Gráfico con el que Freud explica, en “Psicopatología de la vida cotidiana”, su famoso olvido del nombre del pintor Signorelli.

Gráfico de "Psicopatología de la vida cotidiana"

 

RECUERDO Y REPETICIÓN

Conferencia pronunciada en la Universidad de Sevilla
en Marzo de 1999

I.

El tema que desarrollaremos hoy es “Recuerdo y repetición”, lo cual marca de entrada una diferencia entre los dos términos. Pero para poder hablar de esa diferencia vamos a tener que realizar un recorrido por distintos momentos de la obra de Freud. Este camino se impone por sí sólo, ya que a partir de la revelación del inconsciente se introduce una manera distinta y novedosa de entender la memoria.

Muy al comienzo de su andadura, Freud escribe un pequeño artículo titulado “Recuerdos encubridores” donde responde a una pregunta sugerida desde su práctica: “¿por qué algunas veces se recuerda con nitidez algo sin importancia, mientras otras veces algo muy importante para la vida de alguien se olvida totalmente?”.

A este recordar con nitidez algo sin importancia le llamó “recuerdos encubridores”, y los plantea como una transacción, un conflicto entre lo reprimido y lo recordado, dándoles en este sentido el estatuto de síntoma. En “Psicopatología de la vida cotidiana” esto se puede leer con claridad. Estos recuerdos sintomáticos muestran que la memoria no es automática, que entra en juego un deseo reprimido que condiciona la vida de las personas. Deseo reprimido que hace de motor en los movimientos del inconsciente.

Y es que el inconsciente freudiano no es una suerte de subconsciente que influiría de una manera circunstancial en la vida de cada cual, ni tampoco es una entidad misteriosa que distorsiona la conciencia, ni es un saco donde morarían los instintos en estado puro. El inconsciente freudiano es radical, es lo censurado sin retorno, es lo que nos determina como sujetos carentes de unidad, es lo más desconocido de nosotros mismos y, a la vez, lo que nos habita todo el tiempo, es la división sin retorno que caracteriza la condición humana y que marca de manera definitiva la falta en ser.

Pero esta concepción de lo inconsciente no surge de entrada en la obra de Freud. Como ya lo afirmé en una charla anterior, tiene que ver con la censura onírica, o con la censura a secas, y surge claramente en “La interpretación de los sueños”, texto fundacional. Sin embargo, esta concepción de lo inconsciente ya estaba prefigurada en trabajos anteriores, lo podemos ver en esa primera definición de inconsciente que da Freud de manera fulgurante: el inconsciente es lo no recordado y lo no olvidado.

Esta doble negación nos introduce en una nueva forma de entender la memoria que va desde los recuerdos encubridores hasta el olvido momentáneo de algunas palabras. No se trata de una memoria mecánica, se trata del deseo operando en los recuerdos y, especialmente, en el recuerdo de las situaciones traumáticas de la primera infancia. De esta manera se explica por qué se recuerda esto y no aquello, por qué dos personas que han vivido el mismo suceso recuerdan cosas totalmente distintas, por qué en algunas personas encontramos episodios enteros de amnesia, como la de aquel paciente que habiendo tenido un hermanito cuando ya había cumplido los diez años de edad no podía recordar nada de ese tiempo, es decir que no tenía recuerdo alguno de su madre embarazada ni de su hermano amamantándose, lo que lo llevaba por la vida como si fuera hijo único.

Esta nueva forma de entender la memoria y el olvido nos abre a una nueva dimensión para pensar estas nociones, pero sobre todo las saca de esquemas mecanicistas que inevitablemente empañan la posibilidad de su estudio.

II.

La experiencia humana, la de todos los días, muestra que no todos los olvidos son iguales, que hay olvidos y olvidos, que no es lo mismo olvidarse momentáneamente del nombre de una persona que olvidarse de las entradas del teatro cuando los amantes se han prometido una feliz velada, de la misma manera que no es lo mismo olvidarse de una situación traumática infantil que el olvido del Alzheimer. Sin embargo, a pesar de la diversidad de los olvidos, todos tienen algo en común: son olvidos que, según la Real Academia Española, son “cesaciones de la memoria que se tenía”. Estamos de nuevo en la memoria, ya que el olvido aparece como una falla de aquella; el olvido tiene que ver con el no recordar.

Tomémosla desde otro ángulo, desde el punto de mira de lo que entiende la gente de la calle por memoria. En general se piensa que la memoria está construida por los efectos de estímulos exteriores que han impactado sobre el desarrollo de la persona. Un paso más, y podemos ver que el conductismo define a la memoria como la capacidad para repetir una conducta aprendida previamente. Para esta disciplina, la memoria sería la capacidad de repetición de un acto aprendido con anterioridad.

Algo de cierto se desliza en esta concepción de la memoria, pero es una verdad a medias ya que borra todo lo que tiene que ver con lo inconsciente y solo bascula del lado del aprendizaje.

