LA
LENGUA, LAS LENGUAS.
Hay que “metalenguar” -dice Lacan-, no se puede hablar de una lengua
si no es en otra lengua. Lo que leeré, desde esta lengua, es lo
“sugerido” por el siguiente párrafo de Jacques Lacan:
“El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por
un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la
verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en
otra parte. A saber:
- en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo
histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la
estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una
vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida;
- en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi
infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su
proveniencia;
- en la evolución semántica: y esto responde al ‘stock’ y a las
acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi
vida y a mi carácter;
- en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma
heroificada vehiculan mi historia;
- en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente sus
distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con
los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.”
Cita que puede encontrarse en “Función y campo de la palabra” y que
servirá de marco a otra cita.
Rafael Lapesa dice en el prólogo a la última edición de “La Historia
de la Lengua Española” lo siguiente: “El libro que en 1942 salió con el
atrevimiento juvenil reaparece cuando su autor ha entrado en eso que
llaman la tercera edad. Recuerdo inevitablemente la pregunta de la
epístola moral: De la pasada edad, ¿qué me ha quedado?, y me respondo
que, por encima del cansancio, queda el afán ilusionado de seguir
inquiriendo el mensaje que se guarda en el ser y el devenir de nuestra
lengua”.
Esta última cita que ofrece asidero a un comienzo marca en su decir
una ilusión sobre el saber. Ilusión que es engaño y que por lo mismo
arroja una media verdad en su dicho. En el atrevimiento juvenil, miente
su decir. Mentira, verdad, error, trilogía significante que habla en la
lengua. Por esto ningún analista está preocupado por si en la palabra
del analizante está la mentira, en ella habla la poca verdad que puede
ser dicha.
Sueños mentirosos que Freud pone de relieve en “Sobre la psicogénesis
de un caso de homosexualidad femenina”. El engaño del sueño hace a la
elaboración onírica, producida, esta última, por el estado de reposo que
permite la emergencia de impulsos optativos inconscientes. Su ombligo
define el saber inconsciente hecho de lógica y significante, lo que
desvanece el sentido, incluso el sentido engañoso de la palabra.
La cita entrega la ilusión de un mensaje, quizás divino, que hace ser
de lengua, sin percatarse de que el ser es sólo verbo y que en la cópula
“lalengua” habla.
Sin duda algo sabe el verbo “guardar”, que por esos extraños juegos
de lalengua abre en su polisemia a una expresión de peligro en el
castellano hablado en el Río de la Plata. Interjección de peligro tomada
en préstamo al italiano, en donde el verbo se traduce por mirar. La
lengua ¡guarda! un saber que no se entrega, haciéndose represión
primaria que parte al sujeto en la partida. Partida de dados en donde el
número hace destino.
Partición del sujeto por lalengua que habla, en la lengua designando
al órgano de esa función: la lengua.
Devenir de las lenguas que marcan su destino. Diferencias de lenguas:
lenguas vivas, lenguas muertas -¿cuántas lenguas muertas desconocemos?.
La búsqueda del origen remite de mito a mito, algunos de los cuales
habitan un ropaje científico. Esto permite el siguiente dicho: en el
origen un mito necesario, Babel de lenguas, jeroglíficos. Lenguas sin
huellas de memoria. Lenguas que dejan letras, significantes escritos que
hacen al sueño de la lengua sin cuerpos.
En varias partes de su obra Freud habla de huellas mnémicas
hereditarias.
Esta herencia sobre una metáfora biológica, permite el
descentramiento que este término tiene en la obra de un maestro: lo que
precede es de orden significante y, si se realiza una extensión algo
forzada, puede ser dicho: lo que precede a una lengua, son los
significantes de otra lengua.
Las lenguas traspasan los cuerpos descentrando al cuerpo de su
anatomía médica. La diferencia sexual anatómica introduce en el aparato
psíquico el concepto de representante. Por esta vía la pulsión bordea lo
psíquico y lo somático mostrando en el autoerotismo que la fuente es el
fin. Ello, entonces, es cuerpo erógeno por la pulsión, viviente por su
viaje hacia la muerte.
