LA AUTORIZACIÓN BAJO
TRANSFERENCIA
Publicado en el Correo del GEM el 14 DE Diciembre de
1992
En mi práctica como analista he tenido, en alguna ocasión, que
solicitar la postergación de una autorización que se iba a precipitar en
forma prematura; en otras, las autorizaciones producidas en análisis
anteriores habían devenido sintomáticas creando situaciones difíciles en
la cura. Estas situaciones, de las cuales podría hablar en lo particular
de cada una de ellas, en el uno por uno, son las que están como telón de
fondo de las siguientes reflexiones.
La “Proposición del 9 de octubre de 1967” se abre con un principio
que ha subvertido a todo el movimiento analítico: El psicoanalista sólo
se autoriza de sí mismo. Este principio no es sólo fruto de una
oposición al modo de nominación de la IPA, es fundamentalmente una
consecuencia directa de reconocer la ignorancia sobre el deseo de
analista que, recordémoslo, es su enunciación. Al mismo tiempo, tiene
como efecto apostar por el relanzamiento del deseo constreñido en y por
las jerarquías de la Internacional.
Al designarlo como principio, de la misma manera que designa al pase
en la “Nota a los italianos”, nos invita a sostenerlo no como algo vago,
difuso, sino más bien como algo fundante, como la base, como un punto
primero. Es un principio original fundante.
Este principio fundamental, cuyas dificultades de traducción muestran
las dificultades de significación, y que podemos compararlo en rango a
la potencia del “soll Ich werden” freudiano, según Lacan ya está
inscrito en los textos originales de la Escuela y, recordémoslo, decide
su posición (la de la Escuela). Es un principio original fundante de la
Escuela.
En los “textos originales” encontramos una primera subversión al
proponer, en el “Acto de fundación”, una “Sección de Psicoanálisis
Aplicado” en donde puedan discutir distintas personas con experiencia en
el didáctico y candidatos en formación. Confrontación, debate sobre las
conclusiones del psicoanálisis didáctico.
Subversión que es profundizada en la “Nota adjunta” al reconocer que
el único principio válido por el cual un psicoanálisis se constituye
como didáctico, es por el querer del sujeto. A lo que agrega que “el
sujeto debe estar advertido de que el análisis pondrá en duda ese
querer, conforme vaya acercándose al deseo que encubre”. Destaquemos que
en el año 64 no está formalizado el pase, pero que en todo ese texto
existe una intención de investigación evidente de la x del deseo del
analista.
De esta manera podemos leer una serie en donde el movimiento
subversivo se profundiza:
1. “Acto de fundación”, de 1964, donde Lacan coloca el principio
fundante por el que el analizante autoriza al analista didáctico.
2. “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en
1956”, donde muestra con irónica claridad que el nudo transferencia,
enseñanza, teoría-doctrina es transformado por la IPA en un callejón sin
salida.
3. La “Proposición del 9 de octubre de 1967”, donde a partir de que
el “analista se autoriza de sí mismo” construye el pase.
4. En su “Nota sobre la elección de pasadores”, de aproximadamente
1974, se agregan dos precisiones sobre el deseo, que se designa a) como
deseo de saber, pero b) un S2
absolutamente particular que no conviene para la localización de otros
saberes. Lo cual es de suma importancia, puesto que queda diferenciado
con claridad el saber articulado de un particular del saber por
identificación que es del orden de la comprensión.
5. Por último, la “Nota Italiana” donde afina y precisa lo anterior.
Vuelve a retomar el principio por el cual el analista no se autoriza más
que de sí mismo, pero le atribuye a la Escuela el velar que en esta
autorización no haya sino analistas. Es decir que la autorización no es
garantía de que haya analista, y agrega que para autorizarse es
necesario el análisis, condición necesaria pero no suficiente. De esta
manera coloca al pase como prueba de la autorización, y vuelve sobre el
saber, que ahora, al ser de lo real, debe pasar por el horror de saber.
De esta serie se pueden sacar como mínimo dos conclusiones: una
referida al principio mismo, y otra al efecto, a las consecuencias de su
puesta en práctica.
