“(...) la concepción de un
placer por exceso,
termina en un goce
desmesurado donde la
destrucción produce
estragos, y aquí vale la
pena recordar a J. Joplin.”

Janice Joplin (1943-1970)
 

MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER

El escrito freudiano “Más allá del principio del placer” fue publicado en 1920. Es un texto que produce un giro radical en las concepciones psicoanalíticas, hasta tal punto que marca un hito en su desarrollo e implica una nueva subversión dentro de la subversión freudiana.

Decimos subversión y no revolución puesto que el primer término se ajusta más adecuadamente al movimiento que el psicoanálisis introduce en el mundo. Dicho de otra manera: la revolución es la vuelta al “estatus quo”, es la vuelta que la repetición lleva consigo, es un volver al punto de origen, como viene a mostrarlo la revolución rusa que ha conducido al regreso del amo Putin, ese nuevo zar ruso que colabora con los Estados Unidos desde el campo del liberalismo capitalista. Por otro lado, la revolución de los astros muestra su periplo por órbitas conocidas, volviendo una y otra vez a un mismo punto. Por eso podemos afirmar que el psicoanálisis no es revolucionario, el psicoanálisis desde su comienzo introduce una subversión del concepto de sujeto que modifica profundamente las concepciones anteriores. Es desde esta perspectiva que afirmamos que el artículo de 1920 titulado “Más allá del principio del placer”, es subversivo con relación a la propia teoría psicoanalítica. Es decir, que introduce una novedad importante con respecto a las concepciones anteriores, una novedad que, si bien no las anula, las redefine.

Lo sabemos: esta novedad es la introducción de la pulsión de muerte, un concepto complicado que no se puede definir, o mejor aún, que no tiene definición, y que por lo tanto hay que ir rodeando para entenderlo. No voy a volver al concepto de pulsión, sólo quiero recordar que la pulsión no es el instinto, lo que implica decir que la pulsión se redefine desde el campo del lenguaje.

La separación conceptual de instinto y pulsión hace posible que Freud establezca diferentes esquemas sobre el dualismo de la pulsión. Dualismo no simétrico, no al estilo del yin y del yang, dualismo asimétrico que rompe con la noción de equilibrio que a veces intentan imponer distintas concepciones para la especie humana. Desde esta perspectiva, el sujeto humano aparece desequilibrado, en conflicto permanente.

Este dualismo pulsional tiene en Freud tres momentos distintos que corresponden a sus sucesivas transformaciones:

1. La primera teoría pulsional aparece en Freud en 1905, en sus “Tres ensayos sobre una teoría sexual”. Este primer esquema opone pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación. Las pulsiones sexuales son fruto de todo el desarrollo freudiano sobre la sexualidad humana y se asimilan a un empuje cuyo origen está en el cuerpo, fundamentalmente en las zonas erógenas. Las pulsiones de autoconservación están más referidas a las necesidades biológicas, el hambre y la sed, pero estas necesidades han sido modificadas por la sexualidad. En este dualismo asimétrico, las pulsiones de autoconservación no son el espejo de las pulsiones sexuales, ya que estas últimas tiñen a las primeras y nos muestran su impronta en diferentes patologías. Así, en el caso de las necesidades alimenticias, una vez trasmutadas en pulsión oral, se nos presentan la anorexia y la bulimia. Alteraciones en la ingesta de agua no son muy comunes, pero también se observan en algunos casos de psicosis y pueden llevar a grados extremos de deshidratación. De cualquier forma, conviene aclarar que el término de “autoconservación” no está escrito en el texto citado, sino que aparece por primera vez en un trabajo de 1910 que lleva por título “Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión”.

2. La segunda teoría pulsional es desarrollada por Freud después o mientras está elaborando su noción de narcisismo. De esta manera, introduce un nuevo dualismo pulsional: pulsiones sexuales-pulsiones del yo. Aquí no se hacen sinónimas las pulsiones de autoconservación y las pulsiones del yo, pero, también hay que decirlo, por momentos se superponen.

3. Por último, su tercera formalización sobre las pulsiones aparece, ya lo dijimos, en el texto de 1920 “Más allá del principio del placer”. Este nuevo dualismo pulsional, pulsiones de vida y pulsión de muerte, o si lo prefieren Eros y Tánatos, es todavía resistido por el propio movimiento psicoanalítico. Lo cual viene a mostrar que el concepto de pulsión de muerte no se deduce automáticamente de la obra anterior de Freud, sino que más bien nace de una necesidad de la clínica difícilmente justificable por un razonamiento lógico.

