Portada del libro “Sucesos memorables de un enfermo de los nervios”, de Daniel Paul Schreber, editado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2003.

Las memorias de Schreber en español
 

PSICOSIS. DIAGNÓSTICO EN EL ANÁLISIS.

Transcripción de la ponencia presentada en las
Jornadas de Psicoanálisis Lacaniano
celebradas en Bilbao en 1983

Bien, lo primero que quería decir es que todo lo que voy a decir ahora, está sugerido por un trabajo de cártel realizado en Barcelona. Esto me parece que es importante. En segundo lugar, lo que se me ocurría era pensar que las palabras traicionaban, porque hoy cuando leí en el programa el título de la ponencia que tenía que decir, “El diagnóstico en el análisis”, me volvió de una forma absolutamente imperativa, y éste sería un buen modo de empezar a hablar del goce, pero bueno, quiero decir simplemente que lo que trato de hacer es esbozar algunos tropiezos, algunas dificultades, algunos callejones sin salida que en el análisis tenemos habitualmente cuando hacemos un diagnóstico, cuando creemos saber hacer un diagnóstico. Esta frase ya nos arroja una multiplicidad de aspectos que imponen obviamente lo que podemos llamar un recorte. Voy a hablar específicamente sobre la diferencia diagnóstica, si esto fuera posible, entre las neurosis y las psicosis. Surge evidentemente una primera evidencia. He de decir que es desde el análisis, y, diría, no de la psiquiatría. Esto es obvio habitualmente, y sin embargo esta obviedad la pongo en primer plano puesto que la transferencia de significantes desde la psiquiatría al psicoanálisis produce una serie de malos entendidos que creo que conviene aclarar. Quizás un ejemplo venga a cuento en esta situación. En Barcelona, por ejemplo, en el año 1978 se realizaron unas Jornadas con el título de “Psiquiatría y Psicoanálisis”. Dijo lo que pudo ser dicho en esas jornadas, y sólo hago referencia al título: “Psiquiatría y Psicoanálisis”. Todos dieron por obvio esta relación. Fue una relación dada absolutamente por obvia. Nadie se preguntó si esta relación podría descentrarse, por ejemplo. O mejor sí, en una charla de pasillo apareció la posibilidad de decir: entre la psiquiatría y el psicoanálisis no hay relación. Claro, pero justamente cuando decimos “no hay relación” de alguna manera estamos estableciendo una relación, aunque sea negativa.

En una charla con Oscar Masotta, en ese momento se nos ocurrió, se le ocurrió, se me ocurrió, quizás, escribir psicoanálisis desigual psiquiatría, poniendo un signo cualquiera. Bien, esto era un signo cualquiera con intención simplemente de remarcar, de poner en evidencia la pertenencia a dos órdenes discursivos totalmente distintos de la psiquiatría y el psicoanálisis, insisto, para intentar dilucidar algunos malos entendidos dados por la transferencia significante. Ahora, como es lógico, por esta distinta pertenencia no es pertinente, por ejemplo, hablar de psicosis, de alucinación, de delirio, de forma igual en la psiquiatría que en el psicoanálisis, aunque obviamente el léxico sea el mismo. Por supuesto que los ejemplos de esta transferencia de significantes en la obra freudiana son múltiples, hay una gran cantidad de ellos, de transferencias de otras disciplinas, como las disciplinas energéticas; podemos tomar uno que viene de la medicina, y lo tomo de la medicina para evitar justamente la carga de sentido que tienen algunos términos psiquiátricos. Tomemos, por ejemplo, el término “disposición”. El término “disposición”, que en la medicina actual ha quedado un poco en desuso, se utilizaba bastante a comienzos de siglo, y sin embargo cuando pasa del lenguaje médico al lenguaje analítico, o al discurso analítico, adquiere otro sentido, otro significado, tiene un enclave distinto dentro del discurso. Por ejemplo, “la disposición a la fijación libidinal”, en realidad es un tope, un borde al cual Freud arriba y que en rigor querría decir algo así como “no puedo decir más”, no puedo ir más allá y coloco el término disposición. Sería, en cierto sentido, una metáfora de lo real. Otro ejemplo, sumamente grueso, es el problema del inconsciente. Freud, como ustedes saben, no se cansó de repetir que su inconsciente no tenía nada que ver con el inconsciente que lo había precedido. Y podríamos seguir para darnos cuenta de que en las psicosis esta transferencia de términos está dificultada por el saber empírico que la psiquiatría detenta como la verdad sobre las psicosis. A lo que faltaría agregar algo importante, que a la psiquiatría a la cual estoy haciendo referencia es a la psiquiatría clínica, o mejor dicho a la psiquiatría clásica.

