Luis Jiménez de Asúa, autor de “Psicoanálisis Criminal” (1940).

Luis Jiménez de Asúa (1899-1970)

 

LA DELINCUENCIA

Charla dada en el ciclo “Extensión del Psicoanálisis”, organizado por el “Aula de Cultura de la Facultad de Pedagogía, Psicología y Filosofía” de la Universidad de Sevilla, en Enero de 2002.

Hablar sobre la delincuencia es un reto interesante por la amplitud de sus significados, pero esta misma amplitud se torna en obstáculo cuando queremos afinar su contenido. Estos significados varían considerablemente según el uso que se haga del término. En primer lugar, la delincuencia aparece como la calidad del delincuente, algo así como la esencia del delincuente. Digo esto siguiendo el Diccionario de la Real Academia Española, que nos da una segunda acepción: “la acción de cometer un delito”. Esta segunda acepción nos aproxima al acto; la delincuencia sería, entonces, el acto de delinquir. Estas dos significaciones nos permiten plantear que la delincuencia sería la esencia, el acto de delinquir. Pero hay una tercera acepción que estaría bastante alejada de las dos anteriores: “Conjunto de delitos, ya en general o ya referidos a un país, época, o especialidad en ellos”. Esta definición está en las antípodas de las dos primeras, puesto que nos habla de un conjunto de delitos agrupados de muy diferentes maneras.

Sin duda, seguir por esta vía nos llevaría por derroteros muy amplios que excederían en mucho el marco de esta charla; tomemos otro atajo e intentemos cernir la cuestión que nos ocupa desde el delito. Para eso recurro a otro diccionario, esta vez al “Diccionario Básico Jurídico” de la Editorial Camores. Allí podemos leer que, según el Código Penal, “son delitos las acciones y omisiones dolosas penadas por la ley”. En el Artículo 6 del Código penal se entiende el delito como “las infracciones que la ley castiga con penas graves”. A lo que hay que agregar que a los delitos se los tipifica con una larga serie de adjetivos: delitos de acción, delitos civiles, colectivos, por omisión, etc., etc., etc.

El delito tiene, como ya puede escucharse, una relación estrecha con la ley puesto que son las acciones penadas por la ley. Puede ser dicho de otra manera: es delito el acto que la ley considera como delito, es la transgresión a una ley. Lo anterior no deja de presentar problemas, ya que al colocar el delito en relación a la ley nos damos cuenta que pueden existir leyes absolutamente contradictorias, que lo que se tipifica como delito para unas puede no serlo para otras. Un ejemplo de esto, que es de suma actualidad, está inscripto en el atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre. Para el mundo occidental este bárbaro atentado terrorista es un delito, a punto tal que se buscó un culpable, Bin Laden. Para algunos sectores musulmanes, por el contrario, Bin Laden es un héroe que, respetando la ley coránica, o interpretando la ley coránica, declara la guerra santa a los infieles. Para abundar en esto, podemos también hacer referencia al “no matarás” de los diez mandamientos, que aparece de distintas maneras en los Códigos Penales. Esta prohibición de matar se transforma en imperativo de matar en tiempos de guerra. Todas estas situaciones tienen que ver con el estatuto de las leyes, su letra y su aplicación y, en este sentido, queda una puerta abierta para aquellos que quieran profundizar su estudio.

Pero el delito no es una abstracción puesto que lleva implícito un agente: el delincuente. Es decir, la persona que comete el acto delictivo. Pero ¿es lo mismo un robo en los grandes almacenes realizado por una ama de casa que los delitos persistentes cometidos por un delincuente habitual?. En un sentido son lo mismo, son transgresiones a la ley, pero en otro sentido son distintos por la magnitud del delito, siendo el segundo lo que traza un destino de delincuente que lo lleva a la reincidencia.

Lo cual puede ser fácilmente entendido por la magnitud de la pena. Con lo cual agregamos otro elemento al delito: el de ser penado, castigado de muy diversas maneras según la organización social en donde el delito se produce. Como ejemplo de esto podemos volver a la ley coránica en donde la amputación de la mano es un castigo por el robo, robo que en la civilización occidental se castiga con la reclusión carcelaria en donde se pretende la reeducación del delincuente.

