IDENTIFICACIÓN IDEAL Y
NEUROSIS OBSESIVA
Es importante para la clínica de la neurosis obsesiva entender con
cierta precisión las relaciones entre identificación e ideal, y esta
importancia es máxima para tratar de cercar los problemas relativos al
final de análisis, a las incidencias en relación al pase, y su deriva en
la institución analítica.
Desde esta perspectiva realizaré un breve recorrido por distintos
textos, dejando claro que no se trata de un trabajo concluido, por el
contrario son distintas puntuaciones, son líneas de fuerza de un trabajo
de investigación en vías de desarrollo.
Es ya bastante conocido que la revelación del inconsciente, es decir
el punto inaugural del psicoanálisis, comienza con el encuentro entre la
histeria y Freud, sin embargo es menos sabido el resultado del encuentro
entre la neurosis obsesiva y el discurso analítico, cuyas consecuencias
son las distintas teorizaciones alrededor del ideal. Es decir, que dicho
encuentro pone en evidencia todo lo relacionado con lo patógeno del
complejo paterno, y todo lo que de ello se deriva: los ideales, la
conciencia moral, la culpa, etc.
Realizando un recorrido freudiano podemos leer que la patogeneidad de
este complejo no había escapado a Freud ni en el “Hombre de los lobos”,
ni en el “Hombre de las ratas”, sin embargo le falta un articulador
teórico que le permita seguir con su indagación sobre esta neurosis y
también sobre la psicosis.
Este articulador teórico lo formaliza a través del mito de “Tótem y
tabú”, en donde la esencia simbólica del mito, el parricidio y el festín
totémico, sostiene una presunta ley reguladora y pacificadora en la
imposible relación entre el deseo y el lenguaje. En esta comida totémica
introduce un artificio que luego será abierto en todas sus teorías sobre
la identificación primaria: la incorporación canibalística, es decir la
ingesta del cuerpo del padre muerto. Este padre del significante, que no
es el significante del padre, posibilitará a Freud resolver distintos
aspectos de la neurosis obsesiva.
Este articulador encuentra una expresión más adecuada en
“Introducción del narcisismo”, donde se construye el ideal del yo, con
la particularidad de quedar unido a la represión y separado radicalmente
de la sublimación. Pero hay más, ya que el ideal del yo derivado del
complejo parental queda unido a la censura onírica vía la conciencia
moral, que en este texto aparece como el verdadero censor. De esta
manera, Freud coloca al ideal del yo como causa primera de la escisión
del aparato psíquico, es decir de la radical diferencia entre
inconsciente y preconsciente-consciente. Coloca, de esta manera, al
ideal del yo en una función de estructura.
Se desliza una contradicción lógica, por un lado el ideal como
heredero del complejo paterno y por otro cumpliendo una función
estructurante. Esto tiene su repercusión en “Duelo y melancolía”.
Recordemos que en ese escrito la única diferencia firme que establece
entre el duelo y la melancolía, y más concretamente entre la elaboración
del duelo en la neurosis obsesiva y la imposibilidad de elaboración del
duelo en la melancolía, está determinada por la regresión narcisista.
Esta regresión narcisista tiene algunas implicaciones que son
importantes de aclarar. La melancolía queda situada desde el comienzo
del artículo como una enfermedad producida por la “conciencia moral”,
para sostener lo cual Freud introduce dos condiciones:
- la relación de objeto es de base narcisista.
- la catexia (carga) de objeto es poco resistente.
Estas condiciones son exigencias lógicas para poder formular el paso
siguiente, que la retracción de la libido ante la pérdida de objeto en
vez de buscar un nuevo objeto sirve para establecer una identificación
del yo al objeto abandonado. Aquí encontramos la frase freudiana que
Lacan puso de relieve: “la sombra del objeto cae sobre el yo, que en ese
momento es considerado como una instancia especial, como el objeto
abandonado”. La condición de posibilidad para esta identificación
narcisista es la elección narcisista del objeto. Freud agrega que es una
regresión al narcisismo primitivo que es correlativo a la fase oral de
ingesta y devoración, y para complicar más las cosas, afirma que esta
fase es previa a toda elección de objeto. Esto último es un punto
importante que recién resolverá Lacan en su Seminario 9 sobre “La
identificación”.
