“(...) ¿por qué pensar que la televisión basura es peor que la basura anterior?, ¿en qué criterios se basa tal juicio?”.

Un conde en unas crónicas marcianas

 

LA TELEVISIÓN BASURA

Artículo redactado en Septiembre de 2003

En los distintos mentideros, más o menos intelectuales, se habla de la novedad televisiva: los programas basura. Los programas con este nuevo formato, con esta aparentemente nueva forma de hacer en las distintas televisiones, se imponen por sus altos índices de audiencia, lo que induce a la siguiente pregunta: ¿Qué hace que sean vistos por tanta gente?.

No hay ninguna duda que el solo hecho de llamarlos “basura” connota una significación crítica y despectiva sobre esta nueva fórmula televisiva. Pero al mismo tiempo denota que esta nueva manera de hacer televisiva es peor que las anteriores, más alienante, más zafia, más degradante, en definitiva: peor que aquella a la que ya nos tenían acostumbrados las televisiones del mundo entero.

En España, programas como “Tómbola”, “Gran Hermano”, “Hotel Glamour” serían los paradigmas de esta nueva degradación televisiva que, a su vez, han generado una nueva generación de presentadores que “comunican” mejor con las nuevas audiencias.

El nuevo tipo de telespectador, que necesariamente no es joven por edad, tiene un lenguaje más trasgresor y cutre, unas costumbres que aparentemente son subversivas, una visión del sexo que habitualmente ronda lo pornográfico y que termina siendo lastimoso, y diversos modos de entender la vida que difieren, en lo aparente, del público que veía la televisión hace diez años.

Por otra parte, el paradigma del nuevo “presentador” es Jesús Vázquez. Su condición de homosexual descarado, de moderno sin vergüenza, con su lenguaje ágil y al día, con un cuerpo al gusto del público del 2003, lo colocan como líder de audiencias, brillando en el firmamento televisivo como una estrella de primera magnitud.

Como contrapartida de estos programas podemos colocar “Caiga quien caiga”, cuyo humor ácido y corrosivo lo llevó a ser víctima de la censura por el simple hecho de molestar a los mandones de turno.

Distintas trayectorias prueban que los programas basura no sólo no molestan al poder, por más safios, indecorosos y cutres que sean sus estilos, sino que incluso consolidan los valores establecidos que sostienen el entramado social del siglo XXI.

Programas como “Gran Hermano” consolidan los valores establecidos porque hacen de la civilización una gran maquinaria donde los más astutos son los vencedores, donde todo vale para ganar, y todo esto sobre una doble moral que muestra al amor en su vertiente más lacrimosa. Lo que demuestra, de paso, que estas nuevas formas morales que están en nuestra civilización contemporánea son las viejas modalidades con nuevos disfraces.

Todo lo cual nos interroga de distinta manera: ¿por qué pensar que la televisión basura es peor que la basura anterior?, ¿en qué criterios se basa tal juicio?. Y estas preguntas nos obligan a indagar sobre la función de la televisión en nuestra civilización.

La función de la televisión.

La aparición de la televisión cambia los hábitos de vida de los habitantes de este planeta hasta tal punto que puede decirse que, históricamente, el siglo XX está dividido en dos: un antes de la televisión y un después. Algo similar a lo que está pasando ahora con Internet.

La posibilidad de influir sobre audiencias millonarias, el poder operar con las noticias en tiempo real, la distracción que produce sobre millones de telespectadores, su inmensa capacidad de venta, los enormes beneficios económicos que la propaganda trae consigo, y una multitud de factores que harían de ésta una lista interminable, hacen de la televisión una inmensa fuente de poder. Quien tiene el poder televisivo tiene el enorme poder de influenciar en los más distintos ámbitos de la vida, desde las marcas de calzoncillos y bragas que más se usan hasta la promoción de personajes que se tornan famosos de la noche a la mañana, como hemos visto de forma impresionante con “Operación triunfo”.

Es lógico, pues, que este inmenso poder desatara desde su origen una fuerte polémica: ¿televisión pública o privada?, polémica que se saldó de acuerdo al régimen político imperante en cada país. No es lo mismo la televisión americana que la televisión rusa, ni la española que la china. Sin embargo, ya sea pública o privada, lo que está presente es el usufructo que hacen de ella distintos grupos de poder. Usufructo que los técnicos de la televisión conocen hasta en sus más mínimos detalles. Por ejemplo, los discursos de los políticos durante los mítines cambian en cuanto les avisan que están en el aire en un telediario cualquiera. Miles de detalles que para el grueso de los televidentes pasan desapercibidos, entrelazan los formatos de anuncios y noticias para forzar determinadas tendencias.

