensible, que se intenta comprender, por el uso de algunas palabras: fanático, kamikaze,... palabras que presentan el sacrificio como ya explicado. Y en esta pretendida explicación del sacrificio la verdad de una ficción tiende a desvelarse, esa ficción que habla de que, por dar sentido a lo que no tiene sentido, se puede llegar hasta el suicidio como homenaje buscando encontrar en el Otro un signo de amor.

II.

Han pasado más de setenta años desde que Freud publicara en 1921 “Psicología de las masas y análisis del yo” y también han pasado más de setenta años desde su primera traducción al castellano, realizada por López Ballesteros, en 1924.

Por eso, porque ya entonces situó Freud con una precisión indiscutible el fenómeno de las masas -con un tinte profético que no es el menor de sus méritos- y trazó las variantes de su combinatoria, sorprende el desconocimiento que sigue existiendo de este texto en medios analíticos y en medios que no lo son, y sorprende sobre todo que estos temas freudianos no hayan sido objeto de divulgación como aquellos otros que van desde el Edipo a la represión.

Esta falta de eco de un texto tan fundamental bien puede ser entendida por su agudeza, cualidad que se entronca con un soberbio rigor lógico, trenzado en los entramados del escrito, que nos ofrece la sencillez de una verdad cuya ficción despierta al lector, al modo de una pesadilla, para mostrarle el lado oscuro de la vida humana. Sobre el eco de esa verdad, la represión se anuda en un no querer saber, no querer saber que retorna en signos capacitados para impedir su conocimiento, pero que expanden su onda entre los cadáveres mutilados de un autobús urbano.

Volvamos pues una vez más a ese texto sobre las masas con el ánimo de recrear su lectura, pero sobre todo de indagar su lógica, profundizando en uno de sus capítulos clave: el VIII, titulado “Enamoramiento e hipnosis”.

Parte Freud de un axioma fundamental: “el enamoramiento no es más que una investidura de objeto de parte de las pulsiones sexuales con el fin de alcanzar la satisfacción sexual directa”. De este axioma deduce una primera conclusión: Los sentimientos tiernos hacia las personas amadas son determinados por pulsiones “de meta inhibida”, transformación de la meta pulsional operada por la represión y que en rigor no modifica la pulsión en el inconsciente, donde persiste su fuerza.

En esta primera conclusión se dibuja una paradoja en relación a la satisfacción pulsional, ya que la inhibición de la meta, del fin pulsional, no impide su satisfacción. Dejemos flotando por el momento la paradoja.

Tensemos ahora la cuerda por el otro extremo donde está el objeto del enamoramiento, allí donde Freud coloca un dato de la observación común: la sobrestimación sexual del objeto, es decir, el falso juicio sobre sus cualidades que denomina “idealización”.

Esta idealización está explicada de la siguiente manera: el objeto es tratado como el yo, por lo cual se carga con libido narcisista. A lo que cabe agregar que a mayor enamoramiento mayor sobrestimación del objeto amado, de modo que, sostenido el sujeto en esta espiral del amor, renuncia a su satisfacción directa y sufre el consiguiente incremento de la idealización. Así la idealización puede acabar en algunos casos en el autosacrificio del yo enamorado, como ocurre en ciertos amores adolescentes, y puede llevar en otros, puesto que no existe la menor crítica sobre el objeto del amor, como nos dice Freud, a que la conciencia moral deje de funcionar. Es esta ceguera del amor la que puede convertir a cualquiera en un criminal sin remordimientos. Un amor extremo que es consecuencia de que el objeto ha ocupado el lugar del ideal del yo.

A partir de lo anterior, el texto está listo para separar dos conceptos: el enamoramiento de la identificación. El enamoramiento consiste en un empobrecimiento del yo, el yo se ha entregado al objeto, más aún, el objeto se ha mantenido y está sobreinvestido de libido narcisista emanada del yo. En la identificación, por el contrario, el yo se ha enriquecido con las propiedades del objeto, o mejor aún, el objeto se ha perdido y después de la pérdida es vuelto a erigir en el interior del yo, con lo que éste se altera según el modelo del objeto perdido.

Con estas herramientas, y luego del estudio de la hipnosis, Freud va a definir a las masas humanas arrastradas por un líder, por un “führer”, de la siguiente manera: “Una masa es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo”. Los elementos de la composición lógica de la masa quedan, de esta manera, definidos. Sin embargo, falta todavía el entramado causal y Freud lo desarrolla en el apartado siguiente.

