Portada de la Revista “Sínthoma” nº 1, de la Escuela de Psicoanálisis de Barcelona, en la que se publicó este trabajo en 1981.

Portada del primer número de la Revista "Sínthoma"

 

LA LENGUA, LAS LENGUAS.

Hay que “metalenguar” -dice Lacan-, no se puede hablar de una lengua si no es en otra lengua. Lo que leeré, desde esta lengua, es lo “sugerido” por el siguiente párrafo de Jacques Lacan:

“El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte. A saber:

- en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida;

- en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia;

- en la evolución semántica: y esto responde al ‘stock’ y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter;

- en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia;

- en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente sus distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.”

Cita que puede encontrarse en “Función y campo de la palabra” y que servirá de marco a otra cita.

Rafael Lapesa dice en el prólogo a la última edición de “La Historia de la Lengua Española” lo siguiente: “El libro que en 1942 salió con el atrevimiento juvenil reaparece cuando su autor ha entrado en eso que llaman la tercera edad. Recuerdo inevitablemente la pregunta de la epístola moral: De la pasada edad, ¿qué me ha quedado?, y me respondo que, por encima del cansancio, queda el afán ilusionado de seguir inquiriendo el mensaje que se guarda en el ser y el devenir de nuestra lengua”.

Esta última cita que ofrece asidero a un comienzo marca en su decir una ilusión sobre el saber. Ilusión que es engaño y que por lo mismo arroja una media verdad en su dicho. En el atrevimiento juvenil, miente su decir. Mentira, verdad, error, trilogía significante que habla en la lengua. Por esto ningún analista está preocupado por si en la palabra del analizante está la mentira, en ella habla la poca verdad que puede ser dicha.

Sueños mentirosos que Freud pone de relieve en “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. El engaño del sueño hace a la elaboración onírica, producida, esta última, por el estado de reposo que permite la emergencia de impulsos optativos inconscientes. Su ombligo define el saber inconsciente hecho de lógica y significante, lo que desvanece el sentido, incluso el sentido engañoso de la palabra.

La cita entrega la ilusión de un mensaje, quizás divino, que hace ser de lengua, sin percatarse de que el ser es sólo verbo y que en la cópula “lalengua” habla.

Sin duda algo sabe el verbo “guardar”, que por esos extraños juegos de lalengua abre en su polisemia a una expresión de peligro en el castellano hablado en el Río de la Plata. Interjección de peligro tomada en préstamo al italiano, en donde el verbo se traduce por mirar. La lengua ¡guarda! un saber que no se entrega, haciéndose represión primaria que parte al sujeto en la partida. Partida de dados en donde el número hace destino.

Partición del sujeto por lalengua que habla, en la lengua designando al órgano de esa función: la lengua.

Devenir de las lenguas que marcan su destino. Diferencias de lenguas: lenguas vivas, lenguas muertas -¿cuántas lenguas muertas desconocemos?. La búsqueda del origen remite de mito a mito, algunos de los cuales habitan un ropaje científico. Esto permite el siguiente dicho: en el origen un mito necesario, Babel de lenguas, jeroglíficos. Lenguas sin huellas de memoria. Lenguas que dejan letras, significantes escritos que hacen al sueño de la lengua sin cuerpos.

En varias partes de su obra Freud habla de huellas mnémicas hereditarias.

Esta herencia sobre una metáfora biológica, permite el descentramiento que este término tiene en la obra de un maestro: lo que precede es de orden significante y, si se realiza una extensión algo forzada, puede ser dicho: lo que precede a una lengua, son los significantes de otra lengua.

Las lenguas traspasan los cuerpos descentrando al cuerpo de su anatomía médica. La diferencia sexual anatómica introduce en el aparato psíquico el concepto de representante. Por esta vía la pulsión bordea lo psíquico y lo somático mostrando en el autoerotismo que la fuente es el fin. Ello, entonces, es cuerpo erógeno por la pulsión, viviente por su viaje hacia la muerte.

