Foto de Al Zawahri,
considerado el número dos de Al Qaeda y que recientemente ha reivindicado en un vídeo el ataque del 7-J a Londres.

Foto de Al Zawahri

 

LA FUNCIÓN DE LAS RELIGIONES EN LA ESPECIE HUMANA

Artículo redactado en Diciembre de 2004

La religión bolchevique.

En los años 1932-1933 Sigmund Freud escribe las “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”. En la última conferencia, que lleva por título “El problema de la concepción del Universo”, toma al marxismo como objeto de análisis.

En esa conferencia, se puede leer con claridad la opinión freudiana sobre la revolución bolchevique; allí dice: “Con el nuevo atisbo logrado en la amplia significación de las circunstancias económicas surgió la tentación de no abandonar su transformación a la evolución histórica, sino de imponerla por medio de una revolución. Con su realización en el bolcheviquismo ruso, el marxismo teórico ha conquistado la energía, la concreción y la exclusividad de un siniestro parecido con aquello mismo que combate. Siendo originalmente un fragmento de la ciencia y fundada su realización en la técnica y en la ciencia, ha creado, no obstante, una prohibición de pensar tan implacable como la de la religión de su tiempo. Ha prohibido toda investigación crítica de la teoría marxista y las dudas sobre su exactitud son tan castigadas como en tiempos de la herejía por la Iglesia Católica. Las obras de Marx han tomado como fuente de revelación, el lugar de la Biblia y el Corán, aunque no están más libres de contradicciones y oscuridad que aquellos libros sagrados.”

Para Freud la censura que opera en el corazón de las religiones es de suma importancia ya que funciona como la censura onírica, utensilio que hace a la formación de lo inconsciente. La censura que cae sobre la crítica de los textos religiosos es lo que hace, para Freud, de un texto cualquiera, un texto sagrado al tener la misma función que la censura onírica, lo cual implica, entre otras cosas, la conservación de estos textos en forma acrítica.

Se puede leer con claridad la posición freudiana, sobre lo que denomina “Weltanschauung”, es decir, “una construcción intelectual que resuelve unitariamente, sobre la base de una hipótesis superior, todos los problemas de nuestro ser, y en la cual, por tanto, no queda abierta interrogación ninguna y encuentra su lugar determinado todo lo que requiere nuestro interés”. Esta forma de entender la concepción del universo nos muestra una parte importante de la función religiosa, ya que sirve como un modelo de orientación general para los inconvenientes de la vida, una guía firme y sólida para alcanzar seguridad en la vida.

La transformación que sufrió la teoría marxista desde su llegada al poder, después de la Revolución de Octubre, en función de la censura establecida la llevó al rango de una nueva religión que obligaba a millones de personas a rendirle culto.

Definimos el término religión como una respuesta totalitaria, una respuesta sin fisuras, que no deja sombra de dudas sobre temas como el origen y la génesis del universo, sobre la vida y la muerte de la especie y del individuo, sobre su creación, es decir de dónde venimos y a dónde vamos, respuestas que cubren, a modo de un manto protector, las oscuras vicisitudes de la vida que el sufrimiento depara y las sella con una promesa de dicha, de felicidad eterna en un porvenir sin tiempo que soluciona el enigma de la muerte.

Esta aproximación a lo que para nosotros es la religión, debe completarse con otro dato importante: cada una tiene un texto sagrado. Esto en las religiones monoteístas es muy claro, ya que cada texto sagrado es la palabra de Dios revelada a los hombres. Es así como vemos la entrada a la religión de la mano de la letra cuyo cuerpo teórico sirve a la transmisión de la tradición.

“La Torá” es el eje central de la fe judía, escrita en hebreo. “Los Evangelios” son el libro principal de los cristianos, escritos por los seguidores de Jesucristo. “El Corán” es el centro, el origen del Islam. Pero estas letras no sólo se despliegan en los monoteísmos; es así como el hinduismo tiene como lectura principal al “Rigveda”, sin olvidar al “Mahabharata”. Pero mi información sobre las distintas religiones tiene límites precisos, por lo que dudo si sumar a esta lista textos como los de Confucio o Lao Tse. De lo que no dudo es que el principal texto sagrado de la religión bolchevique es “El Capital”, que fue lectura obligatoria para muchos habitantes de este mundo.

Esta forma de entender el marxismo es muy útil para comprender el momento político actual, donde el resurgir de ciertos fundamentalismos tiñe este tiempo que vivimos. Es el retorno de lo reprimido, ya que esta influencia ha estado siempre presente, de una u otra forma, en el conjunto de la colectividad humana. Creer, creencia, Freud percibe que cualquier sistema, que “cualquier concepción del mundo”, puede originar, por obra y gracia de la creencia, una nueva religión, como está pasando actualmente con el discurso científico.

