| |
SOBRE EL MÁS ALLÁ...
En esta última clase toca desarrollar un tema complicado: goce y
fantasma. Tomaré en primer lugar el término goce, alrededor del cual ya
hemos dado algunas vueltas a lo largo del curso; hoy intentaré cercarlo
por otros caminos.
I.
El goce es un concepto lacaniano que abarca una amplitud importante,
es así como hablamos de goce fálico, de goce del Otro, goce del síntoma,
etc. Dificultad de no fácil resolución, por lo cual hay varios caminos
para cercar su uso. Una vía posible es recordar el debate de anoche en
la Sección Clínica de Madrid sobre “Toxicomanía”. En las distintas
participaciones se podía oír fácilmente la fijeza del objeto tóxico,
fijeza que llevó a uno de los asistentes a compararlo con el fetiche. No
voy a sostener que esta analogía sea verdadera, pero el solo hecho de
que sea posible marca lo que quería resaltar, la fijeza de la adicción,
su carácter compulsivo, rasgo por lo demás obvio. Es justamente esta
fijeza del adicto a su droga, lo que nos da un ejemplo paradigmático del
objeto de goce psicoanalítico.
Pero es además cierto que la substancia droga produce un goce que se
localiza en el cuerpo, goce opaco, sin palabras, que se desliza entre el
malestar y el placer, entre el dolor y la calma, goce cambiante que
horada lo biológico con alteraciones metabólicas.
De un lado encontramos, entonces, la fijación a un objeto, de otro el
cuerpo, elementos primordiales para cercar al goce en su verdadero
estatuto. Pero además el adicto nos introduce en los meandros de la
repetición, de la compulsión de repetición, que en el caso específico de
quien consume heroína inyectable, deja una marca en la piel. Marca que
identifica al sujeto como objeto de goce, identificación que como
sabemos es aprovechada por la policía al descubrirle los brazos.
El debate de anoche nos enseña, entonces, que la toxicomanía se
inscribe en la dimensión del goce, dimensión que puede ser dicha -en una
primera tentativa de cercarlo y en forma simple- como que el goce es el
placer en el displacer, el placer en el malestar, y es por esto que
Lacan pone en el Seminario 17 como ejemplo a las cosquillas, esa
sensación que se experimenta en el cuerpo cuando es ligeramente tocado
por otra persona, y que consiste en una cierta conmoción desagradable
que provoca risa, según la definición del diccionario.
Es a partir de esta primera aproximación al goce como podemos dar
algunas otras vueltas para su cercamiento. Tomemos, por ejemplo, la
fidelidad que el alcohólico tiene con la botella, lo que ya fue
resaltado por Freud, fidelidad extrema que está más allá del amor,
puesto que el adicto busca la repetición de un goce inútil que no sirve
para nada, o mejor aún sirve solamente para gozar. Inutilidad del goce
señalada por Lacan en la primera lección del Seminario 20, “Aun”, en
donde el goce es considerado como una instancia negativa, bien
diferenciado del amor. Este seminario, que es el segundo tratado sobre
el goce, marca un codo en la conceptualización sobre este tema al
introducir el goce del significante. El goce de la lengua cuyas
consecuencias repercuten en la dirección de la cura.
Pero la vuelta anterior nos llevó muy lejos en la enseñanza de Lacan;
retrocedamos hasta el Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, que
puede ser leído como el primer tratado sistemático sobre el goce. Allí
el goce aparece considerado del lado del mal, del desear el mal al
prójimo. Y esta vertiente maléfica del goce está en relación a la
pulsión y su satisfacción, y por la lógica freudiana la represión de la
satisfacción pulsional aumenta el poder imperativo de la voz superyóica,
que a su vez induce a la compulsión de repetición, sembrando en un
círculo vicioso el malestar en la cultura.
Este círculo vicioso se cierra con la culpa, como viene a mostrarlo
el caso de algunos adictos, cuya culpa, es decir, la necesidad
inconsciente de castigo, induce a una repetición de la adicción que
aproxima a la muerte por su padecer. Es que -y aquí sería conveniente
releer el apartado VII de “El malestar en la cultura”- el superyó queda
conectado con la pulsión de muerte, lo que induce un tinte masoquista,
palabra usada en este momento en su acepción freudiana.
Toda aproximación al goce será siempre inconclusa puesto que
estructuralmente escapa al significante, motivo por el cual escapa a una
fijeza de su valoración. Sin embargo, otra vuelta más se impone
alrededor de las estructuras clínicas.