Hemos ido de la delincuencia, al delito y de éste al delincuente tratando de cernir el tema que nos ocupa, pero es necesario acotar el desarrollo de esta charla porque, indudablemente, estos temas pueden ser estudiados desde muy diversos puntos de vista: en primer lugar desde la sociología, pasando por el derecho, y por varias disciplinas más. A nosotros nos corresponde dar la perspectiva psicoanalítica sobre el delito y el delincuente, en el bien entendido que nunca será una visión que dé cuenta de la totalidad del fenómeno.

Desde el psicoanálisis.

No hay duda de que la historia de España en el siglo XX esta marcada por la guerra civil y su consecuencia obligada: el exilio de los derrotados. Entre estos estuvo el Dr. Luis Jiménez de Asúa que, nacido en Madrid en 1899, se instala en la Argentina donde desempeña labores docentes en la Universidad de Buenos Aires. En aquel país publica un libro titulado “Psicoanálisis Criminal”, probablemente el primer estudio sistemático de la aplicación del psicoanálisis a la criminología. Anotemos el año de su publicación: 1940.

En ese libro pionero Jiménez de Asúa nos hace saber de los aportes que el psicoanálisis ha realizado para mayor entendimiento del delito y de los delincuentes. Señala en primer lugar, y basándose en la segunda tópica freudiana, es decir la tripartición del aparato psíquico en las tres instancias ya conocidas (las del yo, el superyó y el Ello) que determinan la vida humana como un permanente conflicto, que la permanencia o la ruptura del equilibrio de esas tres instancias depende de que el hombre no delinca o cometa un crimen. A lo que agrega: “Mejor dicho, en el triunfo o el fracaso del superyó, que es la porción anímica socialmente adaptada, radica el fenómeno de la delincuencia”.

No podemos estar totalmente de acuerdo puesto que la noción de superyó es más elaborada, pero esta posición de Jiménez de Asúa tiene el enorme mérito de plantear una visión novedosa sobre el delito, sobre todo porque va a concluir que el psicoanálisis hace posible el surtimiento de una doctrina criminológica predominantemente exógena y una concepción del delito como un fenómeno de inadaptación social.

Sigamos a Jiménez de Asúa, quien, en segundo lugar, afirma que el psicoanálisis ayuda a entender la causalidad del delito usando como utensilios los complejos descubiertos por Freud: el complejo de Edipo, como un elemento importante en la generación de la culpa inconsciente, y el complejo de castración. Señala también Jiménez de Asúa lo escrito por Freud en “Tótem y tabú” y en “Moisés y la religión monoteísta”, es decir, que el parricidio y el incesto son los crímenes primitivos de la humanidad.

El tercer aporte que el psicoanálisis realiza para entender la naturaleza del delito, que el autor que venimos siguiendo enumera, se refiere a la culpa inconsciente y al deseo de castigo. Para que podamos entender esa valiosa contribución, comienza citando el artículo freudiano de 1916 “Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad”. Es una cita sumamente esclarecedora que nosotros repetiremos. Freud escribe: “Por muy paradójico que parezca he de afirmar que el sentimiento de culpabilidad existía antes del delito y no procedía de él, siendo, por el contrario, el delito el que procedía del sentimiento de culpabilidad”. Esta preexistencia de la culpa tiene su origen en el Edipo y hace que el delincuente en vez de tener temor a la pena la desee. Esta posición radicalmente subversiva en la forma de concebir al delincuente no ha dejado de tener consecuencias en la teorización del castigo.