Pero si Freud percibe con gran claridad que el marxismo puede devenir en una nueva religión, no entiende que el discurso científico puede cumplir la misma función. Esta incomprensión freudiana fue la que hizo creer que la ciencia derrotaría a las ilusiones religiosas produciendo un “estado de conciencia ideológica” que haría del hombre del siglo XXI un ser más racional, sin conflictos. Esta posición freudiana que raya un optimismo denegador se ha demostrado totalmente falsa.

Por el contrario, la secuencia que sostenemos es que la religión bolchevique tuvo su primacía durante todo el siglo XX, incluyendo sus ritos sacros como los impresionantes desfiles que recordaban la Revolución Comunista, y donde no faltaban los santos en sus ataúdes preservando el cuerpo incorrupto de San Lenin.

Esta religión cae con el Muro de Berlín y se produce el renacimiento de las religiones tradicionales que surcan el cielo del Este con la “nueva vieja nueva”. Es así como Polonia renace en el catolicismo más rancio, o Ucrania despierta en esa religión ortodoxa que les vio nacer. De todos modos, el dato más seguro, más fiable para calibrar este renacimiento es la Guerra. No es casual que la Guerra de los Balcanes sea la primera gran guerra después de la caída del Muro de Berlín, y que esta guerra sea eminentemente religiosa, donde tres religiones monoteístas compiten para ver cuál es más cruel.

La lectura freudiana del marxismo militante, que lo muestra como una religión, nos pone en el corazón del problema que queremos desarrollar: ¿por qué la especie humana tiene tanta necesidad de religión, qué puede transformar, casi cualquier cosa, en una religión?. A tal punto que solemos ver cómo los neuróticos tienen su religión privada.

La función religiosa.

En la algarabía humana, en sus múltiples y permanentes contradicciones, en medio de ese equilibrio inestable que es una de las marcas indelebles de la especie humana, aparece la religión como un ingrediente básico, lo cual tiene una constatación empírica irrebatible, el 99,99% de los componentes de la especie humana creen en algo que podemos definir como Dios, como creador, y no sólo en el sentido monoteísta de esta palabra, sino como un sistema de creencias, de sentimientos que van desde la veneración al temor, pasando por distintos rituales. A veces el término Dios es reemplazado por el del “principio creador”, que cumple la misma función.

Esto lleva a pensar que la función religiosa es de una importancia extrema en la vida de las colectividades humanas, cuya cotidianeidad está totalmente teñida por los preceptos religiosos, a punto tal que se han podido formular hipótesis sobre lo hereditario de esta función. Dada la enorme importancia que juega en la vida humana no es vano tratar de dilucidar su origen.

No es posible una respuesta única, al modo de la religión, para tan espinosa cuestión, pero iremos bordando un rosario de respuestas que debidamente engarzadas dejarán un hueco, una hiancia en donde la respuesta es el silencio, con lo cual nos aseguramos de no caer en la tentación de intentar fabricar una nueva religión, ya que esa falta que cercamos habla de un imposible de saber, y colocado este imposible de saber, nos introduce en la lógica del “no todo” que hace que no todo pueda responderse.

La primera respuesta la extraemos de “El porvenir de una ilusión”. Freud refiere esta necesidad imperiosa de la especie humana a la indefensión infantil y a la protección que en la primera infancia dan los padres a sus hijos. Es una ilusión nos dice, pero no deja ambigüedades a la definición de esta palabra, la ilusión no es un error, es una creencia sostenida por los hombres de manera muy fuerte, por un deseo poderoso. Que ese deseo choque con la realidad es cosa de todos los días, pero no disminuirá la creencia en ese sistema altamente simbólico. La ilusión, en este sentido, está muy próxima a los desarrollos sobre los mitos que muchos años más tarde realizará Claude Lévi-Strauss, y el primer mito que se esboza en el firmamento, siempre plagado de diversas creencias, es la de un Dios que nos protege contra esa indefensión humana de los primeros años.

Este deseo es muy poderoso, y se exterioriza de distintas maneras, una de ellas es percibir que la gente tiene necesidad de amos, que alguien les ordene, que alguien prohíba, lo que no justifica el uso que los políticos, usada esta palabra en su forma más amplia, hacen de esta necesidad humana. De otra manera, Dios es un padre protector aunque gruñón y malvado que cuida de su rebaño. No conviene olvidarse que este mecanismo es el que lleva a los adolescentes a enrolarse en distintas pandillas a pesar del alto precio que en muchos casos han de pagar por ello. Es la “novatada” que en las pandillas fuertes de algunos países latinoamericanos pasa por palizas a los hombres y repetidos coitos con distintos varones en las hembras. Soportar esta situación sacrificial sólo se entiende por este viejo anhelo humano de ser esclavo.