Quizás esto merezca un pequeño punto y aparte porque la psiquiatría en nuestros días sufre una inevitable degradación, ya que se la podría llamar más fácilmente psicofarmacología. A medida que el progreso psicofarmacológico cobra cuerpo, el punto, el eje, el centro de la psiquiatría actual pasa a ser la psicofarmacología. Y es curioso que en el argot médico, por ejemplo, los neurolépticos sean llamados antipsicóticos o alucinolíticos, es decir, algo que está contra las psicosis o que lisa una alucinación. Tienen pocas ganas, digamos, de hacer un diagnóstico.

Una situación distinta se produce cuando el diagnóstico se torna necesario para usos estadísticos, y aquí surge, por ejemplo, el problema de la multiplicidad diagnóstica que se puede ver en el catálogo de la Organización Mundial de la Salud. Ahí se multiplican los diagnósticos al infinito por la serie de los adjetivos. Es realmente un catálogo absolutamente delirante y un delirio poco sistematizado. Bueno, otro ejemplo sería lo que podemos llamar la psiquiatría progresista; la psiquiatría progresista en general, justamente porque pierde las coordenadas de la psiquiatría clásica, no progresa por ningún lado. Un ejemplo de ello puede ser un libro, bastante recientemente traducido al castellano, de un psiquiatra italiano llamado Giovanni Gervis. Este psiquiatra creo que titula su libro “Psiquiatría crítica”. ¡Ah!, puede ser que no sea reciente, para mí al menos lo es, la traducción, lo he leído recientemente. Digamos que… bueno, lo titula “Manual crítico de psiquiatría”. Y luego de una crítica política de la psiquiatría, termina definiendo la psicosis como un “trastorno del sí mismo”, pérdida del control del sí mismo, y aquí cito textualmente, porque veo que hay gente que conoce el libro bien: “en las psicosis, el conjunto de las emociones, de los deseos, de los pensamientos ha perdido de manera más o menos marcada su cohesión, su centro, su estructura coherente”; y como es lógico define a la alucinación como “percepción sin objeto”. Es decir, que lo que aparece como crítico es la crisis que enajena a la psiquiatría -ya sea organicista, psicogenetista o progresista- a lo imaginario de un yo que aparece como un centro unificador ante una realidad dada como empírica. Digamos que la vieja ideología, incluso a través de un discurso que puede ser político, la ideología en sentido de lo imaginario que termina siempre en el plano de la normativización, tiene una virtud sin embargo, que es mostrar que el diagnóstico no se debe hacer tan sólo en los casos evidentes de psicosis. Es decir, que, por ejemplo, en un psicótico que triunfa socialmente también puede hacerse el diagnóstico.

Bueno, todo lo anterior viene a cuento de ubicar a la psiquiatría en sus justos términos para evitar el temor freudiano de que el psicoanálisis sea siervo de la psiquiatría. Y aquí me arriesgo un poco, puesto que ubicarla en sus justos términos me parece que implica como mínimo ubicarla como un saber textual. Primero sería un saber taxonómico, y en segundo lugar lo ubicaría progresando como un saber textual, es decir, como una cadena significante, oponiendo este saber textual, como hace Lacan, a saber referencial. La psiquiatría, entonces, sí la ubico como un saber textual, queda apresada en su propia textualidad y, por lo tanto, no puede dar cuenta de la estructura, de la estructura psicótica que es el punto de partida de lo que podríamos llamar la estructura freudiana de las psicosis. De cualquier forma, el perder de vista estos diferentes registros en los que debe ser situado el decir psiquiátrico y el discurso psicoanalítico, perder este amarre a tierra, para decirlo en lenguaje schreberiano, posibilitaría acciones en el discurso posfreudiano que ya han comentado anteriormente.

