EL
SILENCIO DE LA INTERPRETACIÓN
I.
Una primera aproximación a la interpretación supone tener en cuenta
el contraste entre el silencio y la palabra, para delimitar el punto de
inflexión que aquella produce en el analizante.
Este punto de inflexión, que puede ser tratado de múltiples maneras,
será cernido en la diferencia entre el trabajo asociativo y el trabajo
analítico. El trabajo asociativo que está íntegramente en el registro de
la transferencia negativa, es promovido por esa demanda del analizante
de ser amado por su analista. El trabajo analítico hace llegar al saber
en el lugar de la verdad.
Diferencia no clara, de límites borrosos, que tendría que ajustarse
más en función de la clínica, pero que puede ser útil para dar a
entender el silencio de la interpretación.
El trabajo asociativo es fruto del pedido del analista, del pedido al
analizante de que tenga por regla la asociación libre, de que se deje
llevar por las palabras, lo que acarreará una infinitización metonímica
que conduce al análisis a una inflación imaginaria sin salida. Así, lo
que en su momento fue un avance freudiano, hoy aparece como un
obstáculo.
El trabajo analítico, por el contrario, es el trabajo del analizante
bajo transferencia que produce un saber sobre la verdad de su posición
subjetiva.
La tendencia casi natural del analizante es perpetuarse en el trabajo
asociativo, trabajo que en muchas ocasiones deja trasparentar un mundo
ideológico subyacente que le sirve de soporte más o menos consistente.
Es el caso del trabajo asociativo que, enredado en la trama edípica, se
perpetúa sobre este gozne, sesión tras sesión, cada vez más alejado de
un auténtico inconsciente, bordeando el camino de la repetición.
La interpretación como táctica, sobre el trasfondo de la estrategia
transferencial, apunta directamente a producir una inflexión que cambie
el trazado asociativo por el trabajo analítico. Éste es uno de los
motivos por los cuales la interpretación puede ser cualquier dicho.
De otra manera: la interpretación apunta a un cambio de sentido -como
está escrito en las autopistas- de las cadenas asociativas. Cambio de
sentido que puede tener múltiples direcciones imposibles de prever
anticipadamente y que sólo a posteriori marcará su eficacia. Eficacia
que se puede constatar si hay un cambio del sujeto en relación a lo
real. “Transmutación del sujeto” escribe Lacan en “La dirección de la
cura”. Este cambio, esta transmutación subjetiva consiste en una
separación de lo imaginario de lo real.
Esta separación, a su vez, es hiancia, falta, borde o corte -según la
topología que se trabaje- pero que privilegia la verdad sobre la
exactitud, por lo cual la verdadera interpretación es siempre inexacta
al cojear del lado del sentido.
En “El atolondradicho”, Lacan afirma que la interpretación es sentido
y va contra la significación. Sabemos que, en ese momento de su
enseñanza, la significación es adscrita a lo imaginario y el sentido
queda referido al sin sentido de la cadena significante.
Cambio de sentido que conduce a una reducción del eje a-a' y, por lo
tanto, a una transmutación del eje A-S del esquema L. Es decir, que la
interpretación introduce una falla, una falta de sentido, una pausa, un
silencio que hace posible el pasaje del trabajo asociativo al trabajo
analítico.
La introducción de este sin sentido tiene como condición de
posibilidad el silencio del analista, posición indispensable para la
emergencia interpretativa, de la misma manera que el ruido hace emerger
el silencio.
Este silencio, que en rigor cumple la función de no responder a la
demanda, incluida la no respuesta a la demanda de interpretación, en
momentos puntuales de la cura puede tener efectos de interpretación. Lo
cual abre el problema de la interpretación silenciosa. Este oximoron
lleva el estudio de la interpretación a su límite último, límite que
puede ser escrito en forma de pregunta: ¿todo lo que tiene efecto de
interpretación es una interpretación?.
Partir de tal pregunta, que es casi una definición, nos permite
plantear la cuestión al revés: no toda intervención analítica es una
interpretación, o no toda intervención analítica, incluido el silencio,
es una interpretación.
II.