Como ya sabemos, los pilares que permiten a Freud construir su pulsión de muerte son los fenómenos de la repetición, la persistencia del sufrimiento por vía del síntoma, la reacción terapéutica negativa y las neurosis de guerra. Estos fenómenos, son los elementos que Freud toma de la clínica y de la psicopatología de la vida cotidiana para elaborar ese concepto de pulsión de muerte que, por momentos, se vuelve tan oscuro, tan difícil de resolver, pero que marca un giro fundamental en la teoría psicoanalítica. Sin olvidarnos de que esta herramienta, este concepto de pulsión de muerte, es el que hace posible las teorizaciones de “Psicología de las masas y análisis del yo”, donde encontramos una concepción sobre las instituciones, sobre las masas, que marcan todos los tipos de agrupamientos humanos, incluidas las propias instituciones psicoanalíticas. Más aún, ya que la pulsión de muerte está en la base de ese texto riguroso que es “El malestar en la cultura”, donde encontramos que la condición esencialmente conflictiva de la especie humana se explica por el hecho de que es imposible la vida en comunidad sin represión de la pulsión y, al mismo tiempo, esta represión es la que produce la neurosis.

La importancia que adquiere la pulsión de muerte en el último tramo del recorrido freudiano no deja de asombrarnos. Ya dije antes que Freud había establecido otros dualismos pulsionales: pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación, pulsiones sexuales y pulsiones del yo, pero que ninguno de ellos mostraba la eficacia de este último binomio. A esto debemos agregar que siempre, en todos estos dualismos, ha estado presente la pulsión sexual, y sólo variaba el segundo término.

Así pues, si se puede verificar que esta constante, la de la pulsión sexual, está determinada por el principio del placer, se impone para entender su “más allá” dejar claro lo que para Freud quiere decir “placer”.

El placer freudiano está bastante lejos de la concepción griega del placer, el hedonismo, que identifica el bien con el placer y por lo tanto con la ausencia de dolor. Esta concepción griega del placer lleva en su seno la idea de un placer mesurado, que se integra en la ética. No es el caso del placer freudiano, que es concebido, ya desde el comienzo de su obra, como una tendencia a la descarga energética y, especialmente, a la descarga de la energía sexual, que tiende a un mínimo de tensión.

Este origen del placer freudiano se puede leer en los textos clínicos de fines del siglo XIX, en los “Estudios sobre la histeria” por ejemplo, donde la falta de descarga orgásmica produce una invasión de tensión, una sobrecarga que produce displacer y neurosis. Wilhelm Reich quedó anclado en este punto, de ahí sus concepciones delirantes sobre las posibilidades de medir la energía orgásmica.

Esta concepción del placer freudiano, en el fondo y al comienzo extremadamente simple, es contradictoria con algunos movimientos contemporáneos, el hippismo por ejemplo, que sin ser una ideología sistemática parte de principios como el llamado “amor libre”, la libertad completa en el intercambio de las relaciones amorosas, con la promesa de un placer sin límites. En este pequeño ejemplo se puede ver que la concepción de un placer por exceso, termina en un goce desmesurado donde la destrucción produce estragos, y aquí vale la pena recordar a Janis Joplin.

La pulsión de muerte.

Realizar cortes esquemáticos en la obra de Freud a veces, aunque no siempre, puede llevarnos a un callejón sin salida, pero prefiero correr ese riesgo para que aparezca con claridad toda la importancia del giro producido en los años 20. Podemos entonces, esquemáticamente, afirmar que toda la primera parte de la obra freudiana está regida por el principio del placer, por las pulsiones sexuales, mientras que, en cambio, la segunda parte está gobernada por la pulsión de muerte, es decir, por el más allá del principio del placer. Este esquema se sostiene en la comparación de las dos definiciones de las pulsiones que aparecen en la obra de Freud: La primera, la que encontramos en “Las pulsiones y sus destinos”, texto de 1915; y la segunda, la que analizaremos en el escrito que hemos comenzado a comentar.

