Portada del Nº 1 de “Finisterre Freudiano”, la Revista del Círculo Psicoanalítico de Galicia en la que fue publicado este artículo en Septiembre de 1991.

Portada de la revista "Finisterre Freudiano" de Septiembre de 1991

 

IDENTIFICACIÓN IDEAL Y NEUROSIS OBSESIVA

Es importante para la clínica de la neurosis obsesiva entender con cierta precisión las relaciones entre identificación e ideal, y esta importancia es máxima para tratar de cercar los problemas relativos al final de análisis, a las incidencias en relación al pase, y su deriva en la institución analítica.

Desde esta perspectiva realizaré un breve recorrido por distintos textos, dejando claro que no se trata de un trabajo concluido, por el contrario son distintas puntuaciones, son líneas de fuerza de un trabajo de investigación en vías de desarrollo.

Es ya bastante conocido que la revelación del inconsciente, es decir el punto inaugural del psicoanálisis, comienza con el encuentro entre la histeria y Freud, sin embargo es menos sabido el resultado del encuentro entre la neurosis obsesiva y el discurso analítico, cuyas consecuencias son las distintas teorizaciones alrededor del ideal. Es decir, que dicho encuentro pone en evidencia todo lo relacionado con lo patógeno del complejo paterno, y todo lo que de ello se deriva: los ideales, la conciencia moral, la culpa, etc.

Realizando un recorrido freudiano podemos leer que la patogeneidad de este complejo no había escapado a Freud ni en el “Hombre de los lobos”, ni en el “Hombre de las ratas”, sin embargo le falta un articulador teórico que le permita seguir con su indagación sobre esta neurosis y también sobre la psicosis.

Este articulador teórico lo formaliza a través del mito de “Tótem y tabú”, en donde la esencia simbólica del mito, el parricidio y el festín totémico, sostiene una presunta ley reguladora y pacificadora en la imposible relación entre el deseo y el lenguaje. En esta comida totémica introduce un artificio que luego será abierto en todas sus teorías sobre la identificación primaria: la incorporación canibalística, es decir la ingesta del cuerpo del padre muerto. Este padre del significante, que no es el significante del padre, posibilitará a Freud resolver distintos aspectos de la neurosis obsesiva.

Este articulador encuentra una expresión más adecuada en “Introducción del narcisismo”, donde se construye el ideal del yo, con la particularidad de quedar unido a la represión y separado radicalmente de la sublimación. Pero hay más, ya que el ideal del yo derivado del complejo parental queda unido a la censura onírica vía la conciencia moral, que en este texto aparece como el verdadero censor. De esta manera, Freud coloca al ideal del yo como causa primera de la escisión del aparato psíquico, es decir de la radical diferencia entre inconsciente y preconsciente-consciente. Coloca, de esta manera, al ideal del yo en una función de estructura.

Se desliza una contradicción lógica, por un lado el ideal como heredero del complejo paterno y por otro cumpliendo una función estructurante. Esto tiene su repercusión en “Duelo y melancolía”. Recordemos que en ese escrito la única diferencia firme que establece entre el duelo y la melancolía, y más concretamente entre la elaboración del duelo en la neurosis obsesiva y la imposibilidad de elaboración del duelo en la melancolía, está determinada por la regresión narcisista.

Esta regresión narcisista tiene algunas implicaciones que son importantes de aclarar. La melancolía queda situada desde el comienzo del artículo como una enfermedad producida por la “conciencia moral”, para sostener lo cual Freud introduce dos condiciones:

- la relación de objeto es de base narcisista.
- la catexia (carga) de objeto es poco resistente.