Pero no me adelanto y resumo las paradojas encontradas: en
“Introducción del narcisismo” encontramos al ideal como heredero del
complejo paterno y, al mismo tiempo, como estructurante en relación a su
determinación en la censura. En “Duelo y melancolía” encontramos para
explicar esta neurosis narcisista los siguientes pasos: primero,
elección de objeto narcisista; segundo, regresión al narcisismo, cuya
característica es la de ser una identificación sin objeto, o previa a la
elección de objeto; tercero, esta identificación es en la fase oral de
incorporación canibalística de “Tótem y tabú”. Esta última conexión es
vía la conciencia moral, sinónimo en este texto del ideal del yo.
Es difícil mantener este tipo de tensión en obras que se construyen
en un tiempo dilatado, y sin embargo Freud deja estas paradojas a su
resolución en la clínica, siendo retomadas en “Psicología de las masas”.
En este texto el “alma” de las masas está compuesta por dos tipos de
enlaces afectivos distintos, el lazo al líder, considerado como el más
importante, y el lazo entre los distintos individuos de la masa. Estos
lazos son de orden libidinoso, es decir que quedan colocados bajo la
rúbrica del amor y del odio. Sin embargo, Freud se pregunta en el
capítulo VI por la posibilidad de la existencia de otro tipo de vínculo
que no implique un objeto, cuya base sería las pulsiones coartadas en su
fin. La respuesta es afirmativa, y este tipo de lazo especial está
conformado por las identificaciones cuyo estudio será sistematizado en
el capítulo VII.
La primera modalidad identificatoria, es decir la primera
manifestación más temprana de la modalidad de enlace al Otro, es la
identificación al padre que marcará la prehistoria del complejo de
Edipo. Esta identificación es ubicada en el registro abierto de “Tótem y
tabú”, es decir la primera fase de la organización libidinal, que es
oral, en la cual el sujeto incorpora al objeto ansiado y temido
comiéndoselo y, de esta manera, destruyéndolo. Quisiera señalar aquí que
el término freudiano es incorporación y que cuando usa “introyección”
casi siempre aclara que no es de su pluma, lo cual marca un registro
diferente. Antes del Edipo, nos dice Freud, hace de su padre un ideal,
por lo cual se lo come.
Dentro de las coordenadas edípicas, Freud diferencia el querer “ser”
como el padre en el registro de la identificación y el querer “tener” al
padre que es del orden de la elección de objeto. La consecuencia de lo
anterior para Freud es importante: la identificación es siempre posible
antes de toda elección de objeto. Es por esta vía que vuelve a hacer
presente “Duelo y melancolía” al poner de relieve una identificación
previa a la elección de objeto, teorizada como identificación
melancólica.
Para una mayor precisión, hay que recordar que Lacan en el Seminario
sobre “La identificación” afirma que esta primera identificación
freudiana no será abordada por él. Una de las razones de esta posición
es debida a que se ha girado desde el padre del significante freudiano
al significante del padre lacaniano. De esta manera el Nombre del Padre
es reubicado en una función estructural, conservándose en la
identificación al rasgo unario la característica de ser sin objeto.
La segunda identificación freudiana es la que está ligada a la
producción del síntoma, la tos de Dora, que es altamente específica, y
de donde Lacan extrae el rasgo.
La tercera, llamada histérica, tiene la particularidad de ser
independiente de toda actividad libidinosa, es analógica y está
determinada por un punto de encuentro que debía mantenerse reprimido.
Esta identificación que explica las “epidemias psíquicas” es la que
constituye el vínculo entre los individuos de la masa sobre el fondo de
la modalidad de enlace al líder. Como este último lazo no está explicado
con las identificaciones precedentes agrega dos modalidades
identificatorias más: la homosexual y la melancólica.
