Portada de la Revista del Instituto del Campo Freudiano en España “Cuadernos de Psicoanálisis” nº 9, en la que se publicó este artículo en febrero de 1995.

Portada de la Revista "Cuadernos de Psicoanálisis" nº 9
 

PSICOSOMÁTICA

I.

Al comienzo un S1, un significante amo, traído a la luz de lo simbólico por un médico alemán, Heinroth, en 1818, a la sazón profesor de psiquiatría en Leipzig. Al parecer la introducción del significante “psicosomático” estuvo en relación al insomnio, y a Heinroth se le atribuye la siguiente cita: “Normalmente, las causas del insomnio son psíquicas y somáticas, pero cada fase vital por sí misma puede ser el motivo único”. Discutiendo con Heinroth, Jacobi pronuncia su contrapartida al introducir el término “somatopsíquico”, que indica la dirección contraria en relación a la etiología.

Los datos anteriores han sido tomados del libro “El enfermo psicosomático y el médico práctico” de Luban-Plozza(1), quien a su vez remite a E. G. Margetts(2). El escrito de Heinroth es difícil de encontrar.

La deriva de este S1, de este significante “psicosomático” va determinada desde su origen por su significación obvia: la etiología de una enfermedad, de una lesión orgánica es de orden psíquico, psicogenética; en donde etiología es sinónimo de causa.

Esta deriva está constituida por lo que cada autor entienda por “psíquico”, y esta significación es colocada en el rango de la etiología, de la causa. Esto hace posible que sobre este significante converjan criterios absolutamente dispares que van desde el estrés al inconsciente. De otra manera: al ser “psico” un significante vacío, cada cual puede ocuparlo con una significación que determina el origen, la etiología, la causa de una enfermedad somática. Más allá de esquemas más o menos complicados, lo que establece la dirección es una relación causa-efecto lineal y simple, al modelo de las enfermedades infecciosas.

Lo anterior no es sin consecuencias; colocada una significación en el rango de la causa, ésta determina una terapéutica, y específicamente siguiendo el modelo de la medicina, una técnica terapéutica. Entendiendo por técnica la posibilidad de una aplicación que pueda repetirse en todos los casos a igualdad de causa.

II.

G. Groddeck coloca en el lugar de lo “psico”, es decir, en el lugar de la pretendida causa, al “Ello”, abriendo paso a distintas concepciones analíticas sobre lo psicosomático.

El punto de partida de Franz Alexander(3) es la separación del síntoma de conversión histérico, y las respuestas vegetativas a los estímulos psicológicos. El primero sería un intento de aliviar simbólicamente una tensión emocional, mientras que lo segundo no es una expresión sustitutiva de la emoción, sino su concomitante fisiológico. El punto de reunión de los dos tipos de síntomas está determinado por su presunta etiología psicógena.

Este esquema está basado en una degradación del concepto de inconsciente freudiano reducido a un puro imaginario fisiológico, y con una reducción de la pulsión a nivel de lo emocional, para lo cual se sirve de las ideas de Cannon.

Desde esta degradación del psicoanálisis, que queda colocado en el registro de la causa, abre a una etiología imaginaria -las emociones- de las que pasan a llamarse enfermedades psicosomáticas. Es así como de forma analógica, y en base a constelaciones emocionales, afirma que el asma bronquial tiene por causa la inhibición del impulso a gritar. O la hipertensión esencial tiene por etiología la inhibición de impulsos hostiles, o las enfermedades de la piel son atribuidas a tendencias sadomasoquistas y exhibicionistas. Es de hacer notar que esta explosión imaginaria de la causa produce gran cantidad de investigaciones y solidifica, en algunos medios médicos, departamentos cuya especificidad es el tratamiento de los “enfermos psicosomáticos”.

Ángel Garma(4) desplaza las constelaciones emocionales de Alexander, y coloca en ese lugar a la personalidad. En el caso del asma bronquial pone como causa, como etiología de ésta, una personalidad que en su psiquismo tendría una dependencia extrema ante la madre. Basta este ejemplo para deducir que en su teorización ha dejado de lado el complejo de castración, y como consecuencia de esto la primacía fálica freudiana queda reducida a nada. Progreso en lo imaginario que lo lleva a intentar construir un para todo; es decir, para todo asmático la causa es una personalidad dependiente de la madre. Es de resaltar que desde este núcleo inicial, y pasando por la angustia llega a una madre frustradora que es equiparada al aire, una nueva ecuación: madre-aire,... y así de seguir. Este deslizamiento imaginario va construyendo la base de la medicina psicosomática que determina una técnica terapéutica: el intento de modificar la personalidad enferma utilizando la transferencia para inyectar, por la vía de la interpretación, un saber imaginario.

