Portada de los “Cuadernos Europeos de Psicoanálisis” de la Primavera de 1997, revista en la que se publicó este artículo.

Portada de los "Cuadernos Europeos de Psicoanálisis" de la Primavera de 1997

 

NUEVOS MALESTARES, VIEJAS SOLUCIONES.

Ponencia presentada en las “III Jornadas de Psicoanálisis del País Vasco”, en Bilbao, en Noviembre de 1996.

El título que nos convoca, “¿Nuevos malestares, nuevas respuestas?”, puesto entre signos de interrogación, invita a dar una respuesta; la mía es que podemos afirmar la existencia de nuevos malestares a los que se les da viejas soluciones, si bien es verdad que estas viejas respuestas tienen nuevos disfraces. Para contestar a la primera parte de la pregunta adoptaré una posición de cautela, puesto que es difícil precisar el corte que separa los viejos malestares de los nuevos.

Tomemos un ejemplo de la psicopatología de la vida cotidiana: ¿Las tribus urbanas son una nueva forma de malestar o es un malestar tan viejo como la especie humana?. Sabemos desde “Psicología de las masas” la condición estructural de la formación de las masas: lo que las ubica fuera de la historia, es un malestar ahistórico. Por otro lado tenemos la envoltura formal de este malestar determinado por los ideales de cada momento cultural y de las determinaciones geográficas que le dan las características históricas y regionales. Podríamos hablar en este caso y en otros similares de viejos malestares con nuevos ropajes, con nuevos semblantes. Es difícil precisar en estos casos un límite entre los viejos y los nuevos malestares.

Otra posibilidad es intentar enfocar el problema por el lado de la angustia, pero esto nos plantea un arduo problema debido a que la angustia es un afecto y por lo tanto no lo podemos calibrar de manera cualitativa. A falta de un angustiómetro, en el decir social resuena un potable incremento de la angustia, canalizado en otros significantes -aumento del estrés, índices de muertes por enfermedades del corazón, irritación muy marcada en la vida cotidiana, con una secuela de accidentes, violencias, homicidios y un largo etcétera que jalonan el firmamento de la cultura actual.

Enfoquemos el problema desde otra dirección: ¿dónde están los nuevos malestares, los nuevos síntomas? y ¿a partir de dónde definirlos?. Podemos afirmar que los nuevos malestares se encuentran en el entramado social encarnándose en cada sujeto de un modo particular. La segunda respuesta que propongo es definir los nuevos malestares como un efecto directo del discurso de la ciencia; y especialmente de la alianza de este discurso con el discurso del capital.

Para sostener estas afirmaciones enumeremos a bote pronto diversas situaciones donde aparecen nuevos malestares: las nuevas formas de paternidad, que incluyen la paternidad “post-mortem” debido a la conservación del semen congelado, las distintas técnicas de fecundación “in vitro”, que incluyen la donación de óvulos incluso de madres a hijas, el problema de los trasplantes, que crea interrogantes éticos y jurídicos por la indefinición del momento de la muerte. Los trasplantes traen su fantasmagoría propia que circula por las ciudades, el rapto de niños y jóvenes para el robo de órganos. Todos los problemas genéticos, como las diversas manipulaciones genéticas que se extienden hasta el problema de las clonaciones.

Podemos situar aquí también, los trastornos teratológicos posteriores a accidentes en centrales nucleares, pero también los miles de muertos en la India por el escape de un gas mortal. En otro orden de fenómenos podemos enumerar la dependencia a la televisión, los juegos extremadamente violentos de las video-consolas, y un largo etcétera difícil de contabilizar.

A partir de esta serie inconclusa quisiera señalar dos puntos:

1.- El primero es marcar que el discurso de la ciencia coloca como objeto al cuerpo al que desmiembra para su mejor estudio. Esta intrusión de la ciencia sobre el cuerpo y en virtud de un nuevo instrumental médico-quirúrgico -como se les llama- ha adquirido en la actualidad características exorbitantes. Para no hablar de alianza entre el discurso de la ciencia y el discurso del capital, que produce verdaderas iatrogenias. Como puede ser el simple hecho de que la compra de un aparato médico cualquiera debe ser amortizado en términos de libre mercado y, por lo tanto, da lugar a una explotación de los enfermos.

