Cuadro de los tres tipos de “falta de objeto” tal y como aparece al comienzo de la Clase XVI del Seminario 4 de Lacan.

Los tres tipos de "falta de objeto": castración, frustración y privación.

 

LA DEMANDA ES SIEMPRE DEMANDA DE AMOR

Conferencia impartida en Madrid en Junio de 1999

Para comenzar…

Quiero comenzar esta charla sobre la demanda y el amor confesando que al tener que prepararla, sistematizarla, se produjo en mí un efecto de despertar, ya que lo que creía tener perfectamente articulado no alcanzaba a dar cuenta de lo que me proponía argumentar.

De esta manera, el título dejó de presentar la transparencia supuesta y se deslizó hacia una dificultad en su articulación fundamental: ¿por qué toda demanda es una demanda de amor?. Para contestar a esta pregunta elegí un camino que arranca en el Seminario 4 de Jacques Lacan, donde está la emergencia de este instrumento psicoanalítico, es decir la demanda. En ese seminario también encontramos una crítica a las conceptualizaciones de los posfreudianos sobre la relación de objeto.

Lacan reemplaza la noción de relación de objeto por la de falta de objeto, reinstalando en el centro de la teoría a la castración, que indica una de las modalidades de dicha falta, siendo las otras dos la frustración y la privación.

Sobre el trasfondo de las categorías de falta de objeto, aparece el término “demanda” como deriva de la palabra inglesa “demand”, que puede traducirse por “exigencia constante”, o mejor aún como “exigencia agobiante”.

Este significante inglés es utilizado por una analizante bilingüe (castellano-inglés) para caracterizar a su madre, significante al que no encuentra correspondencia castellana y que suele traducir como “una madre agobiante”, que no la deja tranquila ni a sol ni a sombra, de exigencia continua. Estas significaciones modulan el significante “demanda” y permiten acotar sus resonancias.

Este instrumento analítico, la demanda, no se la encuentra en los textos freudianos, es de la pluma de Lacan que surge para incorporarse como un utensilio imprescindible para la dirección de la cura analítica.

La afirmación anterior no niega que en la obra de Freud están ya presentes los elementos que hacen posible su desarrollo. Pero es en “La dirección de la cura”, escrito lacaniano de 1958, donde está esquematizado su desarrollo.

Pero, matización sobre matización, que estén en Freud los elementos que hacen posible la emergencia en la obra de Lacan, no implica afirmar que en la semilla freudiana está todo el árbol lacaniano. Todo lo contrario, este decir es sólo para hacer constar que el progreso del discurso psicoanalítico se realiza sobre la resolución de los impasses que el propio discurso analítico forja con sus distintos desarrollos.

Podemos afirmar que la permanencia de esos impasses, aparecen en el horizonte dilatado de la clínica produciendo obstáculos en su dirección. Estos impasses, estos obstáculos, estos límites son vencidos cuando la emergencia de un significante que viene de lo real, hace posible una nueva andadura.

“Demand”, del inglés al francés, es el significante que se ubica respondiendo a un impasse freudiano. De otra manera: la emergencia de la demanda viene a solucionar un impasse freudiano.

Una lectura cronológica nos da la primera pista. Recordemos que en la fecha que aparece la demanda Lacan está releyendo a Freud: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”, “Pegan a un niño” y, fundamentalmente, el caso Juanito (“Análisis de la fobia de un niño de cinco años”).

Estos textos clínicos de Freud -si es posible dividir los textos analíticos en teóricos y clínicos- Lacan los relee en el Seminario 4, apareciendo el intento lacaniano de llevar al límite la lógica de una cura utilizando el esquema L.

De esta manera nos acercamos a la utilidad de los esquemas, al recordar que el esquema L es estático, por lo que no es posible temporalizar los cambios surgidos en la cura. Esta especificidad del esquema L, obliga a Lacan a proponer una serie de esquemas L.

En esta serie se conserva un invariante: en los lugares del esquema, y en la sucesión de esquemas, se produce una variable: los términos del esquema. Para una mayor comprensión de esto los remito al Seminario 4.

Este intento por parte de Lacan de construir una lógica de la cura, pone al descubierto toda la problemática de la frustración -como signo del impasse- y es en medio de esta elaboración que aparece la demanda.

