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LA EXPERIENCIA
PSICOANALÍTICA
Debido al poco tiempo del que disponemos, trazaré una serie de
puntos, que pretendo poner en cuestión, sin toda la argumentación que
requerirían.
Mi punto de partida es la palabra “experiencia” tomada a nivel de su
significación más banal: la experiencia sería una acumulación de saber
que permitiría un buen hacer en un oficio, arte o profesión cualquiera.
La valoración de un trabajo acumulado es, de hecho, lo que permite
situar una división entre jóvenes y veteranos, como se dice de tal
persona “que tiene mucha experiencia” o que es “experimentado”, cuya
cadencia metonímica lleva hasta “perito” en su acepción jurídica.
La pregunta que abro es, entonces, si un analista con muchos años de
trabajo en la dirección de la cura puede tener un saber acumulado. Desde
mi perspectiva la respuesta es “No”. Dicho de otra manera, no hay
experiencia que transforme a un analista en un veterano.
Los argumentos para sostener esta respuesta pueden ser someramente
puntuados de la siguiente manera: Cada cura, en su particularidad, abre
la dimensión de lo novedoso, sin que otras curas sirvan de precedente.
Este punto es estrictamente freudiano.
La consecuencia del punto anterior puede ser formulada de la
siguiente manera: el analista debe conducir la cura desde un lugar de no
saber. Esta aparente simpleza, para muchos oídos, es absolutamente
subversiva en la historia del análisis, y si bien es legible en
cualquier parte de la obra de Lacan, puede situarse con precisión en
“Variantes de la cura-tipo” y “La dirección de la cura”. Sin embargo,
fácil de decir, tropieza en la cura, del lado del analista, con efectos
de estructura que obturan esta “ignorancia docta”.
Se abre, de esta manera, otro punto: el del acto analítico. Habría
que transitar por todo el Seminario del mismo nombre (el Seminario 15),
basta afirmar que, en cuanto acto analítico, es un fuera del sujeto;
este punto muestra por su envés que lo que obtura el acto es el
fantasma, en este caso de quien ocupa la posición de analista.
De esta manera, la experiencia analítica no se encuentra del lado del
analista, en tanto y en cuanto éste ocupe el lugar de dirección de la
cura. Aquí hay que diferenciar, entonces, la cura de la clínica. Hay
varias formas de abordar este problema, lo haré desde una cita de
Miller, en su “Prólogo de Guitrancourt”, que se encuentra en todos los
cuadernillos de las Secciones Clínicas: “la Clínica no es una ciencia,
es decir, no es un saber que se demuestre. Es un saber empírico,
inseparable de la historia de las ideas. Al enseñarlo, no sólo estamos
supliendo las debilidades de una psiquiatría de la que el progreso de la
química ha dejado de lado a menudo su tesoro clásico, introducimos
también un elemento de certeza (el matema de la histeria)”.
Este saber empírico hace a la experiencia, a un cierto saber
acumulado sobre los efectos de estructura. Experiencia, hay que
matizarlo, que no es del orden del saber universitario y que suele
tropezar con la teoría construida fantasmáticamente. Este saber
empírico, que es de orden clínico, tiene efectos en lugares tan diversos
como pueden ser la presentación de enfermos, las sesiones clínicas o las
supervisiones. Se puede agregar que este saber sobre clínica analítica,
no es separable del saber que advino desde la posición de analizante y
que le da sus fundamentos últimos. Lo cual implica una paradoja que sólo
se resuelve topológicamente.
Tenemos, entonces, una paradoja: por un lado un “nada de experiencia”
del analista en la cura, por otro un “algo de experiencia” del analista
en la clínica. Lo cual posibilita despejar el uso amplio que se hace del
término transmisión: transmisión en la cura, enseñanza en la clínica. Lo
cual implica que el analista, en la dirección de la cura, sólo es un
gozne para la transmisión que será realizada por el analizante.
La experiencia cae, entonces, del lado del analizante. Freud la llama
“experiencia de inconsciente”. Sin embargo, es difícil precisar del lado
del significado un estatuto preciso. La lógica lacaniana la establece
como la travesía del fantasma, dicho que transformado en aforismo
resulta cada vez más una formulación vacía. De cualquier manera,
encierra en sí mismo la dificultad de que la “experiencia del fantasma”
implica un saber no articulado bajo transferencia. El pase surge como la
respuesta a esta dificultad, pudiendo ahí dejarse oír algo que despeje
parcialmente la x del deseo de analista, como está propuesto en la
“Proposición”. La experiencia, entonces, cae del lado del analizante. No
de un saber que se acumula, sino de un saber que se articula y que, al
mismo tiempo, desconstruye su sentido imaginario. Esta experiencia, cuyo
resultado es la emergencia del deseo de analista y la posibilidad
abierta para ocupar el lugar “sin experiencia” del analista, está
posibilitada por el trabajo sobre el fantasma. De una manera
extremadamente simple: si no se transita la experiencia del fantasma
bajo transferencia, se analiza bajo el fantasma. Esto que en rigor es
una generalización, sólo puede ser constatado en el uno por uno.
Una última consideración: la experiencia del inconsciente planteada
por Freud tiene como contrapartida la construcción y posterior
atravesamiento del fantasma propuesto por Lacan. Esto implica que la
experiencia del analizante tiene una dimensión novedosa con respecto al
análisis freudiano. Lo cual tiene, a su vez, como consecuencia,
problematizar los análisis que son realizados desde otras perspectivas.
Esta afirmación puede fundamentarse en la polémica desarrollada por
Lacan, en toda su obra, con otras concepciones que, a pesar de nombrarse
como analíticas, promueven un cierre del inconsciente desde distintos
enfoques; ya sean estas concepciones sobre el yo fuerte, sobre los
mecanismos de defensa o sobre las relaciones de objeto.
© ARTURO ROLDÁN
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