2.- El segundo aspecto que quiero señalar está dicho por Lacan en el Seminario 17 de la siguiente manera: “No debemos olvidar que la característica de nuestra ciencia no es que haya introducido un conocimiento mayor y más amplio de nuestro mundo, sino que ha hecho surgir en el mundo cosas que no existían en modo alguno en el nivel de nuestra percepción”.

Es lo que se ha dado en llamar sociedad de consumo y que bien podría llamarse la sociedad de los objetos de goce. Todo esto me es útil para sostener la afirmación de que los nuevos malestares son producidos por el discurso de la ciencia; los viejos, los antiguos malestares conviven mezclados con los primeros. Las conclusiones de esta afirmación permiten situar los nuevos malestares en una doble vertiente: la ignorancia sobre el goce del cuerpo y la oferta de innumerables objetos de goce que aplastan el deseo al satisfacer la demanda. Esta última situación queda clara si uno visita los grandes almacenes de juguetes. En ninguna época histórica ha existido tal variedad y cantidad, lo cual produce en los padres una oferta que se anticipa a la demanda, produciendo su saturación. El primer aspecto queda suficientemente remarcado cuando escuchamos a un paciente que concurrió a una clínica de lujo por una crisis de angustia y fue sometido a todo tipo de pruebas, scanner, ecg, radiografía magnética, etc., para que la conclusión fuera un: usted no tiene nada. ¿Quizás el médico de guardia con haberlo escuchado un solo momento hubiera podido hacer un diagnóstico y evitar todo el gasto?.

Decía que los nuevos malestares se encuentran en el entramado social y se particularizan en los sujetos. Es que sabemos desde Freud que la psicología individual y la psicología colectiva son inseparables, y su articulación precisa puede ser realizada sobre una banda de Moebius. Esto lleva a pensar que nos encontraremos con modalidades sintomáticas novedosas, algunas de las cuales están ya en nuestro entorno. Las toxicomanías, las epidemias de anorexia y de bulimia, el alto porcentaje de fracasos escolares, son muestras de estas nuevas presentaciones sintomáticas, que implican un cambio en las modalidades de la demanda.

Sabemos desde el psicoanálisis que toda demanda es demanda de amor y que por eso mismo porta en su seno un engaño fundamental. Engaño que puede sintetizarse en la frase siguiente: no es lo mismo lo que se quiere que lo que se desea. Bien puede ser que alguien consulte para ser autentificado en su condición de enfermo detrás del pedido de un alivio sintomático. Esta situación, que es mucho más común de lo que se cree, no la planteo pensando en alguien que podría ser un simulador y que querría, por ejemplo, tener una baja por enfermedad. Esta situación la traigo para mostrar que la demanda bien puede ser la demanda de una identificación a otro, identificación que ocuparía el lugar de la falta en ser. Esto no es muy complicado de entender si tomamos el ejemplo de la toxicomanía. Además del consumo está el efecto de la identificación a un significante que lo nombra en el universo de lo social, dándole una identidad allí donde la identidad es lo que falta. Pero esto puede ser aplicado a la anorexia, y en general a cualquier diagnóstico. Pensemos por un momento en los alcohólicos anónimos que, como dice el chiste, a pesar del anonimato siguen siendo alcohólicos.

Las ideologías que transitan los vínculos sociales, es decir retazos de fantasmas colectivizados, haces de creencias imaginarias, no dejan de producir sus efectos sobre la modalidad en que se presenta la demanda. Podemos situar este cambio, casi de una manera experimental, en lo observable de las nuevas demandas, demandas imperiosas, demandas de una curación rápida, demandas en las cuales no hay la más mínima disposición para abandonar el confort producido por el fantasma. Y estas nuevas modalidades de demandas son promovidas, llegan de la mano de nuevas formas de psicoterapia, de nuevas fórmulas psicofarmacológicas.