Todo esto se puede entender con un fenómeno marginal muy explotado por el cine: los inocentes que se declaran culpables de un delito que no han cometido. Tales casos ponen en evidencia el deseo de castigo por el cual se cometen muchos actos delictivos, y también explica cómo los delincuentes suelen dejar en forma inconsciente pistas para ser descubiertos. También ayuda a entender el por qué muchas veces el acto delictivo es percibido como una liberación, puesto que hace que el sentimiento de culpa inconsciente se apoye en algo efectivo y actual. Esta culpa inconsciente, de la que venimos hablando y que motiva el delito, permite aclarar lo que muchos delincuentes confiesan: que al cometer el delito sentían una mezcla de angustia y gozo, y luego una compulsión a repetir lo delictivo que traza de este modo un destino de reincidente.

En el libro de Jiménez de Asúa hay muchas cosas más que no podemos comentar por falta de tiempo: su posición sobre la pena y el castigo son acordes con su concepción psicoanalítica de la delincuencia; del mismo modo, sus clasificaciones de los delincuentes y sus posibilidades para un tratamiento psicoanalítico, además de consideraciones jurídicas. Destaquemos los tres puntos subrayados por el autor como esclarecimientos que el psicoanálisis aporta para entender el fenómeno de la delincuencia: a) La importancia del superyó, que, al revés de lo que se piensa habitualmente, en los delincuentes aparece como extremadamente fuerte, un imperativo difícil de eludir, todo lo contrario a un superyó débil. b) La importancia que tienen el complejo de Edipo y el complejo de castración en el análisis del delincuente, en el bien entendido que lo importante es la posición que cada sujeto ocupa en los complejos y que marca la particularidad de cada cual. c) La culpa inconsciente como motor del delito.

Es sumamente importante aclarar que estas aportaciones que el psicoanálisis realiza para el esclarecimiento de las conductas delictivas, del delincuente y del delito no son una explicación totalizante, no dan cuenta de todos los aspectos del fenómeno que estamos trabajando, que, como ya dije antes, pueden y deben ser leídos desde otros puntos de vista.

Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad.

Todo lo dicho por Jiménez de Asúa puede ser corroborado en los textos freudianos, especialmente en uno muy breve que lleva por título -ya lo citamos- “Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad”. Sin embargo, deja algo importante sin mencionar y que ya mencionamos cuando hablamos del delito. Comentemos este breve texto para que salga a luz todo lo que allí se puede leer.

Este pequeño pero importante texto para el tema que estamos abordando es el apartado tres de un artículo cuyo título general es “Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica”. Ya el título nos ofrece posibilidades de comentarios, puesto que es bastante raro que Freud use el término “carácter”. ¿A qué nos remite este término?. Sabemos que Wilhelm Reich lo tomó como propio y lo utilizó mientras era docente del Instituto de Berlín como “una coraza”: “El carácter es la coraza defensiva del sujeto, coraza que muestra la característica de una cronicidad difícilmente cambiable. Es una coraza que perpetúa una forma de ser”. Creo que es más fácil definir el carácter por la constancia en la repetición, por una repetición constante e invariable. Desde esta perspectiva, y bajo transferencia, agrupa tres tipos por el carácter: 1) Aquellos que se sienten una excepción, seres excepcionales con derecho a la obtención de privilegios sobre los demás; 2) Los que fracasan al triunfar; y 3) El delincuente por sentimiento de culpabilidad.

Conviene aclarar que la palabra “tipos” designa un número, con lo que quiero recalcar que se pueden encontrar en varios sujetos las mismas características, o el mismo carácter. El pequeño gran artículo comienza afirmando que personas con una moral sana y sumamente honradas, antes de la pubertad habían cometido pequeños actos delictivos, como hurtos, a los que el propio Freud no les dio importancia. Pero al descubrir en sus propios enfermos que habían cometido este tipo de actos, comenzó a estudiarlos y descubrió que esos actos habían sido cometidos por estar prohibidos.