El ruido hace aparecer al silencio. El silencio del analista es la
condición que hace aparecer la interpretación. Hay analistas que
confunden el silencio con la interpretación, por eso no hablan; estos
psicoanalistas mudos arrastran el trabajo asociativo hasta sus últimos
límites: una enorme inflación imaginaria que degrada la vida del
analizante.
A finales de 1966, cuando Lacan está elaborando su lógica del
fantasma nos entrega, casi al pasar, una nueva articulación sobre la
interpretación. Efecto de significación, afirma, pero significación como
efecto de verdad. Este efecto buscado desde la dirección de la cura con
la introducción de un significante en más, cuya única verdad es el ser
el significante de la falta, ya que es imposible connotar a ese
significante con índice de verdad o de falsedad.
Un significante en más sobre el trasfondo del silencio. Este
silencio, lo sabemos, es el sostén del dispositivo en su no respuesta a
la demanda del analizante. Sin embargo, no puede negarse, a veces el
silencio en forma puntual produce una significación de verdad, un efecto
de interpretación. Momentos imprevistos la mayoría de las veces, cuya
variada fenomenología -que va desde la no respuesta en un momento de
intensificación de la demanda que a veces toma la deriva de preguntas
reiteradas, hasta el efecto que produce un silencio que acompaña a un
estado de desolación- no permite discriminar la lógica de aquel efecto,
en cuya base está la de sostener que no todo silencio produce efectos de
interpretación. Esto nos marca su reverso: tampoco cualquier
intervención parlante del analista es una interpretación.
Desde la perspectiva del silencio, entonces, dos silencios, o un
silencio sobre el trasfondo del silencio, o un doble corte en el
silencio. Un silencio mudo y un silencio que habla desde y para el
analizante. Este último silencio es interpretado desde un significante
supuesto al silencio. Es un significante no dicho.
De lo anterior es posible deducir que el efecto de interpretación es
producto, por lo menos, de dos situaciones distintas: a) por un
significante de más, que es el significante de la falta; b) por un corte
en el silencio que hace surgir la falta de un significante por un
significante supuesto, es decir, por un significante no dicho.
Desde esta perspectiva, no hace falta entrar en la discusión de si
tal o cual intervención sería interpretación.
Basta tomar en cuenta si tal intervención o tal otra produjo una
significación con efecto de verdad. Esto último se constata, siempre
después de la intervención, por la deriva de la asociación libre que al
virar produce un cambio de sentido, o lo que es lo mismo, una pérdida
del sentido imaginario.
Pasar del trabajo asociativo al trabajo analítico es el efecto de una
interpretación. Retomando una cita de “La dirección de la cura”, Lacan
afirma que “una interpretación no podría ser exacta sino a condición de
ser... una interpretación”. Dicho de otra manera: la interpretación se
mide por sus efectos.
Pensar que puede haber una técnica de la interpretación que la pueda
estandarizar es olvidarse de que cada cura es singular.
No la única, pero una de las ventajas de entender la interpretación
por sus efectos es dejar de lado cualquier taxonomía de ésta. De esta
manera, el cálculo interpretativo disminuye, ya que hasta el saludo
inicial de cualquier sesión puede relanzar hacia el trabajo analítico,
en el bien entendido que no todo lo no calculado produce ese efecto.
Apertura asociativa, cambio de sentido, significación de verdad que
apunta a lo real de la mano del lenguaje, en la medida misma que el
lenguaje es ya una interpretación de lo real. Interpretación, puesto que
la lengua horada en la superficie de lo real del surco del sentido.
La interpretación de los sueños realizada por Jacques Lacan en la
“Reseña del seminario de la ética” refuerza lo anterior. Allí escribe:
“Sin embargo, confiábamos en que algo registre la conciencia del
psicoanalista: que del inconsciente no le llega a través del sueño más
que el sentido incoherente que éste fabula para vestir de frase lo que
articula”.
Lo que del inconsciente es articulado, el sueño, es una
interpretación salvaje (otra metáfora) dada por el sentido incoherente
que el lenguaje porta; mientras que la interpretación analítica hace
aparecer la falta que toda frase en su gramática lleva consigo. Falta
por donde es reabierta la vía regia hacia lo real producida por el
significante en más de la falta o por el silencio que se significantiza
por un significante supuesto.
