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FENÓMENOS DE AMOR Y
ODIO EN PSICOANÁLISIS
Comentario al Documento de Trabajo de las
Primeras Jornadas de la Escuela Europea de Psicoanálisis en el País
Vasco,
celebradas en Bilbao en 1992.
En primer lugar quería señalar que este Documento de Trabajo es
realmente un documento de trabajo. Me parece que es fruto de una
comunidad de trabajo, y específicamente de una transferencia de trabajo.
Y digo esto porque se nota el esfuerzo de los redactores, que han dejado
caminos abiertos a la investigación, al señalar con amplitud su
recorrido, los mojones, y los puntos sobre los diferentes textos.
En segundo lugar, hacer un comentario sobre un documento donde el
trabajo de textos es muy intenso y muy extenso me parecía problemático.
Por eso elegí una vía que era ver si el Documento de Trabajo servía como
herramienta, como utensilio, para responder algunas preguntas que al
texto se le formularan desde distintos ángulos. Por eso he elegido
interrogar el texto del Documento de Trabajo desde una pregunta que se
me plantea desde hace algún tiempo, desde el Seminario Práctico de la
Sección Clínica de Madrid, pregunta que en su gramática tiene la
dimensión de una articulación obvia: desde el psicoanálisis, pero una
obviedad que me parece difícil de sostener.
Consideremos, por ejemplo, la siguiente situación: una señora de
mediana edad, empresaria, madre de familia, consulta por una migraña
pertinaz que le amarga la existencia, según su decir. Ha recorrido
médicos y neurólogos, y al fin recala en el despacho del analista. Como
es lógico, lo único que quiere es librarse del malestar producido por el
síntoma. Al cabo de pocas entrevistas, la demanda de curación se ha
modulado en una demanda de amor que al no encontrar respuesta la hace
perseverar en las entrevistas, que aún continúan. Esto es un clásico: la
demanda de amor como obstáculo y como motor de la cura.
Puedo plantear otra situación similar del lado de la obsesividad: un
hombre joven que quiere curarse de sus pensamientos obsesivos que lo
atrapan en una situación de sufrimiento y que, como en la situación
anterior, después de algunas entrevistas, la demanda de curación -que
persiste por fuerza, con fuerza, ya que el síntoma insiste- comienza a
modular una demanda de amor.
El amor, la demanda.
De estas situaciones surge la pregunta con la que voy a interrogar el
Documento de Trabajo: ¿Qué del síntoma hace demanda, y específicamente
demanda de amor?. Es decir, ¿por qué aparece esto tan extraño, y tan
constatado en la clínica, que alguien que consulta por un síntoma, al
cabo de pocas entrevistas comienza a hacer una demanda de amor?. Hacia
el analista, o hacia el médico, o hacia el psiquiatra, no es específico
de la clínica psicoanalítica.
Puse a trabajar al Documento y en la página 19 encuentro una
respuesta contundente; hablando de la neurosis de transferencia en
Freud, se afirma: “En ella los síntomas se engendraban porque las
pulsiones sexuales habían sido rechazadas del Yo y se habían procurado
una expresión indirecta a través del inconsciente”. Contundencia de una
lógica que, sin embargo, me parece que hay que desplegar, ya que la
articulación síntoma-pulsión no se deja reducir tan fácilmente, y al
mismo tiempo existe una relación problemática entre pulsión y amor, como
lo evidencian los textos freudianos. Por eso me parece que no es casual
que el Documento de Trabajo tome como punto de partida el narcisismo y
específicamente el desarrollo del narcisismo primitivo en sus tres
fuentes: la psicosis, la hipocondría y la vida erótica; lo que lleva
inevitablemente a teorizar el amor en su condición narcisística, es
decir en dependencia del yo ideal. Teorización que al mismo tiempo se
desdobla al introducir el Ideal del yo que le da su soporte simbólico.
