Portada de la Revista “Cuadernos de Psicoanálisis” nº 12, en la que se publicó este artículo en Febrero de 1996.

Portada de la Revista "Cuadernos de Psicoanálisis" nº 12
 

SOBRE EL “MÁS ALLÁ...”

En esta última clase toca desarrollar un tema complicado: goce y fantasma. Tomaré en primer lugar el término goce, alrededor del cual ya hemos dado algunas vueltas a lo largo del curso; hoy intentaré cercarlo por otros caminos.

I.

El goce es un concepto lacaniano que abarca una amplitud importante, es así como hablamos de goce fálico, de goce del Otro, goce del síntoma, etc. Dificultad de no fácil resolución, por lo cual hay varios caminos para cercar su uso. Una vía posible es recordar el debate de anoche en la Sección Clínica de Madrid sobre “Toxicomanía”. En las distintas participaciones se podía oír fácilmente la fijeza del objeto tóxico, fijeza que llevó a uno de los asistentes a compararlo con el fetiche. No voy a sostener que esta analogía sea verdadera, pero el solo hecho de que sea posible marca lo que quería resaltar, la fijeza de la adicción, su carácter compulsivo, rasgo por lo demás obvio. Es justamente esta fijeza del adicto a su droga, lo que nos da un ejemplo paradigmático del objeto de goce psicoanalítico.

Pero es además cierto que la substancia droga produce un goce que se localiza en el cuerpo, goce opaco, sin palabras, que se desliza entre el malestar y el placer, entre el dolor y la calma, goce cambiante que horada lo biológico con alteraciones metabólicas.

De un lado encontramos, entonces, la fijación a un objeto, de otro el cuerpo, elementos primordiales para cercar al goce en su verdadero estatuto. Pero además el adicto nos introduce en los meandros de la repetición, de la compulsión de repetición, que en el caso específico de quien consume heroína inyectable, deja una marca en la piel. Marca que identifica al sujeto como objeto de goce, identificación que como sabemos es aprovechada por la policía al descubrirle los brazos.

El debate de anoche nos enseña, entonces, que la toxicomanía se inscribe en la dimensión del goce, dimensión que puede ser dicha -en una primera tentativa de cercarlo y en forma simple- como que el goce es el placer en el displacer, el placer en el malestar, y es por esto que Lacan pone en el Seminario 17 como ejemplo a las cosquillas, esa sensación que se experimenta en el cuerpo cuando es ligeramente tocado por otra persona, y que consiste en una cierta conmoción desagradable que provoca risa, según la definición del diccionario.

Es a partir de esta primera aproximación al goce como podemos dar algunas otras vueltas para su cercamiento. Tomemos, por ejemplo, la fidelidad que el alcohólico tiene con la botella, lo que ya fue resaltado por Freud, fidelidad extrema que está más allá del amor, puesto que el adicto busca la repetición de un goce inútil que no sirve para nada, o mejor aún sirve solamente para gozar. Inutilidad del goce señalada por Lacan en la primera lección del Seminario 20, “Aun”, en donde el goce es considerado como una instancia negativa, bien diferenciado del amor. Este seminario, que es el segundo tratado sobre el goce, marca un codo en la conceptualización sobre este tema al introducir el goce del significante. El goce de la lengua cuyas consecuencias repercuten en la dirección de la cura.

Pero la vuelta anterior nos llevó muy lejos en la enseñanza de Lacan; retrocedamos hasta el Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, que puede ser leído como el primer tratado sistemático sobre el goce. Allí el goce aparece considerado del lado del mal, del desear el mal al prójimo. Y esta vertiente maléfica del goce está en relación a la pulsión y su satisfacción, y por la lógica freudiana la represión de la satisfacción pulsional aumenta el poder imperativo de la voz superyóica, que a su vez induce a la compulsión de repetición, sembrando en un círculo vicioso el malestar en la cultura.

Este círculo vicioso se cierra con la culpa, como viene a mostrarlo el caso de algunos adictos, cuya culpa, es decir, la necesidad inconsciente de castigo, induce a una repetición de la adicción que aproxima a la muerte por su padecer. Es que -y aquí sería conveniente releer el apartado VII de “El malestar en la cultura”- el superyó queda conectado con la pulsión de muerte, lo que induce un tinte masoquista, palabra usada en este momento en su acepción freudiana.