El impasse freudiano.

Entonces hay que acotar el impasse freudiano, hay que verificarlo en la concurrencia de la palabra para poder entender a qué pregunta sin respuesta es respuesta la demanda. Para ello hay que volver al origen, a “La interpretación de los sueños”, cayendo sobre sus palabras para despertar su sombra y de esa manera hacer brotar su lógica, que es el trasfondo de su vida profunda y soterrada.

Freud nos entrega en ese texto inaugural la extensión de otra escena hilvanada de pensamientos inconscientes que formaliza un dominio oscuro y translúcido, extensión de una categoría montada sobre una certeza: el deseo.

Recordemos que en el texto citado, finaliza afirmando que el deseo es indestructible, un adjetivo fuerte que no pasa desapercibido. Este deseo indestructible hunde sus raíces en el pasado, pues de ese pasado vienen todos los sentidos del sueño, sentidos que hay que entender como el sentido del deseo inconsciente, del deseo reprimido, del deseo sexual.

El sentido, esa sucesión de signos ordenados, descansa en un tiempo que rompe lo meramente cronológico, ya que “la antigua creencia de que el sueño nos muestra el porvenir no carece completamente de verdad. Representándonos un deseo como realizado, nos lleva realmente al porvenir, pero este porvenir que el soñador toma como presente está formado por el deseo indestructible conforme al modelo de dicho pasado”. El deseo inconsciente habitado por los tiempos del verbo: pasado, presente y futuro.

La temporalidad del deseo marca una contradicción ya que su carácter de indestructible lo hace atemporal, pero por otro lado, al hablar de un deseo realizado, de un deseo satisfecho en el sueño, o lo que es lo mismo de una satisfacción onírica del deseo, presenta a éste como algo que puede acabarse.

Retengamos la paradoja que esta forma de leer el deseo presenta: si el deseo es satisfecho, cesa como deseo y por lo tanto no es indestructible; o, segunda posibilidad, es indestructible y por lo tanto nunca es satisfecho, nunca es realizado.

Esta manera de leer el problema del deseo, tiene como fin llegar a construir en las inscripciones freudianas los límites del impasse. Este callejón sin salida tiene por flancos la paradoja señalada: por un lado, la satisfacción del deseo y, por otro, lo indestructible del deseo. Esta contradicción nos obliga a releer el capítulo “Psicología de los procesos oníricos” y, dentro de él, el apartado C) que lleva por título “La realización de deseos”.

La primera experiencia de satisfacción.

En ese apartado está planteado el enigma de la satisfacción del deseo, satisfacción que es, al mismo tiempo, el tiempo de la emergencia del concepto de deseo. No es una síntesis categorial, sino que es la concurrencia donde la satisfacción del deseo es el propio concepto de deseo. Por ello podemos afirmar que el deseo es lo que tiende a la satisfacción.

Para que Freud nos entregue el misterio de esta combinatoria difícil, tenemos que adentrarnos en su letra, descifrar la lógica que subyace en ese texto bastante conocido. Sigamos lentamente sus pasos.

Primer paso: el aparato psíquico, así lo llama Freud, tiene un principio de funcionamiento muy simple: mantenerse libre de estímulos; y este principio corresponde al principio del placer. Los estímulos que llegan al aparato desde el exterior y dentro de determinado monto de energía no son problemáticos, puesto que el aparato psíquico los puede eludir de diferentes maneras. Estos estímulos exteriores, muestran el aparato psíquico funcionando como el arco reflejo para quedar lo más libre de excitación posible.

Segundo paso, que Freud ubica en el rango de lo mítico, si con este término queremos decir que no es constatable empíricamente. Tiene que ver con los estímulos que llegan del interior del cuerpo y que, por ese motivo, no se pueden evitar.

El paradigma es la necesidad alimenticia, que no puede ser evitada por la cualidad de la excitación. Esto es importante, ya que muestra que la excitación que proviene del mundo exterior tiene la cualidad de ser momentánea, mientras que la excitación que proviene del interior corporal es continua y va creciendo si no es satisfecha.

Freud escribe: “el niño hambriento grita y patalea”, el niño grita y ese grito va dirigido a un Otro. Este grito es desde el comienzo mismo llamada, llamada que tiene vocación de significante y cuyo significado es la llamada misma.