La causalidad la toma donde la encuentra, y es en el registro de los celos donde viene a recalar, ya que si uno no es uno en el amor de los padres, los celos devienen identificación, formación reactiva cuya principal exigencia es la justicia, es decir, un trato igual para todos. En la expansión de sus ondas, la búsqueda de este trato igual para todos es la que determinará el fundamento de la justicia social: que uno ha de prohibirse muchas cosas para que todos renuncien a ellas.

La primitiva hostilidad entre los miembros del grupo humano, deviene ligazón por medio de la identificación. De ahí, la tendencia cuasi natural del líder a uniformar a los integrantes de su grupo para reforzar esta identificación interpares que solidifica el amor al conductor. Y los ejemplos podrían extraerse de muy diversos lados, desde las sectas, que en algunos casos llegan al suicidio colectivo, hasta las iglesias y los ejércitos, en los cuales lo real del uniforme muestra la unidad identificatoria del grupo.

El ser humano es un animal de hordas, si seguimos a Freud, quien retoma en esta “Psicología de las masas” su mito del padre primordial: el que cumple las funciones de líder porque su principal característica es la de no amar a nadie, fuera de sí mismo, y amar a los otros sólo en la medida en que sirven a sus necesidades. Estas son las cualidades que hacen posible colocar al “conductor”, al “führer”, en el ideal del yo de las masas, ya sean éstas espontáneas o institucionalizadas.

Difícil sabiduría la freudiana, puesto que de lo anterior deduce que la masa, que la condición humana, anhela ser gobernada por quien pueda encarnar un poder estricto, es decir, que tiene ansia de extrema autoridad.

Cincuenta y cinco años después, este texto tiene una vibrante resonancia al comentar Lacan en el Seminario 4 el esquema freudiano de las masas y mostrarnos eso en lo que nadie se había fijado por estar a la luz del día, como la carta robada, eso que todos habían visto pero nadie había señalado: el cuidado freudiano de vincular los tres objetos del yo con un objeto exterior que se encuentra detrás de ellos.

Esta resonancia abre una pregunta que pasa desapercibida en el texto freudiano y que podemos formular de esta manera: ¿por qué los sujetos comulgan con un mismo ideal?. Y es en este objeto exterior donde encontramos la respuesta.

Para aclarar esta pregunta es necesario retomar la paradoja de la satisfacción pulsional de meta inhibida. No recorreremos todos sus meandros, pero sí señalaremos su diferencia por el lado del objeto. Para el amor su objeto es narcisista, para la pulsión su objeto es un lábil objeto de goce. Con esta diferencia, recordemos que la fórmula que da Freud para la hipnosis es la misma que produce la fascinación uniforme de las masas y que determina la sugestionabilidad del sujeto.

Sigamos el esquema freudiano: el objeto del yo que es el objeto del amor, recubre al objeto de goce, es decir, al objeto pulsional que a través de las curvas se une al ideal del yo. En otras palabras, a la pregunta de ¿por qué los sujetos comulgan con un mismo ideal?, debemos responder: “porque el ideal es soporte de un mismo goce para todos, de una misma forma de gozar”. Esto se entiende rápidamente si vemos que la televisión, ese moderno objeto de las ciencias que alcanza cotas de divinidad doméstica, regula el goce desde el imperativo “¡Goza de mí, mírame!”, cuya consecuencia es un goce uniforme para todos los sujetos.

III.

Es necesario recordar que para Freud la religión es comparable en un todo a la neurosis obsesiva, y también vale la pena recordar que si las histéricas le mostraron el amor al padre, los obsesivos le enseñaron el deseo de muerte al padre y sus ligaduras con la ley, lo que le condujo a crear el padre de la horda primitiva en el mito de “Tótem y tabú”.

Ahora, siguiendo aquellos desarrollos, podemos decir que en las diferentes religiones monoteístas el ideal se encarna en un significante amo del goce que distribuye la masa religiosa en un adentro y un afuera. Pero no en todas de la misma manera. Por ejemplo, el Islam se basa en un dogma esencial, “tawhid”, la unicidad de Dios que hace posible la guerra contra la doctrina cristiana de la Santísima Trinidad.

Modalidades del uno que hacen a la diferencia de la composición de su enjambre. Modalidades del uno que, encarnado en la lengua, “queda indeciso entre el fonema, la palabra, la frase y ahora el pensamiento todo”, pero que no borran el límite geométrico entre el afuera y el adentro.