Aquí podríamos empezar a trabajar lo que decía Rithée Cevasco, puesto
que justamente este soporte simbólico, este S1
tiene que ver con el amor en “Psicología de las masas”, pero su
contrapunto es “El malestar en la cultura”, donde Freud demuestra que no
todo es significante y lo que cae del lado del goce pasa del lado del
Superyó, donde aparecería la vertiente del odio.
Este S1 que
pacifica, en parte, la relación de odio-enamoración narcisista y que le
sirve a Freud para construir su teoría sobre las masas, sobre las
comunidades humanas -como está planteado en el capítulo “Lo individual y
lo colectivo” del Documento de Trabajo- deja, como decía hace un
momento, un resto de malestar que se muestra en las paradojas del goce.
Es decir que, paradójicamente, las pulsiones coartadas en su fin para el
concierto amoroso del grupo, insisten. Encontramos así una relación de
oposición entre amor y pulsión, como encontramos una relación de
continuidad -que también quiere decir un cierto hiato- entre ellas (amor
y pulsión) en “Las pulsiones y sus destinos”.
Desde esta perspectiva podemos afirmar que la introducción de la
noción, del concepto de demanda en la obra de Lacan, es la introducción
de un articulador que une y separa la pulsión y el amor. Ya que por el
solo hecho de hablar se demanda el ser, que es -Colette Soler lo dice
muy bien en un artículo publicado en “El Analiticón” nº 2- la demanda
intransitiva que vehiculizada en los desfiladeros del significante pide
al Otro lo que no tiene, por el solo hecho de hablar se pide...
La pulsión, entonces, es el silencio de la demanda, o es la demanda
sin palabras, pero que paradójicamente supone un lenguaje, es decir que
la demanda de amor, por el solo hecho de ser hablada, coloca al Otro en
el lugar del Ideal del yo, desde donde tiende a ubicarse como yo ideal.
Por eso hay siempre en los comienzos de análisis una tendencia por parte
del analizante a colocarse en la fascinación amorosa, en el eje
imaginario del esquema L, como está desarrollado en la página 48 del
Documento de Trabajo. Este punto puede tener una comprobación en la
cura, ya que las asociaciones libres tienden a seguir la dirección de lo
que el analizante supone que el analista quiere oír.
De otra manera, el amor queda ubicado desde el yo ideal al Ideal del
yo, es decir entre lo imaginario y lo simbólico. Esta ubicación remite
al Seminario 1 y al esquema del diamante en relación a las pasiones del
ser (en la página 36 del Documento de Trabajo), pasiones del ser que
serán relacionadas con el síntoma.
Del síntoma a la demanda.
La pregunta al trabajo insiste: ¿qué del síntoma hace demanda?, por
lo cual en este comentario se impone realizar un recorrido por el lado
del síntoma. Y por este lado ¿qué encontramos?. Encontramos que el
sujeto demanda la curación del síntoma, pero también sabemos que es una
demanda engañosa, ya que hay dificultades para desprenderse del goce que
el malestar del síntoma conlleva. La demanda de curación sintomática es
una trampa ya que como afirma Lacan en “Psicoanálisis y medicina”, la
verdadera demanda es que lo autentifiquen en su condición de enfermo,
dando como ejemplo un caso de melancolía agitada, y esto hay que
entenderlo más allá del beneficio secundario, ya que la implicación
última remite a la necesidad de tener un cobijo bajo el significante
“enfermo” para que sea restituida la homeostasis del principio del
placer, rota por el síntoma.
Casi siempre quien consulta tiene una hipótesis causal del síntoma.
Pero la modalidad gramatical que toma, es decir la queja, muestra la
falsedad de estas hipótesis sobre la causa. Todo esto, me parece, genera
el engaño de la demanda de amor.