En “Inhibición, síntoma y angustia” puede leerse que el núcleo del
inconsciente está constituido por representantes de pulsión que tienden
a la descarga, es decir, por una moción de deseo que no puede
articularse en “representantes”, no puede transformarse en libido,
quedando en un estado de energía desligada -cuyo aumento crea una
tensión que se llama angustia. La partición original del sujeto, la
represión primaria, sería la vuelta contra sí que escinde al sujeto
frente a una tensión insoportable.
Los cuerpos son hablados por las lenguas cuyo resto, desperdicio,
basura, hace del cuerpo cadáver. Trasmutaciones de los cuerpos que hacen
a la cadena de las generaciones. La lengua se perpetúa en sus
transformaciones, cada lengua hace su destino, nace, vive, mata.
Parafraseando a Lacan: “el malentendido habla al malentendido a través
de los cuerpos”.
Al destino de cada lengua puede dársele un sentido histórico. Aquí,
guerras, imperios, anexiones, genocidios harían el desarrollo de cada
lengua. Un sentido demasiado pleno que convendría estudiar de más cerca.
Bastan dos ejemplos contrapuestos para abrir una pregunta que quedará
sin respuesta. La época visigoda española, momento de transición, no
deja influencia lingüística importante en los romances españoles. Al
contrario, es conocido el importante caudal que se trasvasa del árabe al
español, del algarrobo al algodón, palabras tomadas al azar hasta el
algoritmo que viene del sobrenombre de uno de sus matemáticos,
Alzuwarizmi. Al propagar la numeración india, introducen el signo para
indicar la ausencia de cantidad, “sifr” (vacío) de donde viene el
español “cifra”, lo que para algunos clásicos es equivalente a “cero”.
Descifrando, entonces, el vacío de la historia, para recordar a Masotta,
retomar su cita: “la historia está hecha de hilachas, de retazos”. Cada
lengua escribe su novela familiar.
Transformación de las lenguas por su influencia recíproca en las
zonas de superposición y bilingüismo; transferencia de palabras y giros
que las gramáticas clasifican: italianismos, galicismos, etc.
Intersección de dos o más lenguas cuyos efectos múltiples dan productos
como el chicano, mezcla de español e inglés con fuertes condensaciones.
En estas zonas se escuchan actitudes contrapuestas, algunos intentan
bajo el pretexto de preservar la pureza lingüística evitar toda
innovación. Aquí subyace el fantasma de que la lengua entregará lo puro
de lo real. Otros, fascinados por las lenguas extranjeras, suponen en
aquéllas el saber inconsciente.
Es la Academia quien evita el neologismo de la pandilla adolescente,
el decir sofisticado, el argot de la marginación. Más allá de la
Academia, lalengua juega en los cuerpos su habla. Cuando se escucha: el
pasota apalancado en un rollo cualquiera intenta un pasar que lo sumerge
en un silencio aplatanado, a veces esto determina su desmadre.
Esto puede ser leído en los primeros textos literarios del romance
español procedentes del andaluz. Allí, la convivencia de distintas
lenguas, su intersección entre los hispano-godos, los moros y los judíos
produce el nacimiento de una canción lírica llamada “muwassaha” o
“moaxaja”. Su texto principal en árabe o hebreo inserta versos enteros
en romance. El cancionero de Ben Quzman es una de sus más bellas
expresiones.
Escrito en árabe su texto tiene un gran caudal de romancismos que
incluyen instrumentos gramaticales como pronombres, adverbios,
preposiciones y conjunciones. Para los preceptistas árabes esta mixtura
de lenguas constituía su principal atractivo, sin embargo, el latín
culto denomina al romance en forma despectiva como “habla rústica” o
“lengua vulgar”.
Esta lengua rústica plasma la prosa castellana por un deseo real.
Alfonso X el Sabio (1221-1284) reúne en su corte a juglares y trovadores,
jurisconsultos, historiadores y hombres de ciencias. El rey interviene
personalmente en la corrección de la lengua y da forma definitiva al
“Libro de la Ochava Espera”, que respondía en general al castellano de
Burgos con influencias de Toledo y León.
El autor citado al comienzo, Rafael Lapesa, explica la consolidación
del castellano y su difusión por una profusión de adjetivos: “el acento
viril del hablar castellano”, “su gran movilidad afectiva”, “el
castellano poseía un dinamismo que le hacía superar los grados en que se
detenía la evolución de otros dialectos”, “el castellano era certero y
decidido en la elección mientras que los dialectos colindantes dudaban
largamente entre las diversas posibilidades”. Aquí los adjetivos cubren
el lugar de la causa en lo imaginario, dando la posibilidad de descifrar
uno de los fantasmas fundantes de la lengua castellana.
