Jorge Videla, jefe del golpe militar que derrocó en 1976 al gobierno civil de Argentina, fotografiado el 7 de Agosto de 2003 en Buenos Aires. Foto Reuters.

Jorge Videla el 7 de Agosto de 2003

 

SECUELAS DE LA PRÁCTICA DE LA TORTURA EN ARGENTINA

I.

Al entrar en el bar de todos los días con el sueño pegado a la viruta de los ojos la pregunta de aquel conocido desconocido me sobresalta: ¿qué pasa en su país con lo rico que ha sido siempre?. Esta pregunta me la han repetido miles de veces en el último tiempo al notar mi habla con un deje argentino. En las notas que siguen intento dar una respuesta a esta pregunta, procuro balbucear mi respuesta sobre qué es la Argentina 2002; son páginas que buscan algunas claves para orientar, para orientarme a mí mismo y a quien quiera en los meandros oscuros por los cuales se desliza el día a día de aquel, para mí, país lejano. Estas observaciones no pretenden ser objetivas en el sentido estricto de una correspondencia con la realidad objetiva. No usaré ni las estadísticas ni los gráficos, buscaré las claves en la historia no escrita, en la memoria individual, en viejas charlas de café.

II.

La primera observación que propongo es la siguiente: la Argentina, tal cual la conocemos en este comienzo de siglo, se forja en la década de los 70. En esos años, múltiples eventos consolidarían esta proposición: la vuelta de Perón que está unida a la matanza de Ezeiza, los ritos necrofílicos del brujo López Rega, la retirada de los montoneros de Plaza de Mayo, el surgimiento de la triple A, el crecimiento del ERP que recluta sus militantes en la Universidad, la aparición de los Falcón, el éxodo, el asesinato de sindicalistas por sus propios guardaespaldas, el comienzo de la represión militar,... todos estos y muchos más, como el inicio de la destrucción del aparato productivo y el endeudamiento del Estado, marcan aquella década maldita que engendra la Argentina de la corrupción, del vale todo, del robo, del poder de los matones sindicales, policiales y militares, del hambre y de la miseria, del enriquecimiento ilícito, del crimen sin castigo, de la Argentina como la conocemos hoy.

III.

Este primer comentario no desconoce que hay una larga historia previa, un período que finaliza en los 70. El tópico de la Argentina como crisol de razas, como tierra generosa y rica, hospitalaria, como el paraíso prometido, deviene un lugar donde la crueldad tiñe su manto siniestro, donde se matan y torturan por igual a italianos y franceses, judíos y criollos, españoles y... así un largo etcétera.

Hablo de los hijos y nietos de inmigrantes cuyas primeras generaciones contribuyeron al crecimiento del país y cuyos hijos forjaron el mito de la clase media.

Sabemos que la Argentina es un país de inmigrantes, su carencia de población autóctona hace posible que se llene con gente de muy diversas nacionalidades atraída por la gran cantidad de recursos naturales y su potencialidad para engendrar riqueza. Un poema escrito en 1910 por Rubén Darío, titulado “Canto a la Argentina”, nos muestra esta situación llevada hasta el exceso.

Vuelvo a leer a quien ya nadie lee:

¡Éxodos!, ¡éxodos!.
Rebaños de hombres, rebaños de gente
que teméis los días huraños
que tenéis sed sin hallar fuente
y hambre sin el pan deseado
y amáis la labor que germina.
Los éxodos han salvado:
hay en la tierra una Argentina!
He aquí la región del Dorado
he aquí Canaán la preñada
la Atlántida resucitada
he aquí los campos del toro
y del becerro simbólico.

Esta exuberante imagen que nos entrega el poema de Rubén Darío se completa con una enumeración de los inmigrantes: hombres de las estepas rusas, mujik, judíos, hijos de Italia, gente de España (andaluces, astures, vascos, castellanos, gallegos), suizos, franceses, etc., etc.

¿Qué pasó con aquel país descrito por Rubén Darío?. Seguramente muchas cosas, entre todas ellas buscaré el borde, la ruptura, lo que marca un antes y un después, y ese corte, ya lo dije, tiene fecha: la década de los 70, y dentro de esos diez años que cambiaron la fisonomía de Argentina sobresale como práctica aberrante, que produce importantes cambios subjetivos, la tortura.

IV.