Toda aproximación al goce será siempre inconclusa puesto que estructuralmente escapa al significante, motivo por el cual escapa a una fijeza de su valoración. Sin embargo, otra vuelta más se impone alrededor de las estructuras clínicas.

En las neurosis y en la perversión hablamos de goce fálico, es decir un goce ordenado por la castración. De otra manera: el campo del goce es regulado, es temperado por el significante fálico, regulación que falta en la psicosis. En esta última estructura clínica la falta del significante fálico (φ0) produce una invasión de goce del Otro absoluto, que en algunas paranoias lleva el nombre del perseguidor pudiendo encarnarse en cualquiera con el riesgo de un pasaje al acto. Estos datos clínicos pueden ser útiles en el momento de valorar una toxicomanía, ya que si bien este fenómeno es transclínico, adquiere en cada estructura un valor diferencial. Es bastante conocido el hecho de que al comienzo de una cura de desintoxicación se puede producir un desencadenamiento psicótico, o que la adicción puede funcionar como suplencia en una psicosis estabilizándola momentáneamente.

Podríamos dar muchas vueltas más, pero la clase de hoy tiene un texto a comentar, el “Más allá del principio del placer”, que es el principio del goce en su dimensión freudiana. Abandono las vueltas y entro en el comentario del texto.

II.

La introducción en el “Más allá” de la pulsión de muerte recoge toda una tradición de pensamiento que se remonta a algo tan alejado como la conocida dicotomía del Yin y el Yang; sin embargo -este concepto freudiano de pulsión de muerte- produce una ruptura puesto que no conserva la lógica binaria, sino que introduce un más allá del significante.

Como contrapartida podríamos citar a Quevedo: “Todo vive sujeto a la fragilidad y al accidente, todo caduca, todo enferma, todo muere, hasta la ley que nos conserva”. Esta cita, que habla en definitiva de la futilidad de las vanidades humanas, está más próxima al pensamiento freudiano, puesto que en el “Más allá” se trata de capturar esa ley que siempre escapa de un retorno a lo inanimado, y escapa en Freud al usar su propia noción de pulsión mezclada con el instinto.

Me parece que se impone, para aproximarnos a la pulsión de muerte -primer nombre del goce en Freud-, realizar una lectura rigurosa de “Más allá del principio del placer”, lectura que puede ser comandada desde el Seminario 2, y específicamente desde la parte separada por J.-A. Miller bajo ese título freudiano.

No es necesario repetir que “Más allá del principio del placer” se divide en siete apartados, y en cada uno de ellos Freud realiza un recorrido que podríamos caracterizar como el de una lógica circular, donde al mismo tiempo que resuelve algunos problemas, va dejando cabos sueltos que son anudados en el apartado siguiente, nudos nada consistentes que dejan a su vez otros lazos sueltos, que no se terminan de anudar en el último apartado, y cuyos flecos se prolongan en dos textos, “Psicología de las masas” y “El malestar en la cultura”, textos cuyo anudamiento realiza una operación de interrogación sobre el goce y que, por esto mismo, pueden ser leídos como una unidad.

Esta modalidad de lectura, este seguir paso a paso un texto freudiano, tiene la ventaja de mostrarnos los avances y los retrocesos de la experiencia freudiana en la búsqueda de una conceptualización de algo, de ese más allá que, con un grado de certeza que impresiona, fue escuchado en su práctica clínica, conceptualización que se escapa una y otra vez, pero cuyo recorrido va dejando la solidez de una teoría.

III.

Comienzo por el principio. Primer apartado. Lo que allí nos dice Freud es que, hasta ese momento de su obra, toda su teoría sobre el aparato psíquico está basada en el principio del placer, pero que ahora se ha dado cuenta de algo importante, de que hay algo más, y que quiere escribir sobre ello.

Este más allá tiene en su redacción una simpleza engañadora, puesto que conmueve todo lo edificado hasta ese momento, a tal punto, que esta conmoción del armazón freudiano no fue asimilada por los analistas de aquella generación. Y la simpleza gramatical, que nosotros podemos simplificar más, afirma: que el principio del placer no es el todo, que el dominio del principio del placer tiene su límite, y que ese límite está dado por fuerzas, o por estados determinados que se oponen al principio del placer, y que descompletan el todo.