En las neurosis y en la perversión hablamos de goce fálico, es decir
un goce ordenado por la castración. De otra manera: el campo del goce es
regulado, es temperado por el significante fálico, regulación que falta
en la psicosis. En esta última estructura clínica la falta del
significante fálico (φ0)
produce una invasión de goce del Otro absoluto, que en algunas paranoias
lleva el nombre del perseguidor pudiendo encarnarse en cualquiera con el
riesgo de un pasaje al acto. Estos datos clínicos pueden ser útiles en
el momento de valorar una toxicomanía, ya que si bien este fenómeno es
transclínico, adquiere en cada estructura un valor diferencial. Es
bastante conocido el hecho de que al comienzo de una cura de
desintoxicación se puede producir un desencadenamiento psicótico, o que
la adicción puede funcionar como suplencia en una psicosis
estabilizándola momentáneamente.
Podríamos dar muchas vueltas más, pero la clase de hoy tiene un texto
a comentar, el “Más allá del principio del placer”, que es el principio
del goce en su dimensión freudiana. Abandono las vueltas y entro en el
comentario del texto.
II.
La introducción en el “Más allá” de la pulsión de muerte recoge toda
una tradición de pensamiento que se remonta a algo tan alejado como la
conocida dicotomía del Yin y el Yang; sin embargo -este concepto
freudiano de pulsión de muerte- produce una ruptura puesto que no
conserva la lógica binaria, sino que introduce un más allá del
significante.
Como contrapartida podríamos citar a Quevedo: “Todo vive sujeto a la
fragilidad y al accidente, todo caduca, todo enferma, todo muere, hasta
la ley que nos conserva”. Esta cita, que habla en definitiva de la
futilidad de las vanidades humanas, está más próxima al pensamiento
freudiano, puesto que en el “Más allá” se trata de capturar esa ley que
siempre escapa de un retorno a lo inanimado, y escapa en Freud al usar
su propia noción de pulsión mezclada con el instinto.
Me parece que se impone, para aproximarnos a la pulsión de muerte
-primer nombre del goce en Freud-, realizar una lectura rigurosa de “Más
allá del principio del placer”, lectura que puede ser comandada desde el
Seminario 2, y específicamente desde la parte separada por J.-A. Miller
bajo ese título freudiano.
No es necesario repetir que “Más allá del principio del placer” se
divide en siete apartados, y en cada uno de ellos Freud realiza un
recorrido que podríamos caracterizar como el de una lógica circular,
donde al mismo tiempo que resuelve algunos problemas, va dejando cabos
sueltos que son anudados en el apartado siguiente, nudos nada
consistentes que dejan a su vez otros lazos sueltos, que no se terminan
de anudar en el último apartado, y cuyos flecos se prolongan en dos
textos, “Psicología de las masas” y “El malestar en la cultura”, textos
cuyo anudamiento realiza una operación de interrogación sobre el goce y
que, por esto mismo, pueden ser leídos como una unidad.
Esta modalidad de lectura, este seguir paso a paso un texto
freudiano, tiene la ventaja de mostrarnos los avances y los retrocesos
de la experiencia freudiana en la búsqueda de una conceptualización de
algo, de ese más allá que, con un grado de certeza que impresiona, fue
escuchado en su práctica clínica, conceptualización que se escapa una y
otra vez, pero cuyo recorrido va dejando la solidez de una teoría.
III.
Comienzo por el principio. Primer apartado. Lo que allí nos dice
Freud es que, hasta ese momento de su obra, toda su teoría sobre el
aparato psíquico está basada en el principio del placer, pero que ahora
se ha dado cuenta de algo importante, de que hay algo más, y que quiere
escribir sobre ello.
Este más allá tiene en su redacción una simpleza engañadora, puesto
que conmueve todo lo edificado hasta ese momento, a tal punto, que esta
conmoción del armazón freudiano no fue asimilada por los analistas de
aquella generación. Y la simpleza gramatical, que nosotros podemos
simplificar más, afirma: que el principio del placer no es el todo, que
el dominio del principio del placer tiene su límite, y que ese límite
está dado por fuerzas, o por estados determinados que se oponen al
principio del placer, y que descompletan el todo.