Esto es lo que no ve Jiménez de Asúa. Lo prohibido es lo que hace del delito algo diferente, es lo que produce una fuerza de atracción mágica que lleva a la reincidencia. La ejecución de este acto prohibido producía en quien lo realizaba un alivio psíquico. Esto ya fue comentado por Jiménez de Asúa cuando afirmó que la culpa inconsciente se adhería a una falta concreta. También, ya lo dije, este sentimiento de culpabilidad tiene su origen en el complejo de Edipo, siendo una reacción a las dos grandes intenciones homicidas: matar al padre y gozar de la madre. Doy por supuesto que ustedes conocen, por lo menos a grandes rasgos, la función del complejo de Edipo en la subjetividad humana. Afirmo esto porque dicho de la manera que lo enuncié parece un cuento infantil, pero ese parecido nos acerca por ese camino al origen de los cuentos infantiles, esos cuentos que los niños piden que se les cuente repetidamente.

Pero sigamos con “Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad”, ese pequeño gran trabajo de Freud. El segundo comentario que es posible realizar sobre el artículo es la argumentación de la búsqueda del castigo. Nos dice que algunos niños se portan mal buscando el castigo para mitigar la culpa, y afirma que este mecanismo está presente en los delincuentes. Sin embargo, esta generalización no es completa, pues también aclara que hay delincuentes que no tienen este mecanismo; concretamente, aquellos que no han desarrollado inhibiciones morales, o aquellos otros que se justifican en diversos ideales para justificar sus actos delictivos.

Después de Freud.

Los aportes freudianos al tema que nos ocupa, el de la delincuencia, el delincuente y el delito, confluyen sobre el concepto de castigo, sobre la noción de pena, que dejaría de ser una venganza socialmente aceptada para transformarse en responsabilidad. Por todo esto, podemos afirmar que Freud no ha sido superado. De otra manera: es fácil escuchar que la doctrina psicoanalítica está superada, que no conviene a la modernidad, que está pasada de moda.

Ante esa afirmación podemos sostener que los grandes pensadores no se superan. No se supera a Platón, ni se supera a Marx, lo que sí es justo afirmar es que se los lee y se los relee, y que dentro de esas relecturas aparecen algunas que aportan un nuevo esclarecimiento. Una relectura importante de los aportes freudianos es la realizada por Lacan, y específicamente sobre el tema que nos ocupa, un escrito de 1950 que lleva por título: “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología”.

Comentemos lo más importante de ese escrito: en primer lugar, afirma que el estudio del delito no puede realizarse sin tener en cuenta la sociología, puesto que la ley y el delito van inseparablemente unidos, y no en cualquier orden. Con esta última afirmación recuerdo la concepción de pecado en Pablo. Éste, en la “Epístola a los Romanos”, afirma que la ley hace al pecado, que sin ley no habría pecadores. El problema se traslada a la necesariedad de la ley, ya que se ha comprobado científicamente que no hay ningún tipo de sociedad que no tenga su ley, ya sea ésta escrita o inscrita en la tradición, ya sea de costumbre o de derecho.

La dialéctica que marca lo necesario de la ley está descrita por Freud en “El malestar en la cultura”. En ese texto, Freud nos dice que la única posibilidad de que la especie humana pueda vivir en colectividad es la represión de la pulsión; o dicho de otra manera, la vida en comunidad sería imposible si la pulsión de cada cual quedara abierta a su satisfacción, simplemente nos exterminaríamos. La situación mundial actual tiene algo de eso, por eso es necesaria la ley, para poder reprimir la pulsión y así tener una convivencia menos conflictiva. La paradoja de esta situación es que la represión es fuente de neurosis, con lo que se muestra que la condición humana es por naturaleza conflictiva.

Por otro lado, toda sociedad muestra las relaciones entre el delito y la ley por medio del castigo, por medio de la pena que necesita el asentimiento subjetivo del delincuente, cualquiera sea la forma que ésta adopte.

No vamos a volver sobre las incidencias del superyó sobre la delincuencia, pero es necesario aclarar que esta instancia psíquica tiene dos caras: una normativizante, que colabora con el asentimiento subjetivo de la ley por medio de la introyección de las figuras parentales, y otra cara feroz, donde el imperativo hace estragos en permanente conexión con la compulsión de repetición y, por lo tanto, con lo que Freud llamó la pulsión de muerte, que traza el destino de reincidente de los delincuentes.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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