En “Inhibición, síntoma y angustia” puede leerse que el núcleo del inconsciente está constituido por representantes de pulsión que tienden a la descarga, es decir, por una moción de deseo que no puede articularse en “representantes”, no puede transformarse en libido, quedando en un estado de energía desligada -cuyo aumento crea una tensión que se llama angustia. La partición original del sujeto, la represión primaria, sería la vuelta contra sí que escinde al sujeto frente a una tensión insoportable.

Los cuerpos son hablados por las lenguas cuyo resto, desperdicio, basura, hace del cuerpo cadáver. Trasmutaciones de los cuerpos que hacen a la cadena de las generaciones. La lengua se perpetúa en sus transformaciones, cada lengua hace su destino, nace, vive, mata. Parafraseando a Lacan: “el malentendido habla al malentendido a través de los cuerpos”.

Al destino de cada lengua puede dársele un sentido histórico. Aquí, guerras, imperios, anexiones, genocidios harían el desarrollo de cada lengua. Un sentido demasiado pleno que convendría estudiar de más cerca. Bastan dos ejemplos contrapuestos para abrir una pregunta que quedará sin respuesta. La época visigoda española, momento de transición, no deja influencia lingüística importante en los romances españoles. Al contrario, es conocido el importante caudal que se trasvasa del árabe al español, del algarrobo al algodón, palabras tomadas al azar hasta el algoritmo que viene del sobrenombre de uno de sus matemáticos, Alzuwarizmi. Al propagar la numeración india, introducen el signo para indicar la ausencia de cantidad, “sifr” (vacío) de donde viene el español “cifra”, lo que para algunos clásicos es equivalente a “cero”. Descifrando, entonces, el vacío de la historia, para recordar a Masotta, retomar su cita: “la historia está hecha de hilachas, de retazos”. Cada lengua escribe su novela familiar.

Transformación de las lenguas por su influencia recíproca en las zonas de superposición y bilingüismo; transferencia de palabras y giros que las gramáticas clasifican: italianismos, galicismos, etc. Intersección de dos o más lenguas cuyos efectos múltiples dan productos como el chicano, mezcla de español e inglés con fuertes condensaciones.

En estas zonas se escuchan actitudes contrapuestas, algunos intentan bajo el pretexto de preservar la pureza lingüística evitar toda innovación. Aquí subyace el fantasma de que la lengua entregará lo puro de lo real. Otros, fascinados por las lenguas extranjeras, suponen en aquéllas el saber inconsciente.

Es la Academia quien evita el neologismo de la pandilla adolescente, el decir sofisticado, el argot de la marginación. Más allá de la Academia, lalengua juega en los cuerpos su habla. Cuando se escucha: el pasota apalancado en un rollo cualquiera intenta un pasar que lo sumerge en un silencio aplatanado, a veces esto determina su desmadre.

Esto puede ser leído en los primeros textos literarios del romance español procedentes del andaluz. Allí, la convivencia de distintas lenguas, su intersección entre los hispano-godos, los moros y los judíos produce el nacimiento de una canción lírica llamada “muwassaha” o “moaxaja”. Su texto principal en árabe o hebreo inserta versos enteros en romance. El cancionero de Ben Quzman es una de sus más bellas expresiones.

Escrito en árabe su texto tiene un gran caudal de romancismos que incluyen instrumentos gramaticales como pronombres, adverbios, preposiciones y conjunciones. Para los preceptistas árabes esta mixtura de lenguas constituía su principal atractivo, sin embargo, el latín culto denomina al romance en forma despectiva como “habla rústica” o “lengua vulgar”.

Esta lengua rústica plasma la prosa castellana por un deseo real. Alfonso X el Sabio (1221-1284) reúne en su corte a juglares y trovadores, jurisconsultos, historiadores y hombres de ciencias. El rey interviene personalmente en la corrección de la lengua y da forma definitiva al “Libro de la Ochava Espera”, que respondía en general al castellano de Burgos con influencias de Toledo y León.

El autor citado al comienzo, Rafael Lapesa, explica la consolidación del castellano y su difusión por una profusión de adjetivos: “el acento viril del hablar castellano”, “su gran movilidad afectiva”, “el castellano poseía un dinamismo que le hacía superar los grados en que se detenía la evolución de otros dialectos”, “el castellano era certero y decidido en la elección mientras que los dialectos colindantes dudaban largamente entre las diversas posibilidades”. Aquí los adjetivos cubren el lugar de la causa en lo imaginario, dando la posibilidad de descifrar uno de los fantasmas fundantes de la lengua castellana.