Sin embargo, la afirmación anterior tiene que matizarse, puesto que estando como lo estamos, inmersos en una religión monoteísta, perdemos de vista que hay otras religiones que buscan el alivio del sufrimiento humano por distintas prácticas, como el budismo.

La pregunta por el origen.

Una escena repetida: “mamá, papá, ¿de dónde vienen los niños?”. Y la mamá dirá, habitualmente, con un tono cansado: “De París, lo trae una cigüeña”, o “de la semillita que papá puso en el vientre de mamá”. Mitos, mitos, algunos burdos, otros como los mitos cientificistas más refinados, pero igualmente mitos, lo que no quiere decir falsedades.

Es decir, que toda pregunta por los orígenes es respondida con una ilusión, con un mito. Y esto porque, en último término, siempre falta un significante que cierre totalmente el circuito.

Caracoleando por los muelles de las palabras intentamos una respuesta totalitaria, pero nada viene al caso para que se cumpla dicho anhelo, tenemos respuestas parciales con las que avanzamos a ciegas en un mar oscuro. Esta posición, que es la nuestra y que tiene cierta prestancia, choca contra una especie subalterna que últimamente aparece con demasiada frecuencia en distintas tertulias, me refiero a los tipejos que en lenguaje vulgar son llamados “ratas de biblioteca”.

La curiosidad no es el deseo de saber. Profundizando el deseo de saber, es una entelequia que aparece y desaparece en el sujeto según la hora, el cansancio y la temperatura, con lo que estoy llamando la atención contra esas lecturas, tan gozosas para los analistas Lacanianos, que detectan el deseo de saber como una sustancia que una vez lograda, no disminuye en eficacia. Todo lo contrario, lo que sí podemos ver es que algunos que llegaron hasta ese deseo de saber lo perdieron en las ramas tortuosas de unas identificaciones sin fin y se los encuentra, tan orondos, repitiendo lo que tienen que repetir. De esta manera, las “ratas de biblioteca” sostienen al amo en funciones allí donde esté, en la escuela, en las distintas universidades, sacras o laicas, brindándole un saber que distraiga con el goce el timón siempre firme de un deseo de saber auténtico, lo que no implica de ninguna manera la pureza del deseo.

Los andariveles sufrieron una extraña torsión, ya que estábamos en la segunda respuesta a la cuestión planteada del ¿por qué la imperiosa necesidad de la función religiosa?, y la ubicamos en la falta de un significante que hace imposible el cierre de la pregunta por el origen: ¿quién creó el universo?. ¿Dónde estaba antes de existir?. ¿Estaba?. Lo mismo para el tema de la vida, ¿de dónde venimos?, ¿por qué somos dos sexos?. Las preguntas se hacen infinitas. Desconozco el motivo, y por más vueltas que le doy, sigo sin entender por qué la especie humana no tolera dejar preguntas, me refiero a preguntas esenciales, sin una respuesta que aparentemente dé cuenta del Todo. Para encontrar una respuesta a esta pregunta, podemos apelar a “el narcisismo herido jamás será vencido”, pero se queda corta.

Indaguemos una vez más, por medio de la pregunta sobre el origen, el tema que estamos tratando. El niño viene del vientre de la mamá que es el tiesto donde el padre ha dejado su semillita, y ¿de dónde vienen los padres?. De los abuelos, ¿y los abuelos?. Y así de seguir. ¿Qué es lo observable?. Que hay una cadena generacional, cadena tejida por los nombres y apellidos. Es así como los vascos no ponen al primogénito el nombre del padre, pero es obligatorio el del abuelo paterno; en Castilla pasa algo distinto: es obligatorio, salvo rebeldía adolescente, el nombre del padre al primogénito. Esta cadena generacional ha desvirtuado lo natural, lo ha cambiado gracias a la eficiencia de lo simbólico.

Lo natural podemos colocarlo en el orden animal, zoológico, la especie humana ha desnaturalizado lo natural, donde no hay generaciones, no hay prohibición del incesto. Para que esto se entienda con claridad: la única especie cuyas hembras tienen menopausia es la especie humana, lo cual implica que no están a disposición de la procreación hasta el final de sus vidas, como pasa en otras especies animales. Este solo ejemplo basta para romper la armonía animal, ya que aquí, y esto lo escribo un poco en serio y un poco en broma, está en presencia de un punto bélico importante, la relación entre suegros y nueros y yernas y suegras.