En “Las pulsiones y sus destinos”, éstas están caracterizadas por tener su origen en el cuerpo y ser una fuerza constante, que actúa dentro de la serie placer-displacer. El aparato anímico -recordemos este término usado por Freud- trabaja en el sentido de reducir la tensión creada por la pulsión, que es lo que produce displacer.

Totalmente distinta es la aproximación que realiza en los años 20 al concepto de pulsión, donde afirma que ésta es la tendencia de lo orgánicamente vivo a la reconstrucción de un estado anterior. Conviene agregar dos precisiones: La primera es la afirmación del propio Freud de que esta nueva teorización de la pulsión es sorprendente, ya que hasta ese momento la pulsión era entendida como un factor que impulsaba a la modificación y a la evolución, mientras esta última concepción habla de lo conservador de la naturaleza. La segunda precisión, que recogemos más adelante, habla del silencio de la pulsión de muerte, que sólo se expresa en fenómenos de destrucción.

Esta segunda precisión es en extremo importante, puesto que el silencio podría ser ubicado siempre en un fuera del lenguaje si no reconociéramos que a veces aparece sobre el trasfondo de la cadena significante. Sólo que hay que distinguir entre silencios y silencios, y que dentro de ellos está también el silencio de la muerte, el silencio de ese más allá de la vida que es el silencio de la muerte, esa muerte que marca el destino de la especie humana, esa muerte que tiene talante democrático ya que de ella no se salva nadie, para decirlo irónicamente. Tenemos, de esta manera, dos tipos de silencios: uno que queda dentro del campo del lenguaje, y otro que es lo real de la muerte.

Este silencio real de la muerte, este silencio después de la muerte, este límite último de la vida humana que traza el ciclo vital cerrando una y otra vez el paso de las generaciones, está dicho por Freud con una frase contundente: “La meta de toda vida es la muerte”; agregando a renglón seguido: “Lo inanimado era antes que lo animado”.

Dejándose llevar por su darwinismo establece una secuencia temporal: lo sin vida era antes que la vida, lo cual está en el fundamento de su nueva teoría de las pulsiones, ya que sostiene su afirmación de que éstas tienden a la reconstrucción de un estado anterior, lo animado tiende a volver a lo inanimado.

Todos los grandes libros tienen momentos donde la argumentación se debilita, y esa debilidad argumental se llena con tópicos que pretenden darle consistencia. Digo esto porque Freud, siguiendo su razonamiento, cuya premisa es lo inanimado como primero, como anterior, resuelve la aparición de lo animado afirmando: “En una época indeterminada fueron despertados en la materia inanimada, por la actuación de fuerzas inimaginables, las cualidades de lo viviente”. Es decir, Freud resuelve el misterio de la vida confiando, como lo afirma en “El porvenir de una ilusión”, que el progreso científico resolverá el enigma que él rellena con la “actuación de fuerzas inimaginables”.

También conviene resaltar, para nuestro desarrollo posterior, que esta misma explicación le sirve para justificar la emergencia de la conciencia.

Sabemos que toda pregunta sobre el origen tiene como respuesta un mito, sea este mito científico o no. Por ejemplo, ¿cuál es el origen del universo?: el Big Bang. Este mito científico da consistencia a la falta de respuesta estructural que todo origen plantea. El pequeño mito evolucionista que Freud nos proporciona como explicación del origen de la vida, sirve también para dar un sentido a la muerte. Freud insiste en que la muerte siempre se produce por causas internas, por el final de un ciclo, punto final de un recorrido vital: el morir, al cerrar una vida, sumerge a ésta en el silencio real. Aclarando que la expresión “silencio real” es una metáfora para designar el no saber radical sobre el más allá de la muerte. La pulsión de muerte es, entonces, la tendencia que lleva la vida a la muerte, tendencia que trabaja en silencio y que sólo aparece en sus manifestaciones.

Estas manifestaciones, o mejor aún, estos fenómenos clínicos y algunas observaciones realizadas en la vida cotidiana, son las que guiaron a Freud hasta su concepción de la pulsión de muerte. Estos fenómenos corresponden todos al orden de la repetición, ya sean los juegos infantiles y su repetición, ya sean las neurosis traumáticas y su repetición, ya sea la reacción terapéutica negativa y su repetición,... Insisto: todos conciernen a la repetición, por lo que la pulsión de muerte se manifestaría, en resumen, en los fenómenos de repetición.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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