Si entre los dialectos regionales, el castellano en tanto lengua, tiene un devenir diferente, el pase de lo contingente a lo necesario está marcado por lo real de un deseo. De otra manera, el paso es por la hiancia de lo inconsciente, lo que en términos freudianos puede ser designado como represión primaria. Es en este articulador teórico que la “premisa lógica” paterna, como está mencionado en “Moisés y la religión monoteísta”, muestra su función: la instauración de la ley del deseo.

En el diario manuscrito de Cristóbal Haitzmann puede leerse: “Tomé el rosario y comencé a rezar, en presencia de cuatro personas; me hallaba orando el tercer grupo, cuando se me apareció la misma figura luminosa, comencé a gritar ¡Jesús, María, José! y me desvanecí, cayendo de rodillas en éxtasis; las personas presentes gritaban, intentaban levantarme y rociaban agua bendita sobre mí, yo no podía sentir nada, no podía oír. Entonces la persona mencionada me tomó de la mano izquierda, me rodeó con un brazo la cintura y me llevó a una pradera cubierta con las más bellas rosas. Caminamos por un tiempo, hasta encontrar un lirio que tenía tres flores, en una se leía Padre, en la otra Hijo y en la tercera Espíritu, pero en el tallo estaba escrito Dios...”.

En el lirio escrito de un delirio lalengua habla en alemán antiguo, la misma que dicta a Schreber su lenguaje fundamental y que susurra extrañas palabras a los de mente precoz de los grandes manicomios. Alucinaciones, voces restitutivas en su intento de curación. Voces que retornan en lo real para mostrar que la alucinación no es un error de los sentidos. También puede escucharse cómo el cuerpo caído de lo imaginario es presa significante en su vaciamiento de órganos, en sus putrefacciones, en sus cambios sexuados. A un cuerpo que no le pasa nada, le pasa de todo por lalengua.

Lalengua habla en la locura, en la hipocondría su verdad disparatada, basta leer las memorias de Schreber siguiendo la recomendación de Freud para que esto aparezca en forma sorprendente. Podría ser dicho, y aquí el condicional reúne toda su fuerza, que en la lengua una lalengua hace a lo real de una repetición imposible por donde el sufrimiento deviene goce. Identidad entre percepción y huella de recuerdo que traspasa el ombligo del sueño que por esto es diferencia con la locura: si en la esquizofrenia los órganos hablan, no se trata de un cuerpo sin palabras, sino del fallo metafórico de la palabra. En el lugar del objeto perdido, el objeto ocupa su lugar como imposible de ser perdido. Eso hace a la Cosa.

Por otro lado, en la estructura misma del deseo, el brillo en la nariz que es fetiche inglés, muestra en su desciframiento el retoño de lo reprimido en otra lalengua y su repetición significante. Intento de un Otro pleno, sin corte, taponado por fonemas, soporte significante que no es significante, ya que éste se designa por su diferencia.

Desde aquí se abren dos posibilidades que conducen a callejones sin salida, pero es también de estos callejones sin salida, de estos enredos de lenguas, que el psicoanálisis arma su discurso.

El primero sería una lalengua de matriz universal. Surge de inmediato, por la fuerza misma del discurso, esta pregunta: ¿en qué lengua sería escrito el catálogo en donde figurarían todas las lenguas?. Y si es cierto que en la pregunta está ya la respuesta, el esperanto es vana esperanza. El supuesto que subyace en la pregunta es la posibilidad de un lenguaje universal o de universales lingüísticos. Esta idea, presente en la concepción del lenguaje de Descartes, ha sido actualizada por Chomsky en la forma de un innatismo lingüístico.

