El “Esquema Sexual” dibujado por Freud en el Manuscrito G y que menciona Arturo Roldán en esta conferencia.

Esquema Sexual

 

LA SATISFACCIÓN DEL SÍNTOMA

Conferencia pronunciada en la Universidad de Sevilla
en Marzo de 1999

Buenas tardes. Casi todo el mundo entiende que el síntoma es sufrimiento, que el síntoma es dolor, por eso resulta paradójico hablar de la satisfacción del síntoma, ya que es difícil sostener que el dolor satisface a alguien.

La mayor parte de la gente, gracias al psicoanálisis, sabe que aquellas personas que se satisfacen con el dolor son los/las masoquistas, pero esto es tan general que no nos sirve para hablar de satisfacción del síntoma.

El problema, entonces, es más complicado de lo que parece a primera vista, pues del dolor no sabemos demasiado, incluso los más modernos avances en la fisiología del dolor no nos aportan datos concretos para entender el sufrimiento. El aporte freudiano para entender el problema del dolor lo encontramos en “Inhibición, síntoma y angustia”, donde el último apartado está dedicado a este tema. Allí Freud nos habla del dolor como reacción a una pérdida, y pone el ejemplo del niño al separarse de la madre. Este tipo de dolor lleva por camino la tristeza y como consecuencia el duelo que permite elaborar esa pérdida.

Otros dolores, aquellos que se originan en el cuerpo, son debidos a la presencia de un estímulo que no se puede evitar con la huida y que aparece como un estímulo que presiona en forma permanente. Estos estímulos pueden venir del exterior del cuerpo, o bien provenir del interior del cuerpo. La hipótesis freudiana, en definitiva, nos habla del aumento de tensión que no puede eliminarse, este aumento de tensión que tiene una fuerte carga narcisista: alguien con dolor de muelas no puede hacer otra cosa, cuando el dolor es muy intenso, que ocuparse del dolor que lo captura, sin que le sea posible otra actividad.

El síntoma puede ser sin dolor, como en los rituales obsesivos, o con dolor, como el que acarrea cualquier trastorno corporal, y vemos que por este camino no nos aproximamos a la satisfacción que el síntoma conlleva.

Interroguemos de otra manera: ¿estás satisfecho?. Es una pregunta que se puede hacer después de una comida abundante, pero a la inversa también puede hacerse después de una comida frugal, donde la satisfacción se ha desplazado de la ingesta alimenticia a la falta de ingesta, como en los regímenes para adelgazar, donde a pesar de la insatisfacción que produce la falta de alimentos existe la satisfacción del poco comer, de lo cual es posible deducir que existe una satisfacción en la insatisfacción.

Como podemos ver, el problema de la satisfacción se nos complica ya que llegamos a la conclusión de que puede haber una satisfacción en la insatisfacción, como lo vino a mostrar esta viñeta sacada de la vida cotidiana.

De esta manera, nos acercamos al uso específico que Freud hizo de la satisfacción, lo que podríamos llamar “la satisfacción freudiana”.

La satisfacción freudiana.

En 1997 impartí también aquí, en Sevilla, una charla sobre la satisfacción, por eso muchas de las cosas que diré a continuación ya estaban en aquella clase.

En una lectura rigurosa de los textos freudianos anteriores a “La interpretación de los sueños”, es posible encontrar tres grandes vectores sobre la satisfacción.

Podemos llamar al primer vector “clínico”, puesto que se basa en observaciones clínicas sobre las cuales Freud intenta entender. Este vector clínico se encuentra en la correspondencia con Fliess y en los diversos manuscritos que escribe bajo transferencia. Como es sabido, estas cartas tienen la ventaja de que no fueron escritas para su publicación, lo cual permite seguir el recorrido freudiano con todas sus dudas, sus avances y sus retrocesos.

El segundo vector está plasmado en el “Proyecto de una psicología para neurólogos”, que es un intento de formalizar el saber adquirido en la clínica con el utensilio de la neurología de su tiempo. Sabemos que Freud se adelanta a la neurología de finales del siglo XIX al conceptualizar su esquema en base a la sinapsis, es decir, la separación interneuronal. Esta diferencia le permite formalizar series neuronales diferenciadas por sus funciones, a las que Freud adscribe una letra. Por este motivo Lacan, en el Seminario 2, llama al “Proyecto” juego de escrituras, lo cual es importante resaltar porque no falta quien se apropia de este texto para insertarlo en el conjunto de las neurociencias.