Descompletud del “todo es principio del placer” que está argumentada en algo obvio, pero que por ser tan obvio no había sido percibido hasta ese momento. Freud afirma lo obvio de esta manera: que si las fuerzas antagonistas del principio del placer no existieran, todos los procesos psíquicos tendrían que ir acompañados de placer, lo cual es contradicho por toda la experiencia humana.

Para intentar construir un esquema teórico que dé cuenta de esta descompletud que complica, intenta ceñirla por medio de un estudio metapsicológico, es decir una sumatoria de los puntos de vista tópico, dinámico y económico, reutilizando su vieja idea de una energía; idea que Lacan en el Seminario 2 reubicará históricamente para mostrarnos que esta noción, que aparece ante nosotros casi como natural, en realidad ha sido fruto de un largo proceso de simbolización y se corresponde con la aparición en el mundo de la máquina. Pero no seguiré por este camino que nos reenvía hacia la energía utilizada en una usina hidroeléctrica y que introduce la medida, medición de la energía que la despoja de su pretendida naturalidad.

Es a punto de partida de esta energía medible, y siguiendo a Fechner, que Freud nos entrega su definición del principio del placer: Es la tendencia del aparato anímico que lleva a conservar el nivel energético lo más bajo posible, lo más bajo posible sin llegar a cero, porque cero sería sinónimo de muerte. Este por “arriba del cero”, está dicho por Freud con la introducción del “principio de constancia” que limita al principio del placer en su tendencia a la descarga, ya que el principio del placer es correlativo a la descarga de tensión que es en definitiva el motor último para eliminar el displacer.

Es a partir de esta construcción que Freud se interroga, en este primer apartado, sobre las fuerzas que se oponen al principio del placer y que transforman a éste en un no todo. Nombra a tres fuerzas de oposición, dos de las cuales serán tratadas en este apartado, dejando a la tercera, que en rigor vendría a ser la verdadera fuerza de oposición, para tratarla en los apartados siguientes.

La primera tendencia o fuerza que nombra, y que es colocada en el rango de la normalidad, rango que viene a denotar en Freud lo que entra en sus construcciones habituales, es el principio de realidad. A este principio le adjudica una sede precisa: el yo. En este lugar yoico, y por intermedio de las pulsiones de autoconservación, el principio del placer es sustituido por el principio de realidad.

Esta sustitución yoica del principio del placer por el principio de realidad muestra que la relación entre ambos no es simplemente una relación de oposición, lectura habitual, sino que el principio de realidad es en rigor la continuidad del principio del placer; o de otra manera, el principio de realidad retarda, aplaza la satisfacción del principio del placer. A punto tal, Freud lo dice, que si el principio del placer se alía a la pulsión puede derrotar al principio de realidad dañando al organismo entero.

No es posible seguir los múltiples desarrollos lacanianos sobre estos principios, pero quiero resaltar la conclusión a la que arriba en el Seminario “Aun”, puesto que nos abre al tema de esta clase, “goce y fantasma”. En este seminario afirma por un lado que el fantasma es el soporte de lo que en la teoría freudiana se llama principio de realidad, y por otro afirma que el principio del placer es la coalescencia del a con el significante de la falta en el Otro. De esta manera puede leerse que el a, ya sea en el tapón del fantasma, o como relleno de la falta, es el nexo entre el principio del placer y el principio de realidad que se contraponen en la dimensión del sujeto. Lectura interesante para reubicar el objeto droga, que al colocarse como a, o en el lugar del a, sostiene la realidad fantasmática y al mismo tiempo opera como placer, que es una defensa frente a la castración. A lo que hay que agregar el primer esbozo de la repetición del fantasma, repetición que queda fuera del tiempo (ver la discusión de los conceptos kantianos del tiempo y el espacio que Freud esboza en este artículo). Goce del fantasma que modulará la transferencia determinando mucho de sus movimientos imaginarios. Es lo que Freud más adelante llama “neurosis de transferencia”.