Es la prohibición del incesto lo que introduce al sujeto humano al orden simbólico, que es el de las preguntas, y en este orden simbólico surge la palabra Dios como una respuesta totalizante y totalitaria a todas las preguntas por el origen. Después de un “sí” mítico, viene un “no” que funda la imposibilidad de una respuesta plena, ya que al introducir la falta de un significante hace posible la pregunta.

Lo cual nos permite afirmar que Dios es la respuesta que el inconsciente da a la pregunta sobre el origen de la especie humana. De otra manera: Dios es inconsciente y se hace presente por el lenguaje. Lo cual nos lleva a concluir que Dios es el Dios del lenguaje, que en su aspecto imaginario aparece como protector, es el Dios del amor, pero también el Dios del orden, de los Diez Mandamientos, el que establece lo bueno y lo malo, lo que está permitido y lo que está prohibido. Aquí conviene releer a San Pablo, porque de Dios forma parte la ley y el pecado, el alma y el cuerpo. Dios protege a la especie humana, Dios es el Nombre del Padre que introduce la suplencia absoluta a esa pregunta que no tiene respuesta y que es ¿la especie humana por quién fue creada?. Como podemos ver ya hay dos funciones importantes que cumple la religión: la protección y la respuesta a la pregunta por el origen.

Sin embargo hay más, y ese más tiene que ver con el sentido, lo cual no deja de tener resonancias con lo anterior. Con Freud el sujeto se halla profundamente dividido entre el sistema inconsciente, por un lado, y el sistema preconsciente-consciente por el otro. Este sujeto dividido deja su cualidad de sujeto para Lacan al transformarse en un vacío, una mera falta, un significante que representa un sujeto para otro significante. Esta frase típicamente lacaniana, cuya profundidad nadie ignora, nos habla de que el sujeto humano es un mero vacío en el cual se introduce un cuerpo, un cuerpo de carne pecadora, o de carne gozante, como se quiera, ya que es el lugar del máximo placer, pero es también el lugar de la finitud y del dolor.

Dios nos creó a su imagen y semejanza, lo cual es una afirmación que contradice cualquier lógica, ya que si Dios es perfecto ¿cómo pudo crear un animal tan imperfecto?. Como siempre que aparecen estos temas, de lo que se trata es de si uno se lo cree o no. Pero sigamos: Dios nos creó a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que ese vacío que es el sujeto humano, es llenado por Dios. Esto está sembrado de experiencias místicas: ser uno con Dios, se dice por ahí, ser uno, es decir el significante uno, pero un significante uno especial ya que no hace cadena, está holofraseado, y esta holofrase es Dios que nos habita y nosotros habitamos en él; tercer argumento, en este caso estructural, para que la función religiosa sea inconmovible, porque Dios lo quiso así. Nadie quiere soportar el vacío que nos hace estar más cerca de la muerte.

Hemos dado varios pasos, el primero, Dios existe porque el individuo de la especie humana necesita una protección frente a su indefensión; el segundo, Dios existe porque surge como una respuesta totalizante a la pregunta por el origen; el tercero, Dios existe ya que es la sustancia que llena el vacío del sujeto. Daremos un cuarto paso que será el del sentido.

Morir.

La singularidad de la especie humana tiene otro punto que particulariza su relación con la muerte. De otra manera, la especie humana es la única, dentro del reino animal, que tiene un saber anticipado sobre su propia muerte. Desconozco los motivos por los cuales este saber no es aceptado como un punto final y, por el contrario, ese saber por anticipado es denegado, subsistiendo la idea de que la muerte es un tránsito hacia una nueva vida, la resurrección de la que habla la Biblia, el día del Juicio Final, es una de las múltiples maneras de confirmar esa denegación. La religión obtura la idea de la muerte, la hace tolerable, en definitiva, la niega.

Sin duda, es posible recurrir al psicoanálisis para esclarecer un poco esta cuestión, ya que podemos afirmar que nunca se sueña con la propia muerte, se puede soñar con el momento anterior, pero nunca en el momento de la muerte. Esto hace pensar que la muerte no tiene una representación propia, sólo está el no saber sobre lo que pasa después de ella, nadie ha vuelto para contarnos cómo es el después. Y este no saber es angustiante, produce temor, miedo y es dador de una cantidad de patologías muy importantes. La función religiosa produce una denegación de la muerte con lo que cumple una vez más un servicio importantísimo a la especie humana.