“Recordar dónde uno está y situarse en relación a los puntos cardinales del espacio es, evidentemente, no sólo orientarse sino hacer un acto de memoria”, afirma Henri Ey en su clásico “Tratado de psiquiatría”. Esta otra manera de entender la memoria, tiene en común con la del conductismo un borramiento de las determinaciones inconscientes de ésta y, sobre todo, el quitarle su dimensión de deseo, que es uno de los aportes fundamentales del psicoanálisis.

Para que lo anterior quede explícito, relataré un breve fragmento clínico sobre el recuerdo de un episodio infantil de un paciente: iba en la grupa de un caballo, que llevaba su hermano, cuando el animal enloqueció ante la vista de una serpiente y precipitó a ambos al suelo, con tan mala fortuna que su hermano le cayó encima y le fracturó el húmero. Este episodio quedó tan marcado a fuego en la historia del paciente que retorna asiduamente a su memoria, a pesar de los treinta años transcurridos. Siguiendo la vertiente del trauma, se podría asegurar que este recuerdo se fijó por el dolor producido por la fractura ósea. Pero cuando damos un paso más, lo que se demuestra es que sólo constituía un recuerdo encubridor de otro, con el cual estaba relacionado por el lugar donde el caballo enloqueció y que hablaba de una masturbación mutua, con toda la impregnación incestuosa que ese acto marca y que tiene que ver con el deseo reprimido que operaba sobre el paciente desde el inconsciente.

III.

Recapitulemos: existen diversos tipos de olvidos, que van desde los olvidos infantiles que se suelen recordar en el transcurso del análisis, como el del paciente que relaté hace un momento, hasta los olvidos del Alzheimer o del síndrome de Korsakov, pasando por la amnesia que condiciona las posibles personalidades múltiples, hasta las amnesias que aparecen después de un shock emotivo. Las amnesias debidas a las diversas demencias suelen ser usadas como argumentos para sostener una visión mecanicista de la memoria, que hablaría del olvido como producto de un desgaste del sistema nervioso central en el cual habrían quedado grabados, como en una tabla de cera, los recuerdos o engramas. Pero este tipo de olvidos se deben a la desaparición del sostén neurológico, orgánico, por muerte neuronal, y no pueden servir como argumento para los olvidos cotidianos.

IV.

Los olvidos para Freud, ya sean olvidos de nombres propios, olvidos de palabras extranjeras, etc., son consecuencia de la represión de las representaciones inaceptables para el sujeto. Esto es importante, pues es lo que determina la amnesia infantil.

De esta manera, hacemos entrar en juego el concepto de represión como lo que constituye lo que se recuerda y lo que se olvida. Pero hay que tener en cuenta que este concepto de represión no es tan simple como parece. Tenemos por un lado una serie de términos freudianos que van a establecerse más o menos como sinónimos, ya que cumplen la misma función en distintas épocas de la enseñanza de Freud. Es el caso de la “censura”, de la “represión primaria” y, en algunos casos, llega hasta el término “defensa” de los primeros escritos. Esta serie implica la absoluta separación entre lo inconsciente y lo preconsciente-consciente, o dicho de otra manera, la radical división del sujeto.

En el sentido que venimos hablando, lo inconsciente es lo imposible de recordar, lo que no se recordará nunca, pero que marca de manera decidida el destino de la gente porque allí hay algo difícil de olvidar. Este inconsciente reprimido originalmente, aparece a luz en los síntomas, que son el retoño de los pensamientos inconscientes, pero también aparece en los sueños, en los actos fallidos y en los olvidos.

Entre las representaciones que no se olvidan y que, al mismo tiempo, no son recuerdos de impresiones sensoriales, sino recuerdos escritos en un block de cera en donde sólo encontramos los trazos, se pone en marcha la libido, atravesando los desfiladeros del significante, para formular una repetición insensata, una compulsión de repetición que produce múltiples formas patológicas.

Este inconsciente no puede ser abordado por la rememoración, pues está más allá de ella. La rememoración sólo puede alcanzar la serie de la represión secundaria, de la defensa secundaria, que es lo que está en lo preconsciente, y con esto ya se consiguen cambios importantes en la vida del sujeto.

V.

Formulemos esta cuestión de manera axiomática: donde termina la rememoración comienza la repetición. En el transcurso de la cura analítica, esta diferencia se puede escuchar de distintas maneras. En el fragmento clínico que hemos expuesto se produjo un cambio importante en la vida del paciente cuando consiguió recordar todo el episodio olvidado de su relación masturbatoria con el hermano. Este rememorar introdujo un viraje en la posición subjetiva del paciente porque le permitió rehistorizar de otra manera su vida, con las consecuencias que ello lleva implícito.

