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LA ANGUSTIA EN LA CURA
ANALÍTICA
Pablo llega a mi consulta inquieto, sudoroso, de sus bolsillos saca
numerosos informes de electrocardiogramas que distintos cardiólogos le
han efectuado en la búsqueda desesperada de una palabra final que
apacigüe su sufrimiento: miedo a morir de un infarto. Distintos
argumentos, como su edad de 30 años, lo sano que está su corazón, lo
adecuado de su tensión arterial, etc., lo calman un momento para
sumergirlo en el siguiente -a veces por la percepción de palpitaciones,
otras por causas nimias e indefinibles- en un estado de desasosiego
extremo que lo impulsa a un servicio de urgencias hospitalario. Este
estado, que no comenzó en forma brusca y que se ha ido intensificando en
los últimos meses, ha devenido insoportable en las últimas semanas al
comenzar a padecer de insomnio y dificultades extremas en el trabajo que
despliega en una empresa familiar, dificultades que están centradas en
fallos de la concentración y en el trato con sus empleados, trato que de
familiar ha pasado a inquietante. El encuentro con un cardiólogo
precipita su demanda, ya que ese cardiólogo, además de recetarle
psicofármacos y sugerirle un diagnóstico de depresión, le aconsejó la
visita a un psiquiatra. Esta indicación médica es seguida al pie de la
letra y, para estar en las “mejores manos”, consulta en París -donde
reside su familia- y allí le dan mi nombre.
En aquellas primeras entrevistas me pide permiso para dejar de ir al
trabajo, permiso que solicita basándose en el diagnóstico de depresión y
en la extrema dificultad que representa para él compaginar su trabajo
con la convivencia familiar: tiene abandonada a su esposa -no sólo
sexualmente- y a sus dos hijos pequeños de cinco y tres años. Al negar
con energía el permiso solicitado, introduzco -sin saberlo- un mínimo
cambio de su posición con relación a su sufrimiento, que pasa por una
primera puesta en cuestión de su certeza.
El miedo a morir de un infarto, su certeza, es la anotación de una
respuesta a la angustia; ya que es necesario diferenciar entre el
malestar que la angustia produce y las significaciones que el sujeto da
a aquellas respuestas, y que en Pablo se extendían a otras tales como
“claustrofobia”. Estos significantes -que no llegan a configurar un
significante fóbico cuyo paradigma es el caballo de Juanito-, estas
respuestas a la angustia conviene diferenciarlas del síntoma, que en su
sentido freudiano es retorno de lo reprimido y que está formalizado por
Lacan como una sustitución metafórica. Sin embargo las cosas no son tan
simples tratándose de una neurosis obsesiva, ya que Freud en el apartado
VI de “Inhibición, síntoma y angustia”, habla del síntoma obsesivo como
formado por los mecanismos de aislamiento y de anulación de lo contrario
por el fracaso de lo que llama represión. Este recordatorio freudiano
tiene por objetivo mostrar el estatuto particular del síntoma obsesivo,
que, a diferencia del histérico, no es del orden del retorno de lo
reprimido.
Pero para moverse en el horizonte estrecho de la angustia, conviene
diferenciar, como ya lo he señalado, entre el malestar propio de aquélla
y las respuestas que ella engendra, respuestas que en este caso concreto
están tensadas entre dos extremos: lo que Pablo llama “claustrofobias” y
el “miedo a morir de un infarto”, significaciones que tienen registros
diferentes.
La primera, lo que Pablo llama la “claustrofobia”, es un significante
tomado del discurso social y que remite al temor de salir de su casa o
de la oficina, o de conducir su coche, respuesta que es del orden de la
inhibición. Esto puede ser discutido, pero retomemos con las debidas
precauciones su acepción freudiana: se inhibe una función motora,
concepción que es reformulada por Lacan en el Seminario 10, sobre “La
Angustia”, como la introducción en una función de otro deseo diferente
de aquél que la función satisface de manera natural. Este punto de
detención de la función está determinado por la intrusión de la
inhibición en el nudo simbólico, según nos enseña Lacan en el Seminario
22: “RSI”.
