El circuito de la pulsión, dibujado por Lacan en la lección XIV de “El Seminario 11: Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”.

El circuito de la pulsión

 

LA PULSIÓN PRESIONA EN LOS ORIFICIOS DEL CUERPO

Conferencia pronunciada en Diciembre de 2001

La pulsión no es el instinto.

Gran parte de la vida de los componentes del género humano transcurre por los carriles, algunas veces oscuros y otros claros, de la sexualidad, si le damos a este último término una amplitud mayor de lo estrictamente genital. Esto, que puede ser considerado como un lugar común, no era tan visible antes de Freud y fue justamente él quien lo sacó de lo oculto.

En el tratamiento de sus pacientes histéricas, Freud vio claro cómo la sexualidad cuando no funciona satisfactoriamente produce enfermedad. Esta primera observación fue seguida de un amplio estudio sobre la sexualidad humana que produjo una transformación en el concepto de ésta.

Es común equiparar la sexualidad animal a la sexualidad humana, pero lo que se puede sostener desde la más pura empiria es que una y otra son totalmente diferentes. Para la primera, el ciclo instintivo es fijo y está al servicio de la reproducción, tiene un objeto fijo e invariable y los comportamientos se repiten idénticos a sí mismos año tras año, ya sea la migración de algunos mamíferos o la danza de apareamiento de los pavos reales.

Lo que podemos anotar es que la sexualidad humana no tiene un ciclo, es del orden de la presión constante y permanente, que curiosamente no tiene un objeto fijo. Un hombre puede gozar con unas bragas sucias, una mujer puede llegar al orgasmo viendo una película amorosa, y así de seguir. La mujer no tiene estros, el hombre puede masturbarse compulsivamente, hay gays, lesbianas,… todo lo cual viene a consolidar lo afirmado: la sexualidad humana es muy distinta a la animal.

Una fórmula para formalizar esta diferencia es el concepto de pulsión. En 1915 Freud escribe “Triebe und Triebschicksale”. Éste es el primer artículo de una serie destinada a presentar los fundamentos del psicoanálisis. Los otros son: “La represión”, “El inconsciente”, “Adición metapsicológica a la teoría de los sueños” y “Duelo y melancolía”.

No es fruto del azar, ni de la casualidad, que el destinado a las pulsiones sea el primero que escribe Freud, ya que este concepto se presenta como el punto de origen de la subversión freudiana. Pero, se sabe, las subversiones no son bien recibidas y rápidamente hay un movimiento para descafeinarlas. Este movimiento no es un cálculo dirigido, simplemente ocurre. En este tema de la pulsión el movimiento regresivo estuvo en la mala traducción de la palabra alemana “trieb” al inglés desde donde se expandió a otras lenguas. El término “trieb” fue traducido como “instinto”.

El instinto es algo fijo, predeterminado, inamovible, cíclico, para cada especie animal. Es así como el ciclo del apareamiento, e incluso sus movimientos, se repiten iguales año tras año, que las especies migratorias cumplen su idéntico recorrido, etc., y todo ello con un fin: la reproducción.

Las pulsiones son un mito.

Sin entrar en problemas epistemológicos, hay que precisar que las pulsiones tienen un pie en la doctrina, en la teoría psicoanalítica, pero tienen otro pie en la más pura empiria de los orificios corporales, donde presionan en forma constante produciendo efectos en la vida de cada cual.

Esta situación particular de las pulsiones puede ser seguida en el artículo “Las pulsiones y sus destinos”. Allí, Freud nos dice que las pulsiones son convenciones que se asientan en la empiria. Esta convención teórica es el instrumento que será eficaz para la indagación psicoanalítica. A lo que hay que agregar que esta convención tiene el estatuto de un axioma que se mantendrá mientras sea útil.

Freud llama también a las pulsiones nuestros mitos. Pero no hay que tomar esto como algo inexistente, algo no material; por el contrario, el mito, lo mítico es lo material en la medida que está construido con la materialidad del lenguaje. La función del mito es organizar lo desconocido del origen, ya sea éste el origen del lenguaje o el origen del universo. Esto puede entenderse con claridad si pensamos en las respuestas que se dan a la pregunta sin respuesta sobre el origen de la especie humana. ¿De dónde vienen los niños?, ya sea que vengan de París, que los traiga una cigüeña o que sean la semilla que el papá pone en la tripa de la mamá, la respuesta mítica organiza las respuestas, ordena lo simbólico.

Las pulsiones son representantes psíquicos de estímulos orgánicos.

Una clave de la eficacia de estos mitos es la separación radical que Freud establece entre pulsión y estímulo. La primera tiene su punto de partida, su fuente, en el interior del cuerpo, el segundo tiene su origen en el exterior. En esta situación, puede concluirse fácilmente que ante el estímulo exterior la mejor defensa es la huida, mientras que ante la pulsión la única operación válida es el cambio, la transformación de la fuente de la pulsión, que es la zona erógena.