El segundo callejón sin salida obliga a plantear una matriz singular de cada lengua, donde lo singular designa el nombre propio. Una matriz de la lengua española, por ejemplo. El ronroneo del “urdrome” con que comienza “La tercera” sugiere las dificultades de esta empresa. Sea como sea, de una lalengua el síntoma habla: el relato de un analizante muestra un síntoma al cual no le da importancia; sufre de impotencia con la serie de mujeres habladas por el catalán. Síntoma que es goce donde el significante trenza sus efectos. La lengua hablada entre sus padres era el catalán, lengua en que el padre se dirigía a sus hijos. La madre, por su parte, de origen gallego hablaba con sus hijos en castellano.

Fantasía incestuosa que Freud analiza en “Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”. Se lee allí con facilidad la búsqueda para encontrar la realidad que sostenga la articulación del fantasma, prosiguiendo de esta manera un empeño que también pondrá de manifiesto en la “Historia de una neurosis infantil (caso del ‘Hombre de los lobos’)”, texto que en el tiempo no está alejado del de Leonardo.

Vacilaciones entre recuerdo y realidad de la percepción que podría ser lo real del trauma, núcleo fundante a partir del cual se irían sobreagregando distorsiones producidas por el deseo.

En el comienzo del apartado III, escribe: “En la fantasía infantil de Leonardo representa el elemento buitre el contenido mnémico real”. Es sabido que, en el cruce de lenguas, la traducción juega una mala pasada dando al milano el estatuto de buitre. El error de traducción permite a Freud un pasaje por la mitología egipcia que abre espacio en la teoría formulando lo que se dice “madre fálica”.

Discutiendo la realidad de la percepción traumática, el “contenido mnémico real” encuentra su lugar en la fantasía infantil como sustituto materno. Y siempre en la búsqueda de confirmaciones históricas, llega a decir que esta sustitución es debida a que el niño echa de menos al padre y se siente solitario al lado de la madre abandonada.

Un padre de menos que permite la plenitud del deseo materno haciendo del niño un pequeño a. Posición narcisista que muestra en la omnipotencia infantil la omnipotencia materna, lugar donde ésta (la madre) articula su deseo. Lo que viene a ser confirmado por una nota a pie de página donde Freud sugiere que bien pudo ser que Leonardo no hubiera tenido ninguna percepción real, realidad de la percepción que se hace sinónima de mirada. La madre, supone Freud, fue quien transmitió en repetidos relatos al niño la palabra real.

Un padre de menos que permite la herencia de un nombre. Nombre paterno que hace a un lugar de origen, da Vinci. Origen que encarna la ley y que permite a Freud el desarrollo de la teoría donde lo inconsciente borra el cuerpo, haciendo de éste un afuera del aparato psíquico.

La fantasía de Leonardo, soportada en el buitre, hace barramiento del sujeto que intenta descifrar su destino en el vuelo de los pájaros. Producción de un sentido que en lo imaginario restituye al cuerpo en sus vestimentas, haciéndolo gozoso.

Esto permitiría decir la diferencia entre lalengua y la lengua materna, donde la primera será el reservorio de huellas borradas, de esas huellas mnémicas hereditarias de las cuales habla Freud. Huellas animadas por el deseo de Otro que bien podría ser en este caso la lengua materna. Disyunción que en Freud puede leerse en “El tabú de la virginidad”; allí, citando a un tal Crawley, escribe: “En muchas tribus no existe apenas algo semejante a nuestra vida familiar. La separación llega hasta el punto de estar prohibido a cada sexo pronunciar los nombres de las personas del sexo contrario, poseyendo las mujeres un vocabulario especial”.

Separación de cuerpos sexuados que hacen diferencia irreductible, imposibilidad de una totalidad consistente, que permite la emergencia significante del lugar de la falta, de la nada. Significante que en su repetición diferente formula el rasgo unario, posibilidad abierta de esta manera a la identificación.

Sin duda es sabido que, en el Capítulo VII de “Psicología de las masas”, Freud nombra, previa a la identificación al rasgo, que sería la identificación que hace al síntoma neurótico, una temprana identificación al padre previa a cualquier elección objetal. Ubicada en el registro de la ambivalencia por donde introduce el canibalismo: “el padre es lo que se quisiera ser”, por donde el ser deviene sujeto.