Todo lo anterior responde al análisis del inmenso poder de la televisión, pero no habla de dónde surge ese poder. Sabemos que el número de ventas de los aparatos de televisión aumenta sin cesar, que cada vez se ve más y más televisión, que las nuevas tecnologías construyen aparatos cada vez más sofisticados, pantallas planas de distintos líquidos, televisión por cable, aumento incesante del número de canales y un largo etcétera, muestran que la audiencia televisiva sigue creciendo. Se da incluso la extraña paradoja de que chabolas miserables, fabelas donde se pasa hambre, están superpobladas de antenas de televisión que han cambiado el horizonte del mundo.

Aquellos que piensan que la televisión basura es más basura que la televisión anterior sostienen invariablemente que ésta es un medio para engañar a la gente, para hacerla más tonta, más alienada, que es algo así como el opio de los pueblos, que es un instrumento de dominación ideológica sobre el corazón sensible de la masa humana. De esta manera, pueden afirmar que la televisión basura es el camino que lleva a una esclavitud forzada en cuerpo y alma sobre las colectividades humanas.

Pero el argumento anterior se sostiene en la creencia de que la gente quiere ser libre, quiere tener libertad de información, libertad de opinión, y que, de tan buenos que son, vienen los malos y los engañan con una televisión basura. Lo que no toma en cuenta esta forma de pensar el problema es que el amo absoluto de la televisión es el índice de audiencia, que es a su vez la marca de todos los beneficios que cada grupo televisivo produce. Estos beneficios económicos son los que mandan en la televisión, como en cualquier empresa capitalista, y son los que determinan qué tipo de programas ocupan las horas punta.

En otras palabras, las cadenas de televisión venden lo que el público quiere comprar, y lo que el público quiere de las televisiones es basura y mientras más basura mejor. Lamento si con esta afirmación lastimo el corazón de alguna alma bella, pero esta inversión de las causalidades, es decir, el colocar en el lugar de la causa la pasión de ignorancia de la especie humana, desmitifica el uso de la televisión y puede, desde aquí, abrir una vía para su mejor instrumentalización.

Pero, que no se entienda mal, no se trata de una actitud despreciativa para con el conjunto de la especie humana, se trata de calibrar la función televisiva para poder interrogarla de una manera desprejuiciada. Sigamos el razonamiento: la pasión de ignorancia que alberga el alma humana ha construido una televisión de acuerdo a sus necesidades. Esta pasión dibuja un oropel de nudos que comienzan con el circo romano, donde las muertes eran reales, hasta la fiesta taurina, donde lo que se espera es la muerte del torero, ya que la del toro está asegurada desde su salida al ruedo.

Es en esta medida que siempre la televisión fue basura, no porque los directivos son malos y astutos y tratan de llevar al pueblo a no sé qué oscuros recovecos de la imbecilidad humana, sino por la estructura fundamental de la televisión que marca una función importante en la vida de cada cual. Lo cual no sirve de justificativo de la carrera hacia el mal gusto, hacia una estética zafia y vulgar, hacia esa suerte de quién llega más lejos en esos programas del corazón donde se narran con todo lujo de detalles las vulgaridades más asombrosas de gente mediocre que se lucra con esa mediocridad.

Uno de los programas paradigmáticos de esta televisión basura, “Tómbola”, mostró al poco tiempo de comenzar su andadura una escena que pintaba de cuerpo entero lo que sería, fue y es esa basura. Mariñas, jefe del clan de los “carroñeros”, tenía entre sus garras a una entrevistada, de cuyo nombre no me acuerdo, que se había prestado por una módica suma de dinero a ser descuartizada por los periodistas que hemos llamado carroñeros. La violencia iba subiendo de tono, y Mariñas con un gesto, en el cual lo que estaba presente era la degradación del Otro, levantó la falda a esa bella señorita, quien al girar para evitar la embestida mostró su culo cubierto con una pequeña tanga que la puso en evidencia... ¿pero en evidencia de qué?, de que se daba licencia para la degradación de la persona humana. No fue una escena erótica, fue una escena de degradación.

Esta degradación está presente en todos esos programas, y es así como una ruptura sentimental deviene una batalla campal donde no falta la situación lacrimosa de la famosa de turno. Pero la televisión basura, hilvanada por tarots, aramises, horóscopos, rappeles y otros visionarios que supieron construir con ese engaño una máquina de hacer dinero, muestra más cosas, por ejemplo la actitud serena y comprometida de la Pantoja en los devaneos mafiosos y corruptos de la alcaldía de Marbella, lo que estaba muy próximo, quizás más cerca de lo que podemos admitir de la Comunidad de Madrid, en donde quedó en evidencia la corrupción sin límites de todos los grupos políticos. Lo que demuestra que la corrupción, lo peor de los políticos, está asombrosamente mezclado con la televisión basura.