Tercer paso: el hambre persiste y sólo se calmará con un auxilio externo, pero sólo se satisface la necesidad: Esto es la “primera experiencia de satisfacción”, que suprime la excitación interior.

Cuarto paso: la primera experiencia de satisfacción deja una huella mnémica de la excitación dada por la necesidad, más otra huella mnémica de la satisfacción de la necesidad que ha sido lograda por el auxilio externo. Aquí se perfila el tema del gran Otro primordial, el tema de la madre que tiene la potestad de satisfacer o no la necesidad, tema que como saben está tratado en el Seminario 4. Pero sigamos con Freud.

Quinto paso: la necesidad apaciguada por el alimento resurge y, por lo acaecido anteriormente, la primera huella mnémica se recarga tendiendo a establecer la situación de la primera satisfacción. Esta percepción mnémica es el deseo, y su realización es la satisfacción en una percepción alucinada. Pero la satisfacción alucinada dura poco y será corregida por la realidad.

Hay que saber que la alucinación es concebida por Freud de manera clásica, es decir como “una percepción sin objeto”. De lo anterior se deduce que esta satisfacción alucinada es sin Otro. Podemos agregar otras conclusiones: la realidad es introducida por la necesidad, por el Otro de la necesidad que, ya lo dijimos, está en condiciones de dar o de privar el alimento. Pero, paradójicamente, el deseo se establece borrando a la necesidad, o de otra manera: la necesidad ingresa en un tiempo mítico a partir del cual emerge el deseo. Otra consecuencia es que el deseo aparece con un objeto alucinado pero que ha dejado una marca significante.

El deseo y la pulsión.

Al situar de esta manera la satisfacción del deseo, vemos que el concepto de satisfacción se torna más dificultoso de entender en los textos que siguen a “La interpretación de los sueños”: “Psicopatología de la vida cotidiana” y “El chiste y su relación con lo inconsciente”, donde la satisfacción del deseo, vía la cadena significante, es tributaria del principio del placer.

Por lo anterior podemos afirmar que no es casual que en el Seminario 5, “Las formaciones del inconsciente”, sea donde aparezca la primera formalización de la demanda, en el preciso momento que Lacan está examinando estos primeros textos freudianos y, específicamente, el chiste del “famillonario”.

La paradoja de la satisfacción alucinatoria del deseo, con sus implicaciones sobre la falta de objeto en la satisfacción y su matiz diferencial con la satisfacción producida por el chiste, obligan a Freud a traer a luz otro concepto: el de “Trieb”, el de la pulsión.

La pulsión, su emergencia, no sólo depende del factor anterior, ya que también está presente la realidad del goce corporal.

Es necesario insistir -aunque ya sea bastante conocido- en que algunas traducciones del “Trieb” freudiano lo apartaron de su significado original al designarlo como “instinto”, sin caer en la cuenta de que justamente la pulsión freudiana es introducida en la teoría analítica para diferenciarla del instinto.

El instinto tiene un ciclo siempre igual que hace a la reproducción de la especie y, por lo tanto, tiene un objeto fijo. La prueba de esto es que en la sabana africana no existen tigres anoréxicos, leones bulímicos o elefantes gays. Por el contrario, la pulsión tiene una fuerza constante y su objeto es fácilmente intercambiable.

El concepto de pulsión desnaturaliza la condición humana al borrar el concepto de instinto. Vale la pena recordar que esta separación es debida a la captura que el lenguaje produce sobre lo viviente del organismo. La pulsión de muerte es el último nombre freudiano de esta singularidad humana que permite la anticipación de la muerte, es decir, un saber sobre la finitud de la vida.

En los “Tres ensayos para una teoría sexual”, trabajo freudiano de 1905, podemos leer su primera teoría pulsional. En el apartado “Manifestaciones de la sexualidad infantil” está escrito: “el chupeteo consiste en un contacto succionador rítmicamente repetido y verificado con los labios, acto al que falta todo fin de absorción de alimentos”. Destaquemos que en esta primera descripción del chupeteo, explícitamente coloca a este más allá de la necesidad. Y por otro lado falta cualquier referencia al Otro, o de otra manera: la pulsión no está interesada en el Otro.

