Un libro que muestra claramente la complicidad del discurso de la ciencia y del discurso capitalista en el área de los psicofármacos.

"Escuchando al Prozac" de Peter Kramer

 

PSICOFARMACOLOGÍA COSMÉTICA

Las ilusiones de Freud.

Al revés de lo que se piensa habitualmente, Freud en “El porvenir de una ilusión” tiene una posición optimista. Al final de ese texto puede leerse la esperanza de que el avance científico será una de las fuentes de mayor bienestar para el género humano. A lo que agrega que una educación libre de las ilusiones religiosas haría posible el trabajo científico, trabajo que al averiguar la realidad del mundo aumentaría el poder del hombre sobre la naturaleza y posibilitaría una mejor realización de la vida.

Esta posición freudiana no es dicha sin precauciones, ya que también afirma que una educación libre de la presión de las doctrinas religiosas no cambiaría para nada la esencia psicológica del ser humano, conclusión a la que arriba basándose en todo lo desarrollado en “El porvenir de una ilusión”.

Una de las sorpresas que depara este texto es encontrar una ilusión freudiana. Esta ilusión es posible definirla como: la creencia en una evolución progresista de la ciencia cuya consecuencia sería la derrota de la religión, por lo cual sus falsas representaciones -como las designa Freud- dejarían de producir efecto sobre los hombres.

Sin embargo, esta derrota de la religión en manos de la evolución científica, según la ilusión freudiana, deja sin cernir los delicados hilos de la causalidad, ya que la vicisitud del texto cierra filas para convencernos de lo contrario. Y es sobre el punto central de la causalidad de la ilusión donde es posible precisar su envés. En ese ombligo de “El porvenir”, Freud nos dice que la ilusión no es un error, que es una creencia sostenida en un deseo. Y es el poder de este deseo lo que determina la ilusión.

Y, en círculos concéntricos, la causalidad de este deseo se abisma en la indefensión infantil y en la necesidad de protección paterna, por amor al hijo.

Donde nueva invaginación argumental: al conocer, el hijo, que esa indefensión, que ese desamparo -frente a la naturaleza, a su propio cuerpo, en la relación con el otro- durará toda la vida, surge la creencia en un padre todopoderoso, todo poder.

Este deseo de un padre ideal, que hace posible las representaciones religiosas, toma asiento sobre un desasosiego: el desvalimiento y el desconocimiento del género humano son irremediables. Es decir, que el desasosiego, marca profunda de la falta en ser del sujeto, causa un deseo de ilusiones para colmar esta falta en ser, un deseo de sentido religioso que obture el sin-sentido estructural de la vida humana.

Antes de llegar a esa conclusión, y en el camino de su desarrollo, Freud nos entrega en “El porvenir” una consideración que estaba perfilada en “Psicología de las masas y análisis del yo”: el acceso a la cultura se sostiene sobre una renuncia a la satisfacción pulsional, renuncia, represión, que introduce malestar en el sujeto. Este argumento, que es ampliamente desarrollado en “El malestar en la cultura”, introduce una dimensión del dolor humano, imposible de evitar, que es vehiculizado por el superyó en su doble faz.

El superyó, como heredero del complejo de Edipo, lugar de introyección de la figura parental, queda constituido, entonces, por una vertiente que conlleva una pacificación, es decir que permite la cultura, y otra vertiente que es su cara feroz, donde el imperativo del goce causa sus estragos. Los estragos del superyó se encuentran en las neurosis y, especialmente, en la neurosis obsesiva.

Llegados a este punto, la pluma freudiana no se detiene ante la comparación del desarrollo histórico de una neurosis obsesiva y la historia de las representaciones religiosas. Desde esta analogía, extrae dos consecuencias importantes: la primera hace referencia a que algunas personas quedan a salvo de contraer una neurosis porque han aceptado la neurosis universal de la religión. La segunda consecuencia alimenta las ilusiones freudianas, puesto que si la humanidad cayó en la neurosis religiosa en su transcurso histórico, esta neurosis puede ser curada, y el remedio para ella, Freud lo dice, es la ciencia como lo opuesto a la religión.

Bien puede decirse que su texto sobre “El malestar en la cultura” es la segunda parte de “El porvenir”, ya que en el primero es redoblada la argumentación del segundo. Repetición novedosa puesto que el acento cae en otro punto: la represión del goce pulsional hace posible la cultura, y esta represión aumenta el goce en retorno, inducido por ella, al producirse un incremento de la fuerza pulsional.