Nosotros los mortales imaginarizamos nuestra muerte desde el lado de los órganos perceptivos, dejamos de ver, de oír, de oler, esto aparece como primer movimiento que se envuelve en una desaparición de la conciencia, una pérdida de la unidad yoica, una disolución de nuestra identidad.

Volvamos a repetir esas palabras: pérdida de la unidad yoica, disolución de nuestra identidad. Suenan a dichos repetidos y hueros que no nos llevan a ningún lado, porque lo que está más profundamente en juego es el saber sobre la muerte. ¿Mi padre que está muerto sabe que está muerto?, duro y difícil interrogante el que apareció en esta tarde de gris invierno. Si no sabe que está muerto puedo suponer que alguna vez supo que estaba vivo, pero eso no tiene ninguna consecuencia, ya que aquel saber es diluido en el no saber actual, en el no saber que está muerto. Sigamos este estrecho sendero que sin duda tiene un tinte de esfuerzo contra mis propias resistencias.

Dije: tarde gris de invierno, en esta tarde gris de invierno sé que estoy vivo sin saber cómo estoy seguro de esta certeza. Mi cuerpo, la voz de la TV, los ruidos de la calle, me hacen saber que estoy vivo… pero ¿cómo?. ¿De qué manera?. Borges, ya no recuerdo en qué libro, decía que la mariposa soñaba que era Lao Tse… ¿quién me garantiza que estoy vivo?. Puedo ir a la cocina y producirme una herida, esta maniobra me serviría para no dudar que estoy vivo, me ocuparía de mi dolor. Pero podría salir al balcón y tirarme, son cinco pisos (me da miedo el tránsito de los segundos que duraría la caída). Podemos fácilmente pensar que al morir ya no sabría que estoy vivo, pero tampoco sabría que estoy muerto, y ese sin saber abarca toda mi vida, ya que en el momento en que no sepa que estoy vivo, nada sabré sobre mi vida, da igual haber vivido o no. Lo efímero del vivir está determinado porque el saber que uno está vivo está rodeado por un magma inmenso y extenso de no saber que uno está muerto. Ese no saber es sin respuesta, existe algo imposible de saber, y cuando no se quiere saber sobre ese no saber, se cree, se hace uno religioso.

Al imaginarizar nuestra muerte estamos tratando de darle un sentido a lo real de la muerte que pasa por el cuerpo: “parece que estuviese dormido”, pero no está dormido, está muerto, pues su cuerpo ya está frío, y recordemos que en medicina legal existe un conocimiento de las distintas etapas de la disolución corporal para establecer el tiempo que ha pasado desde el momento de la muerte.

Existe un gran misterio en la muerte que no podemos desvelar, y que tropieza con nuestro narcisismo, ya que el cuerpo es el yo alienado en su creencia de eternidad, y lo que más duele tiene que ver con el olvido; como apuntaba en otro escrito, “Vivir sin red”, ¿qué fue de aquel legionario, de la segunda cohorte, que murió pisoteado por un elefante de Aníbal?. Esto que imaginarizamos es intolerable para el sujeto, y esta intolerabilidad está basada en el narcisismo, nos amamos demasiado y no toleramos perder ese amor. Por el contrario, la pulsión de muerte, en su empuje al retorno de lo inanimado, marca el ciclo vital con todas sus consecuencias.

La religión funciona negando la muerte. Esto en las religiones monoteístas es muy claro, está siempre presente la promesa de una vida futura al lado de Dios Todopoderoso, adquiriendo según cada religión una forma diferencial de esta vida más allá de la muerte. En otras religiones, como el hinduismo o el budismo, esta negación de la muerte implica un ser uno con la divinidad, salir del ciclo de la vida y de la muerte, como en la reencarnación. Esta afirmación merecería un apartado especial que dejamos para otra ocasión.

El sentido.

¡¡Dios mío, Dios mío, te ofrezco este dolor!!, decía un cura borrachín que en una apuesta adolescente había tratado de subir más alto que otros a un árbol medio endeble precipitándose sobre el suelo desde una altura considerable. Pero ese episodio que podía ser tratado como una gamberrada, adquiría cierto matiz sagrado por la entonación de una plegaria en sufrimiento concebida.

El sufrimiento es trinitario. En “El malestar en la cultura” Freud afirma que éste tiene tres orígenes: el cuerpo propio, la relación con los otros y las catástrofes naturales.