III.
Ya sea una interpretación silente o una interpretación parlante, la
interpretación no puede aislarse de la posición del sujeto bajo
transferencia. De otra manera: si sabemos desde “La dirección de la
cura” que la interpretación es la táctica que opera desde y en la
estrategia transferencial, la subordinación de la primera a la segunda
es el eje de dicha dirección.
“Sólo que es proveniente del Otro de la transferencia, cómo la
palabra del analista será escuchada”, lo que queda sólidamente
demostrado cuando el analizante interpreta como signo de amor, de
rechazo, de odio, como signo en definitiva, una intervención cualquiera
del analista. Efecto de transferencia inevitable que muchas veces
condiciona el cierre del inconsciente.
Llevada la posición anterior hasta sus últimas consecuencias, puede
afirmarse que la transferencia determina lo que es o no interpretación.
La afirmación anterior implica abrir una pregunta necesaria: ¿qué es
una interpretación?. A esta pregunta la respondemos una vez más desde
“La dirección de la cura”: una interpretación es lo que tiene efecto de
interpretación, es decir que una interpretación se define como tal a
posteriori. Si una intervención del analista, calculada o no, tiene
efecto de interpretación, es una interpretación.
De esta manera la pregunta se desplaza, puesto que ahora recae sobre
los efectos de la interpretación. ¿Cuáles son los efectos de la
interpretación que hacen que la interpretación sea una interpretación?.
Esta pregunta, a su vez, puede responderse de muy distintas maneras:
relanzamiento de la cadena asociativa, conmoción de la causa del deseo,
mutación subjetiva, cambio en la posición de goce del analizante,
articulación del saber sobre la verdad, efecto de significación de
verdad y un largo etcétera según diversos autores y momentos. Respuestas
que están determinadas por la concepción que cada analista tenga de la
neurosis. Esto puede leerse en la historia del psicoanálisis. De la
interpretación del síntoma a la interpretación de la resistencia,
incluso en las construcciones, existe una correspondencia de la teoría
de la neurosis y de la interpretación. Todas, sin embargo, tienen como
mínimo común denominador un cambio, una mutación, en la posición del
sujeto bajo transferencia.
Lo anterior no es sin consecuencias, puesto que si la posición del
sujeto bajo transferencia transita de acuerdo a la ley de su fantasma,
dependerá de la consistencia de este último la posibilidad de una
interpretación. Esta consistencia de goce determinará si puede o no el
analizante recibir su propio mensaje en forma invertida, puesto que esta
inversión del mensaje es el punto de partida del Otro en la
transferencia.
Esta inercia del goce que entorpece su paso al significante, esta
resistencia estructural del goce bajo transferencia, es la causa por la
cual los posfreudianos entraron en el callejón sin salida de la
interpretación de la transferencia en su vertiente de resistencia.
De esta subordinación de la interpretación a la transferencia,
también, puede deducirse que no hay una interpretación específica para
distintos momentos de la cura. Es decir, que no es lo mismo una posición
donde prima el Sujeto supuesto Saber que otro momento en el que el
analista ocupa la posición de a, posiciones que serán
determinantes, que serán el eje de la escucha de la interpretación.
Entre un momento y otro está la elaboración del analizante, incluyendo
sus propias construcciones sobre las posiciones de goce.
También puede afirmarse que la diferencia entre una interpretación
espontánea, es decir, una intervención cualquiera del analista que
produzca efectos de interpretación, y una interpretación calculada o
razonada, es decir, un cálculo desde el no saber sobre los significantes
del analizante, es mínima; y lo poco de esta diferencia, que queda
determinada por la intencionalidad del analista, tiende a desaparecer
cuando se la lee desde el “a posteriori”.
Pero un real insiste si la pregunta es por la eficacia
interpretativa, en el sentido de los efectos máximos o mínimos de la
interpretación. Es decir, si la pregunta por los efectos toma la deriva
cuantitativa: ¿por qué tal interpretación aparece como decisiva en una
cura y en otra no?. Lo real como efectos de sorpresa insiste sobre la
posición transferencial del analizante, como puede leerse en “El cálculo
de la interpretación”.
© ARTURO ROLDÁN
|