El tercer vector lo encontramos en los “Tres ensayos para una teoría sexual”, donde la sexualidad es ordenada desde el concepto de pulsión.

La satisfacción en la clínica.

Trabajemos el primer vector desde su origen. En el “Estudio preliminar” realizado por Ernest Kris como prólogo a los trabajos freudianos agrupados bajo el título de “Los orígenes del psicoanálisis”, encontramos una de las primeras definiciones de un invariante que, como un hilván, atraviesa toda la obra freudiana nombrado y teorizado desde distintos ángulos y de diversas maneras. Este invariante, citado por Kris y extraído de un borrador freudiano previo a la Comunicación realizada con Breuer, se puede leer: “El sistema nervioso tiene la tendencia de mantener constante, en sus condiciones funcionales, algo que cabe denominar suma de excitación. Procura mantener esta precondición de la salud resolviendo asociativamente todo incremento sensorial de la excitación o descargándola por medio de una reacción apropiada”.

De la cita anterior podemos deducir que la tendencia a mantener constante la cantidad o suma de excitación, al ser colocada en el rango de una “precondición” de la salud, está designando una condición necesaria para el buen funcionamiento del aparato psíquico. De otra manera: fijada una constante “x”, cualquier desviación será considerada como anómala.

Esta afirmación se ve corroborada en los sucesivos trabajos al modo de un invariante bajo distintas construcciones: satisfacción-insatisfacción, placer-displacer, principio de constancia, etc. Es una piedra angular del edificio freudiano.

Pero antes de proseguir con esta constante, vale la pena recordar que la aproximación a la histeria, por parte de Freud, es vía el síntoma. Las distintas formas de agrupación de los síntomas producen la aparición de discusiones diagnósticas, cuya validez llega hasta nuestros días. En el comienzo freudiano, el diagnóstico estaba relacionado con la etiología que producía debates apasionados.

Sabemos que fue Charcot quien aisló la histeria de otras enfermedades -como se las designaba en aquel entonces- adjudicándole una etiología hereditaria. Freud, discutiéndole, postula una etiología sexual. Sentada esta base, el problema consiste en delimitar el campo preciso de la sexualidad.

Lo que podemos afirmar es que, al apostar por una etiología sexual de la neurosis, Freud lo hace desde una perspectiva precisa: las neurosis son producidas por una satisfacción anormal, anómala, o desviada en su fin que produce alteraciones en la constante energética, ya sea por sobrantes de energía sexual, de libido, o ya sea por déficit.

Lo anterior puede ser leído en el Manuscrito A, que aunque no tiene fecha probablemente es de fines de 1892. Discutiendo los problemas que suscitan las neurosis de angustia, nos encontramos con la siguiente pregunta: ¿un coito con preservativo puede tener efectos nocivos?. Esta pregunta, que hoy nos suena un poco extravagante, tiene su razón de ser si entendemos -como decía hace un momento- que la etiología de la neurosis de angustia es adjudicada a una satisfacción anómala en el sentido energético del término.

Lo anterior puede confirmarse en el mismo Manuscrito A, donde podemos leer las causas etiológicas de la neurosis de angustia: 1) agotamiento por satisfacción anormal, 2) inhibición de la función sexual, 3) efectos que acompañan estas prácticas, 4) traumas sexuales anteriores a la edad del raciocinio.

Como puede escucharse, en aquellos momentos de la obra freudiana, la etiología de la neurosis estaría dada por una satisfacción anormal, posición que reenvía a su contraparte: la existencia de una satisfacción sexual normal. El problema, de esta manera, se desplaza hacia el concepto de normalidad.

Un poco más tarde, en febrero de 1893, en el Manuscrito B trata de demostrar que la etiología de la neurastenia es siempre y únicamente sexual. Para fundamentar esta posición divide a esta entidad clínica en su lado masculino y en su lado femenino.