La fórmula gramatical cambia del ser al tener el padre, cuando el Edipo se invierte adoptando el sujeto una actitud femenina. Allí el tener deviene objeto del yo. Puesto esto de una manera simple resulta: ser o tener el padre.

El banquete totémico sacrifica al padre, para ser padre en la herencia de un nombre propio que permite la ausencia del cuerpo. Germán García, en su libro “Psicoanálisis, una política del síntoma”, lo dice de esta manera: “Ahí, donde el cuerpo real cae bajo el golpe del significante, existirá un vacío que viene a ser llenado con el nombre propio”.

Nombre propio que hace consistencia de la apariencia por donde se oculta que el ser es sólo verbo, o mejor aún: cópula que en una oración une al sujeto con el atributo.

Nombre propio que es unión de la cadena generacional por lo real del deseo paterno. Diferenciándose de la angustia que hace del yo síntoma, la culpa original intenta ser borrada por el ritual del bautismo perpetuando de esta manera el pecado que está en el origen del nombre.

Si el Nombre del Padre es constitutivo a la ley del deseo, esto permitirá a la mujer hacer la ecuación falo = niño, por donde retorna la transgresión al instalar al niño como un pequeño a.

Lugar de la falla, del no-todo, hace a la omnipotencia infantil por donde el deseo de la muerte del padre se hace acto. Asesinato que es fantasía hecha realidad en Dostoyevski, asesinato que en el decir de Freud produce una agravación sintomática que hace al goce epiléptico. Esto también puede leerse en “El Presidente T. W. Wilson”, texto algo olvidado en el discurso psicoanalítico por lo que hace a un saber que no quiere ser sabido. La muerte del padre devuelve a un encuentro con lo real, produciendo una redistribución de la energía libidinal, tanto en su aspecto activo como pasivo.

Redistribución de cargas libidinales que hacen al verbo, produciendo el pasaje de ser hijo de Dios, a ser Dios. Lo que no deja de tener consecuencias en el tratado de Versalles, mostrando en sus síntomas la catástrofe del sujeto.

Nombre propio que marca la línea paterna como viene a decirlo el Derecho Romano; significante que nada significa, cristalización de lalengua que hace a su goce.

Y es aquí donde el castellano toma otros atajos, ya que en español “goce” es también un himno a la Virgen que se reza en forma repetida. El goce del rezo que la mirada retoma para mostrar, en el suplicio del cuerpo en honor de la Virgen, su mortificación. Nombre de la lengua que entre castellano y español hace el cuerpo, lugar de goce hereditario en donde se anuda la muerte. Corte sin inscripción que permite al cuerpo hacer su viaje hacia la muerte. Pulsión que no es simetría de Eros.

Lalengua, entonces preexiste al cuerpo, que en el momento de su partición se hace parlante en la lengua. El objeto a, allí hace nudo, lapa, sobre la roca de la castración, o para emplear otra metáfora freudiana: hace a su constitución. Nudo cuyo cabo anuda lo real de la escritura.

Esto permite retornar a un escrito lacaniano: “Subversión del sujeto”, fechado en 1960 y que conserva toda su actualidad. Allí la escritura entrega la fórmula del fantasma (S tachado + rombo + a) que permite la indagación de lo real.

Fórmula en donde el reemplazo de la pequeña a por la D, circunscribe su efecto en el neurótico al efecto de la demanda por donde queda oculta la angustia del deseo del Otro; como viene a mostrarlo el carnaval en Barcelona, cuando el pequeño levanta la falda al cabezudo encontrando en ese instante al hombre que lo lleva sobre sus hombros.

Esto último viene a cuento a los efectos de marcar la dirección de una andadura, puesto que si el discurso freudiano es emergencia en la lengua alemana, allí la intraducibilidad de “La interpretación de los sueños” pasó al inglés, donde la confusión de lenguas mal tradujo a Freud colocándolo a nivel de la naturaleza instintual, produciendo regresiones teóricas sobre lo imaginario. La lengua francesa retoma a Freud en Lacan, lo que plantea de inmediato el problema de la transmisión y de la formación de los analistas más allá de las lenguas. La escritura abre esta posibilidad de una transmisión translingüística.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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