Más complicado pero no menos imaginario es el sistema de Pierre Marti(5), quien coloca en el lugar de la causa desorganizaciones y regresiones sobre el trasfondo de un aparato mental con diferentes estructuras defensivas, siempre listas para resguardar equilibrios homeostáticos, con lo cual forcluye al sujeto. A pesar de afirmar que la medicina psicosomática no es una especialidad médica, formula criterios de formación para aquellas personas encargadas de cuidar a estos pacientes, con lo cual se especifica la enfermedad psicosomática en un “para todo ‘enfermo psicosomático’ tal causa”, cuyas implicaciones en la dirección de la cura no pueden pasar desapercibidas, como puede leerse en la crítica que Vera Gorali(6) realiza de este autor.

Las consecuencias de esta postura no son banales, como puede leerse en el libro de Luban-Plozza(7) editado por Roche. En el lugar de la causa coloca un eclecticismo que confluye en la siguiente afirmación: “Se empezó a reconocer que las enfermedades se encuentran sustentadas por múltiples factores etiológicos. Surgió de aquí un especial interés por la función que podían tener a este respecto los factores psicológicos y socioculturales”(8). A partir de esta afirmación los factores psicológicos se hacen sinónimos de factores afectivos. Es decir, que tanto para las emociones como para los afectos, habría una cantidad energética en demasía que escaparía al control de los centros superiores de integración, sin tomar en cuenta que el complejo de castración es el pivote que marca la sexualidad de manera estructural.

Es bien cierto que este autor toma partido por escuchar al paciente, pero al mismo tiempo introduce una serie de normas para las entrevistas, basadas en sus criterios socioculturales; reintroduce el “para todo”, máxime si se tiene en cuenta que incluye dentro de las enfermedades psicosomáticas a un amplio abanico que va desde las “depresiones”, a las llamadas “neurosis de órgano”. De esta manera intenta construir el perfil de un médico psicosomatista al que dedica el último capítulo de su libro: un estudio psicofarmacológico. La deriva del S1 “psicosomático” va labrando su propio curso sobre el discurso amo.

III.

El punto de partida de J. Lacan es la puesta en cuestión de las tesis de Alexander en relación a los factores etiológicos de la hipertensión arterial(9). Descentra la relación etiológica: tipo de personalidad -determinada por el conflicto dependencia pasiva e impulsos agresivos compensatorios- enfermedad hipertensiva, y coloca lo agresivo como un rasgo común en diferentes personalidades. Por otro lado, recuerda en ese trabajo que la agresión es correlativa a la identificación narcisística. Este rasgo queda, entonces, inscripto en la alienación fundante del yo.

Sin duda la ruptura que quiebra la deriva de la enfermedad psicosomática es la puntualización realizada por Lacan sobre la falsa opción psicogénesis-organogénesis. Es posible encontrar lo anterior en “Acerca de la causalidad psíquica”, pero basta la referencia del Seminario 3(10): discutiendo la comprensión jasperiana afirma que esta noción se identifica con la psicogénesis, en tanto y en cuanto, determina la relación con el objeto psiquiátrico. Es decir, que la psicogénesis es imaginaria, a lo que agrega que a fuerza de olvidarse de lo simbólico se vuelven a restaurar mitos como los de la unidad de la personalidad, o de la síntesis del yo, o el mito de las funciones superiores e inferiores, mitos que han acompañado a la deriva del S1. Lacan es taxativo: “el gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis”.

La ruptura de la significación de causalidad del S1 “psicosomático”, va acompañada de un nuevo descentramiento. En el Seminario 2(11) discute las coordenadas de la relación de objeto y coloca a los “trastornos psicosomáticos” a nivel de lo real.

En relación al primer problema, afirma que la “relación de objeto” es un comodín que permite eludir diversas cuestiones, y sitúa una primera relación narcisista del yo con el otro para que sea posible la objetivización. De esta manera diferencia entre un narcisismo implicado en la neurosis, y el narcisismo implicado en el trastorno psicosomático que tiene relación con el autoerotismo, noción a la que califica de casi impenetrable.