Conviene diferenciar estas respuestas inhibitorias, que
fenoménicamente pueden tomar formas sorprendentes, de la respuesta que
en Pablo se presentaba como miedo a morir de un infarto.
En esta segunda, encontramos una cadena metonímica cuya simple
ordenación en aquellas primeras entrevistas permitió un alivio
significativo.
Pablo, al ser rechazada la propuesta inicial de no ir al trabajo,
comienza un trabajo asociativo, al principio vacilante, dudoso, que
hilvana las siguientes secuencias:
a) Conecta el comienzo de sus malestares con un “ataque al corazón”
sufrido por su padre, que terminó siendo diagnosticado como una arritmia
leve. Su padre, emigrante español a Francia, comienza desde abajo -luego
de haber abandonado España porque la falta de trabajo en aquellos
tiempos lo mantenía esclavizado a un primo suyo que le pagaba muy poco-
y en Francia, a los pocos años, logra transformar su oficio en una
pequeña pero próspera empresa, la cual, tres años antes del comienzo del
malestar de Pablo, habían decidido expandir hacia España para colmar un
viejo sueño de nostalgia de su padre, quien siempre deseó el regreso.
Esta expansión se realiza asociándose a los hijos del primo del padre,
el mismo que lo había explotado cuando joven, y para ello se encarga
llevar adelante este proyecto a Pablo, su primogénito, quien con tal
función se trasladó a vivir a Madrid hace tres años. No hay dificultades
para entender la función de I(A) que cumple el padre, cuyo ideal a su
vez era el de tener una unión familiar sólida y duradera.
b) La otra secuencia tiene que ver también con un ideal paterno, el
fútbol. Hijo de un emigrante español en París sufrió, así lo relata
Pablo, una velada discriminación que lo llevaba a imaginarse una
estrella de fútbol, consagrando a eso muchas horas de su infancia y
temprana adolescencia, llegando a jugar en un club de primera división,
en donde -con esa modalidad típica de la adolescencia- tiene un amigo,
su gemelo, también hijo de españoles. Este amigo, en un entrenamiento,
muere súbitamente; los médicos dejan su diagnóstico: “paro cardíaco”. En
su duelo patológico se entrega a prácticas espiritistas. Y en un
accidente banal, jugando al fútbol con un hermano en el patio de su casa
de apartamentos, sufre una grave lesión en una pierna que le aparta
definitivamente de los estadios.
Sería fácil recurrir a la identificación pero difícil su ubicación en
el registro simbólico, lo que no descarta una determinación imaginaria.
No obstante, más allá de ella lo que está en juego es la serie simbólica
que Pablo ha articulado, y en esa articulación el paciente llega a la
siguiente conclusión: que el miedo a morir de un infarto, sus
palpitaciones, sus taquicardias son de origen psicosomático. Este
significante, que también es extraído del discurso común, habla de un
cambio con relación a la causa que produce un alivio en su malestar.
Para entender la producción de esta articulación hay que comprender
la lógica que subyace, y ésta es la lógica de la transferencia. En este
caso particular, a partir de un significante cualquiera -“en las mejores
manos”- y apoyándose en mi intervención, que rechaza su demanda generada
por la angustia de no ir al trabajo, se instala el “Sujeto supuesto
Saber”, lo cual no quiere decir entrada en análisis. Esta instalación
del Sujeto supuesto Saber permite la puesta en cuestión de la causa, y
con relación a la angustia posibilita un descentramiento del punto de
certeza que la angustia lleva consigo. No se trata, entonces, de un
aumento o de una disminución del monto de angustia, se trata de la caída
de la certeza en la cual la angustia está anclada, y sabemos que este
punto de certeza apunta a lo real, o para decirlo en términos de “RSI”,
la angustia es lo que parte de lo real, y al partir de lo real no hay
engaño posible de la existencia de una conmoción en la vertiente real
del objeto a, de eso la angustia es señal. Sin embargo aquí
conviene aligerar las cosas, puesto que el objeto a en tanto que
semblante tiene su lugar en el vector que va de lo simbólico a lo real,
como está señalado en el Seminario 20, “Aun”, en el grafo del comienzo
de la lección VIII: “El saber y la verdad”. Por lo anterior, aparece con
claridad que el objeto a produce una elaboración simbólica de lo
real. A tal punto que se puede afirmar que el itinerario de una cura es,
justamente, la elaboración simbólica de lo real producida por el a.