Descompletud del “todo es principio del placer” que está argumentada
en algo obvio, pero que por ser tan obvio no había sido percibido hasta
ese momento. Freud afirma lo obvio de esta manera: que si las fuerzas
antagonistas del principio del placer no existieran, todos los procesos
psíquicos tendrían que ir acompañados de placer, lo cual es contradicho
por toda la experiencia humana.
Para intentar construir un esquema teórico que dé cuenta de esta
descompletud que complica, intenta ceñirla por medio de un estudio
metapsicológico, es decir una sumatoria de los puntos de vista tópico,
dinámico y económico, reutilizando su vieja idea de una energía; idea
que Lacan en el Seminario 2 reubicará históricamente para mostrarnos que
esta noción, que aparece ante nosotros casi como natural, en realidad ha
sido fruto de un largo proceso de simbolización y se corresponde con la
aparición en el mundo de la máquina. Pero no seguiré por este camino que
nos reenvía hacia la energía utilizada en una usina hidroeléctrica y que
introduce la medida, medición de la energía que la despoja de su
pretendida naturalidad.
Es a punto de partida de esta energía medible, y siguiendo a Fechner,
que Freud nos entrega su definición del principio del placer: Es la
tendencia del aparato anímico que lleva a conservar el nivel energético
lo más bajo posible, lo más bajo posible sin llegar a cero, porque cero
sería sinónimo de muerte. Este por “arriba del cero”, está dicho por
Freud con la introducción del “principio de constancia” que limita al
principio del placer en su tendencia a la descarga, ya que el principio
del placer es correlativo a la descarga de tensión que es en definitiva
el motor último para eliminar el displacer.
Es a partir de esta construcción que Freud se interroga, en este
primer apartado, sobre las fuerzas que se oponen al principio del placer
y que transforman a éste en un no todo. Nombra a tres fuerzas de
oposición, dos de las cuales serán tratadas en este apartado, dejando a
la tercera, que en rigor vendría a ser la verdadera fuerza de oposición,
para tratarla en los apartados siguientes.
La primera tendencia o fuerza que nombra, y que es colocada en el
rango de la normalidad, rango que viene a denotar en Freud lo que entra
en sus construcciones habituales, es el principio de realidad. A este
principio le adjudica una sede precisa: el yo. En este lugar yoico, y
por intermedio de las pulsiones de autoconservación, el principio del
placer es sustituido por el principio de realidad.
Esta sustitución yoica del principio del placer por el principio de
realidad muestra que la relación entre ambos no es simplemente una
relación de oposición, lectura habitual, sino que el principio de
realidad es en rigor la continuidad del principio del placer; o de otra
manera, el principio de realidad retarda, aplaza la satisfacción del
principio del placer. A punto tal, Freud lo dice, que si el principio
del placer se alía a la pulsión puede derrotar al principio de realidad
dañando al organismo entero.
No es posible seguir los múltiples desarrollos lacanianos sobre estos
principios, pero quiero resaltar la conclusión a la que arriba en el
Seminario “Aun”, puesto que nos abre al tema de esta clase, “goce y
fantasma”. En este seminario afirma por un lado que el fantasma es el
soporte de lo que en la teoría freudiana se llama principio de realidad,
y por otro afirma que el principio del placer es la coalescencia del
a con el significante de la falta en el Otro. De esta manera puede
leerse que el a, ya sea en el tapón del fantasma, o como relleno
de la falta, es el nexo entre el principio del placer y el principio de
realidad que se contraponen en la dimensión del sujeto. Lectura
interesante para reubicar el objeto droga, que al colocarse como a,
o en el lugar del a, sostiene la realidad fantasmática y al mismo
tiempo opera como placer, que es una defensa frente a la castración. A
lo que hay que agregar el primer esbozo de la repetición del fantasma,
repetición que queda fuera del tiempo (ver la discusión de los conceptos
kantianos del tiempo y el espacio que Freud esboza en este artículo).
Goce del fantasma que modulará la transferencia determinando mucho de
sus movimientos imaginarios. Es lo que Freud más adelante llama
“neurosis de transferencia”.
La segunda fuerza que Freud nombra, y que también coloca en el rango
de lo normal, es “la tendencia al displacer que surge de los conflictos
y disociaciones que tienen lugar en el aparato psíquico mientras el yo
verifica su evolución hasta organizaciones de superior complejidad”. El
yo aparece como una unidad imaginaria evolutiva que cuando es amenazada
en su integridad por una moción pulsional reprime a ésta. El retorno de
lo reprimido como satisfacción sustitutiva -que es potencialmente
placentera- es sentido por el yo como displacer. La conclusión de Freud
es terminante: todo malestar neurótico es de este orden, lo que tendría
que ser placentero aparece como displacer. Como puede escucharse, el
placer en lo displaciente nos acerca, nos aproxima a la categoría de
goce articulada por Lacan, uno de cuyos pilares es este “Más allá”.