Estas condiciones son exigencias lógicas para poder formular el paso siguiente, que la retracción de la libido ante la pérdida de objeto en vez de buscar un nuevo objeto sirve para establecer una identificación del yo al objeto abandonado. Aquí encontramos la frase freudiana que Lacan puso de relieve: “la sombra del objeto cae sobre el yo, que en ese momento es considerado como una instancia especial, como el objeto abandonado”. La condición de posibilidad para esta identificación narcisista es la elección narcisista del objeto. Freud agrega que es una regresión al narcisismo primitivo que es correlativo a la fase oral de ingesta y devoración, y para complicar más las cosas, afirma que esta fase es previa a toda elección de objeto. Esto último es un punto importante que recién resolverá Lacan en su Seminario 9 sobre “La identificación”.

Pero no me adelanto y resumo las paradojas encontradas: en “Introducción del narcisismo” encontramos al ideal como heredero del complejo paterno y, al mismo tiempo, como estructurante en relación a su determinación en la censura. En “Duelo y melancolía” encontramos para explicar esta neurosis narcisista los siguientes pasos: primero, elección de objeto narcisista; segundo, regresión al narcisismo, cuya característica es la de ser una identificación sin objeto, o previa a la elección de objeto; tercero, esta identificación es en la fase oral de incorporación canibalística de “Tótem y tabú”. Esta última conexión es vía la conciencia moral, sinónimo en este texto del ideal del yo.

Es difícil mantener este tipo de tensión en obras que se construyen en un tiempo dilatado, y sin embargo Freud deja estas paradojas a su resolución en la clínica, siendo retomadas en “Psicología de las masas”.

En este texto el “alma” de las masas está compuesta por dos tipos de enlaces afectivos distintos, el lazo al líder, considerado como el más importante, y el lazo entre los distintos individuos de la masa. Estos lazos son de orden libidinoso, es decir que quedan colocados bajo la rúbrica del amor y del odio. Sin embargo, Freud se pregunta en el capítulo VI por la posibilidad de la existencia de otro tipo de vínculo que no implique un objeto, cuya base sería las pulsiones coartadas en su fin. La respuesta es afirmativa, y este tipo de lazo especial está conformado por las identificaciones cuyo estudio será sistematizado en el capítulo VII.

La primera modalidad identificatoria, es decir la primera manifestación más temprana de la modalidad de enlace al Otro, es la identificación al padre que marcará la prehistoria del complejo de Edipo. Esta identificación es ubicada en el registro abierto de “Tótem y tabú”, es decir la primera fase de la organización libidinal, que es oral, en la cual el sujeto incorpora al objeto ansiado y temido comiéndoselo y, de esta manera, destruyéndolo. Quisiera señalar aquí que el término freudiano es incorporación y que cuando usa “introyección” casi siempre aclara que no es de su pluma, lo cual marca un registro diferente. Antes del Edipo, nos dice Freud, hace de su padre un ideal, por lo cual se lo come.

Dentro de las coordenadas edípicas, Freud diferencia el querer “ser” como el padre en el registro de la identificación y el querer “tener” al padre que es del orden de la elección de objeto. La consecuencia de lo anterior para Freud es importante: la identificación es siempre posible antes de toda elección de objeto. Es por esta vía que vuelve a hacer presente “Duelo y melancolía” al poner de relieve una identificación previa a la elección de objeto, teorizada como identificación melancólica.

Para una mayor precisión, hay que recordar que Lacan en el Seminario sobre “La identificación” afirma que esta primera identificación freudiana no será abordada por él. Una de las razones de esta posición es debida a que se ha girado desde el padre del significante freudiano al significante del padre lacaniano. De esta manera el Nombre del Padre es reubicado en una función estructural, conservándose en la identificación al rasgo unario la característica de ser sin objeto.

La segunda identificación freudiana es la que está ligada a la producción del síntoma, la tos de Dora, que es altamente específica, y de donde Lacan extrae el rasgo.

La tercera, llamada histérica, tiene la particularidad de ser independiente de toda actividad libidinosa, es analógica y está determinada por un punto de encuentro que debía mantenerse reprimido. Esta identificación que explica las “epidemias psíquicas” es la que constituye el vínculo entre los individuos de la masa sobre el fondo de la modalidad de enlace al líder. Como este último lazo no está explicado con las identificaciones precedentes agrega dos modalidades identificatorias más: la homosexual y la melancólica.