Sin embargo, no se modificó su repetición, que con la fuerza de lo demoníaco volvía una y otra vez haciendo cierto aquel refrán que dice que el hombre es el único animal que tropieza más de dos veces con la misma piedra. Sus relaciones tenían un ciclo, con un comienzo más o menos apasionado y un final en el que se sentía traicionado y abandonado. Al comienzo del análisis explicaba esta repetición por la mala suerte, por la maldad humana, etc., hasta que sucedió lo que tenía que suceder: la transferencia se instaló en la repetición, y todo lo que decía el analista era interpretado por el analizante como una traición y un abandono. Esta situación le condujo a una interrupción momentánea del análisis que consolidaba la repetición. La vuelta al análisis la logró cuando entendió esta situación, lo que significó otro cambio importante.

VI.

Citemos, para consolidar lo anterior, el artículo freudiano de 1914 “Recuerdo, repetición y elaboración”: “... podemos decir que el analizante no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto, lo repite sin saber que lo repite”.

Esta repetición no sabida encadena la vida de algunas personas de manera singular, produciendo la sensación de que alguna oscura fuerza lo lleva a repetir lo inevitable, y si bien es cierto que esta repetición fue sacada a luz por el psicoanálisis, nutre gran cantidad de obras literarias.

La repetición apareció en la transferencia, y de esa manera fue escuchada por Freud mezclada con la rememoración. Sin embargo, rápidamente le queda claro que la repetición es otra manera de recordar, es un recordar en acto lo imposible de recordar, ya que la repetición está más allá del recuerdo encubridor, es decir que se repite en acto lo que nunca estuvo en la memoria tal como la entendemos habitualmente.

Así pues, podemos modificar lo que entendemos por memoria, ya que no sólo está constituida por la impronta de diferentes estímulos, sino que tiene su base en el deseo inconsciente que transita por los pensamientos que nunca llegaron a la conciencia. Por ser dos modalidades de la memoria, conviene diferenciar recuerdo y repetición.

VII.

Las consideraciones anteriores contribuyen a esclarecer la condición humana en un aspecto importante: lo que en la vida de todos los días se llama la “forma de ser” de cada cual. Es decir, que más allá de la unidad imaginaria del yo, algo marca de manera singular a las diversas personas. A esto que ahora he llamado “forma de ser”, también se le dio el nombre de “carácter”, y Reich lo teorizó por el lado de la “coraza defensiva”. En realidad, se puede afirmar que el carácter lo constituye el conjunto de repeticiones que marcan un tiempo especial sobre el tiempo biológico, mostrando una invariabilidad en la conducta de los hombres y mujeres.

Desde esta perspectiva puede leerse el artículo de Freud “Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica”, de 1916, donde describe la forma repetida de la vida de diversos sujetos.

Tres son los tipos caracteriales que Freud nos ofrece. En primer lugar, nos expone lo que podríamos llamar “los excepcionales”. Esta condición subjetiva se caracteriza, como su nombre lo indica, por el rasgo de sentirse seres excepcionales, es decir, que se creen personas mejores que los demás habitantes del planeta, y que, por lo tanto, tienen privilegios indiscutibles sobre los demás. Múltiples son las causas que Freud atribuye a esta repetición, pero lo cierto es que el progreso del análisis fue descubriendo en este tipo de personas la condición esencial de la subjetividad neurótica.

“Los que fracasan al triunfar” constituyen el segundo tipo de carácter que nos descubre Freud. La claridad del enunciado nos exime de mayores comentarios. Sólo agregar que esta modalidad de repetición, cuando aparece en la clínica de todos los días, sumerge a la persona en un ciclo demoníaco que va de la exaltación del triunfo a la melancolía del fracaso.

El tercer tipo que Freud describe es el de “los delincuentes por sentimientos de culpabilidad”, en referencia a aquellos que, por la repetición de una culpa primigenia, buscan apaciguarla cometiendo delitos para ser castigados. En esta modalidad se nota la genialidad freudiana que cambia totalmente la visión de la criminología, como vino a mostrarlo Jiménez de Asúa con su “Psicoanálisis Criminal”, de 1940. El vuelco de Freud es espectacular: no es primero el delito y después la culpa, sino que la culpa es lo que lleva al delito para conseguir el castigo.

Estos diferentes tipos de repetición trenzan diversas modalidades de sufrimiento y de malestar que ponen en cuestión toda la vida de un sujeto. Repetición de un sufrimiento y sufrimiento de la repetición, esto es lo que Freud nos dice cuando, en “Más allá del principio del placer”, analiza la neurosis traumática, la neurosis de guerra, la pesadilla repetida de la bomba que explota, como el comienzo y el fin de la repetición. No hay que olvidarse que, en este texto, la repetición, que tiene una fuerza demoníaca según el decir freudiano, queda del lado de la pulsión de muerte. Extraños misterios del alma humana que repite, sin saber que repite, una situación de malestar y sufrimiento. Esto es lo que hace al destino de la gente, así como el que la única posibilidad de escapar a lo trágico de semejante destino sea el psicoanálisis.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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