Pero si lo que venimos sosteniendo es cierto, ¿por qué ese auge de los programas del corazón?, ¿de los culebrones cutres?, ¿de toda esa bazofia que nos inunda como un vómito del cual no podemos salir?.

La función de la televisión es la negación de la angustia social e individual.

Es que hay algo oculto en la función de la televisión más allá de las variables que posean sus formatos, y eso oculto es el resorte del poder de las televisiones. No se trata del poder que las diferentes televisiones tienen para hacer famosos y ricos, de un día para otro, a personajes vulgares; tampoco se trata del enorme poder económico que manejan, tampoco tiene que ver con la posibilidad de hacer virar la opinión pública en pocos minutos.

El enorme poder que la televisión posee, que es al mismo tiempo su cualidad principal, es la de servir de ansiolítico, la de servir para mitigar la angustia de gran parte de la sociedad actual. Esta formulación que no por simple es falsa no ha sido tomada en cuenta, por lo menos hasta donde yo conozco, por ningún teórico de la televisión. Es una verdad oculta que hay que sacar a la luz.

El siglo XX es el siglo de la angustia, que entra por la puerta grande de la historia de la mano de Kierkegaard. En su libro “Temor y Temblor”, publicado en 1843, afirma: “Abraham calla... pero no puede hablar, es ahí donde reside la angustia y la miseria. Pues si yo, por ejemplo, no consigo hacerme comprender cuando hablo es evidente que no hablo, aunque continúe hablando sin interrupción día y noche”.

En la vida cotidiana de la gente la historia ha ido dejando sus mojones, pero no podemos hacernos una idea más allá de las imágenes cinematográficas con las que se realizan las reconstrucciones históricas que siempre son invenciones desde la ideología de nuestras ideas, es decir, más allá de las interpretaciones de cómo suponemos que vivía la gente de las distintas épocas, de las reconstrucciones que, aunque se basan en restos reales (en la letra, en los restos arquitectónicos, en las tumbas y, de forma mucho más reciente, en la fotografía), no pueden proporcionarnos un conocimiento adecuado de, por ejemplo, lo que sentía una prostituta londinense del siglo XIX, o lo que sentía en ese mismo siglo un niño de la calle francés cuyo deambular por París hoy podemos imaginar desde la perspectiva de un niño, pero que en su momento histórico, en el que el concepto mismo de niño no existía, sólo disponía de un imaginario y un simbólico del cual nada podemos saber.

Algo nos ayuda esa serie de libros que nos cuenta la historia de una unidad temática: historia de la niñez, historia de la familia, historia de los infiernos, historia de la vida cotidiana en Grecia y Roma,… y así de seguir, pero nunca podremos entender a fondo la subjetividad del legionario de la segunda cohorte que murió en una batalla pisado por un elefante. La historia no se repite, y ya sabemos qué es lo que se repite de la historia.

Todo lo cual nos conduce hacia una conclusión provisoria que, como veremos, es fácil de sostener y nos permitirá echar luz sobre la angustia:

Estos últimos diecinueve siglos, dominados por el cristianismo, los hombres estaban embargados por el sufrimiento. Dicho de otra manera, la cuestión imperante era la de entender, justificar, estudiar el sufrimiento, ya que la primacía del sufrimiento se introduce con la Biblia.

Sigamos por un momento a León Dufour en su “Vocabulario de la Teología Bíblica”. Lo primero que resalta este autor es que la Biblia toma en serio el sufrimiento, no lo minimiza, y ve en él un mal que no debiera haber. En las “Escrituras” existe un inmenso concierto de gritos y de quejas que se transformó en todo un género literario: la lamentación. Y esto es porque la concepción del sufrimiento bíblico está muy asentada sobre el mal. Es decir, la Biblia viene a sostener que el sufrimiento es un mal que no debiera existir, o dicho de otro modo, que todas las desgracias públicas y privadas (sequías, pérdidas de bienes, lutos, guerras, esclavitudes, exilios,…) son males -según el Antiguo Testamento- cuya liberación se aguarda para los días del Mesías.