Sin embargo, Freud nos dice al final del apartado I que estas dos
fuerzas investigadas están del lado de lo normal, y que hay que dar una
vuelta más para llegar a conocer el componente verdadero de las fuerzas
que se oponen al principio del placer.
IV.
De esta manera llegamos al apartado II, y quizás el más conocido. Y
en este apartado, sin estar preparados para ello, Freud nos habla de la
neurosis traumática, que queda ligada a un susto, es decir a la sorpresa
producida por un trauma real, y a la repetición onírica de este trauma.
Esta repetición es explicada por Freud con dos argumentos: el primero
dice que el trauma ha afectado la función habitual del sueño, es decir
la realización de deseos. El segundo se refiere a lo que Freud llama “la
misteriosa tendencia masoquista del yo”. Y esta afirmación queda,
podríamos decir, en puntos suspensivos, puesto que a renglón seguido
comienza a hablar de los juegos infantiles.
El ya famoso juego de la aparición y desaparición del carrete,
acompañado del primer binomio fonético, es de sobra conocido por el uso
realizado por Lacan para la construcción de su teoría sobre el
significante. Pero detengámonos un instante en la argumentación
freudiana. La primera interpretación que hace del juego es la siguiente:
“El juego se halla en conexión con la más importante función cultural en
el niño, esto es, con la renuncia a la satisfacción pulsional al
permitir sin resistencia alguna la marcha de la madre”; para preguntarse
a continuación: ¿cómo puede ser posible que exista placer en la
repetición de una situación penosa?. Este argumento será ampliamente
desarrollado en “El malestar en la cultura”.
La respuesta a esta pregunta, que es al mismo tiempo el argumento que
explicaría el juego, habla del pasaje de una posición pasiva a una
activa, pasaje que llama “impulso de dominio”.
Sea como sea, nos viene a decir Freud, la razón última por la cual su
nieto repite un suceso desagradable es que en dicha repetición, que en
la “insistencia repetitiva” para decirlo con la traducción de Lacan,
existe un placer de otro orden pero más directo. El problema es que este
modo de resolución de la cuestión deja las cosas en un “status quo”
anterior, ya que placer por placer se está bajo el dominio del principio
del placer. Con este cierre termina el apartado II, dejando para el III
investigar el verdadero más allá, que deberían ser tendencias más
primitivas e independientes del principio del placer. Pero este apartado
II deja una vía abierta, ya que lo que habitualmente se lee como una
misma serie, el juego del “fort-da” y el sueño repetido de la neurosis
traumática, son aperturas a distintas repeticiones. La primera hace a la
repetición de la cadena significante, lo que Lacan llama la insistencia
repetitiva en el Seminario 2, es decir, una insistencia de la cadena
significante. La segunda, que puede ser ubicada como la compulsión de
repetición del Seminario 11, es la repetición de una posición de goce
silenciosa provocada por el fantasma, correlato del trauma. La
toxicomanía se inscribe en esta segunda serie, puesto que el toxicómano
produce un cortocircuito significante. Esto último explica en rigor que
el apartado III es, al mismo tiempo que una investigación clínica, la
justificación de por qué se hace necesaria a la teoría psicoanalítica la
introducción de esa tendencia más primitiva que el principio del placer.
Y lo hace recurriendo a la neurosis de transferencia y a la repetición
en el destino humano.
En estas dos modalidades clínicas encuentra su justificación para
colocar en el orden de lo eficiente a la “Wiederholungszwang”, la
obsesión o compulsión de repetición. Una vez que ha justificado su
necesidad en la teoría, abre la pregunta sobre qué es esta compulsión de
repetición y cuáles son sus relaciones con el principio del placer, es
decir, con un “principio de homeostasis”, como lo designa Lacan en el
Seminario 2.