No hay salida, entonces, para el malestar incurable de la especie humana, puesto que la cultura organiza su vida social e inevitable, donde la felicidad aparece como un ideal inalcanzable ligado al principio del placer. Lo cual no implica que esta supuesta felicidad no sea una de las vías de la demanda: al querer la felicidad, se pide ser feliz, y por este sesgo el problema de la felicidad pasa a ser político. Esto puede verse en las campañas electorales, donde los políticos se dedican a ofrecer felicidad de mil maneras distintas, promesas que nunca pueden ser cumplidas, de ahí el desengaño que sufren las masas por el incumplimiento de lo imposible de cumplir debido al malestar estructural del sujeto. Malestar alimentado por la represión, especialmente si el acento de ésta recae sobre la pulsión agresiva -son palabras de Freud.

En esas palabras podemos leer que hasta en la furia destructiva más extrema, la satisfacción narcisista está presente en la medida en que se satisfacen los deseos yoicos de omnipotencia.

En esas palabras freudianas también puede leerse que la conciencia moral es creada por la renuncia pulsional, que una vez creada exige más y más renuncia con su correlato obligado: que el verdadero vínculo que sostiene a las masas, a los grupos, es la culpa.

Para soportarla, Freud indica que el género humano tiene tres salidas: poderosas distracciones (la ciencia), satisfacciones sustitutivas (el arte) y sustancias embriagadoras que lo vuelven insensible ante esa culpa original, ante esa falta en el origen. Falta original que es una marca del sujeto.

La ilusión freudiana -sus poderosas distracciones- es científica, es la creencia en el progreso de la ciencia asentada en dos aspectos: los descubrimientos técnicos de su momento (teléfono, ferrocarril, etc.), y la posibilidad de que la ciencia entregue verdades objetivas.

Las desiluciones lacanianas.

En la historia de la cultura, como Freud demostró en “El malestar”, está presente siempre el mal, que no se soluciona con la búsqueda del bien, puesto que el bien se inscribe en el rango del ideal, en el dominio de las buenas intenciones, y sabemos por el psicoanálisis que el ideal y la buena voluntad son formaciones reactivas ante la represión de la pulsión.

Pero hay más si seguimos al Lacan de el Seminario 17, puesto que el problema del bien queda abierto a la dimensión de los bienes, y el de los bienes incluye no sólo su posibilidad de uso sino también su utilización de goce. En este sentido, el dominio del bien es el nacimiento del poder, es decir la posibilidad de privar a los otros de sus bienes, lo cual genera una dinámica de destrucción cuyos límites no están previstos.

El problema consiste en entender que el poder del discurso de la ciencia toma como asiento la pura potencia significante, y la pura potencia significante forcluye al sujeto, por lo cual la ciencia avanza ciega y sorda. Lo cual no implica negar sus avances, sino que al mismo tiempo han que reconocerse sus efectos de destrucción.

Estos efectos de destrucción están determinados por la invención y producción de bienes de goce que, introducidos en la sociedad de consumo, realimentan la represión de la pulsión por un goce sustitutivo que distrae momentáneamente el malestar estructural del sujeto, distracción que retorna en otro aumento del goce.

Esto es posible por la complicidad moderna entre el discurso de la ciencia y el discurso capitalista que -Lacan lo señala- es una variante del discurso del amo. Complicidad que se manifiesta en las actuales líneas de investigación, donde las multinacionales ordenan el camino de la ciencia en su afán de imponer al usuario bienes de goce que aumenten las ganancias. Círculo infernal donde las modernas corrientes migratorias, desde los llamados países pobres a los países supuestamente ricos, con su incremento de racismo y xenofobia, vienen a constituir una pequeña muestra de los efectos de esa complicidad.

El segundo argumento de la ilusión freudiana, en relación al descubrimiento de una verdad objetiva, queda sin sostén si introducimos la afirmación lacaniana del Seminario 17 de que la ciencia crea un mundo nuevo, una nueva realidad. Basta pensar en los coches, en los aeropuertos, en la televisión. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el infinito. Son las “letosas” del seminario citado, enorme producción, introducida por el discurso de la ciencia y canalizada por el discurso del capital, de objetos de consumo efímero que, rápidamente, son transformados en desechos, en basura, y están haciendo de la tierra un enorme estercolero de sustancias radioactivas. De este modo, el sujeto moderno se ve compelido a un consumo cada vez más delirante, puesto que no puede encontrar su objeto de goce particular que se realice en objeto causa del deseo. Es decir, la metonimia del objeto de consumo aliena al sujeto en su desconocimiento de la falta en ser, produciendo una coartada para la no separación. Pero hay más, ya que este sistema implica necesariamente una universalización del mercado que, al uniformar el goce, produce en su retorno un incremento de lo que Freud llamó el narcisismo de la pequeña diferencia, dando como resultado una intensificación de la segregación, productora de luchas nacionales y religiosas, con la brutalidad que nos muestra cada día la pantalla de la televisión.

