Lacan, a propósito de la fórmula de la trimetilamina en el sueño de la inyección de Irma: “...aun cuando tuviésemos N en lugar de AZ, se trataría de la misma gansada: podríamos llamar Nemo a este sujeto fuera del sujeto que toda la estructura del sueño designa”
(“El Seminario 2”, Lección XIII).

Fórmula de la trimetilamina

 

EL SUEÑO COMO LA VÍA REGIA PARA EL ACCESO AL INCONSCIENTE

Conferencia pronunciada en la Universidad de Sevilla en 1999

Presentación.

Buenos días. En el anuncio de este curso (auspiciado por el “Aula de Cultura de la Facultad de Pedagogía, Psicología y Filosofía de la Universidad de Sevilla”) que supongo habéis leído, decíamos que estaba dirigido a personas cuyo interés por el Psicoanálisis es reciente y que desean abrir una puerta que les haga posible el estudio de los conceptos fundamentales del Psicoanálisis con claridad y rigor.

Esta mañana, cuando lo revisaba mientras venía en el AVE, me pareció que esos dos adjetivos, claridad y rigor, eran demasiado ideales, lo que nos conduciría a una experiencia fallida. Pero podemos aplicar a esta misma afirmación la claridad y el rigor anunciados, lo cual implica entender la “experiencia fallida” en relación a un saber universitario pretendidamente totalizador, a un saber que en apariencia da cuenta del total de una materia. Lo puedo decir de otra manera: la enseñanza de Freud nunca será una obra completa.

La afirmación anterior se sostiene en que el saber analítico tropieza para su subjetivización con los síntomas y fantasmas de cada cual, cuya amalgama aparece en la vida cotidiana formando las creencias y los prejuicios de la gente.

No siempre los síntomas y fantasmas son tropiezos u obstáculos, al revés pueden ser los motores que empujan a una demanda de análisis. Los primeros por el sufrimiento que conllevan y los segundos por ser una realidad que vela la vida desarrollando costumbres cotidianas, que si bien son confortables, reducen el deseo a una pura rutina.

La afirmación anterior se constata en las instituciones analíticas al verificar que los analistas llegaron a ellas por mor de sus síntomas, de sus angustias, de sus fantasmas. Esto es más pronunciado en España donde el brillo social de los analistas no es mucho, lo que condiciona otras elecciones para aquellos ambiciosos de ascenso profesional.

La ambición del analista es una ambición de saber sobre el saber de lo inconsciente, y este saber no es un saber académico, es un saber que se va articulando sesión a sesión. Algunos tienen la idea del inconsciente como un contenedor, nada de eso, el inconsciente es lo que se elabora en un análisis. Esto conlleva a una conclusión importante, no hay diploma universitario de analista, y es analista aquel que se autoriza a sí mismo en su análisis cualquiera que sea su titulación académica.

Surge, de esta manera, la siguiente pregunta: ¿para qué un curso sobre los conceptos fundamentales del psicoanálisis?. Respuesta: porque estos conceptos son imprescindibles para la formación de aquellos que quieran abrir una puerta al análisis, y sepan mantener esa puerta abierta sabiendo que lo confortable sería cerrarla, y además porque su conocimiento es imprescindible para los que quieran trabajar en una institución de salud mental.

En este abrir o cerrar la puerta, es determinante la palabra. No es lo mismo decir que Freud fue revolucionario que decir que Freud fue subversivo. En la primera afirmación, que el propio Freud sostuvo, y a pesar de las connotaciones que la izquierda dio a esa palabra, queda encerrada una significación de continuidad, no de ruptura, porque no marca un antes y un después sino que designa un ciclo, un volver al mismo lugar, como los astros silenciosos que marcan un periplo repetido. En la segunda afirmación, sin embargo, está implícito que Freud subvierte el orden de las ideas, especialmente la idea que los sujetos tienen de sí mismos.

La subversión freudiana es el trabajo de lo simbólico sobre lo real que hace posible el nacimiento de conceptos psicoanalíticos que cambian, que subvierten, la historia humana.

Le guste a quien le guste o le disguste a quien quiera, el siglo XX es un siglo freudiano cuya influencia sobre la vida cotidiana es innegable, marcas que han quedado en el lenguaje coloquial, “qué reprimido que eres”, “qué identificado que estás”, etc.

Lo inconsciente y el cero.