La identificación homosexual está determinada por una intensa
fijación del niño a la madre que con la llegada de la pubertad se
transforma en identificación al objeto perdido (madre). Esta
identificación tiene la particularidad de producir una profunda
transformación de las características del yo, que cambia su orden
sexual.
De la melancolía toma esencialmente la escisión del yo, en su
vertiente ideal del yo, que ya no es sinónimo de conciencia moral. El
ideal aparece como causa de la conciencia moral y también como causa de
la censura onírica y es, al mismo tiempo, la principal fuerza represora.
De esta manera se sostiene la paradoja de “Introducción del narcisismo”:
es por un lado una instancia heredera del complejo de Edipo y por otro
aparece en una función estructurante. Adscribirle al ideal un origen
narcisista es una forma de intentar resolver la paradoja, que deja no
aclaradas sus condiciones.
Pero entendamos la necesidad freudiana que es la de explicar el lazo
de los individuos con el líder; por esta vía encuentra la solución en
“Tótem y tabú” con una cita a pie de página, afirmando que en la masa el
objeto ocupa el lugar del ideal del yo. De esta manera se construye el
líder.
El siguiente paso freudiano es producir su conocida separación entre
identificación e idealización. La primera se caracteriza porque el yo se
enriquece con las cualidades del objeto (incorporación), el objeto
desaparece o es abandonado reconstruyéndose en el yo de acuerdo al
modelo del objeto perdido, y el objeto es situado en el yo. Por el
contrario, el enamoramiento que conlleva una tendencia a la idealización
produce un empobrecimiento yoico ya que éste se da a los objetos, el
objeto subsiste y el objeto va al lugar del ideal del yo. De esta manera
se puede constatar que en la identificación el yo es modificado,
mientras que en el enamoramiento el yo permanece igual aunque
empobrecido.
Por el lado del ideal se aclara el vínculo sobre el cual reposa la
relación entre la masa y el líder, que es del orden de “todos los
individuos quieren ser iguales bajo el dominio del caudillo”. La
tendencia a la idealización es una tendencia a la esclavitud, que es la
posición del goce del esclavo.
Y por este rodeo volvemos al título que convoca a estas Jornadas, ya
que este goce se escucha de mil maneras distintas en la cura del
obsesivo, que soportando y siendo soportadas por el fantasma producen
escollos difíciles de rebasar. Múltiples argucias para sostener ese
firme tapón ante la castración del Otro.
Pero Freud, con esa finura clínica que lo caracteriza, agrega que el
amor al padre reposa sobre el temor al padre, conclusión que una vez más
extrae de “Tótem y tabú”. Este temor lleva a la masa, pero también al
obsesivo, a una actitud masoquista y pasiva. Esto explica la fortaleza
del ideal, las más de las veces encarnado en ideales sociales sean estos
nacionales o centrales.
Por el lado de la identificación queda abierta una dificultad, ya que
en el conjunto de los puntos por los cuales Freud la definió, quedó
afuera la identificación previa a la elección de objeto, que
recordémoslo está teorizada en la línea de “Tótem y tabú” como
incorporación, y al mismo tiempo desplegada en “Duelo y melancolía” como
esa identificación narcisista previa al objeto, y que en “Psicología de
las masas” retorna en la modalidad de “ser” el padre.
Lacan resuelve esta dificultad por una doble vía. Por un lado, da al
padre una función de estructura al colocarlo en el registro del Nombre
del Padre y de la metáfora paterna. La importancia de este articulador
teórico es indudable, ya que permite resolver la dificultad planteada
por la psicosis. Por otro lado, introduciendo a partir de la segunda
identificación freudiana el “rasgo unario”. Es decir, lo más
diferenciado de la identificación y que, a su vez, es llevado hasta sus
últimas consecuencias al aplicar en toda su crudeza el rasgo como
diferencial. Lo cual implica que la identificación al rasgo no tiene
nada que ver con la unificación. De esta manera, Lacan al introducir la
identificación por la lógica del significante le quita el peso que
arrastraba por su enclave narcisista desde “Duelo y melancolía”.