Citemos lo que Freud afirma del lado hombre: “La neurastenia masculina es adquirida en la época de la pubertad y se manifiesta entre los veinte y los treinta años. Su fuente es la masturbación, cuya frecuencia es absolutamente paralela a la frecuencia de la neurastenia en el hombre”. El lado mujer se iguala en razón de su etiología a la del hombre, y en las mujeres casadas es relativa a la neurastenia del marido: es decir, por insatisfacción sexual. Para decirlo en términos extremadamente simples: porque no existe una descarga de energía sexual adecuada.

Siguiendo la línea que venimos trazando podemos leer el Manuscrito D, probablemente de mayo de 1894, cuyo título es sumamente sugestivo: “Sobre la etiología y la teoría de las grandes neurosis”. En él Freud insiste en su idea de una descarga anómala productora de insatisfacción, pero da un paso más al incluir un factor cuantitativo referido a los incrementos internos y externos de la excitación sexual.

El trasfondo de la novedad anterior, una vez más, es el problema diagnóstico, puesto que en ese momento de su obra está realizando la diferencia entre neurosis actuales y neurosis de defensa.

Otro paso más y, tan sólo un mes después, en el Manuscrito E adscribe la etiología de la angustia a diversas formas de insatisfacción sexual, manteniendo su línea de pensamiento. En este Manuscrito intenta construir puentes sobre la hiancia causal entre insatisfacción y angustia. Estos primeros puentes son escritos sobre la noción de “tensión endógena”, tensión que puede aumentar en forma constante o en forma discontinua y que para ser elaborada psíquicamente debe alcanzar cierto umbral.

El razonamiento freudiano de aquellos momentos puede sintetizarse de la siguiente manera: el aumento de la “tensión sexual física”, al traspasar un cierto umbral, comienza a ser elaborado psíquicamente al entrar en contacto con grupos de ideas.

Esta manera de articular la tensión sexual física y su elaboración psíquica, como pudo escucharse, Freud la resuelve apelando a la noción de umbral que se demuestra precaria.

Sin embargo, esta precariedad de la solución nos muestra una de las dificultades fundantes del psicoanálisis, es decir, la sexualidad y su inscripción en los desfiladeros del inconsciente.

El Manuscrito G, que data probablemente de enero de 1895, tiene dos vertientes. La primera es el estudio de la melancolía desde la perspectiva de una etiología sexual, a lo que agrega como característica principal el duelo por un objeto perdido y su anhelo correspondiente -recordemos que Freud utiliza la palabra alemana “Sehnsucht”, que se traduce por anhelo y que prefigura al término deseo.

La segunda parte del Manuscrito G es un prístino resumen freudiano de su pensamiento a principios de ese año de 1895. Nos presenta el “Esquema Sexual” en el que aparece la noción de “acción específica adecuada”, que sería la descarga psíquica adecuada para la eliminación del estado de tensión libidinal.

En este mismo esquema puede leerse como etiologías: el exceso de masturbación, el “coito interruptus”, la anestesia sexual,… de una larga serie de noxas que, colocadas en el rango etiológico, intentan dar cuenta de algo que cogía en relación a la causa y que la clínica no sostiene adecuadamente.

Esta forma de entender la etiología de las neurosis (es decir, como satisfacciones sexuales anómalas) da lugar a una agrupación crítica: las neurosis actuales, cuyas marcas de origen sitúa en la insatisfacción actual sobre el trasfondo de una presunta satisfacción normal, que siempre esperada por el paciente no alcanza nunca a llegar.

En el Manuscrito K, que fecha el uno de enero de 1896 y titula “Las neurosis de defensa”, el eje del problema satisfacción-insatisfacción toma otros derroteros, al alcanzar las nociones de defensa, por un lado, y de trauma, por otro, un desarrollo teórico importante.

Aunque repetido miles de veces, no deja de asombrar cómo Freud va construyendo la clínica analítica al mismo tiempo que desarrolla su propio concepto. Desde esta perspectiva, puede rescatarse la diferencia de los traumas en la histeria y en la obsesión: “La histeria es consecuencia de un shock sexual presexual, mientras que la neurosis obsesiva es la consecuencia de un placer sexual presexual, que más tarde se transformará en autoreproches”. Podemos rescatar el trauma freudiano y colocarlo en su verdadera dimensión a partir de la introducción, por parte de Lacan, de la “tyché” y su encuentro con lo real, pero lo que no debe pasar desapercibido es que la noción de trauma freudiano conserva, en forma implícita, una insatisfacción desviada, ya sea en más, ya sea en menos.