Tenemos entonces en la demanda actual generada por los nuevos malestares, un efecto de desresponsabilidad del sujeto. Ante esta situación existen dos posibilidades: o se trata de que el sujeto que consulta se haga responsable de su deseo o, por el contrario, se le responde a la demanda produciendo por medio de un saber sugestivo una identificación que aumente la no responsabilidad. Ésta es una de las diferencias entre el psicoanálisis y la psicoterapia. Y es también una de las diferencias entre teorías que toman como eje la no responsabilidad, en general teorías con un eclecticismo radical en el cliente -como se las suele llamar- y que inducen en los vínculos sociales un aumento de la no responsabilidad. Este “corpus” teórico en la actualidad acompaña de distintas maneras la llamada salud mental sin entender que justamente esta posición genera patología mental. A tal punto que esto se refleja en las distintas concepciones sobre el derecho. De otra manera: mientras más se tenga que legislar más se nos muestran los fracasos del vínculo social; la legislación de las relaciones entre los sexos -pedida y exigida por los colectivos feministas- no produce una temperancia de las pasiones, es síntoma de una agudización de los conflictos.

Ante los nuevos malestares hay dos respuestas: el psicoanálisis o doctrinas utilitarias que empobrecen la vida humana. La primera respuesta, el psicoanálisis, incluye su vertiente terapéutica, es decir, la mejoría sintomática. Una de cuyas posibilidades son las intervenciones analíticas, que no es lo mismo que las terapias breves. La segunda respuesta la podemos designar como viejas respuestas travestidas al moderno lenguaje de la ciencia, lo cual no quiere decir que no tengan futuro. La pasión por la ignorancia es una pasión del ser. Como producto paradigmático de esta postura tenemos la respuesta que nos llega desde el norte, norte no europeo, y son las doctrinas cognitivistas. Este conjunto de doctrinas -en la actualidad no creo que se pueda hablar de una doctrina- es acorde con el momento que nos toca vivir puesto que su principal punto de anclaje es decirse “ciencia”.

De otra manera: elevada la ciencia a la categoría de religión debe invocarse esta palabra mágica para tener un prestigio en lo social que incluso pueda servir para financiar costosos programas. Y esto último no es ninguna banalidad si tomamos, por ejemplo, una cita de Johnson-Lair de un cuidadoso artículo, titulado “Modelos mentales en ciencia cognitiva”, que dice: “Debemos rechazar esta idea de que la ciencia cognitiva es tan sólo una hábil estratagema concebida con el único objetivo de conseguir fondos para la investigación, esto es, que no es nada más que seis disciplinas en búsqueda de una institución proveedora de becas”.

Esta ironía comienza a colocar las cosas donde tienen que estar, puesto que este llamado a la ciencia desata de inmediato una disputa económica para tratar de ubicar el rasero de por qué una disciplina puede gozar del prestigio de ser científica y otras no. Síntoma de esta situación es Donald Davidson que en su pequeño pero interesante escrito “Filosofía de la Psicología” intenta dar cuenta de cómo ubicar a la psicología como una ciencia. Recordemos que Davidson comenzó su carrera como psicólogo experimental de orientación conductista, profesor en la universidad de Berkeley, y goza de enorme influencia en la psicología americana. En el escrito citado podemos leer: “Teniendo el vocablo ciencia el puesto de honor que ocupa en ciertas esferas, sería indigno resumir estas consideraciones diciendo que la psicología no es una ciencia: la conclusión es más bien que la psicología se distingue de otras ciencias en un importante e interesante aspecto”.

Este débil intento epistemológico de Davidson, se debe a su ruptura con el conductismo puro y duro que le lleva a la conclusión de que los estudios biológicos del cerebro -por más sofisticados que éstos sean- no darán solución al problema del cognitivismo. Llega a esta conclusión al estudiar los llamados lenguajes naturales, punto en el cual se detiene su andadura, puesto que sin entrar en los meandros oscuros de su lógica, recala, a través de su concepción del significado como causa del uso lingüístico, en una teoría del sujeto como sujeto de la representación perceptiva.