La identificación homosexual está determinada por una intensa fijación del niño a la madre que con la llegada de la pubertad se transforma en identificación al objeto perdido (madre). Esta identificación tiene la particularidad de producir una profunda transformación de las características del yo, que cambia su orden sexual.

De la melancolía toma esencialmente la escisión del yo, en su vertiente ideal del yo, que ya no es sinónimo de conciencia moral. El ideal aparece como causa de la conciencia moral y también como causa de la censura onírica y es, al mismo tiempo, la principal fuerza represora. De esta manera se sostiene la paradoja de “Introducción del narcisismo”: es por un lado una instancia heredera del complejo de Edipo y por otro aparece en una función estructurante. Adscribirle al ideal un origen narcisista es una forma de intentar resolver la paradoja, que deja no aclaradas sus condiciones.

Pero entendamos la necesidad freudiana que es la de explicar el lazo de los individuos con el líder; por esta vía encuentra la solución en “Tótem y tabú” con una cita a pie de página, afirmando que en la masa el objeto ocupa el lugar del ideal del yo. De esta manera se construye el líder.

El siguiente paso freudiano es producir su conocida separación entre identificación e idealización. La primera se caracteriza porque el yo se enriquece con las cualidades del objeto (incorporación), el objeto desaparece o es abandonado reconstruyéndose en el yo de acuerdo al modelo del objeto perdido, y el objeto es situado en el yo. Por el contrario, el enamoramiento que conlleva una tendencia a la idealización produce un empobrecimiento yoico ya que éste se da a los objetos, el objeto subsiste y el objeto va al lugar del ideal del yo. De esta manera se puede constatar que en la identificación el yo es modificado, mientras que en el enamoramiento el yo permanece igual aunque empobrecido.

Por el lado del ideal se aclara el vínculo sobre el cual reposa la relación entre la masa y el líder, que es del orden de “todos los individuos quieren ser iguales bajo el dominio del caudillo”. La tendencia a la idealización es una tendencia a la esclavitud, que es la posición del goce del esclavo.

Y por este rodeo volvemos al título que convoca a estas Jornadas, ya que este goce se escucha de mil maneras distintas en la cura del obsesivo, que soportando y siendo soportadas por el fantasma producen escollos difíciles de rebasar. Múltiples argucias para sostener ese firme tapón ante la castración del Otro.

Pero Freud, con esa finura clínica que lo caracteriza, agrega que el amor al padre reposa sobre el temor al padre, conclusión que una vez más extrae de “Tótem y tabú”. Este temor lleva a la masa, pero también al obsesivo, a una actitud masoquista y pasiva. Esto explica la fortaleza del ideal, las más de las veces encarnado en ideales sociales sean estos nacionales o centrales.

Por el lado de la identificación queda abierta una dificultad, ya que en el conjunto de los puntos por los cuales Freud la definió, quedó afuera la identificación previa a la elección de objeto, que recordémoslo está teorizada en la línea de “Tótem y tabú” como incorporación, y al mismo tiempo desplegada en “Duelo y melancolía” como esa identificación narcisista previa al objeto, y que en “Psicología de las masas” retorna en la modalidad de “ser” el padre.

Lacan resuelve esta dificultad por una doble vía. Por un lado, da al padre una función de estructura al colocarlo en el registro del Nombre del Padre y de la metáfora paterna. La importancia de este articulador teórico es indudable, ya que permite resolver la dificultad planteada por la psicosis. Por otro lado, introduciendo a partir de la segunda identificación freudiana el “rasgo unario”. Es decir, lo más diferenciado de la identificación y que, a su vez, es llevado hasta sus últimas consecuencias al aplicar en toda su crudeza el rasgo como diferencial. Lo cual implica que la identificación al rasgo no tiene nada que ver con la unificación. De esta manera, Lacan al introducir la identificación por la lógica del significante le quita el peso que arrastraba por su enclave narcisista desde “Duelo y melancolía”.