Al revés de la ilusión freudiana, la complicidad del discurso de la ciencia y del discurso del capital produce como contrapartida un aumento de lo religioso -como viene a demostrar el auge de ciertos fundamentalismos y el incremento de las sectas religiosas- con el goce en retorno que comporta. Dos ejemplos bastan: el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York y la difusión de gas letal en el Metro de Tokio.

Y es que la tendencia a la uniformidad del goce (piénsese por un solo momento en los juguetes infantiles Sega, Nintendo, etc.) a escala planetaria, determina como contrapartida la búsqueda imperiosa de sentido dada por la figura de un padre ideal que amaría a todos por igual y en cuyo nombre se mata hasta el exterminio.

Más aun puesto que, a la inversa, cada sujeto es objeto de goce del Otro de la ciencia. Y esta situación no es indiferente para la medicina, la psiquiatría y el psicoanálisis.

Para la medicina porque, puesto que el encuentro entre la figura tradicional del médico y el discurso científico coloca al primero bajo el dominio del segundo, se forcluye al sujeto, y éste deviene en puro objeto de investigación con el aparente fin altruista de la curación.

Aquí también se demuestra la complicidad del discurso del capital con el de la ciencia, basta pensar en la larga lista de empresas que van desde los seguros médicos hasta las sociedades de servicios y cuyos únicos objetivos son los beneficios económicos. Sin dejar de lado a los laboratorios y sus investigaciones puestas al servicio de la productividad -piénsese por un momento en la guerra comercial alrededor de la vacuna contra el SIDA-, y sin dejar de señalar el problema político de la Seguridad Social.

Pero caído el cuerpo como objeto científico, y consagrado en el altar ideal de la objetividad de la ciencia, esta situación trae consecuencias difíciles de prever, pero que ya están señaladas con diversos mojones. Los avances genéticos plantean problemas de complicada solución, como las nuevas formas de paternidad dadas por las fecundaciones artificiales. La utilización de óvulos donados y los avances inmunológicos que han posibilitado los trasplantes de órganos, traen fantasmagorías de todo tipo, como aquella que habla del robo de niños para bancos de trasplantes.

Y ese cuerpo objeto puesto en manos de la cirugía plástica, lo modelan en una medicina cosmética para seguir los ideales de moda.

Para la segunda, la psiquiatría, porque, debido al hecho de ser una especialidad médica, cae también bajo los efectos de la circularidad ciencia-capital, cuyo principal interés reside en los psicofármacos por ser una fuente de ingentes ganancias económicas. Esta situación implica que, más allá de la persona del psiquiatra, éste termine como empleado de los grandes laboratorios farmacéuticos y, por lo tanto, desconociendo la demanda del enfermo y forcluyendo su goce.

Y para el psicoanálisis, por último, porque no puede desconocer su emergencia en el discurso de la ciencia aunque busque desvelar el objeto de goce como pura apariencia. Desde aquí podemos afirmar que el psicoanálisis subvierte la noción de curación, ya que, al querer el bien del paciente, cae en la trampa benéfica del deseo de curación allí donde el único camino que queda es querer curar al sujeto de las ilusiones que entorpecen su deseo. De otra manera: el psicoanálisis trabaja en contra de cualquier sentido para que advenga un deseo responsable. Deseo que pasa indefectiblemente por ganarle el terreno a lo real de la angustia.

La psicofarmacología cosmética.

“Escuchando al Prozac”, de Peter Kramer, es un libro que muestra a las claras la complicidad del discurso de la ciencia y el discurso capitalista en el área específica de los psicofármacos y, dentro de éstos, en el dominio de los antidepresivos.

Dejando de lado aspectos específicamente científicos, como sería la discusión sobre los verdaderos efectos antidepresivos del Prozac, u otros, como son los de una promoción de las ventas del psicofármaco que se encuentra con la industria editorial, resalta el cambio que se introduce en la ideología psicofarmacológica.