Esta vida, suele escucharse repetidamente, “es un valle de lágrimas”, ya que hay un imposible de evitar, lo que llamamos el sufrimiento en la vida que nos lleva por ese “camino de espinas”. El sufrimiento que el cuerpo impone es muy distinto según quién, pero nadie se salva ya que la inevitable deriva de la vida lleva a ese cuerpo a un envejecimiento que ya de por sí es un sufrimiento, al limitar las funciones que habitualmente de jóvenes realizábamos con placer. Pero esto está interceptado de mil maneras distintas, por un accidente de tráfico que deja cuadrapléjico a un joven de 20 años, o por una leucemia que apareció sin previo aviso a los diez. Este tipo de situaciones son difícilmente tolerables y se viven con la sensación de una injusticia divina, ¿por qué a mí?. Es la pregunta más habitual en esos casos.

Pero si bien es cierto que este tipo de situaciones aparecen desconcertando al personal, hay otro tipo de situaciones que cuestionan aún más el sufrimiento. Como ejemplo de estas últimas situaciones podemos ver los sobrevivientes de Atocha, o las víctimas del terrorismo, ya sea éste un terrorismo de Estado o el de una banda armada. El primero marcó a toda una generación de argentinos y chilenos, el segundo a todas las víctimas de ETA. Este sufrimiento producido por el hombre sobre el hombre aparece como un exceso difícil de dotar de sentido, a no ser que recurramos a la religión, “si Dios quiso”, o “es una prueba que Dios nos puso para poder llegar a estar sentado a la diestra de Dios padre todopoderoso”. Esto del lado de las víctimas, del lado de los victimarios aparece el Ideal justificando cualquier barbarie, como hemos podido ver en el degollamiento público realizado por los fedayines.

De esta manera, podemos ver cómo el amor a Dios genera un odio mortífero que lleva a la humanidad por el camino de la amargura, y en esto no es igual creer que no creer, ya que el vínculo social que establecen las religiones, y sobre todo las religiones monoteístas, lleva inevitablemente a la Guerra.

Sin duda este comienzo del siglo XXI está, nos guste o no, marcado por la televisión, que no sé si lo inventó Dios o el Diablo, pero también hemos visto la muerte en vivo y en directo de una niña de aproximadamente 12 años que fue tragada lentamente en una riada mientras ya no la sostenían del árbol del que estaba sostenida. La TV nos muestra las catástrofes naturales con una precisión inmediata y casi siempre en tiempo real, ya no recuerdo el país. Sea cual sea la explicación que demos, es difícil comprender el rostro de sufrimiento de ese pequeño niño africano rodeado por las moscas y con su mueca de hambre. La religión, claro está, aporta un sentido: la humanidad, toda ella, tiene que pagar no se sabe qué extraño pecado original, y lo paga con el sufrimiento. De esta manera se lee que las catástrofes naturales son un merecido castigo debido a la maldad humana.

El sufrimiento no tiene sentido y es la religión la que se lo da. Dios es el nombre que sirve para designar el principal punto de fuga por donde retorna el sentido: ya que no podemos evitar el sufrimiento, éste está justificado porque es una prueba que Dios impuso a los mortales. Aquí cabe una pregunta: ¿por qué la especie humana no nació para ser feliz?. Esta pregunta aparece como sin sentido, ya que el sufrimiento aparece como natural. Que la vida tenga un sentido es un poderoso bálsamo para los dolores del alma, llegar a estar sentado a la diestra del Dios padre todopoderoso es una figura de una potencia sin igual para el creyente. Toda la vida consagrada a ese objetivo ayuda a reprimir, entre otras cosas, a la maldad que en mayor o menor medida todos llevamos dentro, y esta represión ayuda a mostrar la bondad humana como el único motor que mueve la vida sin percatarse de que esta posición bondadosa implica una fuerte dosis de crueldad, como puede verse en los padres que sólo quieren el “bien para sus hijos”.

Sin embargo, es necesario aclarar un poco qué entendemos por sentido. Ya que esta palabra está abierta a muchos sentidos, nosotros la empleamos desde la perspectiva de la finalidad, es decir, que tener un sentido implica el intento de alcanzar un fin, un premio. La vida tiene sentido si luchamos por conseguir el amor divino, el sufrimiento tiene sentido si es la prueba que nos pone Dios para alcanzar su amor. Desde esta perspectiva la vida religiosa adquiere un sentido y todo queda explicado, todo tiene sentido.