Por eso en el fantasma el objeto a ocupa el lugar de lo real
velándolo. Sin duda, el punto de dificultad es la consideración del a
como real, o de sus relaciones con lo real. Un lugar de partida es el
estudio de lo que puede ser llamado el antecedente de lo real del a:
“das Ding” y su despliegue en el Seminario 7. De otra manera: el objeto
a es apto para encarnar lo que le falta al sujeto y, de esta
forma, el deseo del Otro aparece como una voluntad de goce sin límite.
En aquellas entrevistas preliminares Pablo continúa su trabajo
asociativo mostrando que es la fractura del ideal paterno lo que lo ha
precipitado en su malestar. La enfermedad de su padre, hasta ese momento
con una salud de hierro, pero sobre todo la aparición de diferencias en
cómo llevar el negocio en su filial española, abren al cuestionamiento,
hasta ese momento incuestionable, de las capacidades paternas, es decir,
produce una fractura en el I(A) que conmociona el a que está
debajo de la barra, al no poder sostenerse Pablo como i(a). En
aquel trabajo nuevamente establece dos series asociativas. La primera,
en la dimensión freudiana de los que fracasan al triunfar, tiene como
punto de partida su malogro como futbolista, a lo que sigue su decepción
como estudiante, que de brillante pasa a abandonar la escuela, para
posteriormente relatar su caída como vendedor de la casa paterna,
concluyendo con el abandono de su función de apoderado de un conjunto
musical que de su mano comenzaba a ser conocido, para volver al negocio
familiar cuando éste se instala en España.
La otra serie habla de desplazamientos del ideal que se encarnan en
distintos personajes de su novela familiar: su entrenador de fútbol, un
profesor, un vendedor que lo lleva a sus primeras aventuras amorosas, un
dirigente de fútbol. El mínimo común de estas relaciones consiste en un
ciclo que comienza con una buena amistad y termina en pelea por haber
sido traicionado. Esta repetición es puesta de manifiesto en el sentirse
tratado injustamente por los otros o por el destino, significantes que
marcan sus primeros retazos fantasmáticos en lo que se designa como ser
un “justiciero”, posición por la cual ha tenido dificultades con sus
socios-primos y con los empleados de la empresa. Así es como se
desprende un cierto tono amargo, tono que cae al atravesar estas
primeras identificaciones.
La caída de estas identificaciones produce una cierta conmoción en el
curso de las entrevistas, que se registra en algunas ausencias y en
intentos fallidos de consagrarse a la literatura primero y luego al
teatro para “separarse del padre”, según afirma Pablo. Y es que hay que
diferenciar entre la travesía de la identificación y la producción de S1
como está marcado en el discurso analítico, diferencias entre el trabajo
asociativo y la revelación del significante reprimido que,
habitualmente, se dan en distintos tiempos. Temporalidad que, al
enlazarse en la transferencia, marca a estas últimas en sus saltos y
discontinuidades. Diferencia entre el trabajo asociativo y el trabajo
analítico.
En aquel momento en que Pablo trabajaba entrevista a entrevista, y
habiéndose descentrado el punto de certeza de la angustia, ésta se
atenúa, abandona los psicofármacos, duerme con calma, pero al mismo
tiempo se avivan conflictos en la empresa entre los socios-primos y su
familia paterna. En forma soterrada comienza una pugna con su padre por
el control de aquélla. Y lentamente comienza a hablar de su neurosis
infantil, en donde sobresale una abundante actividad masturbatoria y un
recuerdo que lo turba: aproximadamente a los 10 años tiene una fuerte
excitación al ver a su madre desnudándose, no pudiendo reprimir su
impulso, entra en la habitación de aquélla con la intención de tocarla,
encontrando por respuesta un rechazo enérgico y sin contemplaciones de
esta mujer cuyo origen es un duro pueblo asturiano. Al final de este
recuerdo escando la entrevista. A la siguiente, la angustia ha retornado
con todo su malestar. La escansión, al apuntar al deseo reprimido,
produce angustia debido a la relación estructural que se da entre ambos.