No es casual que, luego de la formalización del chupeteo, el texto freudiano nos entregue la clave del autoerotismo. De este modo aparece la satisfacción en el propio cuerpo.

No sin contradicciones, ubica la succión infantil como la búsqueda de un placer perdido en una primera necesidad alimentaria, búsqueda de un objeto perdido que sólo estuvo presente alucinatoriamente, y que Freud introduce como una vieja nostalgia sobre la posibilidad de besar los propios labios.

Las progresiones freudianas bracean, se sumergen, inician o se abandonan a su propio discurrir. Es así como en 1915 reaparece la conceptualización de las pulsiones en el texto “Las pulsiones y sus destinos”.

Síntoma y pulsión.

En el texto citado Freud habla de satisfacción pulsional, satisfacción que es de nuevo paradójica. Para resaltar esto podemos plantearnos todo el tema de la sublimación, que es una pulsión de meta inhibida pero que se satisface.

Regido por la disciplina que le regalaba su curiosidad intelectual, detrás de la cual estaba su apego a la verdad, Freud percibe esa contradicción, y es sobre ella que edifica sus pulsiones. Es decir, que la paradoja en sí misma es el gozne que muestra que la satisfacción humana es oscura e impenetrable, que muchas veces la satisfacción es vía el displacer, como viene a revelar el síntoma con su satisfacción, y que otras hay satisfacción en la insatisfacción.

La insatisfacción generada por el síntoma, que en rigor es una satisfacción, hace que la gente consulte, ya que consultan en general con la idea de cambiar su modalidad de satisfacción. Es decir que piden, que demandan una curación que haga desaparecer el sufrimiento que trae consigo la satisfacción del síntoma.

De esta manera se abre un tema cuya importancia no escapa a nadie: las determinaciones entre el síntoma y la pulsión, cuyo desarrollo nos llevaría muy lejos del tema que hoy nos ocupa. Aquí agrego un solo punto: la satisfacción pulsional no es lo mismo que la satisfacción del síntoma, si fueran iguales no habría síntoma.

Pero prosigamos. La satisfacción presenta un mundo de dificultades en su articulación: satisfacción alucinatoria del deseo, satisfacción paradójica de la pulsión, a lo que hay que agregar la satisfacción amorosa.

Satisfacción amorosa ya que el Eros freudiano registra una continuidad entre deseo y amor por un lado, y amor y pulsión por otro. Continuidad que es al mismo tiempo una discontinuidad, nueva contradicción freudiana que va marcando los límites de su impasse desde el cual surgirá la demanda.

El eros freudiano.

Más allá, o mejor dicho en medio de las dificultades freudianas sobre los distintos registros de la satisfacción, reaparece el tema del amor vía el estudio de la transferencia.

Es evidente que el tema del amor podría ocupar un largo espacio de tiempo si quisiéramos explorar todas sus vertientes, por esta razón vamos a estudiar el amor en un texto freudiano, en “Las pulsiones y sus destinos”, sin intención de realizar un ensayo general sobre el amor.

En el texto citado podemos leer que el amor es susceptible de tres transformaciones: La primera consiste en el pasaje del amor en odio y viceversa, la segunda es el paso de la actividad a la pasividad, amar a ser amado, y la tercera es la transmutación del amor y el odio en indiferencia.

Conviene recalcar que aquellas transmutaciones se realizan sobre la dualidad establecida por Freud en el artículo: pulsiones del yo y pulsiones sexuales. Esta posición es de una importancia decisiva, ya que la colocación del par amor-odio en la vertiente yoica, es decir en el más puro narcisismo, en lo más profundo de lo imaginario, determinará su gramática.

En los vericuetos del texto podemos leer, para consolidar lo anterior, que el amor procede de la capacidad del yo de satisfacerse autoeróticamente, y que recién en un segundo momento se enlaza a las pulsiones sexuales.

Conclusión de lo anterior: en el amor hay otro tipo de satisfacción, que se ubica en el registro del autoerotismo, que es diferente de la satisfacción alucinatoria del deseo y de la satisfacción pulsional.

Esta satisfacción narcisista debe ubicarse en el eje a-a' del esquema L, satisfacción en plena constelación imaginaria, cuyo diferencial con el Otro del deseo que se escribe sobre el vector simbólico es fundamental.

