Portada del libro “Trofeo de Mariazell - Una neurosis demoníaca en el siglo XVII”, de la Ed. Argonauta, en el cual se encuentra publicada esta “Presentación”.

Portada del libro "Trofeo de Mariazell", Ed. Argonauta, Barcelona, 1981.

 

PRESENTACIÓN DEL ARTÍCULO DE FREUD
“UNA NEUROSIS DEMONÍACA EN EL SIGLO XVII”

Fechada en Barcelona en Enero de 1981

Presentar, mostrar, dar a conocer; aquí son presentados dos textos que implican el reconocimiento de su imbricación recíproca. Uno, un manuscrito del siglo XVII, da pie para el despliegue de la teoría psicoanalítica que hace otro texto.

El primero es el manuscrito N° 14.086 archivado en la Antigua Imperial de Viena y que lleva por título Trofeo de Mariazell (“Trophaeum Mariano-Cellense”). Alrededor de 1922, el Dr. Payer-Thurn, lector de Goethe y director de la institución nombrada, redescubre el escrito que de inmediato lo cautiva. En él se relata la historia del pintor Cristóbal Haitzmann y su pacto con el demonio, sucesos acaecidos a finales del siglo XVII.

Al comprobar en el manuscrito que el pintor había padecido visiones y convulsiones solicita la colaboración de Freud en demanda de un informe médico. Acuerdan entre ambos que sus estudios serán publicados por separado; es así como el texto freudiano aparece en 1923, y el del Dr. Payer-Thurn en 1924 bajo el título “Fausto en Mariazell”.

El retorno a los textos freudianos y a las fuentes que los consolidan mueve el interés en publicar el manuscrito original -inédito en castellano- con sus ilustraciones. Apareció publicado por primera vez en alemán, en versión incompleta y tirada limitada, por el Congreso de Bibliófilos Alemanes realizado en Viena en 1928. Posteriormente, fue traducido al inglés en 1956 por Ida Macalpine y Richard A. Hunter en un libro que lleva por título: “Schizophrenia 1677: A Psychiatric Study of an Illustrated Autobiographical Record of Demoniacal Possesion”(1). El manuscrito se compone de varias partes, unas en alemán, otras en latín, compiladas por Adalbert Eremiasch, religioso, autor de diversos trabajos sobre milagros y cuyas iniciales figuran al final del manuscrito.

El otro texto presentado, “Una neurosis demoníaca en el siglo XVII”, escrito algo olvidado de Freud, abre una serie de interrogantes teóricos que están lejos de haber sido cerrados. Ya en el título resalta una ausencia: ni neurosis de transferencia, ni neurosis narcisística; en su lugar un sustantivo adjetivado abre otro espacio al demonio que, retornando en lo real, es posesión mística por un padre muerto.

Descentramiento que recorre toda la obra freudiana: inutilidad del diagnóstico, marcando con el historial patodemonológico la imposibilidad de un informe médico. En su reemplazo la teoría psicoanalítica plantea que los demonios son los malos deseos rechazados, “ramificaciones de impulsos instintivos reprimidos” que en su fracaso sellan una repetición imposible.

Se intuye, de esta manera, la dificultad de Freud para ser coautor del trabajo que le propone Payer-Thurn, y el interés que le despierta la historia de Cristóbal Haitzmann donde reaparece el tema del padre, ahora en la vertiente de la muerte paterna. Lugar que en el desarrollo de la teoría será indagado desde distintas perspectivas, insistencia repetitiva que delatará su importancia y que tendrá en “El Presidente Wilson”(2), artículo póstumo de Freud, un penetrante análisis.

No es casualidad que en el prólogo a la segunda edición de “La interpretación de los sueños”, publicada en 1908, hablara Freud de la importancia que adquirió en este trabajo la muerte de su padre, “el más significativo suceso, la más tajante pérdida en la vida de un hombre”. El escrito implica una restitución, trabajo de duelo que, sin ser causa, posibilita un texto fundante de la doctrina psicoanalítica.