Puede ser una extraña casualidad que “La interpretación de los sueños” se publicara en el nacimiento del siglo, pero no es una casualidad que prácticamente sea uno de los libros menos leídos, honor que comparte con “El Quijote”. “La interpretación de los sueños”, o “El sentido de los sueños” según la traducción que se realice del alemán “Die Traumdeutung”, es el fundamento principal del psicoanálisis, la base de lo que se ha dado en llamar la primera tópica freudiana, es decir la radical separación entre el sistema inconsciente y el sistema preconsciente-consciente. De esta manera, el inconsciente freudiano nada tiene que ver con las concepciones que le precedieron, no es un subconsciente, no es algo que pueda ser definido desde la conciencia.

El descubrimiento del inconsciente tiene el mismo rango que la revelación del cero a finales del siglo VI. Que las vagas nociones de vacío se pudieran simbolizar en una cifra, en un número, hizo posible el sistema decimal y marcó un antes y un después en la historia humana. Para confirmar esta aseveración, basta mirar en Madrid la Puerta de Alcalá.

Lo subversivo del cero tiene que ver con la subversión freudiana puesto que es alrededor de una falta central como se estructura el sujeto freudiano. Lo ya dicho de la radical separación de lo inconsciente, de esa “otra escena” como la llama Freud, con una gramática propia que no conoce la contradicción, que es atemporal y que él designa como “proceso primario”, instalando una concepción que, incluso en la actualidad, es resistida porque rompe con la ilusión de creernos dueños de nuestro destino.

En esta dirección Freud es terminante: “Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza nos es tan desconocida como la realidad del mundo exterior y nos es dado por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente como el mundo exterior por el de nuestros órganos sensoriales”; ésta es una cita de “La interpretación de los sueños”.

A veces una cita vale por todo un texto, como es el caso de ésta donde habría que recalcar el desconocimiento del sujeto tanto del mundo exterior como de lo psíquico verdaderamente real. Este desconocimiento, este no saber, conlleva un descentramiento del yo, de nuestro querido yo, ya que es gobernado por una instancia que desconocemos, dándose la enorme paradoja de que mientras más creemos ser el amo de nuestro destino, más esclavos somos de lo inconsciente. El movimiento es comparado por Freud con la caída de la creencia de que la Tierra era el centro del universo: ahora es el hombre quien cae de su prestancia de ser el rey de la creación.

La aparición en el mundo de esta forma de entender la condición humana produce una enorme transformación en los ámbitos de la psicología, de la psiquiatría y de la cultura en general. Nociones que hoy se esfuerzan en subsistir, como las de “personalidad”, “yo”, “sí mismo” y “tutti cuanti”, son nociones prefreudianas que intentar reconquistar las ilusión de una unidad perdida para siempre, donde la percepción sería un instrumento adaptativo a una realidad a la que Freud le dio el estatuto de precaria. No sólo eso, puesto que subvierte radicalmente algunas nociones que, en su prestancia narcisista, son el fundamento de la vida intelectual española contemporánea. Por ejemplo, la vaga y oscura noción de originalidad, o la creencia de que alguien es un autor quedan sin fundamento desde la perspectiva freudiana. Quizás estas formas de prestancia, más dignas de la época franquista, sean un remanente que, en aquellos que encarnan la cultura española, los lleva a una resistencia numantínica contra el psicoanálisis.

Y es que “La interpretación de los sueños”, además de ser un tratado sobre los sueños, es la segunda formalización del aparato psíquico. La primera está presente en el “Proyecto de una psicología para neurólogos”. Pero hay más en ese texto fundante, es decir que marca los fundamentos, las concepciones principales del psicoanálisis; en él también podemos encontrar una definición del síntoma que nos muestra la distancia que separa el síntoma en su sentido médico del síntoma freudiano.

No puedo resistir la tentación de realizar una nueva cita: “La aparición de síntomas neuróticos constituye una indicación de que ambos sistemas se hallan en conflicto, pues dichos síntomas constituyen la transacción que de momento lo resuelve. Por una parte, dan al inconsciente un medio de descargar su excitación sirviéndole de compuerta, y por otra, proporcionan al preconsciente la posibilidad de dominar en cierto modo al inconsciente”.