Llegado a este punto, me doy cuenta de que simplemente he despejado un problema, en forma harto breve por otro lado, porque exigiría bastante más extensión, y tengo que retornar entonces a lo que planteaba al comienzo en el sentido del diagnóstico en el análisis, lugar en el cual las dificultades realmente se suman. Estas dificultades me parece que son parte de las dificultades propias de las paradojas del inconsciente, o simplemente de las dificultades de lo inconsciente. Recordemos, por ejemplo, que para Freud el inconsciente no es ni histérico, ni fóbico, ni paranoico, y estoy haciendo referencia a un artículo, “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”, creo que fechado en 1922. Esta opinión, que Freud suelta casi al pasar, me parece que es fruto de una larga escucha y que estuvo presente como una preocupación central en todo el comienzo del movimiento analítico. Bien, entonces lo que intentaría sería cambiar el énfasis del diagnóstico y tratarlo de situar en un punto de engarce discursivo que posibilite cierto camino, cierto recorrido. Y me parece que esto podría hacerlo planteando la siguiente formulación: que, en la obra de Freud, en todos los textos freudianos, está planteada una diferencia estructural entre las psicosis y las neurosis. Es un invariante, digamos, que recorre el texto de cabo a rabo, pero que está mostrado, no demostrado. Esto es un supuesto, no sería algo así como que Freud dice: “hay una diferencia de estructura entre las neurosis y las psicosis”; lo muestra, pero no lo demuestra. Dicho de otra manera, aparecería como una “x”, como una incógnita que en sucesivos intentos de demostración, siempre fracasados, demarcan puntos claves del discurso analítico. Y el pilote o el pilón central sobre el cual está planteada esta diferencia de estructuras, es sobre un eje clínico, obviamente, que es el eje de la transferencia. Podemos encontrar en Freud muy distintos argumentos, incluso argumentos absolutamente contradictorios entre sí para llegar a decir siempre lo mismo. En las psicosis el tratamiento analítico no es posible, porque el psicótico no es sujeto a la transferencia. En cambio, el neurótico es sujeto a la transferencia y, por tanto, en la neurosis se puede analizar.

Insisto, los argumentos son absolutamente múltiples y contradictorios. Por ejemplo, en el apartado VII de “Lo inconsciente” de su “Metapsicología”, creo que es ahí, aparece como la indiferencia, el psicótico no es sujeto a la transferencia porque es indiferente. En otros lados habla de que no es sugestionable y tampoco es sujeto a la transferencia. En otros lados plantea que es por su negativismo y, en fin, insisto, los argumentos son múltiples. Y por supuesto, es de sobra conocido que esto lo lleva a plantear sus propias diferencias diagnósticas. Recordemos su célebre diferenciación entre neurosis de transferencia y neurosis narcisistas. Las primeras, las neurosis de transferencia, obviamente son analizables, y las segundas no, en función del narcisismo.

Contradicciones en la obra de Freud. Contradicciones ya que, podemos decirlo como Unamuno, sólo quien se contradice, algo dice. Y las contradicciones se multiplican porque, por ejemplo, el psicótico no es sujeto a la transferencia, insiste Freud; sin embargo en el caso Schreber, Schreber enferma por una situación de desplazamiento transferencial. Recordemos que, según nos dice Freud, se produce un desplazamiento transferencial de un fantasma femenino sobre un objeto, Flechsig. Este fantasma, que hunde sus raíces en el complejo paterno, produce el desencadenamiento, por lo menos, de la segunda fase de la enfermedad schreberiana, el delirio. Y quería remarcar dos aspectos. Por un lado, que Schreber mantiene un lazo afectivo con Flechsig. Mantiene un lazo afectivo casi de ternura en algunos momentos. Y por otro lado, el carácter de objeto de Flechsig, más allá del médico Flechsig. De nuevo contradicción evidente; el sujeto o el psicótico no es sujeto a la transferencia, y la transferencia aparece como causa desencadenante. Cristóbal Haitzmann, el pintor que padece una neurosis demoníaca en el siglo XVII, puede ser otro ejemplo.

Es evidente que estas contradicciones hacen progresar el discurso freudiano y llevan, por supuesto, a la emergencia en el caso de Schreber del concepto de “narcisismo”, que se va a formalizar en 1941, en la “Introducción del narcisismo”, en relación a la escuela de Zurich, cosa bastante importante, porque justamente la escuela de Zurich está planteando siempre la escucha de los psicóticos. Y sabemos que esta fractura en el movimiento analítico es importante. Es decir, la ruptura de la escuela de Viena y la escuela de Zurich.