La segunda fuerza que Freud nombra, y que también coloca en el rango de lo normal, es “la tendencia al displacer que surge de los conflictos y disociaciones que tienen lugar en el aparato psíquico mientras el yo verifica su evolución hasta organizaciones de superior complejidad”. El yo aparece como una unidad imaginaria evolutiva que cuando es amenazada en su integridad por una moción pulsional reprime a ésta. El retorno de lo reprimido como satisfacción sustitutiva -que es potencialmente placentera- es sentido por el yo como displacer. La conclusión de Freud es terminante: todo malestar neurótico es de este orden, lo que tendría que ser placentero aparece como displacer. Como puede escucharse, el placer en lo displaciente nos acerca, nos aproxima a la categoría de goce articulada por Lacan, uno de cuyos pilares es este “Más allá”.

Sin embargo, Freud nos dice al final del apartado I que estas dos fuerzas investigadas están del lado de lo normal, y que hay que dar una vuelta más para llegar a conocer el componente verdadero de las fuerzas que se oponen al principio del placer.

IV.

De esta manera llegamos al apartado II, y quizás el más conocido. Y en este apartado, sin estar preparados para ello, Freud nos habla de la neurosis traumática, que queda ligada a un susto, es decir a la sorpresa producida por un trauma real, y a la repetición onírica de este trauma. Esta repetición es explicada por Freud con dos argumentos: el primero dice que el trauma ha afectado la función habitual del sueño, es decir la realización de deseos. El segundo se refiere a lo que Freud llama “la misteriosa tendencia masoquista del yo”. Y esta afirmación queda, podríamos decir, en puntos suspensivos, puesto que a renglón seguido comienza a hablar de los juegos infantiles.

El ya famoso juego de la aparición y desaparición del carrete, acompañado del primer binomio fonético, es de sobra conocido por el uso realizado por Lacan para la construcción de su teoría sobre el significante. Pero detengámonos un instante en la argumentación freudiana. La primera interpretación que hace del juego es la siguiente: “El juego se halla en conexión con la más importante función cultural en el niño, esto es, con la renuncia a la satisfacción pulsional al permitir sin resistencia alguna la marcha de la madre”; para preguntarse a continuación: ¿cómo puede ser posible que exista placer en la repetición de una situación penosa?. Este argumento será ampliamente desarrollado en “El malestar en la cultura”.

La respuesta a esta pregunta, que es al mismo tiempo el argumento que explicaría el juego, habla del pasaje de una posición pasiva a una activa, pasaje que llama “impulso de dominio”.

Sea como sea, nos viene a decir Freud, la razón última por la cual su nieto repite un suceso desagradable es que en dicha repetición, que en la “insistencia repetitiva” para decirlo con la traducción de Lacan, existe un placer de otro orden pero más directo. El problema es que este modo de resolución de la cuestión deja las cosas en un “status quo” anterior, ya que placer por placer se está bajo el dominio del principio del placer. Con este cierre termina el apartado II, dejando para el III investigar el verdadero más allá, que deberían ser tendencias más primitivas e independientes del principio del placer. Pero este apartado II deja una vía abierta, ya que lo que habitualmente se lee como una misma serie, el juego del “fort-da” y el sueño repetido de la neurosis traumática, son aperturas a distintas repeticiones. La primera hace a la repetición de la cadena significante, lo que Lacan llama la insistencia repetitiva en el Seminario 2, es decir, una insistencia de la cadena significante. La segunda, que puede ser ubicada como la compulsión de repetición del Seminario 11, es la repetición de una posición de goce silenciosa provocada por el fantasma, correlato del trauma. La toxicomanía se inscribe en esta segunda serie, puesto que el toxicómano produce un cortocircuito significante. Esto último explica en rigor que el apartado III es, al mismo tiempo que una investigación clínica, la justificación de por qué se hace necesaria a la teoría psicoanalítica la introducción de esa tendencia más primitiva que el principio del placer. Y lo hace recurriendo a la neurosis de transferencia y a la repetición en el destino humano.

En estas dos modalidades clínicas encuentra su justificación para colocar en el orden de lo eficiente a la “Wiederholungszwang”, la obsesión o compulsión de repetición. Una vez que ha justificado su necesidad en la teoría, abre la pregunta sobre qué es esta compulsión de repetición y cuáles son sus relaciones con el principio del placer, es decir, con un “principio de homeostasis”, como lo designa Lacan en el Seminario 2.