Leamos con cierta paciencia el Manuscrito K. Aparece, en primer lugar, la idea sostenida hasta ese momento de una satisfacción normal y otra anormal, que sería causa de neurosis. Freud lo escribe de esta manera: “Las neurosis son aberraciones patológicas de estados psíquicos normales porque no llevan a una resolución, sino a daños en el yo, y aparecen en las mismas circunstancias que sus prototipos afectivos siempre que su determinación incluya otras dos condiciones: que sean de índole sexual y que ocurran antes de haber alcanzado la madurez sexual”.

En segundo lugar, introduce una tendencia defensiva normal que define como una “aversión a dirigir la energía psíquica de manera tal que ocasione displacer”. Esta -un poco enigmática- tendencia defensiva normal, según Freud, no puede ser dirigida contra la percepción por tener esta última un carácter consciente, y sólo puede actuar frente a los recuerdos y las representaciones cogitativas.

Esto es lo mismo que decir que hay una tendencia defensiva normal contra las representaciones cogitativas y los recuerdos que ocasionan una sensación displacentera y, como es lógico, Freud agrega que estas representaciones que producen un afecto penoso son las representaciones sexuales.

Dividida la vida sexual de los individuos por la pubertad, este desdoblamiento hace posible -seguimos al Freud de aquellos años- que un trauma tenga la eficacia necesaria para devenir patológico; es decir, ubica los efectos del trauma en una posterioridad (“nachträglich”), como efectos retroactivos. A lo que hay que agregar que la situación traumática (sexual) deviene etiología de la neurosis y, al mismo tiempo, sirve para el diagnóstico diferencial.

Lo que llama la atención en este Manuscrito K es el reconocimiento, por parte de Freud, del no saber por qué las representaciones sexuales son patogénicas. A pesar de ese no saber, Freud continúa su obra basada en los efectos de una causa desconocida.

Entre otras consecuencias, y no de las menores, está el desplazamiento de las nociones de satisfacción a las del principio del placer. ¿Problemas de palabras?, bien puede ser, puesto que define al placer como la descarga de la tensión, lo que coincide en gran parte con la satisfacción. También es cierto que remover el lecho del lenguaje con distintas palabras no es sin consecuencias.

En el Manuscrito L, de mayo de 1897, se dan los primeros pasos para la construcción de las fantasías y su ubicación precisa en el entramado teórico. Aquí hay dos puntos a resaltar: Sirven para sublimar los recuerdos y, segundo, “están construidas con cosas oídas y sólo ulteriormente aplicadas”.

Estos primeros pasos en la construcción de las fantasías son demasiado vacilantes para sacar consecuencias importantes sobre la satisfacción, pero dejan la impresión de que las coloca en el rango de la defensa -bloqueo lo llama Freud- contra los recuerdos.

La satisfacción en los "Tres ensayos".

Es sabido: “La interpretación de los sueños”, “Psicopatología de la vida cotidiana” y “El chiste y su relación con lo inconsciente” son los tres grandes escritos freudianos que Lacan toma para la conceptualización de las formaciones del inconsciente, es decir, del trabajo del significante.

Es posible abrir otra serie que va desde los trabajos previos a “La interpretación de los sueños”, aquéllos referidos a las psiconeurosis de defensa, hasta los “Tres ensayos”, donde Freud trata lo que no es significante y que, sin embargo, produce múltiples efectos en lo que en aquellos momentos de su obra llama la sexualidad.

Rescatemos de este escrito lo que necesitamos para nuestro desarrollo. Freud continúa afirmando que la etiología de la neurosis es sexual, pero ahora esto queda referido a las pulsiones. Agrega que el síntoma es una sustitución o transcripción de una serie de “procesos, de tendencias y deseos anímicos afectados a los que un particular proceso psíquico, la represión, ha impedido llegar a su normal exutorio por medio de la actividad psíquica consciente”.