Y para nuestra sorpresa, cuando todo hace suponer que el apartado IV
comenzaría por dar respuestas a estas cuestiones, nos encontramos con un
detallado estudio sobre la conciencia que nos reenvía hacia “La
interpretación de los sueños”, donde la conciencia es determinada como
un sistema de paso, sin inscripción de huellas mnémicas, que viene a
concluir sobre un: “el problema de la conciencia es tan complicado que
mejor lo dejo para otro”; y nosotros sabemos que esto es resuelto por
Lacan, en el Seminario 2, con la figura del lago solitario.
Sin embargo, puede entenderse esta introducción del apartado IV por
la conciencia, al seguir leyendo el texto y darnos cuenta de que lo que
está tratando Freud es de ubicarnos que hay procesos que por su
“quantum” de energía rompen la homeostasis del aparato. Esa ruptura,
cuya explicación metapsicológica es fruto de un enorme esfuerzo, esa
ruptura puede ser por causas externas o internas.
De otra manera: más allá de las dificultades freudianas para la
ubicación de la conciencia en el aparato psíquico, se puede notar la
función que el tema de la conciencia cumple en este apartado, y esa
función es la de servir de barrera protectora frente a los estímulos
externos o internos.
En el apartado IV el desarrollo recae sobre los estímulos exteriores,
que cuando invaden el aparato psíquico más allá de un cierto nivel
producen un desarreglo en dicho aparato. Como se puede escuchar, el
aparato psíquico freudiano está trenzado sobre un modelo homeostático
cuyo desarreglo está determinado por un aumento de la energía, dado por
las excitaciones, aumento de energía que implica que ésta no puede ser
ligada.
De esta manera reaparece en este apartado una diferencia entre
energías, la energía ligada y la energía libre. Este paso freudiano del
apartado IV es de suma importancia, ya que escapa a la lógica circular y
nos entrega una clave del más allá del principio del placer. Si el monto
de energía puede ser ligado se mantiene la homeostasis; si la energía
supera la capacidad de ligazón del aparato, éste se bloquea y produce
sensaciones de displacer.
A su vez, el mecanismo por el cual el aparato liga la energía libre
no está claramente precisado, pero se pueden entrever dos vías. La
primera es la ligazón a huellas mnémicas, es decir significantes. La
segunda sería ligada por el propio funcionamiento del principio del
placer.
El fracaso de estas dos ligaduras explica las pesadillas repetidas de
las neurosis traumáticas que no están al servicio de la función onírica,
definida por Freud como la realización alucinatoria de deseos
constituida bajo el dominio del principio del placer. Lo que en el
segundo apartado caía bajo el dominio del principio del placer, en este
cuarto apartado nos muestra su más allá.
Este más allá, esta excepción de la satisfacción de deseos en el
sueño, está determinada por una labor previa al principio del placer, y
esta labor está dada por la compulsión de repetición, que intenta ligar
la energía libre por medio de la reproducción de la angustia.
Esta introducción de la angustia es la salida freudiana, pero esta
salida complica el desarrollo; sólo señalaré que la angustia como señal
del peligro prepara el aparato psíquico con contracargas que disminuyen
el efecto susto, el efecto sorpresa del trauma.
Sea como fuere, los sueños traumáticos y los juegos infantiles nos
muestran, en este apartado, que hay un más allá del principio del
placer, más primitivo e independiente de éste. Este más allá tiene como
sustrato la energía no ligada, lo cual abre a las resonancias del goce
en su estatuto de más allá del significante.
V.
Es sobre esta plataforma que Freud abre el apartado V, que va a
tratar de ese más allá, de esa sobrecarga pero de estímulos procedentes
del interior, del interior del cuerpo. Por eso este apartado podría
titularse, tomando una frase del Seminario 11: “la verdadera
transgresión al principio del placer es la pulsión”. Es verdaderamente
apasionante leer la valentía con la que Freud introduce en este apartado
V una nueva concepción de las pulsiones que producirá un cambio total en
su teoría, y este cambio sólo está basado en un dato clínico: la
repetición en la transferencia.
Este dato clínico, que está escrito después de una nueva descripción
del inconsciente como energía libre en el proceso primario -y que Lacan
matematizará con el Otro-, y del sistema preconsciente como energía
ligada en el proceso secundario, este dato clínico que está explicado
por la compulsión de repetición, a la que Freud le adscribe un carácter
demoníaco, va seguido en el texto de una pregunta que es el punto
umbilical del artículo: “¿de qué modo se halla en conexión lo pulsional
con la compulsión a la repetición?”. Y a esta pregunta fundamental la
contesta tajantemente, sin que nada nos haya preparado para ella, con
una redefinición del concepto de pulsión: “La pulsión sería, pues, una
tendencia propia de lo orgánico vivo a la reconstrucción de un estado
anterior, que lo inanimado tuvo que abandonar bajo el influjo de fuerzas
exteriores, perturbadoras, una especie de elasticidad orgánica, o si se
quiere la manifestación de la inercia en la vida orgánica”.