Y para nuestra sorpresa, cuando todo hace suponer que el apartado IV comenzaría por dar respuestas a estas cuestiones, nos encontramos con un detallado estudio sobre la conciencia que nos reenvía hacia “La interpretación de los sueños”, donde la conciencia es determinada como un sistema de paso, sin inscripción de huellas mnémicas, que viene a concluir sobre un: “el problema de la conciencia es tan complicado que mejor lo dejo para otro”; y nosotros sabemos que esto es resuelto por Lacan, en el Seminario 2, con la figura del lago solitario.

Sin embargo, puede entenderse esta introducción del apartado IV por la conciencia, al seguir leyendo el texto y darnos cuenta de que lo que está tratando Freud es de ubicarnos que hay procesos que por su “quantum” de energía rompen la homeostasis del aparato. Esa ruptura, cuya explicación metapsicológica es fruto de un enorme esfuerzo, esa ruptura puede ser por causas externas o internas.

De otra manera: más allá de las dificultades freudianas para la ubicación de la conciencia en el aparato psíquico, se puede notar la función que el tema de la conciencia cumple en este apartado, y esa función es la de servir de barrera protectora frente a los estímulos externos o internos.

En el apartado IV el desarrollo recae sobre los estímulos exteriores, que cuando invaden el aparato psíquico más allá de un cierto nivel producen un desarreglo en dicho aparato. Como se puede escuchar, el aparato psíquico freudiano está trenzado sobre un modelo homeostático cuyo desarreglo está determinado por un aumento de la energía, dado por las excitaciones, aumento de energía que implica que ésta no puede ser ligada.

De esta manera reaparece en este apartado una diferencia entre energías, la energía ligada y la energía libre. Este paso freudiano del apartado IV es de suma importancia, ya que escapa a la lógica circular y nos entrega una clave del más allá del principio del placer. Si el monto de energía puede ser ligado se mantiene la homeostasis; si la energía supera la capacidad de ligazón del aparato, éste se bloquea y produce sensaciones de displacer.

A su vez, el mecanismo por el cual el aparato liga la energía libre no está claramente precisado, pero se pueden entrever dos vías. La primera es la ligazón a huellas mnémicas, es decir significantes. La segunda sería ligada por el propio funcionamiento del principio del placer.

El fracaso de estas dos ligaduras explica las pesadillas repetidas de las neurosis traumáticas que no están al servicio de la función onírica, definida por Freud como la realización alucinatoria de deseos constituida bajo el dominio del principio del placer. Lo que en el segundo apartado caía bajo el dominio del principio del placer, en este cuarto apartado nos muestra su más allá.

Este más allá, esta excepción de la satisfacción de deseos en el sueño, está determinada por una labor previa al principio del placer, y esta labor está dada por la compulsión de repetición, que intenta ligar la energía libre por medio de la reproducción de la angustia.

Esta introducción de la angustia es la salida freudiana, pero esta salida complica el desarrollo; sólo señalaré que la angustia como señal del peligro prepara el aparato psíquico con contracargas que disminuyen el efecto susto, el efecto sorpresa del trauma.

Sea como fuere, los sueños traumáticos y los juegos infantiles nos muestran, en este apartado, que hay un más allá del principio del placer, más primitivo e independiente de éste. Este más allá tiene como sustrato la energía no ligada, lo cual abre a las resonancias del goce en su estatuto de más allá del significante.

V.

Es sobre esta plataforma que Freud abre el apartado V, que va a tratar de ese más allá, de esa sobrecarga pero de estímulos procedentes del interior, del interior del cuerpo. Por eso este apartado podría titularse, tomando una frase del Seminario 11: “la verdadera transgresión al principio del placer es la pulsión”. Es verdaderamente apasionante leer la valentía con la que Freud introduce en este apartado V una nueva concepción de las pulsiones que producirá un cambio total en su teoría, y este cambio sólo está basado en un dato clínico: la repetición en la transferencia.

Este dato clínico, que está escrito después de una nueva descripción del inconsciente como energía libre en el proceso primario -y que Lacan matematizará con el Otro-, y del sistema preconsciente como energía ligada en el proceso secundario, este dato clínico que está explicado por la compulsión de repetición, a la que Freud le adscribe un carácter demoníaco, va seguido en el texto de una pregunta que es el punto umbilical del artículo: “¿de qué modo se halla en conexión lo pulsional con la compulsión a la repetición?”. Y a esta pregunta fundamental la contesta tajantemente, sin que nada nos haya preparado para ella, con una redefinición del concepto de pulsión: “La pulsión sería, pues, una tendencia propia de lo orgánico vivo a la reconstrucción de un estado anterior, que lo inanimado tuvo que abandonar bajo el influjo de fuerzas exteriores, perturbadoras, una especie de elasticidad orgánica, o si se quiere la manifestación de la inercia en la vida orgánica”.

