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MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER
El escrito freudiano “Más allá del principio del placer” fue
publicado en 1920. Es un texto que produce un giro radical en las
concepciones psicoanalíticas, hasta tal punto que marca un hito en su
desarrollo e implica una nueva subversión dentro de la subversión
freudiana.
Decimos subversión y no revolución puesto que el primer término se
ajusta más adecuadamente al movimiento que el psicoanálisis introduce en
el mundo. Dicho de otra manera: la revolución es la vuelta al “estatus
quo”, es la vuelta que la repetición lleva consigo, es un volver al
punto de origen, como viene a mostrarlo la revolución rusa que ha
conducido al regreso del amo Putin, ese nuevo zar ruso que colabora con
los Estados Unidos desde el campo del liberalismo capitalista. Por otro
lado, la revolución de los astros muestra su periplo por órbitas
conocidas, volviendo una y otra vez a un mismo punto. Por eso podemos
afirmar que el psicoanálisis no es revolucionario, el psicoanálisis
desde su comienzo introduce una subversión del concepto de sujeto que
modifica profundamente las concepciones anteriores. Es desde esta
perspectiva que afirmamos que el artículo de 1920 titulado “Más allá del
principio del placer”, es subversivo con relación a la propia teoría
psicoanalítica. Es decir, que introduce una novedad importante con
respecto a las concepciones anteriores, una novedad que, si bien no las
anula, las redefine.
Lo sabemos: esta novedad es la introducción de la pulsión de muerte,
un concepto complicado que no se puede definir, o mejor aún, que no
tiene definición, y que por lo tanto hay que ir rodeando para
entenderlo. No voy a volver al concepto de pulsión, sólo quiero recordar
que la pulsión no es el instinto, lo que implica decir que la pulsión se
redefine desde el campo del lenguaje.
La separación conceptual de instinto y pulsión hace posible que Freud
establezca diferentes esquemas sobre el dualismo de la pulsión. Dualismo
no simétrico, no al estilo del yin y del yang, dualismo asimétrico que
rompe con la noción de equilibrio que a veces intentan imponer distintas
concepciones para la especie humana. Desde esta perspectiva, el sujeto
humano aparece desequilibrado, en conflicto permanente.
Este dualismo pulsional tiene en Freud tres momentos distintos que
corresponden a sus sucesivas transformaciones:
1. La primera teoría pulsional aparece en Freud en 1905, en sus “Tres
ensayos sobre una teoría sexual”. Este primer esquema opone pulsiones
sexuales y pulsiones de autoconservación. Las pulsiones sexuales son
fruto de todo el desarrollo freudiano sobre la sexualidad humana y se
asimilan a un empuje cuyo origen está en el cuerpo, fundamentalmente en
las zonas erógenas. Las pulsiones de autoconservación están más
referidas a las necesidades biológicas, el hambre y la sed, pero estas
necesidades han sido modificadas por la sexualidad. En este dualismo
asimétrico, las pulsiones de autoconservación no son el espejo de las
pulsiones sexuales, ya que estas últimas tiñen a las primeras y nos
muestran su impronta en diferentes patologías. Así, en el caso de las
necesidades alimenticias, una vez trasmutadas en pulsión oral, se nos
presentan la anorexia y la bulimia. Alteraciones en la ingesta de agua
no son muy comunes, pero también se observan en algunos casos de
psicosis y pueden llevar a grados extremos de deshidratación. De
cualquier forma, conviene aclarar que el término de “autoconservación”
no está escrito en el texto citado, sino que aparece por primera vez en
un trabajo de 1910 que lleva por título “Concepto psicoanalítico de las
perturbaciones psicógenas de la visión”.
2. La segunda teoría pulsional es desarrollada por Freud después o
mientras está elaborando su noción de narcisismo. De esta manera,
introduce un nuevo dualismo pulsional: pulsiones sexuales-pulsiones del
yo. Aquí no se hacen sinónimas las pulsiones de autoconservación y las
pulsiones del yo, pero, también hay que decirlo, por momentos se
superponen.
3. Por último, su tercera formalización sobre las pulsiones aparece,
ya lo dijimos, en el texto de 1920 “Más allá del principio del placer”.
Este nuevo dualismo pulsional, pulsiones de vida y pulsión de muerte, o
si lo prefieren Eros y Tánatos, es todavía resistido por el propio
movimiento psicoanalítico. Lo cual viene a mostrar que el concepto de
pulsión de muerte no se deduce automáticamente de la obra anterior de
Freud, sino que más bien nace de una necesidad de la clínica
difícilmente justificable por un razonamiento lógico.