Freud en Schreber llega, como ya dijimos, al sentido de la elección de la neurosis, y ésta viene dada por la disposición a la fijación libidinal que toma como objeto el yo. Ahora bien, me parece que Freud, manteniendo esta invariante en todos los textos, multiplica sus propias contradicciones. Por ejemplo, en “La dinámica de la transferencia” llega a plantear una cosa sumamente curiosa. Dice que el psicótico no es sujeto a la transferencia porque solamente puede tener transferencia negativa, y le niega al psicótico la capacidad de la ambivalencia. Lo que en otros textos aparece justamente al revés, al decir que el psicótico es quien tiene la situación de ambivalencia mayor. Esto está, creo, en “La dinámica de la transferencia” con todas las letras. Es curioso, entonces, que aparentemente coloca al psicótico -o al loco, o al paranoico, pero prefiero llamarlo psicótico- como alguien que no puede tener sentimientos tiernos, tomando el momento transferencial de “La dinámica de la transferencia”. Bueno, ya sabemos, aquí una rápida aclaración, transferencia positiva y transferencia negativa, es decir, la erotización del amor y el odio. Pero lo que llamaba la atención era la negación de la ambivalencia de Freud con respecto a las psicosis. E incluso, por esta misma vía, le llega a negar cierta capacidad de amar al psicótico, lo cual es obviamente bastante contradictorio con los delirios pasionales, por ejemplo, con la erotomanía, con lo que Freud mismo plantea en sus célebres contradicciones gramaticales de punto de comienzo de todas las formaciones de los delirios paranoicos: “yo, un hombre, amo a él, un hombre”. Amo, es decir, hay un problema de amor. Y todo esto es para ir de nuevo viendo las contradicciones que se van planteando en la situación del diagnóstico, y sobre todo recuperando cierta posibilidad en las psicosis de un amor y un odio, de un “odio-enamoración”. Desde algunos costados, desde algunas lecturas, se intenta hacer diferencias en el sentido del amor. Por ejemplo, se dice que hay diferencias en el amor del psicótico y diferencias en el amor del neurótico. Uno sería más narcisista, por ejemplo, y otro sería menos narcisista. Esto es bastante obvio que no es así, puesto que justamente el amor es narcisista, o, podemos decirlo, una de las psicosis normales es el amor. Es decir, me parece que no se puede hablar en ningún momento de diferencias, por lo menos estructurales, del amor en las psicosis y en las neurosis. Otros hablan, por ejemplo, de que el psicótico es más lábil en las situaciones de amor, y es contradictorio con la fijeza de algunos delirios, incluso con la fijeza del objeto.

Bien, recapitulemos, recapitulemos un momento. Freud sostiene que hay una diferencia de estructura entre las neurosis y las psicosis. Esta diferencia está dada sobre el eje de la transferencia, insisto una vez más, posibilidad de transferencia en las primeras e imposibilidad en las segundas. Esta invariante está argumentada de distintas maneras, y ninguno de estos argumentos resulta convincente a la hora de demostrarla. Esto posibilitó que muchos analistas posfreudianos concluyeran que el psicótico puede ser analizado.

Prosigamos una recapitulación mínima. El intento de demostrar la “x”, la incógnita, produce efectos en el discurso analítico, generando conceptos como el de narcisismo por ejemplo. Esto es importante puesto que la regresión tópica llega hasta la fijación libidinal, dada por la constitución, que en las psicosis es el narcisismo, donde el yo aparece como objeto, y específicamente como objeto sexual. Lo cual no deja de tener consecuencias, porque entonces, como decía en su momento Besso, el psicótico ama a su yo específicamente y, en segundo lugar, a su producto restitutivo, que es el delirio. Es decir, que es un problema ubicado en el objeto de amor y no en el amor. Lo cual, por supuesto, no es demasiado novedoso, y no elimina por otro lado la contradicción freudiana.