Esta posición generalmente se realiza por la distribución determinada por un par de significantes, fieles-infieles, que llevan implícitos una diferencia radical, ya que lo que no pertenece al conjunto es colocado en el rango del enemigo, del extranjero, de lo extraño con un goce distinto que lo hace tan intolerable que incluso justifica el desencadenar las guerras de religiones como, por ejemplo, la guerra santa contra los infieles -la “yihad”- considerada un deber para los chiítas.

Diferencial del goce que toma como punto de partida el ideal y su coalescencia con el objeto gozante sostenido en la letra de los libros sagrados, en la letra de Dios, como lo atestigua el Corán, que quiere decir lectura, la lectura de la letra de Dios que determina la modalidad en que se encarna este ideal.

Tomemos como ejemplo de esto último la representación permitida del Dios católico y la prohibición coránica de representar la divinidad. Está claro que esta diferencia modula distintas formas artísticas seguidas a lo largo de los siglos. Pero si continuamos esta vía abierta por el arte llegaremos al callejón sin salida de la sublimación, así que, como es sabido que la única salida para un callejón sin salida es la entrada, volvamos de nuevo hacia ella y planteemos la religión como neurosis.

La neurosis como condición de la vida humana puesto que en ella se juega la represión, diferenciada en principio de la represión primaria, ya que Freud, con esa penetración sigilosa que logra horadar las oposiciones más radicales, nos escribe en “El malestar en la cultura” que la represión de la pulsión es la condición de vida de las masas. Sólo que, al mismo tiempo, esta represión aumenta la potencia del goce que ignorado se expande en ondas concéntricas, ondas que van desde el sacrificio hasta el infierno, y que también pasan por el goce del sentido, goce imaginario dado por el amor al padre, marcado por la paradójica aseveración freudiana de que la primera identificación es al padre por amor.

En este sentido, aunque Freud es ateo, nos reenvía al temor a Dios al plantearnos: ¿qué mayor angustia para el creyente que la de no ser amado por Dios?. Es en esta angustia donde el creyente se confunde y entiende el goce del Otro como signo de amor. ¿Qué mejor ejemplo de esto que el Presidente Schreber cuando las voces de Dios se alejan de él cada vez más?.

IV.

El infierno, ese fantasma de los que no han sido buenos en el amor al padre, en el amor del ideal, en el cumplir las órdenes del significante amo, al mismo tiempo sirve de soporte -como afirma Lacan en el Seminario 22, RSI- para el deseo del hombre, puesto que es lo que falta y a lo que el hombre aspira.

El infierno musulmán tiene diversas denominaciones: “Sagar” -el horno-, “sair” -el fuego llameante- y, como su nombre lo indica, el principal tormento que promete es el fuego en las más diversas construcciones imaginarias: llevarán vestimentas de fuego, serán encerrados en ataúdes calentados al rojo blanco, habrá dragones que les hundirán uñas de fuego en los ojos... ¿Para qué seguir?. Es evidente que lo que interesa es mostrar el cuerpo torturado por el fuego como extensión del goce fantasmático del castigo del infiel, pecador sin salvación posible que automáticamente irá al infierno sin posibilidad de apelación en el juicio final, momento en el cual los justos serán conducidos a la puerta del cielo.

Las descripciones musulmanas del infierno son la contrapartida del cielo que se abre a los mártires de la guerra santa -la “yihad”-, mártires en aras del goce del ser supremo, donde el acento recae sobre el ser sostenido en el amor.

Es decir, que el significante amo dirige el amor al ser de goce y, al amar a Dios, nos amamos a nosotros mismos y, al amarnos a nosotros mismos, se rinde homenaje al ser supremo. Es por eso que el primer mandamiento consiste en “Amar a Dios sobre todas las cosas”, amarlo hasta el sacrificio para no caer en la tentación del infierno. Y, como no hay amor sin odio, el amor a Dios une a los hombres fraternalmente, es decir, que las pasiones del ser establecen una fraternidad cuya característica es estar separado de los otros pero juntos en la “fratia”, separados del resto por el odio. De otra manera, no hay fraternidad sin segregación, y esta fraternidad de los creyentes se solidifica en los rituales y en las ceremonias.

Pero quien se autoinmola en nombre de Dios da un paso más, puesto que su acto se significa como una excepción entre el conjunto de los iguales y esta excepcionalidad es la marca que deja a su familia. Así, fue posible ver en la televisión una madre orgullosa por el martirio de su hijo, más que orgullosa, puesto que rezó para que su hijo fuera un mártir. Y aquí hay que escribir lo obvio: el goce de la madre no deja indiferente al hijo.