Pero no hay que pensar esta transformación como anatómica o morfológica, es un cambio energético en los bordes de las zonas erógenas, a punto tal que Lacan propone, para comenzar una investigación sobre esta cuestión, trabajarla desde la notación o acotación escalar. Y esto es así ya que la estructura de la pulsión está ligada a un factor económico.

Vueltas y revueltas que Freud da en torno al tema, retorcimientos que hacen nacer otra forma de entender al hombre, pero que, ni simples ni muy argumentados, nos dejan la sensación de una dificultad en el entendimiento. Todo porque este factor económico de la pulsión, esta fuerza constante de ella, este “drang”, no se sabe bien de donde sale, ni cuáles son sus antecedentes lógicos, sino sólo que determina la clínica analítica de manera crucial. Y como es bien previsible nos introducen en la diferencia entre el instinto y la pulsión, ya que el primero, que puede ser ejemplificado con el hambre y la sed, tiene un ciclo, porque las variaciones fisiológicas están sometidas a toda clase de ritmos, mientras que la pulsión es constante. De esta manera se aclara aquella vieja polémica entre Freud y Jung, donde el segundo equiparaba la pulsión sexual al hambre y la sed, mientras que Freud mantenía su apuesta de una separación radical entre los dos conceptos.

La sed tiene un objeto, el agua que la apacigua, pero la pulsión tiene un objeto vacío, o mejor aun: el vacío es el objeto pulsional sobre el cual entra en juego este factor económico. Esta ida y vuelta de la pulsión, estas reversiones pulsionales, muestran el trayecto de su satisfacción.

Este recorrido pulsional muestra el aserto freudiano de que la pulsión es un concepto límite entre lo anímico y lo somático, “como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo”. En ese cruce entre la presencia constante de la fuerza de la pulsión y su entronque con la cadena discreta de los pensamientos inconscientes se juega la vida de cada cual, se desenvuelve el destino que nos marca la realidad del inconsciente.

La problemática que esto abre es importante, ya que las pulsiones, siempre parciales con relación al fin reproductivo, se inscriben en los desfiladeros del significante, y esta inscripción determina la vida de cada cual.

¿Qué de la pulsión y el amor?.

A veces, seguir la enseñanza freudiana lleva a momentos de perplejidad, pues nos muestra sus contradicciones, sus logros, sus fracasos, y es que no se trata de una obra universitaria, sino al contrario, es el camino de la indagación del inconsciente y esto no es sin contradicciones. Lo recordamos ahora porque la relación entre la pulsión y el amor no es nada clara.

En el artículo citado, el de “Las pulsiones y sus destinos”, en el momento en que Freud va dando cuenta de las reversiones del circuito pulsional, aparece el amor como uno de los movimientos (amar y ser amado), pero a renglón seguido afirma en forma taxativa que la pulsión y el amor no son de la misma calidad.

De esta manera encontramos una nueva paradoja freudiana, pues por un lado parece que la pulsión y el amor son continuidades sin fisuras y, al mismo tiempo, aparecen como totalmente diferentes. Esto lo vemos así si colocamos la pulsión del lado de la sexualidad y al amor del lado del yo, tomando a este último en su vertiente narcisista. Pero podemos dar un paso más siguiendo a Lacan en el Seminario 11: lo que Freud llama “Ichtrieb”, las pulsiones del yo, no son verdaderas pulsiones, son concreciones del amor que cuando son capturadas por una de las pulsiones parciales se inscriben en el orden de la sexualidad.

Es en “Psicología de las masas y análisis del yo” donde Freud aclara su posición. Allí dice que el nódulo de lo que el psicoanálisis considera como amor es el amor sexual, del que el último fin es la cópula sexual. En este amor, porque existen pulsiones coartadas en su fin, también están el amor a uno mismo, el amor filial, la amistad, el amor a los ideales, etc. Y por este camino Freud hace sinónimos su manera de entender el amor al Eros platónico y el amor cantado por Pablo en las epístolas a los Corintios.

El objeto de amor no es el de la pulsión.

De esta manera podemos retomar la paradoja de la pulsión y el amor. La primera produce un recorrido, contornea el objeto y vuelve sobre la zona erógena. El segundo se sitúa en el campo del Otro produciendo el conocido fenómeno de la idealización del objeto amado. En el caso de la pulsión, su objeto es posible escribirlo como “a”, el objeto de la pulsión, mientras que en el caso del amor conviene escribirlo como “i(a)”, el objeto de amor, el “yo ideal” o simplemente “yo”.

La introducción por Lacan del concepto de demanda facilita ubicar este tipo de paradojas en su lugar. La pulsión presiona silenciosamente, en su ida y vuelta sobre las zonas erógenas. La demanda, que es siempre demanda de amor, es lo que se articula de la pulsión en la cadena significante, es lo que se habla, lo que se dice. Aunque esto sólo está esbozado y habría que ampliarlo, por hoy podemos concluir aquí.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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