A partir de esta definición nos encontramos, por un lado, con la
introducción del cuerpo y sus orificios pulsionales como bordes
ubicables más allá del principio del placer, es decir como lugares donde
el goce es posible, pero también con cierta confusión freudiana en donde
aparecen mezcladas la tendencia a la repetición y otra tendencia que
sería a la restitución.
A partir de aquí Freud se sumerge en una argumentación biológica, que
le da un aire denso y extraño al apartado, para justificar que la meta
de toda la vida es la muerte, es decir una prolongación de la vida en su
curso hacia la muerte. De esta concepción se derivan las pulsiones de
conservación, que constituirían la lucha contra el permanente retorno a
lo inanimado.
En resumen, y en toda esta argumentación biológica, Freud nos dice
que la presencia del sexo en lo viviente está ligada a la muerte, para
decirlo en términos del Seminario 11.
Ahora bien, en el transcurso de esa discusión biológica, las piezas
se desencajan, y las piezas que se desencajan son la teoría de las
pulsiones como las ha construido hasta ese momento, es decir las
pulsiones del yo, de autoconservación por un lado, y las sexuales por
otro.
La introducción de un nuevo dualismo pulsional, que redefine sus
concepciones anteriores sobre las pulsiones, será el objetivo del
apartado VI.
Pero antes de avanzar sobre el apartado VI conviene retomar la última
parte del V, donde afirma algo que ya señalé de pasada, y esta
afirmación es categórica: la pulsión reprimida, nos dice Freud, no cesa
nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistiría en la
repetición de un satisfactorio suceso primario. Aquí el argumento es del
orden de la repetición, repetición de un suceso sexual que, a causa del
sistema homeostático, entra en juego bajo la forma de una pulsión
parcial. Pulsión parcial con respecto a la finalidad biológica de la
reproducción y, al mismo tiempo, el empuje a la satisfacción que nunca
cesa en la pulsión, marcan la imposibilidad de asimilar la pulsión a lo
biológico, ya que lo biológico siempre tiene un ritmo.
El apartado VI está dedicado a la rectificación de la teoría
pulsional, aunque esta rectificación está precedida por una discusión
sobre la muerte en un intento por definir su instante y su esencia en
términos biológicos. Por otro lado, retoma una antigua discusión con
Jung, lo que le permite confirmar su dualismo pulsional, pulsiones de
vida y pulsiones de muerte. Para lo cual reexamina sus diferentes
teorías pulsionales, examen que resume en una llamada a pie de página de
este apartado.
Revisada su teoría pulsional y establecido el dualismo pulsión de
vida, Eros, y pulsión de muerte, Tánatos, se dedica con esta herramienta
a explorar otras polarizaciones que puedan subsumirse en aquéllas.
En primer lugar, la del amor y la del odio, y en segundo lugar, el
par antitético sadismo-masoquismo. Marca el origen del sadismo en la
pulsión de muerte, que posteriormente entra al servicio de la función
sexual. En cuanto al masoquismo, después de una corta discusión, le
adscribe un estatuto primario. Lo cual le lleva a romper el par y tener
que considerarlos, el sadismo y el masoquismo, tendencias
independientes, todo lo cual será desarrollado en “El problema económico
del masoquismo”. Aquí conviene recordar el comienzo de esta charla,
cuando a ¿qué es el goce? di la respuesta: “placer en el displacer”. Una
conclusión se impone, la pulsión de muerte freudiana es el primer nombre
del goce. Pero este primer nombre, en rigor y para nuestra sorpresa,
sirve al principio del placer, como viene a decirlo el último apartado,
el VII.
Allí podemos leer: la pulsión tiene como carácter general el querer
reconstituir un estado anterior, primer movimiento; este carácter se
comunica a cada una de las pulsiones parciales, segundo movimiento. Y
tercer movimiento: esto que escapa al principio del placer, no se opone
a él.
Ahí se detiene este “Más allá”, a falta -nos dice Freud- de una mayor
investigación de las relaciones entre la compulsión de repetición y el
principio del placer.
© ARTURO ROLDÁN
|