Fevernova, el balón del Mundial de Fútbol 2002, considerado el más redondo, rápido y preciso de la Historia.

Fevernova, el balón del Mundial 2002

 

NOTAS SOBRE EL MUNDIAL DE FÚTBOL

Fevernova es el nombre del balón que corre por los campos de Corea del Sur y Japón. Es un nombre ingenioso ya que podemos leer en él, por un lado, la fiebre mundial que azota al planeta cada cuatro años y, por otro, una estrella fugaz que pasa por el cielo con gran celeridad. Fiebre apasionada y brillante que dura un instante en el confuso mar del tiempo.

¿Qué tiene el fútbol que hace posible tanto espectáculo?. ¿Opio de los pueblos, circo romano o pasatiempo un poco caro?. ¿Mística, religión, encanto?. Una respuesta es segura: el fútbol es un gran negocio, como lo son las carreras de fórmula uno, o el motociclismo, o el fútbol americano y el baloncesto en EEUU. He nombrado a cuatro, es posible agregar algunos otros, como el tenis o el golf, incluso el ajedrez. Dentro de esta actividad económica también hay que recordar a eventos deportivos puntuales, como las Olimpiadas. Otro tipo de deporte, si es posible llamarlo de este modo, los toros, genera una actividad económica importante por sus implicaciones en las ganaderías.

En cada una de las actividades deportivas mencionadas el trasiego económico está al orden del día y, en cada una de ellas, la particularidad de su quehacer tiñe todo el desarrollo económico. En algunas, como el golf o el tenis, el dinero circula entre los deportistas siendo el patrón de medida que establece la jerarquía anual de los números unos, los mejores, los que más brillaron en sus deportes. Pero el poder económico de sus federaciones, aun siendo importante, no alcanza el poderío de la FIFA, o en todo caso no es parecido.

El dinero que circula en el fútbol, entre los deportistas, clubes, intermediarios y “tutti cuanti” es inmenso y habla del poder que estos grupos tienen. Es de sobra conocido todos los tejes y manejes que implicó a nivel político la designación de Corea del Sur y Japón como países organizadores del Mundial, superando multitud de conflictos políticos para ser escaparate de tan sonado acontecimiento.

Es sabido que donde se juegan tantos intereses económicos, tantos grupos de poder, se facilita que aparezca lo peor de la condición humana, lo que no quiere decir que la pobreza facilite lo mejor. Y cuando digo “lo peor”, me refiero a las ambiciones desmedidas, las intrigas palaciegas, los ladrones de guante blanco, las estafas legales, el trabajo sucio de los intermediarios, la manipulación de la vida, los trasiegos económicos que llevan al latrocinio, a las comisiones ilegales y a un largo etcétera difícil de enumerar.

Pero esta situación, común a cualquier empresa, no explica por qué el fútbol es una actividad que genera tanto dinero, tantas euforias, tantas adhesiones,... hasta el punto de llegar a detener la actividad de una ciudad, de un país, cuando se juega un partido importante.

Pongamos en limpio sus principales características: se trata de un deporte altamente competitivo, donde lo que está en juego es la habilidad de los pies en su contacto con el balón; no es violento como el boxeo; lo que pone en primer plano es el cuerpo humano y no necesita de altas tecnologías; es un deporte, en suma, donde cualquiera puede triunfar independientemente de su origen y que, por tanto, constituye un lugar óptimo para la identificación. No dudamos que otros deportes reúnen estas condiciones, pero el conjunto de sus cualidades produce un lugar identificatorio a nivel masivo... y donde hay identificación no hay angustia, por un momento la angustia contemporánea queda suspendida, desaparece.

Esta cualidad es esencial, sin ser la única, para que el fútbol sea lo que es. Ayudada ciertamente por la televisión, pero la televisión lo que hace en realidad es colaborar, aprovecharse de esta situación. En resumen, el fútbol es un ansiolítico a gran escala, un entretenimiento, quizás necesario, para yugular la angustia producida por el vacío de las tardes de domingo.

Fevernova lleva esta situación a su máxima potencia, por eso es una fiebre fugaz... mientras que la angustia es crónica.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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