Como ya sabemos, los pilares que permiten a Freud construir su
pulsión de muerte son los fenómenos de la repetición, la persistencia
del sufrimiento por vía del síntoma, la reacción terapéutica negativa y
las neurosis de guerra. Estos fenómenos, son los elementos que Freud
toma de la clínica y de la psicopatología de la vida cotidiana para
elaborar ese concepto de pulsión de muerte que, por momentos, se vuelve
tan oscuro, tan difícil de resolver, pero que marca un giro fundamental
en la teoría psicoanalítica. Sin olvidarnos de que esta herramienta,
este concepto de pulsión de muerte, es el que hace posible las
teorizaciones de “Psicología de las masas y análisis del yo”, donde
encontramos una concepción sobre las instituciones, sobre las masas, que
marcan todos los tipos de agrupamientos humanos, incluidas las propias
instituciones psicoanalíticas. Más aún, ya que la pulsión de muerte está
en la base de ese texto riguroso que es “El malestar en la cultura”,
donde encontramos que la condición esencialmente conflictiva de la
especie humana se explica por el hecho de que es imposible la vida en
comunidad sin represión de la pulsión y, al mismo tiempo, esta represión
es la que produce la neurosis.
La importancia que adquiere la pulsión de muerte en el último tramo
del recorrido freudiano no deja de asombrarnos. Ya dije antes que Freud
había establecido otros dualismos pulsionales: pulsiones sexuales y
pulsiones de autoconservación, pulsiones sexuales y pulsiones del yo,
pero que ninguno de ellos mostraba la eficacia de este último binomio. A
esto debemos agregar que siempre, en todos estos dualismos, ha estado
presente la pulsión sexual, y sólo variaba el segundo término.
Así pues, si se puede verificar que esta constante, la de la pulsión
sexual, está determinada por el principio del placer, se impone para
entender su “más allá” dejar claro lo que para Freud quiere decir
“placer”.
El placer freudiano está bastante lejos de la concepción griega del
placer, el hedonismo, que identifica el bien con el placer y por lo
tanto con la ausencia de dolor. Esta concepción griega del placer lleva
en su seno la idea de un placer mesurado, que se integra en la ética. No
es el caso del placer freudiano, que es concebido, ya desde el comienzo
de su obra, como una tendencia a la descarga energética y,
especialmente, a la descarga de la energía sexual, que tiende a un
mínimo de tensión.
Este origen del placer freudiano se puede leer en los textos clínicos
de fines del siglo XIX, en los “Estudios sobre la histeria” por ejemplo,
donde la falta de descarga orgásmica produce una invasión de tensión,
una sobrecarga que produce displacer y neurosis. Wilhelm Reich quedó
anclado en este punto, de ahí sus concepciones delirantes sobre las
posibilidades de medir la energía orgásmica.
Esta concepción del placer freudiano, en el fondo y al comienzo
extremadamente simple, es contradictoria con algunos movimientos
contemporáneos, el hippismo por ejemplo, que sin ser una ideología
sistemática parte de principios como el llamado “amor libre”, la
libertad completa en el intercambio de las relaciones amorosas, con la
promesa de un placer sin límites. En este pequeño ejemplo se puede ver
que la concepción de un placer por exceso, termina en un goce
desmesurado donde la destrucción produce estragos, y aquí vale la pena
recordar a Janis Joplin.
La pulsión de muerte.
Realizar cortes esquemáticos en la obra de Freud a veces, aunque no
siempre, puede llevarnos a un callejón sin salida, pero prefiero correr
ese riesgo para que aparezca con claridad toda la importancia del giro
producido en los años 20. Podemos entonces, esquemáticamente, afirmar
que toda la primera parte de la obra freudiana está regida por el
principio del placer, por las pulsiones sexuales, mientras que, en
cambio, la segunda parte está gobernada por la pulsión de muerte, es
decir, por el más allá del principio del placer. Este esquema se
sostiene en la comparación de las dos definiciones de las pulsiones que
aparecen en la obra de Freud: La primera, la que encontramos en “Las
pulsiones y sus destinos”, texto de 1915; y la segunda, la que
analizaremos en el escrito que hemos comenzado a comentar.