Y aquí creo que conviene aclarar un problema de traducción, puesto que López Ballesteros escribe en muchos lados “amor objetivo” o “libido objetiva”. Esta forma de traducir es del lenguaje orteguiano. Sabemos que Ortega promueve la traducción de Freud y, obviamente, pone justo en primer término el problema de la objetividad, cuando Freud ha pasado de la objetividad a la objetalidad. Es decir, el problema del paso de la objetividad a la objetalidad es importante puesto que Freud ahí vuelve a tropezar creando nuevas contradicciones, o para decirlo de una forma resumida y por un camino bastante trillado: las diferencias entre estas estructuras están dadas por los productos restitutivos que conforman la realidad. El fantasma en las neurosis y el delirio en las psicosis. Diferencias que son fáciles de detectar incluso en sus aspectos fenoménicos cuando, digamos, son casos extremos, pero que son muy difíciles de escuchar en situaciones precoces, al comienzo de un brote psicótico. Esta dificultad diagnóstica es extrema, sumamente difícil, y por ello las confusiones diagnósticas son, a veces, groseras y evidentes. Son muchos los comienzos de psicosis que se confunden al principio con una fobia, con una histeria,… con un cuadro neurótico. Es decir, que resulta muy complicada la diferenciación diagnóstica cuando tratamos de hacer un diagnóstico de estructuras. Es aquí donde me parece que surgen los problemas en forma aguda. Por ejemplo, en Schreber, el fantasma fundante -digámoslo así-, o el que Freud determinó como fantasma importante, un fantasma femenino, sufre una deformación que incluso podemos llamar topológica, en el sentido de que se transforma, y aparece en su delirio, de una manera que habría que indagar realmente bien. En otras palabras, el fracaso de lo que podríamos llamar -pero muy, muy a la ligera- la función paterna o la metáfora paterna ubicada en el rango del significante, por lo menos a nivel del escrito lacaniano, produce un desanudamiento de los tres registros -es decir, de lo real, lo simbólico y lo imaginario- que va a crear las dificultades en el hecho psicótico. Insisto en que esto tiene que ver con el intento de aprehender la estructura en la dificultad diagnóstica que representa el comienzo de una psicosis, lo que constituye el punto de las mayores dificultades.

Bueno, de nuevo podemos retornar a lo que decíamos antes. El problema de la transferencia está centrado en la diferencia diagnóstica en el sentido de la transferencia, y sabemos por supuesto que el concepto de la transferencia sufre una evolución en el desarrollo del discurso analítico mismo. Es decir, no es lo mismo el concepto de transferencia en el año 1914 que el que tenemos ahora, y por supuesto que una de las grandes innovaciones es la introducción del concepto de Sujeto supuesto Saber. Podemos decir que una demanda de análisis es en cierta medida una demanda de saber sobre el síntoma. Como contrapartida, por supuesto, el analista debe saber que tanto el sujeto como el saber son supuestos, y son supuestos a lo que Freud llamaba los procesos primarios, lo que Lacan simplifica en la cadena significante. Es decir, son supuestos a la cadena metonímica, al deslizamiento metonímico del significante cuyo tope es el objeto. Pero lo importante es que, tomado el concepto de Sujeto supuesto Saber, sepamos que tanto el sujeto como el saber son supuestos.

Si seguimos el razonamiento freudiano, resulta fácil concluir que sólo en la neurosis es posible el desarrollo de la transferencia, ya que es ahí donde el Sujeto supuesto Saber produciría sus efectos. A la inversa, en la psicosis este supuesto sería un fracaso, o mejor, no habría un supuesto saber posible en el otro. Un ejemplo banal: si un paranoico, interpreta que un coche cualquiera que pasa por la calle ha sido puesto ahí por una conspiración urdida por una serie de enemigos, que habitualmente designa como “los enemigos” o como “ellos”, ahí aparece un grado de certeza tal que impide cualquier saber en otro. La certeza estaría en el delirio, y al decir saber me parece que me equivoco porque en rigor es del orden del conocimiento, en el sentido del conocimiento paranoico como opuesto al saber. Es lo que Freud ha repetido en muchos lugares de su obra. Por ejemplo, cuando afirma que el psicótico exterioriza sus contenidos reprimidos sin saberlo, lo que podemos leer también en la discusión de Schreber con Kraepelin. Pero me parece un intento importante para demarcar esta situación el que hace Lacan cuando hace aparecer el saber como significante, como S2 específicamente, y dice, en “Los cuatro conceptos”, que en la paranoia -la psicosis por excelencia, como la solía designar- entre el S1 y el S2 hay una especie de aglomerado, de no separación. Me parece que sería algo a seguir como cosa importante. El problema es que, de alguna manera, también el problema del Sujeto supuesto Saber queda atrapado en el pensamiento freudiano, ya que por lo menos en “Encore” Lacan lo plantea en relación al amor. Es decir, si se ama se supone un saber, si se odia se desupone un saber.