Hemos establecido cuatro razones para que la función que cumplen las religiones en el entramado humano sea tan poderosa: La figura de Dios aparece como protector imaginario de la vida ante la indefensión humana; por otro lado llena, responde de un modo contundente por la creación, Dios es el creador de todas las cosas; en tercer lugar veíamos a Dios como una respuesta inconsciente ante el vacío del sujeto humano, por último Dios aparecía como dador del sentido para la vida de cada cual. Estas razones, y algunas otras que no contabilizamos, nos llevan al meollo de la cuestión. Nueva pregunta pues: ¿por qué la especie humana necesita de la función religiosa para tapar lo que podemos llamar las debilidades?.

Hemos dado un quinto paso, Dios existe porque da sentido al sufrimiento.

El cuerpo está afectado por la angustia.

Uno de los pasos de la Semana Santa sevillana es el de la “Virgen de las Angustias”, es el momento en el cual Cristo es bajado de la cruz, es decir, el cadáver de Jesucristo es descrucificado y ese cuerpo, que es cadáver prometido a los gusanos, resucitará al tercer día de entre los muertos.

En la concepción cristiana de la dualidad cuerpo-alma, la muerte introduce una separación donde el cuerpo vuelve a la tierra y el alma parte hacia el infinito. Esto lo podemos leer en San Pablo, quien nos enseña que el cuerpo es el cuerpo del pecado, que es perecedero y está entregado a la corrupción y que, sin embargo, hay otro cuerpo que pertenece a Dios, que está consagrado a él, y que ése será el cuerpo glorioso y divino.

Esta concepción marca por un lado la evidencia inevitable de la corrupción del cuerpo y, por otro, señala la esperanza de la vida futura sin corte mortífero que señale el sin retorno de la muerte. Pero no podemos pasar por alto que el cuerpo es la sede de la muerte y, al mismo tiempo, es el lugar de máximo goce corporal. Es en este punto donde la muerte y el sexo se cruzan, es el lugar de la angustia.

No es casual que Freud comenzara su andadura por el estudio de la neurosis de angustia ofreciendo una primera hipótesis en relación a una descarga anómala de energía; dicho de otro modo, el monto de afecto no descargado adecuadamente en el orgasmo produce angustia, y da como ejemplo el “coitus interruptus” en primer lugar. La neurosis obsesiva, con sus rituales, es la que muestra el camino de cómo las defensas están para neutralizar la pulsión que, en su descarga anómala, tiene que ver con la angustia.

La angustia es lo que nos afecta, y nos afecta en el cuerpo, lo cual no deja de ser importante, porque, hasta aviso contrario, los muertos no se angustian; o mejor, la angustia es una señal de estar vivo, de que tenemos un cuerpo al que le pasan cosas, y al mismo tiempo es un límite, una cárcel. La angustia es el sentimiento de que el cuerpo es falta, en todos los sentidos de este término, es una falta que podemos cometer con el cuerpo, una “hamartia”, un pecado, pero al mismo tiempo falta no alcanzada, el cuerpo falta.

En esa falta se aloja la función religiosa, la todopoderosa función religiosa cuya importancia es extrema en la vida de la especie humana y que es usada por el discurso del amo para sus juegos.

La religión, el cuerpo, la angustia.

La religión es un poderoso ansiolítico. No me cabe la menor duda que si estas sólidas creencias pudieran transformarse en pastillas, se venderían como rosquillas de la misma manera que Roche vende el valium. Pero en el interjuego de intereses políticos, económicos, de poder y “tutti cuanti”, la Iglesia tiene un papel fundamental en la comercialización del producto. Siempre, en todas las épocas, la Iglesia produjo un beneficio importante que era aprovechado por las jerarquías, pero, también hay que decirlo, financió al mundo de la cultura de manera prodigiosa. Sin ella tampoco habría un Miguel Ángel, ni una Capilla Sixtina que con sus colores nos muestra una visión sublimada de la condición humana. Desde la perspectiva de otra de las grandes religiones monoteístas, la musulmana, podemos ver cómo opera la represión, la represión de la imagen para ser precisos, haciendo surgir los arabescos en todo su esplendor.

Pero comenzamos afirmando en forma taxativa que la religión era y es un poderoso ansiolítico, y esta afirmación, aparentemente simple, es de una gran complejidad si llevamos este texto que estoy escribiendo a tener que demostrar esa verdad evidente, ante lo cual no estoy dispuesto a retroceder. Me lanzo a ello sin red, lo que supone un peligro evidente.

¿Qué es el peligro?. Recurramos en plan fácil al “Diccionario de la Real Academia Española”: “Peligro: Riesgo o continencia inminente de que suceda algún ‘mal’”.