De otra manera: existirá un sujeto unificado (sujeto cognoscente) cuya característica es la adecuación entre la representación y la cosa representada. Obviamente estamos antes de la ruptura freudiana, estamos con un nuevo lenguaje en el siglo XIX. Es una vieja respuesta. Todo lo anterior aparece muy alejado de la clínica pero las teorías cognitivistas infiltran todo el tejido psicoterapéutico y psicopedagógico en alianza con las últimas estribaciones de la degradación del psicoanálisis americano, produciendo una terapia adaptativa al discurso del amo, donde quedan privilegiados ideales como el de la felicidad o el del bien. Es decir, que proponen un bien universalizable.

Richard Rorty, polemizando con Davidson, se pregunta: ¿por qué se estableció la diferencia entre disciplinas científicas y otras que no lo son?, diferenciación que ha llevado a la sacralización e idealización de lo científico. La respuesta que da no deja de ser una sorpresa. Afirma que los científicos naturales han sido con frecuencia ejemplos de destacadas virtudes morales. Esta respuesta tiene la ventaja de poner al descubierto la ideología asentada en un ideal pero la contrapartida es dejar de lado el deseo, cuestión que a Rorty no se le escapa, puesto que concluye que estas virtudes del científico son accidentales y no estructurales. No puede ser de otra manera si recordamos la pelea por la patente del virus del sida, promocionada por los laboratorios farmacéuticos. La aparente pureza de la ciencia se ha roto, y en el campo de la psiquiatría esto tiene una influencia determinante puesto que por ello los laboratorios, basados en el entronque entre el discurso de la ciencia y el discurso del capital, una variante del discurso del amo, introducen ahora sus productos transformando descaradamente a los psiquiatras en meros agentes farmacológicos.

La fuerza del discurso, más allá de las personas que lo encarnen, produce una alianza con el cognitivismo puesto que éste puede hacer de puente teórico para el uso farmacológico, puente teórico que tiene que tener el prestigio de lo científico. Y para esto qué mejor solución que apelar al modelo de los ordenadores que aparecen en el horizonte de la condición humana como prueba objetiva e irrefutable de lo científico.

Es por eso que podemos leer en las “Conclusiones” del libro de Howard Gardener, titulado “La nueva ciencia de la mente” y fechado en Cambridge, Massachussets, en 1985, lo siguiente: “... si se pretende que la ciencia cognitiva madure, la descripción representacional definitiva del lenguaje debe relacionarse, en uno de los extremos, con todo lo que se sabe sobre la arquitectura neural de ciertas regiones del hemisferio izquierdo; y en el otro extremo, con lo que se sabe sobre la estructura y función del lenguaje en distintos grupos culturales”.

Este puente entre las neurociencias y el lenguaje está tamizado por tratar de entender lo mental tomando como modelo el ordenador y teniendo como eje lo que Gardener llama el “nivel de representación”, lo que quiere decir que la actividad cognitiva humana debe ser descrita en función de símbolos, esquemas, imágenes, ideas y otras formas de representación mental, palabras de la lengua fundamental que están al servicio de lo que entra y sale de un sistema. Aquí, aunque sea en forma casi enigmática, conviene recordar al Lacan del Seminario 20 que dice que el error de la ciencia está dado por la convicción de que el ser piensa.

Es por eso que Terry Winograd, de la Universidad de Stanford, contesta a la pregunta ¿qué significa comprender el lenguaje?, con una elucubración de saber que consiste en postular una correspondencia entre las oraciones del lenguaje y los hechos del mundo. Una vez más nos encontramos con viejas respuestas, puesto que este “corpus” teórico transformado en psicoterapia deviene una mera psicopedagogía cuyos efectos sugestivos pueden producir efectos de mejoría sintomática.

En el libro “Introducción a la Psicología Cognitiva”, de Manuel de Vega, hay casi cien páginas destinadas al estudio del pensamiento, cien páginas destinadas a evitar pensar que los verdaderos pensamientos son los pensamientos inconscientes, que Ello piensa. Y al evitar estos pensamientos, la ciencia cognitiva evita pensar en lo que en el psicoanálisis llamamos goce, este placer en el displacer que Freud descubrió en sus primeras histéricas y que llamó la satisfacción sustitutiva del síntoma, que más tarde llamó pulsión de muerte. De esto los cognitivistas nada quieren saber, y procurando hacer un bien terminan haciendo un mal.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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