En relación al segundo problema, quitado el peso de la “relación de objeto”, afirma que la verdadera relación del trastorno psicosomático es con lo real, definiendo a este registro por carecer de fisuras. Un paso más, debido a una intervención de Valabrega, y el fenómeno psicosomático queda situado en la juntura de lo imaginario y de lo real.

De esta manera podemos resituar las coordenadas de este doble descentramiento: el trastorno psicosomático es transestructural, y al mismo tiempo queda emparentado con el fenómeno psicótico por estar situado a nivel de lo real. Es decir, que separa con precisión el síntoma neurótico en su dimensión analítica, del fenómeno psicosomático.

Seminario 3(12). En la discusión con Ida Macalpine sitúa al fenómeno psicosomático (ya no es trastorno, sino fenómeno) como un síntoma sin historia, sin dialéctica, sin intermediario simbólico, y en correspondencia con los síntomas hipocondríacos de Schreber, síntomas calificados por Lacan de psicóticos.

Seminario 11(13). Los fenómenos psicosomáticos entran en serie con la psicosis y la debilidad mental, serie tributaria de un S1 holofraseado cuyo diferencial está determinado por el lugar que ocupa el sujeto. Lo que llama la atención es la forma en que la serie es introducida: la experiencia pavloviana, que está definida como un corte significante -dado por el deseo del experimentador- en la organización de la necesidad.

Es posible aclarar, en parte, lo anterior, si recurrimos a otro pasaje de “Los cuatro conceptos”(14), donde Lacan toma el problema del fenómeno psicosomático en el momento que teoriza la afánisis del sujeto determinada por la “Vorstellungsrepräsentanz”. Allí puede leerse: “que el fenómeno psicosomático es concebible en la medida en que la inducción significante a nivel del sujeto ocurrió de una manera que no pone en juego la afánisis del sujeto”, y más abajo agrega: “que sólo en la medida en que una necesidad llegue a estar involucrada en la función del deseo, podrá concebirse lo psicosomático como algo distinto a la monserga que consiste en decir que todo lo que sucede en lo somático tiene una réplica psíquica”. Y a continuación de esta cita vuelve sobre los reflejos condicionados, con lo cual introduce a la necesidad como posible de ser descompletada por el significante introducido por el Otro, lo cual viene a recalar en el número cuya función está determinada por la frecuencia de la señal (10 silbatos por minuto, por ejemplo).

Resumiendo: el fenómeno psicosomático es diferente del síntoma, y es necesario buscar su incidencia en la juntura de lo imaginario y lo real. El fenómeno psicosomático es inducido por el significante sin afánisis del sujeto, es decir, aparece el S1 holofraseado; y por último, algo enigmático: que una necesidad involucrada en el deseo determina el fenómeno psicosomático, lo cual abre a la dimensión del cuerpo en su estatuto de imaginario, pero también al cuerpo como Otro -simbólico- y también al cuerpo como real (¿la persistencia de la necesidad?) en su dimensión de organismo.

Aproximadamente dos años después, en su conferencia sobre “Psicoanálisis y medicina”(15), Lacan propone cambiar la designación de psicosomático por “epistemosomático”, con lo cual descentra totalmente el S1 del comienzo. Es bien cierto que esta última designación no ha prosperado, pero no es menos cierto que lo interesante de esta propuesta lacaniana se inserta en el campo de lo que la medicina científico-técnica forcluye: el cuerpo en su dimensión de goce, lo que es paradójico con otras formulaciones de Lacan sobre el cuerpo, como aquella que lo señala como un desierto de goce. Paradojas que quedan abiertas a la investigación.

En otra conferencia, la de Ginebra(16), sobre el síntoma, Lacan, en respuesta a preguntas del público, introduce varios elementos para entender mejor la característica del fenómeno psicosomático. En primer lugar lo coloca en el orden de lo escrito, y específicamente en lo escrito para no ser leído, es decir que excluye cualquier llamada al Otro(17).

En segundo lugar, caracteriza al fenómeno psicosomático de enigmático; es decir, como un escrito enigmático, y siguiendo la secuencia del diálogo designa al escrito como lo que los místicos llaman la firma de la cosa. Es decir, no la cosa muerta por el significante, sino la signatura, lo cual puede ser unido a lo afirmado en el Seminario 11 sobre la necesidad involucrada en el deseo. De otra manera: la persistencia de la cosa firmada, bien puede ser lo mismo que la necesidad no desnaturalizada por el desfiladero significante de la demanda en su diferencia con el deseo. También aquí aparece la dimensión de no llamado al Otro, o de cortocircuito del Otro del lenguaje que reenviaría a la ubicación del fenómeno epistemosomático a la juntura de lo imaginario y lo real.