El pintor, al decir de Freud en 1923, enferma por la muerte del padre. Casualidad aparente, en donde la causa se encarna en discurso: un padre que no puede morir en el sujeto da la imposibilidad de una pérdida que lleva a la posesión. Posesión por el padre, Dios, Demonio, anfibología grotesca que, pintada en tela, muestra pechos de mujer con cumplido miembro. Diferencia borrada en la sucesión de escenas, tentaciones, tronos propuestos en el lujo de la imagen; caída hacia el cuerpo en sus convulsiones. Un enjambre significante deletrea síntomas en un cuerpo que sangra.

En el texto freudiano surge entonces una pregunta: ¿qué permite la transformación del duelo por la muerte paterna en un destino melancólico?, o de otra manera: ¿qué contingencia posibilita que la muerte paterna sea causa necesaria de honda melancolía?. Si la muerte de Don Rodrigo Manrique permite a su hijo escribir “Coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre”, dejando así una de las poesías más célebres en lengua castellana, en Cristóbal Haitzmann es necesario un pacto alucinado para calmar los tormentos: el diablo queda obligado a sustituir durante nueve años al padre perdido.

Incluido en su proyecto metapsicológico, Freud ya había escrito “Duelo y melancolía”, donde se puede leer:

- que alguien no enferma porque puede perder (duelo).
- que alguien enferma porque no puede perder (melancolía).

De la etiología aparente de una neurosis, en este caso narcisística, Freud extrae consecuencias teóricas sobre la condición de estructura del sujeto. Aquí queda señalada su constitución en una radical pérdida de objeto, cuyo fracaso reintroduce la importancia del demonio que, en su contraste con lo divino, hecha luz sobre las visiones alucinadas de un poseso.

Es así como aparece el demonio sustituyendo al padre, desplazamiento realizado sobre una figura imperdible que Freud explica por la ambivalencia: Padre amado, padre odiado. Reaparición de algunos postulados teóricos claramente expuestos en “Lo siniestro”, basculación imposible de Coppola a Spalanzani, fijación paterna que impide el pasaje a las mujeres desde la sólida cárcel narcisista. Para corroborar lo anterior basta citar una nota a pie de página que escribe Freud en el artículo antes citado: “En los recuerdos de infancia, el padre y Coppelius representan los dos elementos antagónicos de la imago paterna, ‘descompuesta por la ambivalencia’; uno de ellos amenaza con la ceguera (castración), y el otro, el padre bueno, implora la salvación de los ojos del niño”. En la misma nota puede leerse: “Por otra parte, la exactitud psicológica de la ‘inhibición afectiva frente a la mujer’ que aqueja a este ‘joven fijado al padre por el complejo de castración’, queda demostrada por numerosos análisis de neuróticos cuyas historias, aunque menos fantásticas, son tan tristes como la del estudiante Nataniel”(3). Cabría aquí agregar otra cita, esta vez de Oscar Masotta, que ayuda al recorrido expuesto: “La mayor parte de lo que Freud llama el complejo del padre no consiste sino en intentos fallidos de restauración de la función”(4).

Fijación que es intento fallido de restituir la función paterna y que, sostenida en el deseo materno, deviene lugar imaginario que en su mirada permite cierto reconocimiento. Vestido como burgués, el diablo es promesa de calma, de cese de tormentos, de curación de dolencias; ya que desde él se reconstituye su cuerpo. Pacto entre-dos, que soporta en la mirada el lugar de la curación, el lugar del médico.

En una de las láminas puede verse con claridad la constitución bisexual del diablo, cuyos senos son la proyección de la femineidad del pintor, restos de la antigua ternura materna desplazada. Este camino obliga a Freud a reconocer que, previa a la fijación paterna, existe una intensa fijación a la madre que, en un movimiento de rebote, consolida la hostilidad al padre. La conclusión es obvia: el padre odiado en tanto deseado por la madre; lo que cierra el circuito narcisista que culmina en la fantasía de darle un hijo al padre desde una posición femenina. Circuito sin salida donde lo evitado es la castración; no-corte que imposibilita la pérdida.

