Fernando Pessoa, poeta que introdujo en Europa el modernismo portugués.

Fernando Pessoa (1888-1935)

 

HORÓSCOPOS

Artículo redactado en Mayo de 2002

Domingo, 29 de abril de 2002. Ese día como cualquier otro domingo había comprado el periódico, pero ese día, no sé por qué, me fijé en los horóscopos. Los periódicos, los teletextos, casi todos los portales de Internet,... traen horóscopos. Lo último son los horóscopos y la carta astral por el móvil. Toda publicación periódica trae horóscopos: contradictorios, imperativos, alegóricos, enigmáticos... dan consejos para moverse en esos actos cotidianos que van desde los problemas económicos al sufrimiento, sin dejar de lado los amores y los odios, las relaciones de parejas, los vínculos entre padres e hijos sazonados con distintas consideraciones familiares, y así de seguir.

La pregunta surge espontáneamente: ¿qué pasa con los horóscopos?, ¿por qué se publican tantos?. ¿Qué pasa que todo el mundo lee su signo en horóscopos que lo dicen todo y que no dicen nada?. No se trata de realizar un estudio sobre el valor de la astrología, ni una denuncia sobre la estafa evidente de los teléfonos 906, se trata de encontrar las razones de este fenómeno sociológico.

Hace diez años cualquier medio de información medianamente “serio” se negaba a publicar horóscopos por considerarlo como algo “poco científico”, pero se ha ido imponiendo lentamente como un pasatiempo social, que hace posible un tema de conversación, en diversos grupos sociales. Esta moda-manía se ha ido extendiendo con la complicidad de las grandes editoriales de divulgación y publicaciones basuras hasta llegar al horóscopo chino, que es más sofisticado aún que el asirio-babilónico. De esta manera, podemos ver cómo las revistas dirigidas a mujeres o dedicadas a temas muy amplios como la salud, sacan a la venta números monográficos en los que se explayan escribiendo, con un supuesto saber carente del más mínimo fundamento, sobre cuestiones tan dispares como los horóscopos, el I Ching, las flores de Bach, y un largo etcétera. Una cosa es evidente, los horóscopos dan grandes ganancias al mundo editorial de revistas de opinión poco serias.

Pues bien, es posible ubicar este fenómeno como un síntoma social, como la marca de un tropiezo, como la señal de una disfunción, de algo que no anda en la vida de cada cual y que se suple con la lectura de un pronóstico, de una adivinación del futuro doméstico, de un oráculo de andar por casa,... y esto que hace síntoma es el futuro.

Es indudable que un león en las sabanas africanas no sabe si es Leo o Escorpio, y ese no saber está en relación con el no saber sobre la muerte. Pero en los sujetos de la especie humana, la anticipación de saberse mortal dibuja un futuro cuyo término final es la tumba y, por lo tanto, una incógnita sobre cómo será hasta entonces ese futuro. No saber si me voy a morir hoy o mañana, hacen del futuro algo incierto... y es en esa incertidumbre donde aparecen los horóscopos prometiendo proporcionar alguna seguridad.

La fuerza de la certidumbre se la da cada cual y, aunque se trata de una certeza lúdica, poco seria, no deja de producir efectos. Este poco de sentido que introduce el horóscopo en la vida de las personas, tiene que ver con el origen de su saber y la posición de saber que toman sus agentes.

Hoy, 29 de abril de 2002, el horóscopo de “El País”, firmado por Leonor Alazraki, comienza diciendo sobre los “Escorpio”: “Les favorecerá esperar lo necesario para conseguir lo que buscan”. Este consejo, cuya amplitud de significado deja abierto a múltiples identificaciones, introduce un saber para los que nacieron en dicho signo que da sentido a su futuro, que les proporciona una norma para afrontarlo, un imperativo disfrazado que tienen que acatar si quieren que su futuro sea favorable.

Hay que reconocer que los más serios, entre aquellos que se dedican a esta tarea, niegan el carácter adivinatorio de los horóscopos e insisten en decir que sólo formulan una tendencia natural de acuerdo a la conjunción astral de cada cual, pero lo cierto es que cobran importancia por predecir el futuro y dar pautas para la acción, para que las cosas vayan bien a cada lector.

Este carácter adivinatorio de los horóscopos es lo que ha hecho que se pongan de moda y lo que determina su poder de venta actual. La astrología occidental nace mucho antes que el monoteísmo; se supone que los primeros en utilizarla fueron los pueblos mesopotámicos, de donde pasó a la India, a China y al resto de Asia. El universo simbólico de los asirios babilónicos era muy diferente del nuestro y nos resulta difícil descifrarlo en la actualidad pero, fuese como fuese, los horóscopos nacieron con él y se han mantenido hasta hoy en día casi sin modificaciones.

Un aspecto particular de las religiones politeístas, incluidas la griega y la romana, fue la práctica del arte de la adivinación. Esta particularidad aparece en la sociedad griega de una forma específica: el oráculo. La incertidumbre por el futuro llevaba a que la gente los consultara en busca de profecías y, como pasa en la actualidad con los “famosos” y los “políticos”, acudían a los oráculos cuando tenían que tomar decisiones vitales importantes. Aquí vale la pena recordar el oráculo más famoso, el de Delfos.

Igualmente, aquellos que leen los horóscopos cotidianos, los horóscopos que pululan por todos lados, buscan un poco de sentido para que el futuro no sea tan incierto, y lo buscan en un saber politeísta que pervive en la actualidad debajo del monoteísmo, como aseguraba Pessoa. Un politeísmo solapado que marca algo de lo que no funciona en la sociedad actual. Así que, ya puestos a predecir el futuro, quizás el auge de los horóscopos esté marcando un cambio en las creencias actuales; no nos olvidemos que las religiones monoteístas, con su secuela de segregaciones en nombre de un dios único, continúan sirviendo de fundamento para las guerras también hoy en día.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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