Esta última cita leída también es de “La interpretación de los sueños” y marca la subversión freudiana en relación al síntoma, pero lo mismo se podría afirmar en relación a la angustia. El tratamiento de este afecto se realiza por medio de los “sueños de angustia”, que en buen español se designan como “pesadillas”. Sin duda la obra freudiana está llena de contrastes, porque después de un detallado estudio de los sueños de angustia, Freud concluye que las pesadillas tienen que ver con la angustia y no con el sueño.

De otra manera: la angustia en el sueño tiene que ver con la angustia, que como ha sostenido en sus trabajos sobre “la neurosis de angustia” procede de fuentes sexuales.

El sueño como la vía regia para el acceso al inconsciente.

Queda, sin embargo, una precisión importante, puesto que hay que recordar que el título de esta charla es “El sueño como la vía regia para el acceso al inconsciente”, con lo que queda sumamente explícito que los sueños no son el inconsciente. Y esto es así porque el inconsciente está, ya lo dijimos, radicalmente separado del sistema preconsciente-consciente, y esta separación tiene un nombre: censura.

La censura, entonces, cumple la función de escisión del aparato psíquico, función que realiza como un hecho de discurso. Esta última afirmación, que puede parecer un poco complicada, se aclara de inmediato si tomamos en cuenta a qué tipo de censura se refiere Freud. El modelo de la censura freudiana es la censura que se utilizaba en Rusia a finales del siglo XIX.

A finales de dicho siglo, los censores rusos tachaban directamente con un grueso trazo de tinta las palabras que deseaban censurar. Por ejemplo, si alguien comunicaba un nacimiento de la siguiente forma: “La familia Karamasov anuncia el nacimiento de su hija Olga hermosa como la libertad”, el censor tachaba la palabra “libertad”, que por supuesto permanecía bajo la tinta. La censura, entonces, como hecho de discurso separa radicalmente los dos sistemas.

Sin embargo, hay un momento en que esta censura pierde fuerza, y ese momento es el del dormir, tiempo en que se producen los sueños. Este relajamiento de la censura, determinado por el deseo de mantener el dormir, tiene un límite más allá del cual está lo psíquico verdaderamente real.

Tomen cualquier sueño, de los muchos que aparecen en “La interpretación de los sueños”, y verán que su análisis se despliega hasta un cierto punto que no puede ser sobrepasado, el punto donde retorna la palabra última. En este sentido conviene leer el Seminario 2 de Lacan, en el que encontrarán en las clases XIII y XIV la magistral interpretación de “El sueño de la inyección de Irma” y cómo recala finalmente en la fórmula de la trimetilamina. Este punto último es designado por Freud como “el ombligo del sueño”, ombligo que cierra como un fondo de saco las significaciones del sueño.

Creo que es posible, desde esta perspectiva, entender por qué el sueño es el camino para el acceso al inconsciente. Esto tiene una importancia decisiva en la dirección de la cura analítica.

Existe una primera forma de entender el simbolismo del sueño, forma que remite a un código cualquiera. Puede ser un código jungiano, que da la apariencia de más saber por la erudición que porta, los mándalas, o puede ser un código popular, como aquél que dice que soñar con el número 13 es signo de mal agüero. Recuerdo que hace unos años me llamaron de una radio y me preguntaban: “La Sra. Tal ha soñado con un puente, ¿qué significa?”. No podían entender cómo, siendo psicoanalista, no tuviera un saber sobre las significaciones de los sueños. Hay que tener cuidado para no caer en la trampa que algunos analizantes realizan en forma de demanda de interpretación de su sueño, puesto que si caemos en esa trampa vamos a dar una significación analógica que detiene el análisis.

Una segunda forma de entender el simbolismo del sueño es entender que no hay código universal, y que su sentido siempre será particular para cada sujeto. Esta forma de entender el simbolismo onírico es la vía regia para el acceso a lo inconsciente y es determinante para la dirección de la cura.

Freud nos dejó dos consejos sobre la forma de trabajar los sueños en la cura. El primero consiste en pedir asociaciones al analizante para que él vaya construyendo su propia interpretación. Estas asociaciones deben requerirse sobre los elementos más banales del sueño, aquellos que aparezcan más alejados del núcleo del contenido manifiesto. El segundo consiste en solicitar al analizante una segunda versión del sueño; la diferencia entre las dos narraciones oníricas nos indica la dirección a seguir. La dirección a seguir es el camino hacia lo censurado.