Ubicados de esta manera en el registro de las pasiones, el odio y el amor transmutan la necesidad de sostener un ideal imposible de ser abandonado. Pasión de no saber que formula un destino, que escrito en distintos textos puede hallarse en “La novela familiar del neurótico”, donde el amor posibilita que en la negación del padre cotidiano resurja un padre ideal, sea vecino poderoso o rey. O en “Sobre una degradación general de la vida erótica”, donde la partición del objeto es obstáculo para la partición del sujeto. El Trofeo es el triunfo de la Madre de Dios sobre Satanás, combate en lo real que proclama un sentido religioso donde la trampa es narcisista y cuyos destellos aparecen en el misterio del dogma de la Asunción de María proclamada por bula papal en 1959.

Un Otro sin falla que impide la caída del sujeto hacia su determinación significante. Padre idealizado que en su muerte terrenal arrastra al pintor a las garras del demonio, o mejor aún, para retomar la dicción freudiana, un demonio que es sustituto de un padre amado, “una copia del padre tal como hubo de ser visto y vivido en la infancia: individual por cada sujeto, y por la Humanidad, en su época primitiva, como padre de la horda primordial”(5).

Lo anterior da paso a la nostalgia por el padre amado de la primera infancia en una doble vertiente: filogenética y ontogenética. Por un lado la imagen representativa infantil que perdura, y por otro, la huella mnémica hereditaria del padre primordial. Dos representaciones que al fundirse dan Dios.

Freud introduce en el texto una paradoja, ¿cómo una huella mnémica puede ser hereditaria?, pregunta que ni las últimas investigaciones genéticas se han animado a plantear. Sin duda se trata de otra cosa, ya que en el texto hay una llamada hacia “Tótem y tabú”. Huella mnémica hereditaria debe ser traducida, en psicoanálisis, como lo que precede al sujeto -sacrificio del padre en la horda primitiva-, donde el mito antropológico deviene mito organizador que permite descentrar la herencia dándole el lugar que ocupa: lo que precede es de orden significante. Y si se recuerda que el animal totémico puede asimilarse a la potencia del padre, siendo este animal elegido por la madre, puede afirmarse que la nostalgia por el padre hace de la falta Dios y allí la lengua goza.

Hölderlin dicta a Schelling lo que es conocido por el “Proyecto”; copiado por Hegel en 1796 fue llamado “el más antiguo programa del idealismo alemán”. Allí está invocada la necesidad de crear una nueva mitología, una mitología racional al servicio de las ideas. Y este nuevo mito del padre simbólico, esbozado en Freud y nombrado en Lacan, bien puede ser su respuesta. En este articulador teórico coloca el psicoanálisis una de las claves de la constitución del lenguaje.

Para sostener términos una cita lacaniana: “Cómo no habría de reconocerla Freud, en efecto, cuando la necesidad de su reflexión le ha llevado a ligar la aparición del significante del Padre, en cuanto autor de la Ley, con la muerte, incluso con el asesinato del Padre -mostrando así que si ese asesinato es el momento fecundo de la deuda con la que el sujeto se liga para toda la vida con la Ley, el Padre simbólico en cuanto que significa esa Ley es por cierto el Padre muerto”(6).

Esto permite diferenciar al Padre muerto en cuanto simbólico, de la muerte del padre como objeto de amor imperdible que produce el derrumbe en Cristóbal Haitzmann, como viene a mostrarlo otro texto freudiano fechado en 1928: “Dostoyevski y el parricidio”. El escritor agrava sus síntomas convulsivos luego del asesinato del padre, una fantasía vuelta realidad es condición patógena del goce corporal. Omnipotencia donde el deseo es acto (su realización es siniestra) y la identificación al deseo de muerte sumerge al sujeto en su ataque histérico. En el texto freudiano el superyó habla: “Has querido matar a tu padre para ocupar su lugar. Pues bien; ahora eres tú el padre, pero el padre muerto”(7).

Ser el padre muerto oblitera la falta que Otro padre abre, lo que condiciona su estatus; habría una permanencia en objeto que impide el paso a función. De otra forma, el padre imaginario sostenido en el amor o el odio sería un punto muerto, un obstáculo a la diferencia de los sexos (a la significación del falo) lo que produciría una dificultad para la constitución de la función paterna, dándole al término función cierto rigor matemático (para cualquier sujeto la función toma un valor preciso: barra que separa consciente de inconsciente).