Sin embargo, es la respuesta que el Otro da a esta demanda que es el
síntoma, es decir, es la modalidad de respuesta a la queja del síntoma,
lo que permitirá o no la modulación de la demanda. Por ejemplo, no es lo
mismo la respuesta que da un psiquiatra que satisface la demanda de
curación, que la del analista, que al no responder permite su
despliegue. ¿Qué es este no responder a la demanda?. Indagamos en el
Documento de Trabajo, que en la página 37 afirma que no responder a la
demanda implica el registro de la ignorancia. Este registro de la
ignorancia es el no saber sobre el deseo, es lo que habitualmente Lacan
llama la ignorancia docta.
Pero el sujeto insiste demandando un saber que se ocupe de su
sufrimiento. Demanda un saber-hacer con el síntoma, y es el Sujeto
supuesto Saber quien aparece como una esperanza de un saber sobre el
goce del síntoma, y que caerá en el transcurso del análisis.
Este malestar del síntoma, el dolor que lleva aparejado, se le revela
al sujeto como un punto opaco, como un enigma, y por lo tanto induce a
una situación de desamparo frente al Otro. Es decir que el síntoma toca
la falta en ser del sujeto, conmueve más allá del narcisismo al objeto
a, movimiento que conlleva, casi de forma automática, a la
búsqueda de un complemento, llamando al amor a través de la palabra que
el síntoma ha promovido en el sujeto.
Tenemos entonces una doble vertiente, extraída del Documento de
Trabajo, para intentar responder a la pregunta de por qué el síntoma
induce a la demanda de amor: La primera está asentada sobre la esperanza
de un saber sobre el goce del síntoma. Bien entendido que esta esperanza
será siempre traicionada y que sólo el trabajo en el saber inconsciente,
en el S2, posibilitará
saber sobre la verdad del síntoma.
La segunda vertiente está determinada por la conmoción sufrida por el
sujeto en función del síntoma. Conmoción que toca el ser. Esta doble
vertiente tiende a confluir, ya que amar es suponer un saber, y odiar es
desuponer un saber, como plantea Lacan en “Encore”.
Se podría seguir este trayecto sobre el grafo de “Subversión del
sujeto”. Es un circuito que va retroactivamente del síntoma, es decir
del significado del Otro, pasando por el Otro y arribando a la demanda.
Pero queda bien claro que este circuito escamotea el S(A tachado),
significante del Otro barrado. Por lo que puede concluirse que el sujeto
del síntoma ama al saber supuesto pero odia la verdad de su castración.
Me parece que esto explica que en los dos fragmentos clínicos las
entrevistas sigan a pesar de la persistencia sintomática. Y uno sabe muy
bien que una persistencia sintomática puede ser llevada durante años. Es
que el amor, transformado en un don activo -extraído también del
Documento de Trabajo- formula un pacto en la palabra para que la cura
prosiga. Es lo que Freud llamó “transferencia erótica sublimada”.
Aquí hay algo más, me parece, porque se puede observar cierta
reversión -lo plantearía así- puesto que a veces, para ser sostenida la
demanda de amor, se transforma en una especie de productora de síntomas.
Es decir, que como prueba de amor se ofrece el síntoma al Otro, y
sostiene de esta manera el amor en el síntoma. Y voy a dar un dato un
tanto curioso que algunas personas con quienes trabajo en Bilbao saben;
esto daría cuenta del fenómeno de que en la Seguridad Social entre el
75% y el 80% de las consultas son funcionales, lo que quiere decir que
hay una persistencia de un encuentro amoroso con el médico, en las
cuales el sujeto va a ofrecer su síntoma a perpetuidad.
También podría plantear otro fragmento clínico que desmentiría lo
anterior, ya que en algunos casos la consulta por un síntoma cualquiera
y su no rápida mejoría es seguida de un abandono de las entrevistas, y
en la mayoría de los casos por una vuelta al circuito médico o
psiquiátrico.
Ante esta situación tenemos una respuesta a mano: quien consulta no
está dispuesto a poner en juego el goce del síntoma. Es la respuesta más
habitual que van a escuchar del lado de los analistas. Es una respuesta
tranquilizadora, que no pone al analista en el banquillo de los
acusados.