En “Las pulsiones y sus destinos”, éstas están caracterizadas por
tener su origen en el cuerpo y ser una fuerza constante, que actúa
dentro de la serie placer-displacer. El aparato anímico -recordemos este
término usado por Freud- trabaja en el sentido de reducir la tensión
creada por la pulsión, que es lo que produce displacer.
Totalmente distinta es la aproximación que realiza en los años 20 al
concepto de pulsión, donde afirma que ésta es la tendencia de lo
orgánicamente vivo a la reconstrucción de un estado anterior. Conviene
agregar dos precisiones: La primera es la afirmación del propio Freud de
que esta nueva teorización de la pulsión es sorprendente, ya que hasta
ese momento la pulsión era entendida como un factor que impulsaba a la
modificación y a la evolución, mientras esta última concepción habla de
lo conservador de la naturaleza. La segunda precisión, que recogemos más
adelante, habla del silencio de la pulsión de muerte, que sólo se
expresa en fenómenos de destrucción.
Esta segunda precisión es en extremo importante, puesto que el
silencio podría ser ubicado siempre en un fuera del lenguaje si no
reconociéramos que a veces aparece sobre el trasfondo de la cadena
significante. Sólo que hay que distinguir entre silencios y silencios, y
que dentro de ellos está también el silencio de la muerte, el silencio
de ese más allá de la vida que es el silencio de la muerte, esa muerte
que marca el destino de la especie humana, esa muerte que tiene talante
democrático ya que de ella no se salva nadie, para decirlo irónicamente.
Tenemos, de esta manera, dos tipos de silencios: uno que queda dentro
del campo del lenguaje, y otro que es lo real de la muerte.
Este silencio real de la muerte, este silencio después de la muerte,
este límite último de la vida humana que traza el ciclo vital cerrando
una y otra vez el paso de las generaciones, está dicho por Freud con una
frase contundente: “La meta de toda vida es la muerte”; agregando a
renglón seguido: “Lo inanimado era antes que lo animado”.
Dejándose llevar por su darwinismo establece una secuencia temporal:
lo sin vida era antes que la vida, lo cual está en el fundamento de su
nueva teoría de las pulsiones, ya que sostiene su afirmación de que
éstas tienden a la reconstrucción de un estado anterior, lo animado
tiende a volver a lo inanimado.
Todos los grandes libros tienen momentos donde la argumentación se
debilita, y esa debilidad argumental se llena con tópicos que pretenden
darle consistencia. Digo esto porque Freud, siguiendo su razonamiento,
cuya premisa es lo inanimado como primero, como anterior, resuelve la
aparición de lo animado afirmando: “En una época indeterminada fueron
despertados en la materia inanimada, por la actuación de fuerzas
inimaginables, las cualidades de lo viviente”. Es decir, Freud resuelve
el misterio de la vida confiando, como lo afirma en “El porvenir de una
ilusión”, que el progreso científico resolverá el enigma que él rellena
con la “actuación de fuerzas inimaginables”.
También conviene resaltar, para nuestro desarrollo posterior, que
esta misma explicación le sirve para justificar la emergencia de la
conciencia.
Sabemos que toda pregunta sobre el origen tiene como respuesta un
mito, sea este mito científico o no. Por ejemplo, ¿cuál es el origen del
universo?: el Big Bang. Este mito científico da consistencia a la falta
de respuesta estructural que todo origen plantea. El pequeño mito
evolucionista que Freud nos proporciona como explicación del origen de
la vida, sirve también para dar un sentido a la muerte. Freud insiste en
que la muerte siempre se produce por causas internas, por el final de un
ciclo, punto final de un recorrido vital: el morir, al cerrar una vida,
sumerge a ésta en el silencio real. Aclarando que la expresión “silencio
real” es una metáfora para designar el no saber radical sobre el más
allá de la muerte. La pulsión de muerte es, entonces, la tendencia que
lleva la vida a la muerte, tendencia que trabaja en silencio y que sólo
aparece en sus manifestaciones.
Estas manifestaciones, o mejor aún, estos fenómenos clínicos y
algunas observaciones realizadas en la vida cotidiana, son las que
guiaron a Freud hasta su concepción de la pulsión de muerte. Estos
fenómenos corresponden todos al orden de la repetición, ya sean los
juegos infantiles y su repetición, ya sean las neurosis traumáticas y su
repetición, ya sea la reacción terapéutica negativa y su repetición,...
Insisto: todos conciernen a la repetición, por lo que la pulsión de
muerte se manifestaría, en resumen, en los fenómenos de repetición.
© ARTURO ROLDÁN
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