El rasgo unario es el significante de la pura diferencia, diferencia
que hace a lo real, es decir que el significante rasgo unario no
manifiesta sino la presencia de la diferencia como tal; es en definitiva
el soporte de la diferencia. Este rasgo, que es del Otro, se constituye
como el teniente del sujeto al mismo tiempo que completa al Otro. Ésta
es una de las razones por las cuales un análisis no finaliza hasta que
no haya caído este significante identificatorio, dificultad que deviene
extrema en el caso de la neurosis obsesiva. Para ejemplificar esta
situación me remito al caso presentado por Lacan en “La dirección de la
cura”.
Una consecuencia lógica de introducir la identificación por este
sesgo implica que el sujeto está excluido del significante que lo
determina. Es por eso que Lacan afirma en múltiples lugares que el
sujeto es el error en la cuenta; de otra manera y por la vía de la
repetición teorizada sobre las vueltas de un toro, ésta tiende a hacer
surgir lo unario primitivo, la búsqueda de una unicidad significante
para siempre perdida.
Por esta vía puede comenzarse a entender cómo se resuelve la
identificación previa a toda elección de objeto: si al identificarse el
sujeto se excluye como tal, algo viene a su lugar, y esto que viene a su
lugar, esto que hace las veces de “ser” el padre es un significante
ideal, es el significante amo, que como tal, y esta vez no por la vía
del amor, produce una tendencia a la idealización cuyas consecuencias
van a ser manifiestas en la neurosis obsesiva.
Del mito freudiano a la lógica lacaniana, la identificación
significante deviene idealización por efecto de la estructura misma de
la cadena significante, ya que dada ésta, su consecuencia es la
suposición de un sujeto. Sin embargo, lo que escapa a esta lógica es la
referencia al a, que también va a ocupar el lugar de la falta. Esto
hace referencia al tercer tipo de identificación freudiana, la llamada
identificación histérica, que puede resumirse en la identificación al
deseo del Otro. Aclarando que en el Seminario de “La identificación” no
se trata del a en cuanto causa del deseo sino del a como objeto del
deseo, es decir que se trata de su aspecto más imaginario.
Al lugar de la división del sujeto van por un lado el S1 y por el
otro a. Esta relación problemática entre la lógica del significante y
el objeto a, fuerza a Lacan a introducir en el seminario mencionado,
ya que esto no puede ser imaginado, la topología para resolver esta
dificultad.
Nos encontramos, entonces, por un lado con la tendencia idealizante
del S1 y, por otro, con el costado imaginario del fantasma que va a dar
consistencia a la tendencia idealizante del significante, y que por
supuesto produce un formidable tapón a la inconsistencia del Otro. De
esta manera, nos volvemos a encontrar con el tema de estas Jornadas, ya
que esto explica la solidez de la demanda obsesiva para consolidar su
ser, para ser eso que es en la repetición; allí cualquier atributo es
válido.
Sin embargo lo anterior tiene otra consecuencia, ya que este costado
imaginario del fantasma queda abrochado con el S1, lo que en “La
dirección de la cura” implica que cada franqueamiento identificatorio
conlleva una depuración fantasmática, o a la inversa, que cada travesía
parcial del fantasma implica franqueamientos de los planos de la
identificación. Todo lo cual indica la dirección a seguir, ya que más
allá de la identificación está la fijación pulsional.
Bastaría agregar que esa relación entre el rasgo unario y el a
como objeto del deseo, relación que lleva a Lacan casi todo el Seminario
de “La identificación”, está mediatizada por el falo, que se erige en
patrón de medida de esa relación. Es por eso que se puede decir que el
final de análisis implica eso que de la demanda ya no puede ser dicho, y
donde lo que queda como resto es lo inarticulable de la demanda, es
decir el silencio pulsional que no deja de ser parlante.
Como conclusión, creo que se puede afirmar que toda identificación es
una identificación ideal, idealizante, pero para dejarlo abierto
agregaría que más adelante Lacan definirá lo ideal de una manera un
tanto enigmática: lo ideal es todo lo que de real hay en lo simbólico.
© ARTURO ROLDÁN
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