No tiene desperdicio, para comenzar supone que se sabe qué es un “mal”, y en principio hay algo de cierto. Si uno sale a la carretera en un puente cualquiera -pongamos, porque está al caer, “el puente de la Constitución”-, es evidente que le puede suceder algún mal, matarse con toda la familia por ejemplo, pero ¿por qué eso es un mal?. Es un mal porque morirían niños, que son una reserva de trabajadores para un futuro no muy lejano, también se mataría Vd., que es un joven ejecutivo en pleno proceso de producción para el discurso del amo, ya que le costó bastante dinero al erario público darle la formación que Vd. se merecía y ahora no la podrá devolver en forma de beneficios económicos a las empresas privadas, que, en definitiva, son las que administran el erario público. Además, en ese accidente, que después será transmitido por la TV, para que otras personas vean en vivo y en directo lo que es el peligro de las carreteras, murió su esposa, una joven de buena familia que servía de relaciones públicas a una empresa de azafatas con oscuros fines, como había sido denunciado por Sardá en una noche loca. Sólo soltaron el nombre de algún testaferro menor y la cosa siguió dando sus frutos a los grandes empresarios, ya que su joven esposa fue reemplazada rápidamente...

Es evidente que hay una relación entre peligro y mal, como dice el Diccionario, si vemos al coche rojo cuando lo levanta la grúa con el cadáver del más pequeño, que ni los bomberos pudieron extraer. Pero sigamos por un momento este juego extraño en el cual me he sumergido: ¿No hubiera sido peor que, por causas que desconocemos, ese mismo sujeto que se mató al volante, por esas extrañas jugadas del destino, hubiera seguido viviendo y a los tres meses lo echaran de la multinacional en que trabajaba, quedándose en el paro, y que sufriera durante dos años “como un enano”, sufrimiento que transmitiría a su esposa, quien cansada de él comenzara a "tirarse" a un amante de lujo, y que, para colmo final, uno de sus hijos que hubiese contraído la meningitis se quedase tirado?. Sigamos por un momento más este juego siniestro como la vida misma, ¿qué es peor mal?: ¿El accidente y la muerte rápida, sin verla venir, o el destino posterior que es un camino de excesivo sufrimiento?.

Este tipo de problemas sin duda entretenía a Freud, ya que es la pregunta que se hace en la conferencia citada: ¿qué es el peligro?. Y con su coherencia habitual, lo contesta desde el psicoanálisis. El peligro, nos dice, es exterior. Esto ya le plantea un problema que le cuesta dilucidar, ya que ¿qué es lo exterior?. ¿Exterior a qué interior?. Freud no deja de sorprenderme, ya que con una soltura que no se justifica por lo peliagudo de la problemática, nos dice: lo temido no es el daño que puede sufrir la persona, daño que habrá que evaluar objetivamente, lo peligroso es el daño que puede producirse en la situación anímica. El mal es sinónimo de daño anímico.

Después de corregir a Rank, afirma que el prototipo de la angustia es el nacimiento, que este estado es tóxico ya que se debe a componentes respiratorios y cardíacos, pero que lo más importante es que genera un monto de excitación que no puede ser dominado por el principio del placer y que subjetivamente es sentido, vivido, como un displacer. Es decir, un monto de excitación que no puede ser sometido por el principio del placer y que, de esta manera, produce un instante traumático cuya repetición es temida por el yo. Sea como sea el cuerpo, el yo, el que percibe este exceso.

Aquí habría que dar una larga marcha por todo lo que es la teoría freudiana: el principio del placer y el más allá del principio citado. Como no podemos realizar ese esfuerzo, les remito al Seminario 7 de Jacques Lacan.

Dije que me lanzaba sin red y aquí estamos en pleno salto, ya que necesitaríamos toda una serie de argumentos que, sin embargo, dejaré de lado para concluir el vuelo hacia la muerte:

Lo que podemos afirmar en forma taxativa es que la vida es la espera angustiosa de un trauma por venir, la muerte, la disolución del yo; la vida es la angustia futura y recorrida, es el paso que se supone traumático por desconocido, y ahí es donde aparecen las religiones como ansiolíticos. Todas coinciden en un punto: después de la muerte hay vida, estar sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso, o bien salir del circuito infernal de las generaciones produciendo una reencarnación que hace la vida eterna en cuerpo y alma, como sostiene el budismo. En definitiva, todas niegan la muerte y esa es su función.

Hemos dado un sexto paso para entender la función religiosa, o la existencia de Dios, combatir la angustia que es la vida en su espera de la muerte.

Dejo unas preguntas sin respuestas:

1. ¿Por qué la especie humana se pregunta cosas tan extravagantes?.
2. ¿Por qué la especie humana no tolera enfrentarse con la verdad de la muerte?.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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