El rasgo unario es el significante de la pura diferencia, diferencia que hace a lo real, es decir que el significante rasgo unario no manifiesta sino la presencia de la diferencia como tal; es en definitiva el soporte de la diferencia. Este rasgo, que es del Otro, se constituye como el teniente del sujeto al mismo tiempo que completa al Otro. Ésta es una de las razones por las cuales un análisis no finaliza hasta que no haya caído este significante identificatorio, dificultad que deviene extrema en el caso de la neurosis obsesiva. Para ejemplificar esta situación me remito al caso presentado por Lacan en “La dirección de la cura”.

Una consecuencia lógica de introducir la identificación por este sesgo implica que el sujeto está excluido del significante que lo determina. Es por eso que Lacan afirma en múltiples lugares que el sujeto es el error en la cuenta; de otra manera y por la vía de la repetición teorizada sobre las vueltas de un toro, ésta tiende a hacer surgir lo unario primitivo, la búsqueda de una unicidad significante para siempre perdida.

Por esta vía puede comenzarse a entender cómo se resuelve la identificación previa a toda elección de objeto: si al identificarse el sujeto se excluye como tal, algo viene a su lugar, y esto que viene a su lugar, esto que hace las veces de “ser” el padre es un significante ideal, es el significante amo, que como tal, y esta vez no por la vía del amor, produce una tendencia a la idealización cuyas consecuencias van a ser manifiestas en la neurosis obsesiva.

Del mito freudiano a la lógica lacaniana, la identificación significante deviene idealización por efecto de la estructura misma de la cadena significante, ya que dada ésta, su consecuencia es la suposición de un sujeto. Sin embargo, lo que escapa a esta lógica es la referencia al a, que también va a ocupar el lugar de la falta. Esto hace referencia al tercer tipo de identificación freudiana, la llamada identificación histérica, que puede resumirse en la identificación al deseo del Otro. Aclarando que en el Seminario de “La identificación” no se trata del a en cuanto causa del deseo sino del a como objeto del deseo, es decir que se trata de su aspecto más imaginario.

Al lugar de la división del sujeto van por un lado el S1 y por el otro a. Esta relación problemática entre la lógica del significante y el objeto a, fuerza a Lacan a introducir en el seminario mencionado, ya que esto no puede ser imaginado, la topología para resolver esta dificultad.

Nos encontramos, entonces, por un lado con la tendencia idealizante del S1 y, por otro, con el costado imaginario del fantasma que va a dar consistencia a la tendencia idealizante del significante, y que por supuesto produce un formidable tapón a la inconsistencia del Otro. De esta manera, nos volvemos a encontrar con el tema de estas Jornadas, ya que esto explica la solidez de la demanda obsesiva para consolidar su ser, para ser eso que es en la repetición; allí cualquier atributo es válido.

Sin embargo lo anterior tiene otra consecuencia, ya que este costado imaginario del fantasma queda abrochado con el S1, lo que en “La dirección de la cura” implica que cada franqueamiento identificatorio conlleva una depuración fantasmática, o a la inversa, que cada travesía parcial del fantasma implica franqueamientos de los planos de la identificación. Todo lo cual indica la dirección a seguir, ya que más allá de la identificación está la fijación pulsional.

Bastaría agregar que esa relación entre el rasgo unario y el a como objeto del deseo, relación que lleva a Lacan casi todo el Seminario de “La identificación”, está mediatizada por el falo, que se erige en patrón de medida de esa relación. Es por eso que se puede decir que el final de análisis implica eso que de la demanda ya no puede ser dicho, y donde lo que queda como resto es lo inarticulable de la demanda, es decir el silencio pulsional que no deja de ser parlante.

Como conclusión, creo que se puede afirmar que toda identificación es una identificación ideal, idealizante, pero para dejarlo abierto agregaría que más adelante Lacan definirá lo ideal de una manera un tanto enigmática: lo ideal es todo lo que de real hay en lo simbólico.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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