Desde aquí el asesinato del padre puede ser descompuesto en una doble vertiente: 1) Padre muerto según el deseo de Otro (“Dostoyevski y el parricidio”); habría una sólida permanencia en la omnipotencia materna que sería el correlato de la omnipotencia infantil. 2) Padre muerto según la diacronía significante (“Tótem y tabú”), que sería autor de Ley y que abriría a la función paterna. La suma permitiría la instalación del padre simbólico o, como escribe Freud en “Moisés y la religión monoteísta”, el padre como premisa lógica, es decir, que funcione como eso que es: un significante. En rigor debería ser escrito de otra manera: la incertidumbre de la paternidad cotidiana remite al padre como efecto significante, en donde el reconocimiento no es al padre de todos los días sino al Nombre del Padre, lo que permite al sujeto inscribirse en una cadena de filiación.

Fracaso de la función, falla del Nombre del Padre que no instala la ausencia materna imposibilitando de esta forma la pérdida del padre, lo que da lugar a la emergencia de una grave melancolía colocada bajo el signo de la ambivalencia. Los malos deseos reprimidos son permanencia en el deseo materno, donde la pura presencia imposibilita la ausencia. Por esta vía Cristóbal Haitzmann vende su alma al diablo y es rescatado por la intervención de la Santísima Virgen María para acabar sus días en el convento de Neustadt, sobre el río Moldau en Bohemia, después de haber estado postrado largo tiempo debido a una fiebre héctica, como lo señala el compilador del manuscrito original. En ese Convento su nombre era: Hermano Crisóstomo.

El tema retorna en “El Presidente Wilson”. En este trabajo la muerte del padre es puesta en el registro de la identificación “exigiendo un considerable reajuste de las salidas libidinales” tanto en su fin activo como pasivo. La metáfora freudiana habla en su claridad: “su yo se había vuelto un campo de batalla; de un lado se erguía su pasividad reprimida hacia el padre, ordenándole que fuera todo feminidad; por otro, se erguía su actividad hacia él, su formación reactiva contra la pasividad y su superyó, exigiéndole que fuera todo acción y masculinidad”(8).

Campo de batalla, yo síntoma que en precipitado de identificaciones imaginarias es espejismo de creencias. Entre la feminidad y la masculinidad queda dibujado un callejón sin salida, y sólo la identificación a los emblemas paternos permitirá, luego de la latencia, el acceso a otra mujer.

Entre lo femenino y lo masculino: la constitución bisexual; tensión que arrastra el cuerpo entre dos sexos y que, inscrita a partir de Edipo, constituye en sus avatares el destino sexuado. Por este camino se abre a la escucha una fantasía embarazosa: parirle un hijo al padre, fantasía intolerada que abre a la neurosis y al rebajamiento paterno que Freud supo escuchar en el Hombre de los lobos.

Paradoja que, de nuevo, convoca al demonio, a los malos deseos reprimidos que trasmutando Dios por Diablo hacen invocación de madre; Santa Madre de Dios que en su virginidad no soporta la versión del padre. Aparece el deseo materno articulado en los fantasmas del hijo (y no es por casualidad que las apariciones de Jesús produzcan tanto dolor y tormento como las de Satanás). La redención habla del nacimiento del héroe, el pacto escrito con sangre le es devuelto el día de la natividad de la Virgen: sacralidad de la neurosis donde lo interrogado es el goce. Saber sobre el goce, sostenido en un coro creyente de monjes de Mariazell.

Es merced a la madre de Dios, a sus favores y benevolencias que Cristóbal Haitzmann queda poseso en el goce. El diablo, Dios, someten a un cuerpo al tormento de las convulsiones, campo de batalla donde los síntomas hablan con letras de sangre. Hemorragias, escalofríos, espíritus malignos sentados en la lengua. Así habla el sentido amordazado a un cuerpo sufriente donde se anuda un sentido: cópula de cuerpo y palabra. Sentido por los sentidos, el cuerpo de un ojo mira en la escopia de un cuerpo lo que otro no ve, sensibilidad a flor de piel que formaliza oráculos en los oscuros laberintos de la lengua muerta. Saber no develable, roca de la castración, ombligo del sueño. Lo contingente deviene necesario: un cuerpo soporta la batalla que el goce segrega.