La pulsión es la que introduce la sexualidad en la vida psíquica. En este real, el empuje constante de la pulsión tropieza con la discontinuidad de los pensamientos inconscientes, a los cuales debe acomodarse para lograr su satisfacción.

En definitiva, no sólo nos encontramos con diversas satisfacciones, sino que también existen grandes dificultades en su articulación recíproca.

A este impasse freudiano es solución, es respuesta, la “demanda” lacaniana. Pero esta solución no aparece de buenas a primeras, Lacan necesita un largo recorrido que comienza con su retorno a Freud, que es al mismo tiempo una crítica a los posfreudianos.

La solución de los posfreudianos.

Una de las consecuencias de estos cabos sueltos que deja la problemática de la satisfacción en Freud, es la reducción producida sobre el tema por los posfreudianos. Esta reducción puede explicarse de distintas maneras, pero no es excesivamente arriesgado sostener que la tendencia a la unidad imaginaria del yo, impide sostener las aperturas freudianas, que son llenadas rápidamente con nociones que obturan sus desarrollos.

La noción que rellena el impasse freudiano es el de “frustración”, palabra que es difícil de encontrar en la obra de Freud y que, por otro lado, sólo es el resultado de una mala traducción del término alemán “Versagung”, vocablo que Lacan traduce más correctamente como “denuncia”, en el sentido de denunciar un tratado.

Colocada en el centro de la teoría freudiana, la frustración era y es para las corrientes psicoanalíticas de esta inspiración algo que explica todo, desde la transferencia al síntoma. A su vez, la frustración es significada por su uso habitual, por el uso común de este término, que puede entenderse cuando corrientemente se dice que se ha tenido “una experiencia frustrante”. Es decir, que se la ubica como la negación de un objeto de satisfacción en su sentido más banal.

La frustración es el eje de una tríada que comanda la dirección de la cura: frustración, regresión, agresión. El problema reside en que el punto de partida es la consideración de una relación de objeto armónica, en cuyos desajustes la frustración determina toda la patología.

La frustración lacaniana.

Lacan, con el utensilio que son sus tres registros, reintroduce la desarmonía fundante entre el sujeto y el objeto. Esta vuelta a lo mejor de la tradición freudiana es posible porque reemplaza la relación de objeto por las categorías de la falta de objeto, y aquí viene bien una alusión a la satisfacción alucinatoria del deseo. Recordemos que este paso lo da Lacan en el Seminario 4, de 1956-1957, donde ubica el cuadro que permite distinguir las tres modalidades de la falta de objeto.

No es el momento de estudiar en profundidad este cuadro, por el momento destaquemos el nuevo estatuto de la frustración que abre a toda la problemática del “don”.

Esta nueva lectura es interdependiente de todo el estudio que se realiza en el seminario citado sobre la madre en lo que ésta tiene de mujer, y en cuanto a lo que de mujer no está incluido en la madre. También es posible afirmar (como lo hace Jacques-Alain Miller) que el Seminario 4 es un estudio sobre la sexualidad femenina.

Del lado de la madre, podemos constatar en este seminario que Lacan la presenta como una madre devoradora. Pero al mismo tiempo esta madre, que es representada con las fauces abiertas de un cocodrilo, se sobrepone a la madre del amor. Esta última figura aparece como tesis central del Seminario 4, dado que se coloca a la satisfacción del amor como la satisfacción esencial.

Para llegar a esa tesis central necesita introducir un juego en esa madre cocodrilo-amor, juego que tiene que ver con el don y con la frustración que sería la negación de un don.

Y ahora nos encontramos en un terreno conocido, ya que es apelando al grito freudiano y su transformación en llamada determinada por el universo simbólico que el don es símbolo de amor.

Esta transformación del grito en llamada, es debido a que es significada desde el Otro, momento en que el grito se humaniza. Como contraprueba están los niños salvajes de finales del siglo XIX, en donde la falta de esta transformación no produjo su ingreso en lo simbólico.

Estamos así en el plano de la llamada, debido a que el don, que es símbolo de una presencia sobre el fondo de una ausencia, es su respuesta. También hay que tener en cuenta que la llamada puede ser rehusada por ese primer Otro que es la madre, es decir, rehusamiento de un objeto real.

Cuando la madre rehúsa dar el don deviene madre real, madre pura potencia, potencia de no dar. La omnipotencia es materna.