Este tratamiento del sufrimiento humano transita en todo momento la civilización judeo-cristiana, y sin embargo no es un tema freudiano. Una mención al sufrimiento aparece en “El malestar en la cultura”, donde habla de su triple origen: el mundo exterior con sus catástrofes naturales, el cuerpo propio y la relación con los otros. Pero el giro ya se ha producido. Freud comienza con la neurosis de angustia y, de entrada, ésta está ligada a sus principios económicos, placer-displacer.

Este giro se produce cuando la civilización se vuelve científica, es decir, cuando el discurso de la ciencia se instala en el corazón de la especie humana generando un modo simbólico, una estructura simbólica, que genera la dimensión de la falta, que genera el silencio del cual habla Kierkegaard. El sufrimiento tiene palabras, la angustia nace en el silencio. En ese silencio que abre a lo real, aparece la angustia entre medias palabras que no dicen nada, pero que intentan decir algo que no puede ser dicho. La angustia apunta a lo real, ya que se estructura en el trauma generado por la muerte humana. El siglo XX muestra con particular firmeza, por medio de las dos grandes guerras mundiales, lo efímero de la condición humana, lo insólito de este fenómeno complejo que es la vida en comunidad. “La vida es una herida absurda”, dice un tango del siglo XX. Y es en ese punto donde la televisión aparece para suturar lo real.

En este punto la televisión aparece como ansiolítico, como una poderosa máquina de distracción, de entretenimiento, que deja a aquello que puede producir angustia entre los cojines de los tresillos de medio mundo. Esta operación se aparece de varias maneras, por ejemplo con los anuncios que venden cualquier cosa pero que, al mismo tiempo, devienen imperativos de consumo de los que nadie se puede librar. Así, somos ordenados por los anuncios televisivos, cuya aparente trivialidad estaría encarnada en su función de ventas, pero cuya función verdadera va mucho más allá: ordenan toda una forma de vida que va desde la alimentación a la vestimenta, pasando por los coches y un largo etcétera que coloca al individuo, ya sea este adulto o niño, en los escalones jerárquicos de la sociedad actual. Este ordenamiento que sigue los imperativos de los ideales marcados por la publicidad, sofoca la angustia en el reconocimiento recíproco de la alienación contemporánea. Nada de lo real a lo que apunta la angustia aparece en las pantallas planas de la televisión mundial.

Pero si los anuncios ordenan, podemos tomar otro atajo para mostrar desde otro ángulo esta función ansiolítica de la televisión. Me refiero a ese matrimonio de conveniencia que han forjado la televisión y el fútbol, moviendo entre ambos tal cantidad de dinero que han conseguido inventar uno de los mayores espectáculos contemporáneos. El hecho de que cada vez sea más frecuente ver partidos que se retransmiten por la televisión con las gradas vacías muestra que cada vez más los equipos juegan para las cámaras, como lo viene a confirmar la gira asiática del Madrid galáctico. El fútbol puede mover pasiones, agresiones, simpatías, encantos ante una jugada de Ronaldo, alegría por la carrera de un Roberto Carlos, emoción ante el gol de Raúl que merodeó en el área con aire distraído, pero… nunca genera angustia. Todo lo contrario, la fijeza de las normas, la actitud competitiva pero reglamentada y la alta improbabilidad de la muerte, hacen de ese espectáculo el campeón de los programas televisivos que suturan la angustia. La actitud relajada ante la pizza y la cerveza de los telespectadores, muestra esta situación sin ambages.

Lo mismo pasa, pero de otra manera, con los programas del corazón, en donde la identificación de los espectadores con los personajes cotidianos de la basura diaria, en la que es previsible hasta lo imprevisible -como que Yola Berrocal haya ganado en “Hotel Glamour” tras tener en vilo a medio país por su rivalidad con Pocholo-, sirve para mantener la angustia alejada del corazón de la gente. Otros programas del corazón que pretenden una mayor seriedad, como “Corazón, corazón”, son simplemente vendedores de ideales, desde el bañador ideal, al yate ideal, a los hijos ideales, conformando con todo ello un escaparate donde el grueso de la población puede identificarse y hablar de personajes de palacios como si fueran de su familia, ubicándose así en el mundo como participantes activos, cuando en realidad son meros instrumentos en manos de un amo siempre deseado.

Pero hay que reconocer que la basura es el signo distintivo de la especie humana: donde hubo hombres basura queda. La basura, los restos de la actividad humana, se acumulan lentamente a escala planetaria sembrando el universo de señales que muestran su paso. Tenemos basuras de todo tipo, desde los grandes basurales que rodean a las ciudades, hasta los cementerios de basura nuclear, pasando por la basura escondida en el fondo de los mares. La televisión basura, o la basura de la televisión, son los restos que quedan de la imagen paranoica del yo, de un yo del desconocimiento que yugula la angustia ante el resto que la provoca, el resto verdadero, el despojo, el cadáver.