Goce, gozo, aquí el castellano toma algunos atajos, puesto que en español gozo es también: “una composición poética en loor de la virgen que, dividida en coplas, se reza con la repetición de un mismo estribillo”. El goce del rezo que la mirada retorna. Conjuraciones, invocaciones: un lirio de tres hojas. Padre, Hijo, Espíritu Santo, el tallo es Dios; raíz de un delirio que intenta en su curación la restitución de un padre. El resto es la alegría de dar gozo, que puede quedar malograda cuando “se goza en un pozo” como es dicho en algunas regiones españolas cuando cunde la desilusión o se malogra algo que era esperado con alegría. Quizás alguien goce de buena salud, a otros la boca se les hace agua por gozar de un helado, hay quien en el goce se vuelve loco.

Cristóbal Haitzmann, pintor que no puede pintar, está incapacitado para ganarse el sustento (un niño de pecho). Freud sugiere que el deseo paterno entraba en contradicción con el sujeto: no quería a su hijo, pintor. Dicción contraria que en forma de mandato pone en movimiento la “obediencia a posteriori”, que también sería “una manifestación de remordimiento y un autocastigo eficaz”(9). Puesto en forma de interrogante: ¿a quién se obedece cuando se obedece a posteriori?. Y más aún, ¿quién obedece?. En el escrito freudiano la respuesta es obvia: se obedece al padre; y para descentrar una noción que hace del Edipo una historia banal, hay que acentuar las palabras freudianas: “Es posible que el padre se opusiera al deseo de su hijo de ser pintor”. El deseo paterno soportado en “lalengua” instala una ley desprovista de sentido; más allá de él, más allá del padre se perfila la cadena generacional donde los cuerpos soportan la lógica implacable del significante.

Paradoja que en los textos freudianos abre un espacio: superyó-ideal del yo, en donde su aspecto negativo es conocido con el nombre de conciencia moral y en su aspecto positivo es ordenador. Imperativo que habla del reaseguro de la separación y resguardo de la unión narcisista del sujeto. Ley muda en el fracaso de la palabra no instituida.

La dirección indicada lleva necesariamente a concluir: la obediencia a posteriori es al superyó paterno. Instancia simbólica que transmitida en forma imperativa determina al sujeto. Lacan ubica su emergencia con relación al concepto de censura; y vale la pena recordar desde “La interpretación de los sueños” que la censura escinde al sujeto dando una parte accesible, que puede ser reconocida, de otra prohibida, inaccesible. Partición del sujeto que hace a su ubicación cotidiana.

En la obra freudiana lo expuesto no siempre aparece con claridad, más aún, a veces los términos se mezclan como ocurre en “El Presidente Wilson”: “El poder psíquico interno surgido de la incorporación del padre todopoderoso de la niñez es denominado ideal del yo o superyó”, donde la conjunción indica lo intercambiable de los términos. Posición paradójica ya que dos líneas más abajo los conceptos vuelven a separarse.

En “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, escritas en 1932, se lee en su lección XXXI dedicada a la “Disección de la personalidad psíquica”: “Hemos de citar aún una importantísima función que adscribimos al superyó. Es también el substrato del ideal del yo, con el cual se compara el yo, al cual aspira y cuya demanda de perfección siempre creciente se esfuerza en satisfacer”(10). La permanencia en la obra de Freud de dos términos que por momentos se confunden, implica un interrogante teórico que, abierto, posibilita una respuesta. Es así como Lacan retoma el problema a partir del texto de Freud “Introducción del narcisismo”, ubicándolo en una situación de estructura.

Entre el ideal del yo y el yo ideal se abre una importante diferencia: el primero está dentro del orden simbólico, el segundo forma parte del orden imaginario, de donde puede concluirse que yo ideal es sinónimo de yo. Lugar paranoico por excelencia ante la diferencia de los sexos y que Freud marcó al señalar el desarrollo desigual entre libido y yo, obstáculo del segundo para el arribo a la fase fálica.