La formulación lacaniana nos habla de que el don es símbolo de amor, es símbolo de una presencia capaz de colmar de bienes.

La demanda como solución del impasse freudiano.

El impasse freudiano, que tiene como marca límite las distintas versiones sobre la satisfacción, es solucionado por Lacan con el concepto de demanda. Veamos su desarrollo.

La tesis central del Seminario 4 es la satisfacción simbólica del amor, pero ésta deja afuera la satisfacción que se produce en las formaciones del inconsciente, en el sueño, en el lapsus, en el chiste.

En el Seminario 5, de 1957-1958, cuando está hablando de la satisfacción que produce el chiste aparece la demanda en su primera conceptualización. Y es que el chiste, al pasar íntegramente por el Otro del lenguaje, al tener como soporte la cadena significante, hace de esta última el vehículo de la demanda, o mejor aún, muestra que la demanda es una función significante.

En ese mismo seminario, Lacan para establecer el rango de la demanda recurre al conocido caso freudiano, relatado en sus “Estudios sobre la histeria”, de Elisabeth Von R., quien después de cuidar a su padre durante una larga enfermedad produjo un síntoma conversivo. La entera sumisión de la paciente a la demanda de quien era cuidado, dio lugar a una situación histerógena que ocultaba el deseo por su cuñado, pero desde la perspectiva de la hermana y su deseo por la hermana desde el punto de vista de su cuñado.

Hay más, ya que Lacan, retomando el juego de presencias y ausencias que marcan las premisas del lenguaje, muestra la presencia del Otro primordial. Mostración que tiene como punto de partida la risa del bebé que es signo de la presencia materna, dejando de lado la tesis freudiana que toma ese signo como la satisfacción de una necesidad.

La respuesta a la demanda es una situación patológica en la cual muchos analistas caen, así como el otro extremo: la no respuesta a la demanda que justifica todo tipo de conductas antianalíticas, fundamentalmente la absoluta desatención de los analizantes que agrava la presión de la demanda.

Estas posiciones hacen obstáculo en la cura al despliegue de la demanda articulada en la cadena significante, vía de acceso al deseo inconsciente. “Por el solo hecho de hablar se pide”, algo así dice Lacan en “La dirección de la cura”.

La demanda es siempre demanda de amor.

El desarrollo que voy realizando nos lleva a una pregunta inevitable: ¿por qué la sola presencia materna es signo de amor?. La respuesta a esta pregunta se puede intentar localizar en el saber común: “toda madre ama a su hijo”. Pero esto está lejos de ser una verdad universal, he escuchado más de una vez el odio paralizante de una madre, o la indiferencia más absoluta para con un hijo. La clínica nos enseña que la pretendida armonía amorosa entre la madre y los hijos es un fantasma que encubre una desarmonía fundante, desarmonía que tiene que ver con las distintas posiciones de la sexualidad femenina en la madre, posiciones que a su vez transitan por la ubicación en relación al significante de la castración.

La demanda encuentra en la clínica de la transferencia su lugar de estudio privilegiado, pero también se manifiesta en el orden de la cultura en varias situaciones, por ejemplo en el rito donde el novio pide la mano de la novia a los padres de ésta y que lleva en Castilla el nombre de “la pedida”, con toda la ambigüedad que el término implica, rito por otro lado que tiende a desaparecer ante el vertiginoso cambio de las costumbres sociales.

Sigamos el juego a las volutas del lenguaje para precisar que lo que se demanda es ser amado, esto es la estructura de la transferencia, colocar al analista en el lugar del Ideal del Yo desde donde el analizante se inviste como yo ideal. Ésta es la estructura básica del que pide, ya que el que demanda pide que se obture su falta, que se suture la falla estructural del ser humano, pide el ser que tapone la falta en ser, y es eso justamente lo que el Otro no tiene y que, sin embargo, da. “Amar es dar lo que no se tiene”, y lo que no se tiene es un obturador o condensador de la falta para que alguien se coloque en el lugar del yo ideal.

Puede ser dicho de otra manera: la pulsión es muda, y cuando ésta se articula en la cadena significante deviene demanda, por lo que podemos afirmar que la pulsión rodea al objeto, que no es el Otro. Este campo del Otro pertenece al amor.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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