Si entre los dialectos regionales, el castellano en tanto lengua,
tiene un devenir diferente, el pase de lo contingente a lo necesario
está marcado por lo real de un deseo. De otra manera, el paso es por la
hiancia de lo inconsciente, lo que en términos freudianos puede ser
designado como represión primaria. Es en este articulador teórico que la
“premisa lógica” paterna, como está mencionado en “Moisés y la religión
monoteísta”, muestra su función: la instauración de la ley del deseo.
En el diario manuscrito de Cristóbal Haitzmann puede leerse: “Tomé el
rosario y comencé a rezar, en presencia de cuatro personas; me hallaba
orando el tercer grupo, cuando se me apareció la misma figura luminosa,
comencé a gritar ¡Jesús, María, José! y me desvanecí, cayendo de
rodillas en éxtasis; las personas presentes gritaban, intentaban
levantarme y rociaban agua bendita sobre mí, yo no podía sentir nada, no
podía oír. Entonces la persona mencionada me tomó de la mano izquierda,
me rodeó con un brazo la cintura y me llevó a una pradera cubierta con
las más bellas rosas. Caminamos por un tiempo, hasta encontrar un lirio
que tenía tres flores, en una se leía Padre, en la otra Hijo y en la
tercera Espíritu, pero en el tallo estaba escrito Dios...”.
En el lirio escrito de un delirio lalengua habla en alemán antiguo,
la misma que dicta a Schreber su lenguaje fundamental y que susurra
extrañas palabras a los de mente precoz de los grandes manicomios.
Alucinaciones, voces restitutivas en su intento de curación. Voces que
retornan en lo real para mostrar que la alucinación no es un error de
los sentidos. También puede escucharse cómo el cuerpo caído de lo
imaginario es presa significante en su vaciamiento de órganos, en sus
putrefacciones, en sus cambios sexuados. A un cuerpo que no le pasa
nada, le pasa de todo por lalengua.
Lalengua habla en la locura, en la hipocondría su verdad disparatada,
basta leer las memorias de Schreber siguiendo la recomendación de Freud
para que esto aparezca en forma sorprendente. Podría ser dicho, y aquí
el condicional reúne toda su fuerza, que en la lengua una lalengua hace
a lo real de una repetición imposible por donde el sufrimiento deviene
goce. Identidad entre percepción y huella de recuerdo que traspasa el
ombligo del sueño que por esto es diferencia con la locura: si en la
esquizofrenia los órganos hablan, no se trata de un cuerpo sin palabras,
sino del fallo metafórico de la palabra. En el lugar del objeto perdido,
el objeto ocupa su lugar como imposible de ser perdido. Eso hace a la
Cosa.
Por otro lado, en la estructura misma del deseo, el brillo en la
nariz que es fetiche inglés, muestra en su desciframiento el retoño de
lo reprimido en otra lalengua y su repetición significante. Intento de
un Otro pleno, sin corte, taponado por fonemas, soporte significante que
no es significante, ya que éste se designa por su diferencia.
Desde aquí se abren dos posibilidades que conducen a callejones sin
salida, pero es también de estos callejones sin salida, de estos enredos
de lenguas, que el psicoanálisis arma su discurso.
El primero sería una lalengua de matriz universal. Surge de
inmediato, por la fuerza misma del discurso, esta pregunta: ¿en qué
lengua sería escrito el catálogo en donde figurarían todas las lenguas?.
Y si es cierto que en la pregunta está ya la respuesta, el esperanto es
vana esperanza. El supuesto que subyace en la pregunta es la posibilidad
de un lenguaje universal o de universales lingüísticos. Esta idea,
presente en la concepción del lenguaje de Descartes, ha sido actualizada
por Chomsky en la forma de un innatismo lingüístico.