Existen en el mundo diversas manifestaciones de una violencia incontenible, pero no toda forma de violencia es tortura. La “Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes”, de la “Oficina del alto comisionado para los derechos humanos de las Naciones Unidas”, con fecha 26 de junio de 1987, define a la tortura como “todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que haya cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, por instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia”. La particularidad de la tortura, entre otras formas de violencia, radica en que son las personas que se supone que deben proteger a los ciudadanos las que se transforman en agentes de tratos inhumanos, donde la humillación, la indefensión, la desprotección, la impunidad aparecen en toda su plenitud. Casos aislados de tortura se producen en todos los rincones y épocas del mundo, pero lo singular de esta práctica en la Argentina tiene que ver con una aplicación sistemática y generalizada que no ha dejado de producir efectos.

V.

La operación Cóndor no fue obra de la casualidad; no fue, tampoco, obra de unos pocos hombres malos, ni fue orquestada por un grupo de sádicos, sino que fue planificada, calculada, casi experimentalmente, por un conjunto de políticos y militares americanos para el exterminio de la guerrilla en una llamada “guerra sucia”. El brazo ejecutor de esta suciedad fueron los militares, paramilitares y policías argentinos debidamente adiestrados en academias militares americanas ubicadas tanto en territorio estadounidense como latinoamericano.

La operación Cóndor fue la respuesta al crecimiento de la izquierda argentina influenciada por planteamientos guevaristas (uno, dos, muchos Vietnam) que lleva al planteamiento de la lucha armada por los jóvenes y que desemboca en dos fuertes movimientos guerrilleros. Esa respuesta tenía una estrategia precisa: liquidar la base social que sostenía a los movimientos guerrilleros. Éste es el motivo que lleva a planificar una limpieza étnica que no sólo tiene que ver con matar a cualquiera que pudiera directa o indirectamente sostener a estos grupos armados, sino que tiene la intención de destruir al otro como persona, buscando su degradación como sujeto, transformarlo en puro desecho, instalarlo en una indignidad sin retorno.

Por eso los torturadores, los militares argentinos, fueron instruidos sistemática y gradualmente en esa práctica, aprendieron a prolongar la vida del torturado ya que lo importante no era matar sino degradar, les enseñaron a quebrar la voluntad del más fuerte infligiendo siempre la mayor cantidad de dolor psíquico y físico durante innumerables sesiones de tortura, les adiestraron para mantener la indiferencia en ese tipo de situaciones y justificar semejante práctica brutal. Los militares argentinos fueron buenos alumnos, cuando la picana eléctrica no bastaba se afanaban en otras modalidades: torturas de padres frente a sus hijos, la inversa también se daba, matar frente a un torturado a otro prisionero de una manera cruel, sacar a un prisionero por las calles de las ciudades argentinas para que delatara a sus amigos y conocidos y luego torturarlos frente a ese secuestrado. Las prácticas de la crueldad, del sometimiento, de la humillación sin retorno fueron múltiples, un torturador relató en una película documental que tenía a un chaval de quince años viviendo como un perro, y no es metafórico. Para completar este cuadro basta leer el “Informe Sábato”.

Esta aniquilación subjetiva producida por la tortura tenía como condición indispensable que cada torturador dispusiera de plenos poderes sobre la vida y la muerte de los torturados, sobre sus bienes y sobre la vida y los bienes de sus allegados. Ninguna interferencia era posible, lo que dotaba al torturador de un poder absoluto, arbitrario, sin ningún tipo de ley.

Esta condición muestra por su envés que la fuente del poder es la posibilidad de privar al otro de sus bienes, y especialmente de su bien último que es el de la vida.

La anulación de la ley hizo posible que los torturadores pudieran disponer a su antojo de los bienes de los torturados. El robo enriqueció a muchos militares, la venta de bebés (que eran considerados como botín de guerra) produjo gran cantidad de dinero. Este poder de transformar al otro en puro objeto de escarnio estaba justificado en un “todo por la patria”, en donde el torturador se representaba ante sí mismo y ante sus camaradas como una víctima por tener que hacer el trabajo “sucio”. Esto producía además como una inversión en la situación: puesto que el torturador no podía equivocarse, es decir no podía torturar a un inocente, la víctima por el solo hecho de ser torturada ya era culpable. En otras palabras: el hecho de ser detenido y torturado transformaba al inocente en culpable. Fue la década de la impunidad absoluta.

VI.

La tortura aplicada en forma sistemática fue la principal arma que el ejército argentino utilizó contra los grupos guerrilleros, y de ahí las terribles consecuencias que esa década tuvo y tiene en la vida argentina.