El sueño es una realización de deseos.

A veces, los escritos freudianos tejen un camino lleno de vericuetos, de líneas de investigación que son abandonadas sin motivos. Otras, encontramos la introducción de una palabra que se superpone a la que está en uso... Sin embargo, si nos detenemos un poco en la lectura, descubriremos las razones que hacen necesarias estas formas discursivas.

No es esta clase la apropiada para este tipo de estudios, pero señalemos que entre “censura”, “censura de la resistencia” y “represión” a veces cuesta definir la diferencia. Sea como sea, la represión cae sobre el deseo, que de esta manera se transforma en inconsciente, y específicamente cae sobre el deseo sexual. Múltiples y complejas son las elaboraciones freudianas para dar cuenta de esta represión y de cómo el retorno de lo reprimido entra en la formación de sueños, síntomas y demás formaciones del inconsciente. Esto, si les interesa, pueden seguirlo en el texto, pero lo que quiero dejar señalado es que Freud introduce un factor energético: la represión se produce cuando la excitación sobrepasa ciertos límites produciendo displacer.

Estas nociones son bastante simples: el placer es la descarga de energía sobrante, el displacer es la acumulación energética. Digo bastante simples porque en realidad este modelo tropieza con el concepto mismo de energía. Pero toda esta construcción está dada para fundamentar un paso importantísimo en la teoría psicoanalítica, y tan extraña al pensamiento de comienzos de siglo que su audacia todavía se hace sentir.

Al comienzo de esta clase hablé del cero, un número peculiar puesto que por un lado designa un vacío, una falta, mientras que por otro es el primer número del sistema decimal. Podemos realizar una analogía, y entender la primera experiencia de satisfacción del deseo, tal cual la plantea Freud, como una satisfacción sobre una falta, sobre un cero.

Recuerdo esquemáticamente cómo lo desarrolla Freud. Primer paso, el recién nacido tiene hambre, grita y llora, y la madre -ese primer gran Otro- le satisface la necesidad por medio de comida. De esto queda una huella mnémica. Segundo paso: el hambre vuelve, se activa la huella mnémica del primer paso, y esta huella se alucina satisfaciendo el deseo.

Hay que aclarar varias cosas, en primer lugar la palabra alucinación tiene en ese momento de la obra freudiana una acepción clásica: una percepción sin objeto. En segundo lugar, que esta satisfacción alucinatoria no será completa, de modo que al cabo de un tiempo la necesidad, el hambre, retorna y su satisfacción será vía el alimento.

Múltiples y complejas son las discusiones alrededor de este punto, pero lo esencial es que la satisfacción del deseo se opera sobre una falta, sobre un cero, diferenciándose de la satisfacción de la necesidad. Esto es lo que hace posible la alucinación onírica y lo que hace posible, también, que el sueño sea una realización de deseos.

La subversión freudiana.

El respeto que Freud tenía por los poetas puede leerse a lo largo de toda su obra. Siguiendo esta tradición, quisiera leerles un trozo del ensayo de Lezama Lima, que se puede encontrar en “La cantidad hechizada”, en donde está analizando la pintura china: “La bruma expresada por el deslizarse de las tintas, aún luchando contra las rocas, tendrá que darle relieve a los espacios dejados en blanco, que más que apoyo de contrastes, como en la pintura occidental, vienen a ser los embriones del espacio creador... por eso los chinos pudieron alcanzar el claroscuro mucho antes que los pintores occidentales”.

La primera experiencia de satisfacción es de igual rango que el blanco de la pintura china, no es el contraste entre lo vacío y lo lleno, sino que es la falta creadora del deseo.

Pero ¿quién se satisface?, ¿el yo?, ¿el sujeto?. ¿No rompe esta concepción con cualquier idea de desarrollo?, ¿no produce un profundo descentramiento de lo que se entendía por yo?.

Este es otro de los movimientos subversivos del discurso freudiano, que deja de lado un yo unitario para plantearse que la unidad yoica es una unidad imaginaria. Esta concepción tiene extraordinarias consecuencias para la cura de la neurosis y, especialmente, para la cura de la psicosis.

Desde la primera óptica todo se leerá como un déficit, una anomalía del yo, y se tenderá a fortalecerlo con el consiguiente agravamiento sintomático. Desde la segunda lectura, el acento recae sobre lo simbólico.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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