Esta ideología puede leerse con claridad en el capítulo llamado “El mensaje de la cápsula”. Con pluma desenvuelta, Kramer va polemizando con los detractores del Prozac, lógica que va induciendo un cambio de nombre: de “antidepresivo” pasa a llamarse “animador del humor” para luego llamarse “droga transformadora”.

Este cambio de nombre está determinado por la propuesta de que su administración y beneficios no son sólo para los pacientes con síntomas depresivos, sino que su uso está indicado para grandes sectores de la población que deseen un mayor rendimiento laboral, una mejor adaptación a su entorno, una sexualidad más desinhibida, un aumento de la capacidad intelectual, un incremento de la autonomía, un feminismo en acto (en el sentido de que libera a la mujer de los traumas) y así de seguir, para concluir que es una droga que modifica al yo y a la personalidad. ¡El viejo sueño de la panacea universal!. De hecho, el Prozac -en las fechas en que fue publicado el libro- era utilizado por cuatro millones y medio de norteamericanos.

Pero justamente por ser una panacea universal, Kramer necesita ubicar el Prozac dentro del registro médico, y esta ubicación la encuentra en la medicina cosmética, subespecialidad que abarca desde la dermatología hasta la cirugía plástica. Así, por obra de esta inclusión, nace la psicofarmacología cosmética, destinada a ser un bien de goce para una enorme cantidad de personas a nivel mundial.

Es en rigor la respuesta del discurso científico a la demanda de felicidad. Es -el autor lo dice con todas las letras- “una droga que intrínsecamente hace feliz a las personas” (pág. 306).

Felicidad y placer se hacen sinónimos en el libro, para lo cual Kramer desarrolla una teoría del placer, de base neurobiológica, que implicaría un bienestar duradero y sostenido.

Este bienestar se asienta sobre el perfil de una personalidad que se corresponde, punto por punto, con un cierto ideal de vida americana: pujanza, desinhibición, aumento de la competitividad, una cierta euforia, un aumento del hedonismo; es decir, los ideales de los llamados ejecutivos o “yuppies”. No es por casualidad que este psicofármaco se consuma preferentemente por estos sectores de la población, ni tampoco que el Prozac haya reemplazado a la cocaína como droga de consumo habitual.

No se trata de colocarse en una postura moral frente a este psicofármaco, ante su uso indiscriminado, ni tampoco realizar una crítica desde posturas ideales como la argumentación que sostiene que quitaría autenticidad, ni tampoco hacer un elogio al sufrimiento para disminuir su alcance.

Es necesario ubicar las coordenadas que sitúan los efectos de estructura que la psicofarmacología cosmética lleva consigo, efectos determinados por sus propiedades farmacológicas.

Estas coordenadas son las del ideal, en el sentido preciso que Lacan, en el Seminario 11, desarrolla sobre el esquema freudiano de “Psicología de las masas”. Es decir, la superposición del objeto a y del ideal como fuente de hipnosis colectiva. Un objeto de goce producido por la ciencia y canalizado por el capital, cuyas propiedades farmacológicas coinciden con el ideal de una civilización. De esta manera, deviene una fuente de hipnosis colectiva, por lo cual puede llamarse un psicofármaco hipnótico, no en el sentido de un inductor del sueño, sino en su sentido lato, de hipnótico productor de hipnosis.

El Prozac ofrece autonomía, una hipertimia que ayuda a ser invulnerable ante los dolores psíquicos y una “separatividad”, término acuñado por Kramer para designar un estado de placer independiente de los actos que realizan las personas. Buscando esos efectos, los consumidores al caer en la hipnosis son comandados, son explotados por el producto. Este producto de goce, introducido por la ciencia, produce por el discurso capitalista una recuperación de goce que se expande en las ondas de la libre empresa, gracias al ideal que se realimenta a sí mismo. Este circuito de realimentación es circular, ya que subyace en este capítulo la tríada personalidad-cultura-adaptación, donde el Prozac, al incidir sobre la primera, introduce un nuevo equilibrio en base al ideal, que es el mismo circuito reforzado.

La consecuencia es que se reintroduce un nuevo orden religioso, un nuevo sentido: producir más y mejor para obtener sólidos beneficios; circuito sin salida, ya que la satisfacción nunca es alcanzada y la impotencia de esta última relanza a más consumo.

El psicoanálisis, ante la demanda de felicidad, ofrece otro camino: hacer la prueba de lo imposible para poder construirse una conducta, sin ideales, asentada en un deseo responsable.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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