Esta forma de entender la autoinmolación, cuyas coordenadas son el amor al padre y el sacrificio como un goce para ser digno del amor, no agota todas las constelaciones posibles que el psicoanálisis puede realizar sobre Dios, que bien pueden llegar a ser inconscientes, pero al mismo tiempo marcan un recorrido que tiende a levantar el velo sobre el acto.

Hay formaciones religiosas que, sin duda, facilitan este camino, y aquí podríamos realizar un estudio que nos mostrara el mínimo común denominador entre el suicidio del musulmán y los kamikazes japoneses de la segunda guerra mundial. Pero tampoco es imprescindible, ya que esta forma de autoinmolación, este acto por el cual un joven adolescente deviene mártir al asesinar a otros, se inscribe en la actualidad en unas coordenadas precisas: las trazadas por el movimiento chiíta.

V.

Las vicisitudes de la causalidad, antes de precipitarse en el llamado a la autoinmolación homicida, forjan distintas máscaras que son la letra de la palabra de Dios recitada por su profeta. En estas letras, ya fue escrito, está el primer dogma, el primer atributo del Dios islámico, atributo que es el de su unicidad.

Llega por esta vía lo absoluto como un predicado derivado del primero: Dios hace lo que quiere, “No se preguntará por lo que Él hace, pero ellos serán interrogados”. Es pues, también, un Dios arbitrario, puesto que el hombre no puede pedirle razón de sus actos.

Y no es sorpresa encontrarnos con un Dios legislador cuya ley debe ser tomada al pie de la letra y que, en el fondo, cierra su legislación con la ley del “hisba”, es decir, una figura jurídica islámica para proteger el buen orden, “islah”, y poder denunciar lo corrupto. Esto ha sido aprovechado por los fundamentalistas egipcios para denunciar a “Yusra”, una de las principales actrices egipcias que según ellos ha quebrantado la moral coránica.

La fe en un Dios absoluto tiene como consecuencia que la ley islámica, “charia”, se presenta como un conjunto de los mandamientos que debe observar el musulmán. Rodeado por la charia, cuyo fundamento religioso -“usul”- es obvio, la ley islámica y el derecho musulmán son inseparables. Es decir, lo sagrado y lo normativo se hallan fusionados.

Algo distinto aparece en el derecho romano, donde el “fas”, que es el conjunto de preceptos que reglamentan las relaciones entre los dioses y los hombres, se separa radicalmente del “jus”, que es el derecho que regula las relaciones entre los hombres. Esta separación es la que ha hecho posible la creación del derecho civil y también del derecho penal.

Pero para que el pueblo musulmán llegara a percibir las consecuencias de la identidad de su Dios fue necesario un mundo de escisiones, y una de las principales fue la división entre “jariyismo” y “chiísmo” que se produjo alrededor del año 700.

Algunos rasgos propios de los chiítas están en relación con su origen hacia el año 656, cuando Alí -primo y yerno de Mahoma- fue nombrado califa y las luchas intestinas culminaron con su asesinato. Desde entonces, Alí pasó a convertirse en el símbolo de los oprimidos y marcó al chiísmo con el rasgo del sufrimiento, de la pasión, llevándole a incorporar el martirio con un fervor religioso que es desconocido en el resto del Islam.

La densidad de este rasgo se agrava por la significación que el “imán” tiene para el chiísmo, donde -al revés del “sufismo”- es considerado como el depositario e intérprete privilegiado de la palabra de Dios, quien le ha transmitido el don del conocimiento perfecto. Por tanto, el imán chiíta se cree el único apto para enseñar y desvelar la palabra divina, concentración del poder sagrado y humano.

Llama la atención la escasa impronta del chiísmo entre los palestinos, cuya mayoría pertenece a la rama “suni”. No obstante, el chiísmo se expande a la manera de una epidemia desde “Hezbolá”, partido de Dios de los chiítas libaneses cuyos “muyahid” iniciaron los ataques suicidas contra los cuarteles americanos y franceses de Beirut en 1983. Y esta epidemia entre los palestinos tiene un nombre: “Hamás”, que puede ser traducido por “esperanza”.