El ideal del yo queda como lugar diferencial que a través de la identificación a los emblemas paternos permitirá la sublimación; en el otro polo, el yo ideal concierne a la idealización de un objeto que, por supuesto, puede ser el propio yo, lo que fortalece la represión. Lacan lo dice con precisión: “El ideal del yo comanda el juego de relaciones de donde depende toda la relación con el otro, y de esa relación con el otro depende el carácter más o menos satisfactorio de la estructura imaginaria”(11).

Quedan dibujadas las diferencias y similitudes entre el ideal del yo y el superyó: de común raíz narcisista, uno es sustrato del otro, causa y efecto de Ley abren lugares identificatorios distintos.

La apertura de esta trilogía significante importa para aprehender la historia de Cristóbal Haitzmann, en donde la “obediencia a posteriori” obra en forma patógena: el pintor enferma porque no puede pintar o porque su capacidad creativa se ha vuelto nula. Luego de la devolución del primer pacto, que permite cierto bienestar, pinta una tela para el altar de la Virgen.

Esto resalta cierta dificultad freudiana, o mejor cierta dificultad de lo inconsciente, que abre el camino de la sublimación en una instancia que tiene un fuerte poder melancolizante -en el sentido psiquiátrico del término- debido a su conexión con el yo ideal.

El ideal del yo posibilita que “el deseo tenga una satisfacción parcial sustituyendo su objeto inaccesible por uno relacionado, no desaprobado por el superyó o el mundo exterior; así el deseo instintivo se transfiere desde su meta y objeto más satisfactorio pero inadmisible, a uno que es tal vez menos satisfactorio pero más fácilmente accesible”(12). Cuyo resto entre el más y el menos, implica una satisfacción sobrante que no puede reducirse a cero. Insistencia que repite formulando un goce donde se abre otro espacio al demonio, que derrotado en el convento de Mariazell permite al sujeto contarse en su Diario.

Diario que está a medio camino entre las confesiones de un pecador y la descripción de sus tormentos y suplicios; las visiones se suceden mostrando sus vergüenzas y tentaciones. Rechaza el trono y los placeres que la fantasía atormentada de un pobre diablo despliega en la letra del texto. Fantasías optativas que hablan de su pobreza y de un destino enraizado en lo demoníaco. El “Trofeo de Mariazell” queda como testimonio del interés freudiano que hilvana los puntos de una teoría sobre un manuscrito. Puntos límites en la posibilidad de interrogar lo real. El Diablo, la Virgen, extrañas apariciones, lujuria, larvas, voces restitutivas en su intento de curación. Si el dolor limita en el desvanecimiento, más allá de él, el poseso arroja diablos al decir psicoanalítico. En este decir, el límite es la transferencia, interrogante que insiste para mostrar que ello debe ser escuchado.

© ARTURO ROLDÁN

NOTAS:

(1) Ed. William Dawson & Sons Limited, Londres, 1956.

(2) Edición en castellano: Sigmund Freud y William Bullit, “El Presidente Thomas Woodrow Wilson - Un estudio psicológico”, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 1973.

(3) Sigmund Freud, “Lo siniestro”, pág. 2492. Obras completas, vol. III, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

(4) Oscar Masotta, “Consideraciones sobre el padre en El Hombre de las Ratas”, Cuadernos Sigmund Freud, N° 3, Buenos Aires, 1972.

(5) Sigmund Freud, “Una neurosis demoníaca en el siglo XVII”, pág. 2684. Obras completas, vol. II, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

(6) Jacques Lacan, “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, pág. 538. En “Escritos 2”. Ed. Siglo XXI. México, 1985.

(7) Sigmund Freud, “Dostoyevski y el parricidio”, págs. 3009-3010. Obras completas, vol II, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

(8) Sigmund Freud, “El Presidente T. W. Wilson”, op. cit.

(9) Sigmund Freud, “El Presidente T. W. Wilson”, op. cit.

(10) Sigmund Freud, “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, pág. 3137. Obras completas, vol. II, Ed Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

(11) Jacques Lacan, “Les écrits techniques de Freud”, Le Séminaire, livre I, Editions du Seuil, París, 1975.

(12) Sigmund Freud, “El Presidente T. W. Wilson”, op. cit.
 

     
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