VII.

En esta década de la impunidad absoluta, durante los años 70, la corriente de gente que llega a la Argentina se invierte: la gente se va, el miedo cala hondo y se precipita un éxodo político que dispersa a toda una generación de argentinos por distintos lugares del mundo. Un chiste define aquel momento: “¡el último que se vaya que apague la luz!”. Esta inversión de los movimientos de inmigración-emigración muestra con claridad meridiana el cambio que se opera en el país. La vuelta de los europeos idos se transforma en un regreso de aquellos argentinos a sus lugares de origen, y ese mismo movimiento pone en evidencia una descomposición social de proporciones alarmantes. La disolución del vínculo social dentro de la población argentina tiene que ver con la tortura, ya que esta práctica implanta un régimen de terror que facilita, en algunos casos por la complicidad y en otros como víctimas, el expolio económico de la Argentina. La mayor parte de la supuesta deuda externa es acumulada durante la dictadura de Videla (1976-1981).

VIII.

La tortura aplicada en forma sistemática está destinada a crear un régimen de terror en la población que produzca un profundo silencio frente a la impunidad. Causa y efecto de este terror es la complicidad de muchos que consolida sus consecuencias.

Esta complicidad se hace muy manifiesta en la clase media y se la puede medir con dos situaciones que se originan en la psicopatología de la vida cotidiana. La primera es la sinonimia que el juego de la lengua establece entre argentino e inocente. Difícil de describir, la podemos mostrar imaginando una reunión donde un grupo de gente habla de situaciones vagamente comprometidas, alguien pregunta a otro sobre su implicación en los temas discutidos y este último responde: “yo argentino”. Lo que quiere decir es que no tiene nada que ver con lo que se habla, “yo inocente”. La segunda situación se manifiesta en una frase que se hizo popular durante la década de los setenta: “por algo será”. Denegación evidente para evitar ser sospechoso de “subversivo” y, al mismo tiempo, complicidad evidente con la impunidad.

Esta complicidad lleva a una paranoia generalizada, ya que cualquiera puede denunciar a cualquiera y transformarse en cómplice activo de la degradación.

Una anécdota personal pone esto de relieve: en el año 1977 residía en Barcelona, ciudad en la que fui visitado por un amigo argentino de ideología liberal, y después de una charla en la que le hablo de que existen campos de concentración, campos de exterminio, en los que la tortura se practica de forma cotidiana, me responde que prefiere no saber de eso, pues se le haría imposible seguir viviendo en Buenos Aires. Al mismo tiempo, los exiliados también viven en el terror, pues cualquier denuncia pone en peligro la vida de sus familiares que quedaron en la Argentina.

El círculo se cierra y se entiende la eficacia de la tortura como arma de guerra. Todo es silencio menos los gritos de los torturados, todos son cómplices para mantener el régimen de terror que paraliza cualquier iniciativa.

Lo que en 1976 no quería saberse es lo mismo que se pretende ignorar en el 2002: que alguien, un primo, un tío, un amigo que en ese entonces era militar o policía, gente respetada en aquellos tiempos por ser integrantes de la clase media y personas más o menos familiares, ocultaban ese rostro siniestro que los transformó en una subespecie sanguinaria y caníbal. Tampoco quiere saberse que la complicidad de la mayor parte de la clase media restante los degradó a todos tras un único valor supremo: el enriquecimiento a cualquier precio. Ni quiere saberse que aquellos otros que se opusieron a ser cómplices tuvieron que escoger el camino del exilio. Pero aún hay más, y ese plus tiene que ver con la compra de la complicidad, es decir con el hecho de que amplios sectores de la clase media se enriquecieron con el producto de la venta de las empresas estatales y con la práctica habitual del robo, el fraude, las comisiones ilegales, etc.

IX.

Una cofradía de pescadores defiende los intereses de quienes pescan, los colegios profesionales están al servicio de sus asociados, producen reglamentos, promueven la ayuda mutua, etc. Son corporaciones legales que defienden a sus asociados. De la misma manera, entre los militares argentinos, su agrupamiento actual está destinado a evitar la aparición de las figuras que la tortura engendró. Se agrupan para evitar reconocerse como monstruos, por eso nunca han pedido perdón y siempre justifican la guerra sucia con argumentos “ad-hoc”, haciendo referencia a una oscura amenaza marxista.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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