Bueno, entonces de nuevo estaríamos ante el problema del amor y lo que les decía antes, que no es un problema de amor, sino un problema del objeto de amor. Por ejemplo, cuando Schreber se ofrece como mujer a su dios, ¿de qué se trata?: de amor, de goce por supuesto, pero también del Dios Sujeto supuesto Saber de Schreber. Recordando, además, que el dios schreberiano no sabe sobre los hombres, que solamente se informa de los hombres a través de las almas de los muertos. Que, por ejemplo, su dios sabe lo que son los ferrocarriles en la medida en que las almas de los muertos le informan sobre la existencia de los ferrocarriles. Y todo esto teniendo presente que el Sujeto supuesto Saber en Schreber sería lo que él denomina el “orden universal”. Y que justamente por estar transpuesto, Schreber padece lo que padece, es decir, goza lo que goza.

Entonces, como se precisaría un desarrollo sumamente extenso, me limitaré a hacer algunas aclaraciones mínimas tomando como andamiaje tres textos básicamente: el texto de Freud sobre Schreber, el escrito lacaniano “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” y el texto de Miller sobre una “Adición topológica a la cuestión preliminar de las psicosis”.

Primera aclaración, en relación al problema de la forclusión apareciendo, o que aparece como mecanismo específico de las psicosis. En tanto y en cuanto lo forcluido es la metáfora paterna, produce esta forclusión un desanudamiento de los tres registros. Lo cual implica, en términos tópicos, una regresión, y en términos freudianos una regresión hacia el narcisismo, y en términos lacanianos una regresión hacia el estadio del espejo, específicamente hacia la imagen especular -lo que habitualmente se escribe como i(a). La metáfora paterna, entonces, aparece como uno de los problemas, puesto que Lacan va a pasar del problema del singular del Nombre del Padre, como es bien sabido, al problema de los nombres del padre. Así el problema se va complicando, puesto que tenemos por un lado el problema de la forclusión, el problema de qué es lo forcluido, el Nombre del Padre; luego el pasaje, en la obra lacaniana, a los nombres del padre; y por último el problema del objeto que me parece también sumamente importante, que va a determinar las funciones diagnósticas. En el neurótico esto aparece claramente en el “petit a” como objeto de deseo o plus de goce que introduce la escisión en el sujeto, como se ve en la fórmula del fantasma. Pero en el psicótico, en Schreber por ejemplo, Schreber mismo aparece en el lugar del a. Es decir, que esto sólo puede entenderse a partir del problema del goce: en la medida en que dios se va alejando, que sus voces se van haciendo cada vez más lejanas, el a pasa al lado, al lugar mismo de Schreber. Y esta ubicación es importante porque me parece que así, por primera vez, se puede comenzar a hacer un diagnóstico “strictu sensu” en psicoanálisis: a partir del problema del objeto. Dicho de otra manera, si el sujeto barrado rombo a, la fórmula del fantasma aparece claramente en la neurosis, al quedar el psicótico del lado del objeto, o en el objeto mismo, siendo él el objeto para su dios como en el caso de Schreber, podemos ubicar muy claramente la estructura de lo que sería la diferencia diagnóstica. Sin embargo, esto no nos disminuye los problemas, puesto que esta estructura tendría que ser escuchada en las sesiones, tendría que ser escuchada en lalengua. Es decir, que hay que ir más allá del comportamiento habitual, más allá de la semiología habitual, para encontrar el diagnóstico. Por tanto, como decía antes, no se puede hacer el diagnóstico ni siquiera sobre la base del triunfo o no triunfo social de la persona. Un caso obvio: Wilson. Freud, al final de su trabajo sobre Wilson, lo diagnostica como psicótico. Bueno, es bastante difícil, puesto que ya conocemos la historia de Wilson.

En el sentido de los dispositivos para la escucha, tanto Freud como Lacan intentan montar dispositivos que faciliten esta aprehensión estructural de los diagnósticos diferenciales. En Freud encontramos lo que llamaba “tratamientos de prueba”, que habitualmente duraban tres meses -recordemos que los tratamientos eran de cinco sesiones semanales en aquellos tiempos-, a partir de lo cual Freud decidía si ese sujeto podía ser supuesto a la transferencia o no. Y en Lacan aparece el problema de las entrevistas preliminares. Todo esto para aumentar la agudeza en la escucha, para posibilitar el pasaje a través de la fenomenología de los significantes hacia la estructura, ya que el diagnóstico no puede ser hecho desde otro lugar. Por eso, como dice cierto refrán castellano en obvia referencia a los manicomios: “ni son todos los que están, ni están todos los que son”.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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