De esta manera podemos concluir que la verdadera función de la televisión es la negación de la angustia, y si a esta función la llamamos función basura, toda la televisión es basura.

La angustia de la televisión.

La televisión cumple la función del despertador mientras los niños se preparan para ir al colegio y los mayores pegados a la pantalla se quitan las legañas de los ojos en un esfuerzo por atravesar un día más. Todas las casas se llenan con el ruido de la televisión, desde por la mañana temprano hasta altas horas de la madrugada. Es el ruido más reconocible de nuestra civilización actual, cataratas de palabras para que no pase el silencio que hace a la angustia; cotorras que repiten sonsonetes vacuos, cacatúas parlanchinas de abultado plumaje que balbucean palabras tras palabras para que el ruido prosiga su danza de vocales, lenguaraces de oficios de la nada que desde el sillón hablan y hablan de nada sin parar.

Detrás de tantas palabras resuena la angustia que, recordémoslo, es para Freud consecuencia del estado de desamparo biológico en que nace la criatura humana, de este desamparo constitutivo de la especie humana que se pone en evidencia cuando sucede un trauma y se produce un flujo de excitación incontrolable.

No podemos negar que la vida humana está llena de traumas que hacen estallar la angustia, entre otras la muerte que se filtra por las rendijas de la televisión en los telediarios que, por esas extrañas casualidades del destino, coinciden con los horarios de las comidas. Comemos telediarios en un canibalismo sublimado, mientras los muertos de Irak o de cualquier lado y de cualquier color se amontonan en las imágenes de todos los días.

Éste es el mayor desafío de la televisión en su función basura, es decir el excluir la violencia, las guerras, los accidentes, los crímenes, etc., etc., pero dejando pasar la verdad que estas situaciones deparan, y más allá de las manipulaciones políticas que están al orden del día. Este desafío, que estuvo desde los inicios de la televisión, fue solucionado por los diferentes medios televisivos de una manera que creo que tiene que ver con el poderoso papel que este instrumento lleva implícito. Es lo que podríamos llamar “la imaginarización de lo real”.

La televisión produce un continuo de imágenes que son siempre iguales a sí mismas, por eso es lo mismo “Mazinger Z” que el blindado americano derribando la estatua de Sadam. Son lo mismo los muertos de una película de vaqueros que los muertos de un accidente ferroviario. No se puede negar que allí se juega, en esas imágenes iguales, algo siniestro, ya que cada imagen corresponde a un real diferenciado y distinto, pero en la televisión se trata de eso, de mantener la homogeneidad imaginativa que hace posible comer mientras la gente se mata en escenas repetidas. Esto último no deja de tener importancia porque, a fuerza de repetir las imágenes en uno o en varios canales, ésta deviene irreal y lo real de la angustia queda afuera.

No es lo mismo presenciar una ejecución de alguien en vivo y en directo que verla por la televisión, como ha pasado. La distancia, aunque esta palabra no me guste demasiado, entre lo percibido y lo real es totalmente distinta y, sin embargo, lo real no deja de pasar -la bala entrando en la cabeza, la muerte de una persona-, lo que se modifica -y esto es obvio- es el lugar desde el que se ve. Esta cualidad de la televisión, que es parte integrante de su mecanismo, es lo que hace a ésta un producto idóneo para evitar la angustia y sus consecuencias: las preguntas sobre la vida humana que la angustia lleva implícitas.

Este mecanismo televisivo nos hace definir una diferencia: ver-mirar. Quien ve no mira, quien ve percibe un campo de imágenes yuxtapuestas cuyo resultado último puede ser ignorado, o con mayor precisión: denegado. Un muerto es la imagen de un muerto, un herido por la explosión de un coche bomba es la imagen de un herido que grita, gime y patalea pero que no envía a ningún real. Quien ve no mira, porque el mirar nos devuelve al horror de la angustia que la muerte genera. El estruendo paralizante del desplome de las Torres Gemelas era una imagen peliculera, no nos olvidemos de la frase repetida en aquellos momentos: “era como una película”.

No obstante, algo del mirar suele pasar en el ver, pero para eso allí está la censura pura y dura que incluye hasta el asesinato de periodistas si fuera necesario -todo por la patria.

Entendida de esta forma, la televisión nació como basura y sólo ha cambiado la bolsa donde la basura se acumula: ahora las bolsas de basura son con asas.

© ARTURO ROLDÁN.
 

     
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