En tercer lugar, retoma en el diálogo la palabra jeroglífico introducida por una pregunta, que más adelante caracteriza como una configuración del rasgo, y específicamente del rasgo unario alrededor del cual, Lacan lo aclara, gira toda la cuestión de lo escrito; un paso más y leemos que es el cuerpo en el significante el que hace rasgo. Es decir, que el fenómeno epistemosomático está marcado por la particular configuración del S1, a la manera de un jeroglífico. Bien puede ser que esto remita al S1 holofraseado y a su particularidad en el fenómeno psicosomático.

En cuarto lugar, y en forma de pregunta, introduce el problema del goce: ¿cuál es la suerte de goce que se encuentra en el enfermo psicosomático?; y evocando la fijación freudiana afirma: “es porque el cuerpo se deja llevar a escribir algo del orden del número”. Lo menos que se puede deducir de esta cita, es que la escritura del número no introduce una pérdida a la manera del significante, siempre y cuando tomemos al número como pura frecuencia, como una señal, a la que -Lacan lo señala- no se le puede dar el estatuto de un significante. Esto puede ser corroborado por el uso de lo “congelado” como modo de fijación, lo que invita a leer el fenómeno epistemosomático en el orden de la inercia y no en el registro de la repetición, lo cual daría un tipo particular de goce.

En quinto lugar, una indicación precisa para la dirección de la cura: es por la revelación del goce específico que el psicoanálisis puede producir algún efecto, revelación que permitiría encontrar un sentido a aquello de lo que se trata. Es indudable que este sentido no puede ser dado por una interpretación, y que sólo el desarrollo de la cura y sus articulaciones harán posible este encuentro. Pero, y esto no carece de importancia, es posible suponer -ya que la conferencia fue en Ginebra en octubre de 1975- que al sentido al que se refiere Lacan es al sin sentido de la cadena significante.

De acuerdo a lo anterior, ¿sería posible esa operación?; o de otra manera, ¿sería posible sustituir la escritura del número por la marca del significante?. Una respuesta es segura: no es posible una respuesta generalizada, y sólo en el uno por uno iremos delimitando el campo a investigar. Ya que si la enfermedad psicosomática no existe, el “fenómeno epistemosomático” no puede ser precisado en el “a priori” de una cura, y sólo en el “a posteriori” podrá delimitarse su construcción. Pero para ello es necesario romper con la idea de una causalidad imaginaria implicada en el significante “psicosomático”.

© ARTURO ROLDÁN

NOTAS:

1. B. Luban-Plozza y W. Pöldinger, “El enfermo psicosomático y el médico práctico”. Editado por Productos Roche.

2. Margetts, E. G., “The Early History of de Word 'Psychosomatic'”. Cañad. Med. Ass. J. 13, 402 (1950).

3. F. Alexander, H. Ross y otros, “Psiquiatría dinámica”. Ed. Paidós (1979).

4. Garma, A., “El psicoanálisis - Teoría, Clínica y Técnica”. Ed. Paidós (1971).

5. Marty, P., “La Psychosomatique de l'adulte”. Presses Universitaires de France (1990).

6. Gorali, V., “Psicoanálisis: una nueva organización del campo conceptual”, en “;Estudios de Psicosomática”, Vol. 1. Compilación de Vera Gorali. Ed. Atuel-Cap (1993).

7. Ídem 1.

8. Ídem 1.

9. Lacan, J., Levy, R. y H. Danon: “Consideraciones psicosomaticas sobre la hipertensión arterial”, “Estudios de Psicosomática”, Vol 1. Compilación de Vera Gorali. Ed. Atuel-Cap (1993).

10. Lacan, J., “Seminario 3”. Ed. Paidós.

11. Lacan, J., “Seminario 2”. Ed. Paidós.

12. Ídem 9.

13. Lacan, J., “Seminario 11”. Ed. Paidós.

14. Ídem 13.

15. Lacan, J., “Psicoanálisis y medicina”, en “Intervenciones y textos”. Ed. Manantial.

16. Lacan, J., “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, en “Intervenciones y textos 2”. Ed. Manantial.

17. Miller, J-A., “Algunas reflexiones sobre el fenómeno psicosomático”, en “Matemas II”. Ed. Manantial.
 

     
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