En relación al principio mismo llama la atención la afirmación “el
analista...”. No dice, por ejemplo, “el analizante se autoriza a ser
analista por sí mismo”. Esta forma de plantear la cuestión, introduce lo
que se puede considerar como una anticipación lógica al colocar la
dimensión de un sujeto que ya es analista. Esta anterioridad lógica se
aclara en la “Nota italiana” al recordar algo que ya dije, que la
Escuela ha de velar para que en la autorización no haya sino analista, a
lo que se agrega: “pues mi tesis inaugurante por romper con la práctica
con la que pretendidas sociedades hacen del análisis una integración en
un cuerpo, no implica que cualquiera sea analista”. Es decir, que no
todo el que se autoriza de sí mismo deviene analista. De otro modo: ese
no cualquiera es el que se autoriza de sí mismo, con el riesgo agregado
de que la autorización no produzca nada más que un funcionario del
discurso analítico. Pero este funcionario tiene un estatuto preciso,
recordemos la “Nota sobre la elección de pasadores”: “El funcionario no
es indigno del pase en el que daría testimonio de sus primeros pasos en
la función”.
La segunda consecuencia de la serie se refiere a los efectos de la
praxis del principio; aquí encontramos una anticipación temporal. Esta
situación se deduce fácilmente de la forma en que en la práctica se
realiza la autorización; este acto, en forma genérica, es previo a la
terminación del análisis -que es el momento designado por Lacan en la
“Proposición” como el momento del pase de analizante a analista,
momento de caída del fantasma y, por lo tanto, de destitución subjetiva.
Esta situación que he designado como anterioridad temporal no deja de
producir efectos que sólo pueden ser medidos con posterioridad, a
posteriori y desde un lugar preciso: el cártel del pase. Esta afirmación
está sostenida en la “Nota Italiana”, ya que allí está planteada la
íntima conexión entre el pase y el velar que en la autorización no haya
sino analista.
Desde el cártel del pase se puede investigar la posición que ha
producido la autorización y mostrar aquellos “puntos ciegos”, para
decirlo como Freud, desde los cuales eventualmente se analiza, desde el
necesario pasaje del acto de la autorización. Es lo que el trabajo
“L’horreur de l’acte et ses limites” de Geneviève Morel, nos mostraba en
las últimas “Jornadas Españolas del Campo Freudiano” realizadas en
Barcelona en Marzo de 1992.
La paradoja de estas autorizaciones anticipadas temporalmente están
facilitadas u obstaculizadas por las distintas tradiciones de los
diferentes lugares del movimiento analítico; de cualquier manera, el
punto a subrayar es que casi todas se realizan bajo transferencia.
Esta situación plantea algunos problemas, de no fácil resolución, que
pueden ser situados del lado del analista entre dos polos: el respeto
por el principio fundamental del autorizarse y la responsabilidad de la
dirección de la cura. Como es de rigor el tratamiento de estos problemas
sólo puede ser resuelto en el uno por uno. Desde esta perspectiva se
pueden constatar múltiples variantes: desde aquel obsesivo que pide
permiso para autorizarse, pasando por aquel otro que se autoriza desde
la ocultación de ese paso al analista, o aquella que despliega su
acting-out de buena samaritana en su autorización, o aquella otra donde
la autorización es fruto del desafío fálico. Esta serie abierta, que
podría ampliarse y que de ninguna manera tiene vocación de taxonomía,
propone con la oposición “pasaje del acto”-“acting-out” una vía para la
investigación. Para seguir esta vía es necesario recordar la disyunción
entre inconsciente y acto, propuesta por Lacan especialmente en su Seminario
15 sobre “El acto psicoanalítico”.
Es sobre la base de este nuevo saber que la disyunción anterior abre,
que se puede construir una diferencia más clara entre pasaje del acto y
acting-out. Para el primero puede darse como característica importante
la separación del Otro, por el contrario en el segundo aparece una
llamada al Otro. Estas series podrían ampliarse, pero son suficientes
para este desarrollo: La autorización por medio de un pasaje del acto,
como es casi la regla en la actualidad, produce una mutación subjetiva
inducida precisamente por la separación del Otro, lo que va en la línea
planteada de que el analista se autoriza de sí mismo. Esta autorización
sin el Otro, implica como mínimo que no hay llamada al reconocimiento,
no existe un pedido de ser reconocido por el otro.
Por el contrario, en la autorización sobre un acting-out, la
inevitable puesta en escena conlleva un llamado al Otro, a quien se le
pide el reconocimiento. De esta manera es posible entender el paso en
falso que implica este tipo de autorización.
De cualquier manera, y al modo de una elección forzada, una pregunta
insiste: ¿Qué autoriza al analista a proponer la postergación de una
autorización cuando el analista sólo se autoriza de sí mismo?.
© ARTURO ROLDÁN
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