El segundo callejón sin salida obliga a plantear una matriz singular
de cada lengua, donde lo singular designa el nombre propio. Una matriz
de la lengua española, por ejemplo. El ronroneo del “urdrome” con que
comienza “La tercera” sugiere las dificultades de esta empresa. Sea como
sea, de una lalengua el síntoma habla: el relato de un analizante
muestra un síntoma al cual no le da importancia; sufre de impotencia con
la serie de mujeres habladas por el catalán. Síntoma que es goce donde
el significante trenza sus efectos. La lengua hablada entre sus padres
era el catalán, lengua en que el padre se dirigía a sus hijos. La madre,
por su parte, de origen gallego hablaba con sus hijos en castellano.
Fantasía incestuosa que Freud analiza en “Un recuerdo infantil de
Leonardo da Vinci”. Se lee allí con facilidad la búsqueda para encontrar
la realidad que sostenga la articulación del fantasma, prosiguiendo de
esta manera un empeño que también pondrá de manifiesto en la “Historia
de una neurosis infantil (caso del ‘Hombre de los lobos’)”, texto que en
el tiempo no está alejado del de Leonardo.
Vacilaciones entre recuerdo y realidad de la percepción que podría
ser lo real del trauma, núcleo fundante a partir del cual se irían
sobreagregando distorsiones producidas por el deseo.
En el comienzo del apartado III, escribe: “En la fantasía infantil de
Leonardo representa el elemento buitre el contenido mnémico real”. Es
sabido que, en el cruce de lenguas, la traducción juega una mala pasada
dando al milano el estatuto de buitre. El error de traducción permite a
Freud un pasaje por la mitología egipcia que abre espacio en la teoría
formulando lo que se dice “madre fálica”.
Discutiendo la realidad de la percepción traumática, el “contenido
mnémico real” encuentra su lugar en la fantasía infantil como sustituto
materno. Y siempre en la búsqueda de confirmaciones históricas, llega a
decir que esta sustitución es debida a que el niño echa de menos al
padre y se siente solitario al lado de la madre abandonada.
Un padre de menos que permite la plenitud del deseo materno haciendo
del niño un pequeño a. Posición narcisista que muestra en la
omnipotencia infantil la omnipotencia materna, lugar donde ésta (la
madre) articula su deseo. Lo que viene a ser confirmado por una nota a
pie de página donde Freud sugiere que bien pudo ser que Leonardo no
hubiera tenido ninguna percepción real, realidad de la percepción que se
hace sinónima de mirada. La madre, supone Freud, fue quien transmitió en
repetidos relatos al niño la palabra real.
Un padre de menos que permite la herencia de un nombre. Nombre
paterno que hace a un lugar de origen, da Vinci. Origen que encarna la
ley y que permite a Freud el desarrollo de la teoría donde lo
inconsciente borra el cuerpo, haciendo de éste un afuera del aparato
psíquico.
La fantasía de Leonardo, soportada en el buitre, hace barramiento del
sujeto que intenta descifrar su destino en el vuelo de los pájaros.
Producción de un sentido que en lo imaginario restituye al cuerpo en sus
vestimentas, haciéndolo gozoso.
Esto permitiría decir la diferencia entre lalengua y la lengua
materna, donde la primera será el reservorio de huellas borradas, de
esas huellas mnémicas hereditarias de las cuales habla Freud. Huellas
animadas por el deseo de Otro que bien podría ser en este caso la lengua
materna. Disyunción que en Freud puede leerse en “El tabú de la
virginidad”; allí, citando a un tal Crawley, escribe: “En muchas tribus
no existe apenas algo semejante a nuestra vida familiar. La separación
llega hasta el punto de estar prohibido a cada sexo pronunciar los
nombres de las personas del sexo contrario, poseyendo las mujeres un
vocabulario especial”.
Separación de cuerpos sexuados que hacen diferencia irreductible,
imposibilidad de una totalidad consistente, que permite la emergencia
significante del lugar de la falta, de la nada. Significante que en su
repetición diferente formula el rasgo unario, posibilidad abierta de
esta manera a la identificación.
Sin duda es sabido que, en el Capítulo VII de “Psicología de las
masas”, Freud nombra, previa a la identificación al rasgo, que sería la
identificación que hace al síntoma neurótico, una temprana
identificación al padre previa a cualquier elección objetal. Ubicada en
el registro de la ambivalencia por donde introduce el canibalismo: “el
padre es lo que se quisiera ser”, por donde el ser deviene sujeto.