Modulaciones de la angustia que son despertadas por la intervención
analítica, al anclar en el intervalo significante la emergencia de un
objeto oculto que abre a los oscuros vericuetos de lo real. Posición
inevitable del analista, ya que al operar contra la identificación
induce la emergencia del deseo y su correlato de angustia cuyo punto
último está antes de la pérdida del objeto, antes de su cesión.
Producción de angustia bajo transferencia por la emergencia del objeto.
A partir de ese momento las entrevistas entran en una fase
tormentosa, múltiples pasajes al acto bordean un paisaje donde el
trabajo asociativo queda detenido: numerosas faltas, apariciones
relámpagos en mi sala de espera, son los primeros movimientos con los
que abre el grifo sin saber que lo abre -para tomar la metáfora
lacaniana del Seminario 10. Y el grifo sigue abierto, Pablo retoma los
psicofármacos en forma desordenada, comienza a irse de putas, salidas
escandidas con borracheras compulsivas cuya resaca lo tumban en un
impedimento extremo para ir al trabajo, y como trasfondo de todo este
desorden… la angustia. Y de esta manera, meses. Pero, en la escucha de
esa algarabía silenciosa, aparece el lugar de su esposa, mujer al igual
que su madre de un pequeño pueblo asturiano, conocida en uno de sus
múltiples viajes a España, en la fiesta patronal de aquel pueblo en
medio de las charangas y petardos. No es que se enamore locamente, es
simplemente la mujer que le conviene, porque ella, ni lerda ni perezosa,
viaja a París donde trabaja sirviendo. La otra, la parisina de clase
media y costumbres liberales, es abandonada después de una duda intensa
y extensa como es de rigor en una situación de este tipo. Pero este
relato entrecortado, de entrevista a entrevista, no le sirve a Pablo
para sacar las conclusiones que caen por su propio peso, y con la
represión de sus enlaces contribuye a su pasión de no saber. Y es que
atrapado “como rebelde sin causa” que lo representa de cara al Ideal, y
con el movimiento pulsional impuesto por el trabajo asociativo, el
estado angustioso produce su monto de afecto que, al no tener la certeza
del comienzo, se expande como el agua derramada del grifo.
Es así como libra una sorda batalla con sus primos-socios detonada
por la fantasía de que les están robando, como el padre de ellos a su
padre. Como toda batalla, ésta termina con pérdidas.
La empresa, su filial española, se divide quedando deudas en la
familia de Pablo. Éste no se arredra y considera que ha llegado su hora,
dispone de dinero para montar su propia empresa, llevar adelante su
sueño y… nuevo pasaje al acto: decide, como es común en estos casos, que
puede caminar solo, sin muletas. La férrea voluntad de no saber produce
estragos, sus retazos fantasmáticos no permiten su construcción, pero al
solidificarse dan la seguridad que permite el alivio de la angustia.
Vuelve aproximadamente un año después, sus juegos en la bolsa en
valores de alto riesgo han dilapidado no sólo su dinero, sino también el
dinero de la ex-filial española, y de esta manera el sueño paterno del
regreso se ha roto como un cántaro; Pablo, casi sin dinero, sudoroso y
angustiado, se hace las siguientes preguntas: ¿Cómo es que he vuelto a
fracasar?, ¿cómo es que no me di cuenta de dónde me iba metiendo?. En el
fondo, afirma, lo sabía. En eso estamos.
He presentado este fragmento clínico para acentuar los siguientes
puntos:
- La cura analítica trata a la angustia por el descentramiento de la
certeza, no quedando atrapada en la demanda de una disminución
inmediata.
- Mostrar cómo la intervención analítica, en este caso la escansión,
genera angustia que puedo llamar bajo transferencia.
- Diferenciar el malestar propio de la angustia, de las respuestas que
se generan frente a aquélla.
- Diferenciar el momento de la travesía de la identificación, de la
revelación del S1
(diferencia entre trabajo asociativo y trabajo analítico).
- Reafirmar una vez más la relación del pasaje al acto y la angustia.
© ARTURO ROLDÁN
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