Lo que se mantiene como un invariante es la idea de una descarga normal y que la represión produce una satisfacción sustitutoria que obviamente es anormal. Pero hay que entender con suma precisión que lo normal y lo anormal están referidos a cantidades de energía, lo que clásicamente se llama el factor económico.

Además de lo anterior y para el tema que nos ocupa, conviene releer con cierto cuidado el apartado que lleva por título “Pulsiones parciales y zonas erógenas”. Allí podemos leer: “La fuente de la pulsión es un proceso excitante en un órgano y su fin más próximo está en hacer cesar la excitación de dicho órgano”.

A partir de esta cita, está aparentemente claro que la satisfacción consiste en hacer cesar la excitación, o de otra manera: la satisfacción consiste en la disminución de la tensión de un proceso de excitación de la zona erógena. Al ser el objeto lo más lábil de la pulsión, podemos recalar en el recorrido de la pulsión para su satisfacción, como lo dice Lacan en el Seminario 11.

Sin embargo, el desarrollo freudiano no es sin contradicciones. En el apartado “Fuentes de la sexualidad infantil”, Freud afirma: “Antes de analizar las sensaciones de placer producidas por las excitaciones mecánicas, haremos observar que en lo que sigue emplearemos indistintamente los términos excitación y satisfacción, reservándonos para más adelante el sentido de cada uno”.

Pocas explicaciones podemos aportar a esta contradicción cuyos polos son: la satisfacción como caída de la tensión y, por otro lado, la satisfacción como sinónimo de excitación. Pocas, pero no ninguna, puesto que es posible que estas contradicciones freudianas tengan como base la indeterminación de la serie placer-displacer y sus relaciones con la satisfacción.

Para intentar cercar esta contradicción recurramos a “Las pulsiones y sus destinos”. Este texto medular de la obra freudiana comienza con una afirmación contundente: el aparato anímico está gobernado por la serie placer-displacer. El displacer es consecuencia de un aumento de tensión y el placer es una disminución de la tensión.

Sobre la plataforma placer-displacer, Freud construye sus conceptos fundamentales, es decir, las pulsiones. Este concepto le permite ordenar todo lo relativo a la sexualidad, tarea que ya había comenzado en los “Tres ensayos”.

Recordemos lo que ya es sabido: la perentoriedad de la pulsión es su factor motor. La fuente de la pulsión “es un proceso que se desarrolla en un órgano o en una parte del cuerpo y es representado en la vida anímica por la pulsión”.

El fin de la pulsión, ya habíamos adelantado algo sobre este punto, es la satisfacción, que sólo puede ser alcanzada “por la supresión del estado de excitación de la fuente de la pulsión”.

Sin embargo hay un destino de la pulsión que no pasa por la represión: la satisfacción pulsional en la creación. Por este motivo, dentro de los destinos posibles de la pulsión introduce la sublimación, que en rigor es una desviación de la satisfacción pulsional y que Freud designa como pulsiones coartadas en su fin. De otra manera: la sublimación es un destino de la pulsión que no está sujeto a la represión.

Lo anterior hace posible preguntar: ¿qué quiere decir que una pulsión se satisface?. Y para volver a las preguntas del comienzo de esta clase, ¿quién se satisface en la satisfacción pulsional?. A esta última pregunta la respondemos de manera axiomática: si la pulsión es acéfala, si la pulsión tiene como punto de arranque la excitación de su fuente, ello, eso, se satisface en la satisfacción pulsional. El resto es demanda. La otra pregunta, ¿qué quiere decir que una pulsión se satisface?, tiene una respuesta clínica: Quiere decir que cuando alguien nos consulta es por estar insatisfecho. A pesar de que nosotros podamos decir que hay un goce en el síntoma, lo cierto es que ese malestar que el sujeto lleva consigo, ese displacer que está ligado al placer en el displacer, es un goce que retorna una y otra vez en la repetición para marcar una vida de sufrimiento, y lo sabemos, el sufrimiento no sirve para nada.

Este sufrimiento, este malestar, esta insatisfacción es una satisfacción sustitutiva que el síntoma porta en su seno por represión de la pulsión. Podemos retornar a los “Tres ensayos”, donde es posible ubicar una de sus primeras definiciones: “Los síntomas neuróticos son satisfacciones sustitutivas... para poder dar esta categoría tenemos que incluir en el concepto de insatisfacción sexual la de los deseos llamados perversos”. Es decir, la pulsión que es parcial.