¿Qué se juega en ese encuentro?. No voy a repetir lo expuesto. Por el
lado de quien hace la consulta se juega el engaño de la demanda de
curación del síntoma, y muy rápidamente la demanda de amor. Del lado del
analista se juega la invención de un acto que, a veces fallido,
posibilita el desarrollo de la cura. El fracaso del encuentro casi
siempre corre a cargo de una falla en el deseo del analista, que no
logra la invención adecuada.
El amor, el odio.
Sin embargo poner al analista en el banquillo de los acusados no
evita cuestionar el amor, y sobre todo el amor que vehiculiza la demanda
de amor. Es justamente gran parte de lo trabajado en el Documento y lo
que sirve de guía para proseguir el comentario.
En las entrevistas relatadas podemos encontrar que una parte del amor
en demanda viene de la vertiente edípica, y aparece como repetición de
los amores y odios del niño o de la niña. En esta dimensión la
transformación del amor en odio y viceversa, se produce con mucha
facilidad. Hay entera reciprocidad entre ambos. Es lo que está designado
como ambivalencia por Freud.
Bien puede decirse que en esta situación la dualidad amor-odio es
simétrica, es fácilmente reversible. Pequeños y grandes acontecimientos
biográficos producen su basculación. La obra freudiana está llena de
estas situaciones.
Como contrapunto a esta vertiente del amor, podemos apoyarnos en una
cita de “Función y campo de la palabra”, que trae el Documento de
Trabajo al hablar de transferencia primaria. Freud, dice la cita,
refiriéndose a los sentimientos aportados a la transferencia, insistía
en la necesidad de distinguir en ellos un factor de realidad, y sacaba
como conclusión que sería abusar de la docilidad del sujeto, querer
persuadirlo en todos los casos de que esos sentimientos son una simple
repetición transferencial de la neurosis. Entonces, “como esos
sentimientos reales se manifiestan como primarios, y el encanto propio
de nuestra persona sigue siendo un factor aleatorio, puede parecer que
hay aquí algún misterio”. Es decir que la segunda vertiente de la
demanda de amor está sometida al régimen de la “tyché”, al régimen del
encuentro y de eso puede depender que el encuentro sea un buen
encuentro, un desencuentro o un encontronazo.
Sin embargo hay factores predisponentes. Esta palabra me costaba
decirla aquí porque es una palabra extraída del argot médico; estos
factores predisponentes se ubican en la conceptualización primaria sobre
el amor y el odio realizada por Freud en “Las pulsiones y sus destinos”,
formalizada por Lacan en “Los cuatro conceptos fundamentales” y retomada
en el Documento de Trabajo.
Si en la vertiente edípica la dualidad amor-odio es simétrica, en lo
que llamé los factores predisponentes, la constitución de esta dualidad
aparece como asimétrica. El odio y su vínculo profundo con el
conocimiento es el campo del “Unlust”, que es lo que sigue siendo
inasimilable, irreductible al principio del placer, está fuera del
placer, fuera del significante y fuera de la imagen. Este “fuera del
significante” convocaba de nuevo al Superyó de “El malestar en la
cultura”.
Por el contrario, el objeto de amor está en el campo del placer, del
“Lust”. Esta dualidad, a diferencia de la edípica, es asimétrica, y está
anunciada de entrada en la Introducción del Documento, donde se hace
bascular el amor del lado del engaño, y el odio más próximo a la verdad
del sujeto. El odio, entonces, se dirige al ser, y de esta manera
sostiene al Otro esperando su destrucción, esperando su envilecimiento.
Esto explica la perseverancia en algunos sujetos, cómo sostienen una
posición de odio durante mucho tiempo en la cura, o dentro de las
instituciones analíticas, mal-estando en ellas, por no hablar de los
efectos sociales de esta situación.
Con esto concluyo mi comentario sobre el Documento de Trabajo,
esperando haber demostrado su eficacia para responder a la pregunta que
realicé.
© ARTURO ROLDÁN
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