La fórmula gramatical cambia del ser al tener el padre, cuando el
Edipo se invierte adoptando el sujeto una actitud femenina. Allí el
tener deviene objeto del yo. Puesto esto de una manera simple resulta:
ser o tener el padre.
El banquete totémico sacrifica al padre, para ser padre en la
herencia de un nombre propio que permite la ausencia del cuerpo. Germán
García, en su libro “Psicoanálisis, una política del síntoma”, lo dice
de esta manera: “Ahí, donde el cuerpo real cae bajo el golpe del
significante, existirá un vacío que viene a ser llenado con el nombre
propio”.
Nombre propio que hace consistencia de la apariencia por donde se
oculta que el ser es sólo verbo, o mejor aún: cópula que en una oración
une al sujeto con el atributo.
Nombre propio que es unión de la cadena generacional por lo real del
deseo paterno. Diferenciándose de la angustia que hace del yo síntoma,
la culpa original intenta ser borrada por el ritual del bautismo
perpetuando de esta manera el pecado que está en el origen del nombre.
Si el Nombre del Padre es constitutivo a la ley del deseo, esto
permitirá a la mujer hacer la ecuación falo = niño, por donde retorna la
transgresión al instalar al niño como un pequeño a.
Lugar de la falla, del no-todo, hace a la omnipotencia infantil por
donde el deseo de la muerte del padre se hace acto. Asesinato que es
fantasía hecha realidad en Dostoyevski, asesinato que en el decir de
Freud produce una agravación sintomática que hace al goce epiléptico.
Esto también puede leerse en “El Presidente T. W. Wilson”, texto algo
olvidado en el discurso psicoanalítico por lo que hace a un saber que no
quiere ser sabido. La muerte del padre devuelve a un encuentro con lo
real, produciendo una redistribución de la energía libidinal, tanto en
su aspecto activo como pasivo.
Redistribución de cargas libidinales que hacen al verbo, produciendo
el pasaje de ser hijo de Dios, a ser Dios. Lo que no deja de tener
consecuencias en el tratado de Versalles, mostrando en sus síntomas la
catástrofe del sujeto.
Nombre propio que marca la línea paterna como viene a decirlo el
Derecho Romano; significante que nada significa, cristalización de
lalengua que hace a su goce.
Y es aquí donde el castellano toma otros atajos, ya que en español
“goce” es también un himno a la Virgen que se reza en forma repetida. El
goce del rezo que la mirada retoma para mostrar, en el suplicio del
cuerpo en honor de la Virgen, su mortificación. Nombre de la lengua que
entre castellano y español hace el cuerpo, lugar de goce hereditario en
donde se anuda la muerte. Corte sin inscripción que permite al cuerpo
hacer su viaje hacia la muerte. Pulsión que no es simetría de Eros.
Lalengua, entonces preexiste al cuerpo, que en el momento de su
partición se hace parlante en la lengua. El objeto a, allí hace nudo,
lapa, sobre la roca de la castración, o para emplear otra metáfora
freudiana: hace a su constitución. Nudo cuyo cabo anuda lo real de la
escritura.
Esto permite retornar a un escrito lacaniano: “Subversión del
sujeto”, fechado en 1960 y que conserva toda su actualidad. Allí la
escritura entrega la fórmula del fantasma (S tachado + rombo + a) que
permite la indagación de lo real.
Fórmula en donde el reemplazo de la pequeña a por la D, circunscribe
su efecto en el neurótico al efecto de la demanda por donde queda oculta
la angustia del deseo del Otro; como viene a mostrarlo el carnaval en
Barcelona, cuando el pequeño levanta la falda al cabezudo encontrando en
ese instante al hombre que lo lleva sobre sus hombros.
Esto último viene a cuento a los efectos de marcar la dirección de
una andadura, puesto que si el discurso freudiano es emergencia en la
lengua alemana, allí la intraducibilidad de “La interpretación de los
sueños” pasó al inglés, donde la confusión de lenguas mal tradujo a
Freud colocándolo a nivel de la naturaleza instintual, produciendo
regresiones teóricas sobre lo imaginario. La lengua francesa retoma a
Freud en Lacan, lo que plantea de inmediato el problema de la
transmisión y de la formación de los analistas más allá de las lenguas.
La escritura abre esta posibilidad de una transmisión translingüística.
© ARTURO ROLDÁN
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