La satisfacción del síntoma.

Los síntomas neuróticos son satisfacciones sustitutivas de la satisfacción pulsional que ha sido reprimida. Para entender un poco mejor esta afirmación, que es en definitiva el punto central de esta charla, conviene precisar sobre algunos síntomas en particular, y para ello nada mejor que recordar los síntomas de la neurosis obsesiva.

Aquellas personas, en su mayoría hombres, que padecen de una neurosis obsesiva presentan impulsos extraños a su personalidad, realizan actos compulsivos que no les proporcionan ningún tipo de placer. Por otro lado padecen de una invasión de pensamientos que se le imponen, que no pueden evitar, pensamientos que van desde problemas laborales hasta pensamientos catastrofistas. Muchas veces estos pensamientos impuestos tienen un contenido absurdo. Estas cavilaciones agotan al paciente, y muchas veces son productoras de insomnio. También tienen distintos rituales, como apagar la luz dos veces, comprobar reiterativamente el orden de los objetos,… lo cual los suele presentar como maniáticos del orden, de la limpieza. Estos rituales pueden no tener demasiada importancia, es decir que no son obstáculos a la vida cotidiana, pero en ciertas ocasiones pueden obstaculizar seriamente la vida o llevar a situaciones peligrosas. Como ejemplo de la primera forma puedo relatar el caso de un adolescente que para abrocharse los zapatos consumía dos horas diarias, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Dentro de las situaciones peligrosas, puedo recordar a una paciente que padecía tal compulsión a lavarse las manos que en algunas ocasiones la llevó a utilizar incluso lejía pura, con el consiguiente daño.

Estos pacientes obsesivos suelen presentar dudas permanentes sobre los más diversos aspectos de la vida, por lo que en muchas ocasiones se transforman en personas pusilánimes, todo el tiempo dudando y sin poder realizar una vida normal. Por el contrario, otras veces las dudas se interrumpen con los más diversos y extravagantes pasajes al acto que muestran, por su reverso, la angustia que padecen.

Es difícil pensar que alguien con tanto sufrimiento experimente satisfacción en el sentido habitual de este término, sin embargo desde la teoría psicoanalítica este sufrimiento, este malestar que el síntoma porta, es una satisfacción al disminuir la tensión psíquica producto del empuje pulsional. De esta manera podemos pensar que el mantenimiento del síntoma, ya sea este mantenimiento voluntario o involuntario, es una forma de sostener el sufrimiento como una satisfacción. De otra manera: el síntoma es una forma de mantener el placer en el displacer, por eso se puede decir que hay un regodeo en el malestar, un goce en el síntoma.

Lo anterior tiene consecuencias en la clínica. Por ejemplo, cuando alguien consulta con la idea de tener un alivio sintomático puede encubrir la demanda de que lo consolidemos en una posición de enfermo para mantener el síntoma. Esto se puede manifestar de distintas maneras, la más común es la demanda de una receta mágica que cure el síntoma sin que quien demanda haga el menor esfuerzo por subjetivizar su situación. Coloca la responsabilidad de su curación en el Otro y, de esa manera, consolida su malestar.

Hace unos días me consultó una señora de cincuenta años por tener crisis de angustias, malestares difusos en el cuerpo, insomnio y dificultades para moverse sola por la ciudad. No podía viajar en el metro y le daba pánico conducir. Rápidamente me relató que ella creía que todos sus malestares estaban en relación con el abandono por parte de sus hijos: tenía dos hijos varones y, según la paciente, este abandono se debía a la mala influencia de sus nueras, que estaban en contra de ella. Lo que en realidad demandaba no era el cese de sus sufrimientos sino la consolidación en su lugar de víctima de otras mujeres. No estaba dispuesta a modificar en nada su situación y, de esa manera, demostraba, se demostraba a sí misma, que el psicoanálisis no servía para ayudarla prolongando su sufrimiento.

Entonces la satisfacción del síntoma, el goce del síntoma, el usufructo del síntoma surge debido a que el síntoma es producto de la represión de una pulsión.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
    Ir a INICIO Volver  Subir