Freud, en su “Psicología de las masas”, se pregunta por qué algunos individuos son más proclives que otros a formar parte de una masa, y la respuesta que encuentra es que en muchos sujetos el yo y el ideal del yo no se separa lo suficiente, lo que da lugar a que el yo conserve su antigua vanidad narcisista.

Podemos desplazar ligeramente el argumento y plantear que el universo simbólico chiíta condiciona el camino del martirio homicida por los rasgos que lo particularizan en el mundo musulmán.

VI.

“En nombre de Dios clemente y misericordioso”. Esta invocación, con una sola excepción, se lee en todas las suras del Corán. Logrado por Dios ese inmenso espacio simbólico donde se mueven sus nombres, podemos entender que “en nombre de Dios” se transmita su palabra, palabra que es su nombre en primer lugar y cuya consecuencia es la revelación de Dios como nominador.

“En nombre de Dios” cumple la función simbólica, teorizada por Freud en “Tótem y tabú”, con la figura del padre asesinado que presupone la instalación de una ley, de una prohibición. Esta función del padre simbólico será formalizada por Lacan con la metáfora paterna en la primera parte de su enseñanza.

Vaciada la metáfora de significaciones, podemos constatar que lo especial de dicha metáfora radica en su inscripción como necesaria, puesto que arribar a la conclusión de que el Otro es un agujero, o que el Otro no existe, sólo es posible por intermedio de lo simbólico. Lo que bien entendido quiere decir, entre otras cosas, que el psicoanálisis y la mística no se entienden.

En el nombre de Dios, en nombre del Otro divino, es una de las soluciones que los hombres han encontrado para colocar un remiendo al agujero del Otro. Remiendo elegante y poderoso, cuya potencia es debida a la sencillez de la fórmula en su ajuste a la estructura. Y es que las religiones son una poderosa máquina de producir sentido, como lo dice Lacan en la Conferencia realizada en Roma el 29 de mayo de 1974. Llevado por sus palabras, afirma que la Iglesia da sentido a lo que antes era natural.

No obstante, la agudeza simple de la solución indicada no impide que el retorno a Dios tome la máscara infernal del superyó con su imperativo: “¡Goza!”. Y este goce superyóico va de la mano del ideal -contraparte del padre imaginario, del padre idealizado sostenido por el amor del hijo, según la versión freudiana- que hace posible la primera identificación.

No es el amor que permite al goce condescender al deseo, más bien es un amor gozante, cuyo goce crístico evita llegar al padre real -o a lo real del padre- efecto del lenguaje y operador estructural, según el Lacan del Seminario 17. Recordemos que la virtud de este padre real es marcar el poder de los imposibles con una implicación directa: la prohibición del goce. Una vuelta más sobre lo dicho para dejar claro que esta operación coloca el goce fálico fuera del cuerpo, y el goce Otro fuera del lenguaje.

Es aquí donde puede ubicarse el suicida homicida -no importa su biografía, que seguramente aportaría datos en lo particular-, basta con haberlo encontrado en el mundo simbólico chiíta para que pueda ubicarse en el goce del Otro fuera del sentido, incluso quedando fuera del sin sentido de la cadena significante. Su colusión con el a nos devuelve al esquema freudiano de las masas.

En la Conferencia de prensa antes citada, Lacan afirmaba que los desarreglos producidos por la Ciencia serán tapados por el sentido dado por la Iglesia. La operación de introducir el goce del sentido en lo real es una operación de escamoteo, de tratar de hacer posible lo imposible.

Se entiende de esta manera que el amor al padre conduce a lo peor por el camino del bien, puesto que lo religioso, el querer el bien, es una sustracción al deseo, rasgo de lo religioso y punto de identidad, de identificación que hace vínculo social, y que en determinadas religiones facilita el camino al sacrificio.

Esto que hace vínculo social, si seguimos al RSI, es la identificación a lo imaginario del Otro real, es decir, la identificación histérica al deseo del Otro. Esta identificación es lo que hace posible el vínculo social, vínculo que bien puede tomar la forma de una epidemia. Entre la letra oscura que vehiculiza este deseo encontramos anudado el símbolo del Otro real, identificación al rasgo que soporta el ideal, lo real del Otro real: es en la identificación al Nombre del Padre donde encontramos el amor.

Y es el conjunto de estas identificaciones lo que da su potencia maldita al suicida homicida, pero subrayando que es la identificación al Nombre del Padre, a lo real del Otro real, lo que al ir al lugar del agujero del Otro suelda el devenir mortífero del joven chiíta, logrando introducir sentido a lo real... por medio del amor.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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