A partir de esta definición nos encontramos, por un lado, con la introducción del cuerpo y sus orificios pulsionales como bordes ubicables más allá del principio del placer, es decir como lugares donde el goce es posible, pero también con cierta confusión freudiana en donde aparecen mezcladas la tendencia a la repetición y otra tendencia que sería a la restitución.

A partir de aquí Freud se sumerge en una argumentación biológica, que le da un aire denso y extraño al apartado, para justificar que la meta de toda la vida es la muerte, es decir una prolongación de la vida en su curso hacia la muerte. De esta concepción se derivan las pulsiones de conservación, que constituirían la lucha contra el permanente retorno a lo inanimado.

En resumen, y en toda esta argumentación biológica, Freud nos dice que la presencia del sexo en lo viviente está ligada a la muerte, para decirlo en términos del Seminario 11.

Ahora bien, en el transcurso de esa discusión biológica, las piezas se desencajan, y las piezas que se desencajan son la teoría de las pulsiones como las ha construido hasta ese momento, es decir las pulsiones del yo, de autoconservación por un lado, y las sexuales por otro.

La introducción de un nuevo dualismo pulsional, que redefine sus concepciones anteriores sobre las pulsiones, será el objetivo del apartado VI.

Pero antes de avanzar sobre el apartado VI conviene retomar la última parte del V, donde afirma algo que ya señalé de pasada, y esta afirmación es categórica: la pulsión reprimida, nos dice Freud, no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistiría en la repetición de un satisfactorio suceso primario. Aquí el argumento es del orden de la repetición, repetición de un suceso sexual que, a causa del sistema homeostático, entra en juego bajo la forma de una pulsión parcial. Pulsión parcial con respecto a la finalidad biológica de la reproducción y, al mismo tiempo, el empuje a la satisfacción que nunca cesa en la pulsión, marcan la imposibilidad de asimilar la pulsión a lo biológico, ya que lo biológico siempre tiene un ritmo.

El apartado VI está dedicado a la rectificación de la teoría pulsional, aunque esta rectificación está precedida por una discusión sobre la muerte en un intento por definir su instante y su esencia en términos biológicos. Por otro lado, retoma una antigua discusión con Jung, lo que le permite confirmar su dualismo pulsional, pulsiones de vida y pulsiones de muerte. Para lo cual reexamina sus diferentes teorías pulsionales, examen que resume en una llamada a pie de página de este apartado.

Revisada su teoría pulsional y establecido el dualismo pulsión de vida, Eros, y pulsión de muerte, Tánatos, se dedica con esta herramienta a explorar otras polarizaciones que puedan subsumirse en aquéllas.

En primer lugar, la del amor y la del odio, y en segundo lugar, el par antitético sadismo-masoquismo. Marca el origen del sadismo en la pulsión de muerte, que posteriormente entra al servicio de la función sexual. En cuanto al masoquismo, después de una corta discusión, le adscribe un estatuto primario. Lo cual le lleva a romper el par y tener que considerarlos, el sadismo y el masoquismo, tendencias independientes, todo lo cual será desarrollado en “El problema económico del masoquismo”. Aquí conviene recordar el comienzo de esta charla, cuando a ¿qué es el goce? di la respuesta: “placer en el displacer”. Una conclusión se impone, la pulsión de muerte freudiana es el primer nombre del goce. Pero este primer nombre, en rigor y para nuestra sorpresa, sirve al principio del placer, como viene a decirlo el último apartado, el VII.

Allí podemos leer: la pulsión tiene como carácter general el querer reconstituir un estado anterior, primer movimiento; este carácter se comunica a cada una de las pulsiones parciales, segundo movimiento. Y tercer movimiento: esto que escapa al principio del placer, no se opone a él.

Ahí se detiene este “Más allá”, a falta -nos dice Freud- de una mayor investigación de las relaciones entre la compulsión de repetición y el principio del placer.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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