¿SUPERVISIÓN O CONTROL?. PUNTUACIÓN DE UN ACTO
ANALÍTICO.
Si el título de un trabajo puede ser ubicado como una función
anagramática, el encabezamiento de éste permite su comienzo a partir de
dos puntos.
El primero coloca a la supervisión, control o análisis de control en
el registro de un acto analítico. El segundo muestra su ubicación dentro
de la formación de analistas.
Estas aparentes simplezas están de distintas maneras en la llamada
literatura psicoanalítica y su obviedad hace obstáculo para una
indagación más detenida. El simple hecho de que el nombre de dicho acto
sea todavía problemático abre a lo paradójico de su estatuto dentro de
lo que son las formaciones del inconsciente.
Supervisar: ejercer la vigilancia o inspección de una cosa, donde un
pequeño matiz la lleva hacia sobreexaminar. Se trataría de inspeccionar
o vigilar virtudes y defectos del curso de un tratamiento
psicoanalítico. Aquí, sin forzar demasiado el sentido, aparecería la
búsqueda del error que un diligente inspector “indagaría” en la línea de
montaje. Desplazamientos que permiten la abertura hacia acepciones
visuales, incluyendo una supervisión que llegaría hasta la krytonita,
como lo comentan los autores de la ponencia 3 de las Jornadas realizadas
por la entonces llamada Escuela Freudiana de Buenos Aires en 1976.(1)
Control: palabra que llega al castellano desde el francés dando la
significación de: comprobación, inspección, observación, vigilancia.
Alguien tiene a su cargo el control de entradas y salidas de las
mercancías de un almacén. Hay controles electrónicos y una sola empresa
puede controlar la producción de un fármaco. Es decir que control
incluye la limitación de la libertad o espontaneidad de un movimiento.
El que se descontrola puede pasar por loco, y puede el gobierno
controlar los movimientos de opinión. Frases que llevan a palabras:
dirigir, dominar, intervenir, regular. La dirección que el nombre indica
es el alejamiento del campo del psicoanálisis lo que permite una
inversión: si los términos hablan, habla un síntoma de lo que no puede
transmitirse en donde existe un privilegio de la jerarquía sobre los
grados, donde lo privilegiado es la transmisión de un modelo técnico que
cierra la doctrina freudiana.
Un tercer término o nombre parece despejar la cuestión: análisis de
control (o del control). El agregado no quita peso al control que al
redefinir al análisis lo hace bascular en la misma línea de montaje.
Sin duda, la polémica que se esboza puede ser tildada de antigua, si
no fuera por el peso mismo de la tradición que transmitida en nombres
impone su poder mágico, su control sobre actos formativos -allí donde la
tradición de la A.P.I. no ha sido traicionada. Repetición obstinada que
rellena en ideología la apertura de la falta, acumulación de mecanismos
fantasmáticos que hacen a la presuposición de un saber:
contraidentificación proyectiva, contratransferencia, anulación mágica,
actuación del rol.
En esta línea queda situado el libro de Grimberg titulado “La
supervisión psicoanalítica”, camino de palabras que sostienen lo
imaginario de una institución.
En otro polo puede situarse cierta modalidad de lectura que sólo se
basa en una petición de principios, dando resultados oscuros y no
permitiendo el despliegue necesario que facilite una vuelta a Freud
desde Lacan. Eso lleva a retomar el problema de la contratransferencia
con la seguridad de que esta noción retorna en el quehacer analítico
desde muy distintas perspectivas.
Otro texto servirá como caso: Ramón Bassols Pares, Pere Folch Mateu y
Víctor Hernández Espinosa recomiendan a los alumnos del Departamento de
Psicología Fisiológica, Asignatura “Técnicas de Psicoterapia”, el libro
de J. Sandler, Ch. Dare y A. Holder titulado “El paciente y el
análisis”. Allí los autores ingleses se ocupan de lo que llaman los
conceptos psicoanalíticos básicos, pretendiendo un enfoque científico
“que disipe algo de la mística que rodea al psicoanálisis”(2),
el método que intentan es definir con mayor claridad los conceptos para
su aplicación clínica.
El capítulo VI se encarga de la contratransferencia y resulta grata
su lectura, ya que está aclarado con precisión lo que esta noción debe a
Freud y lo que debe a autores posfreudianos:
“Podemos ver que el concepto de contratransferencia ha sido extendido
con el transcurso de los años hasta incluir diferentes significados, con
la disminución inevitable de la precisión con que fue usado
originalmente. Al presente puede discernirse el uso de los siguientes
elementos y significados:
1. Las resistencias en el análisis debido a la activación de sus
conflictos internos. Éstos perturban su comprensión y la conducción del
análisis al producir ‘puntos ciegos’ (Freud, 1910, 1912).
2. La ‘transferencia’ del analista hacia el paciente. Aquí el paciente
llega a ser el sustituto presente de una figura importante de la
infancia del analista (por ejemplo A. Reich, 1951, 1960).
3. El trastorno de comunicación entre analista y paciente debido a
ansiedades del analista en la relación paciente-terapeuta (Cohen, 1952).
4. Las características de la personalidad del analista reflejadas en su
trabajo y que pueden o no llevar a dificultades en la terapia (por
ejemplo M. y A. Balint, 1939). La totalidad de las actitudes
inconscientes del analista hacia sus paciente (entre otros Balint, 1949;
Kemper, 1966).
5. Las limitaciones específicas del psicoanalista puestas en evidencia
por ‘ciertos pacientes’ y la reacción del analista hacia la
transferencia del paciente (Gitelson, 1952).
6. La respuesta emocional ‘normal’ o ‘apropiada’ del analista hacia su
paciente. Ésta puede ser una herramienta terapéutica importante
(Heimann, 1950, 1960; Little, 1951) y una base para empatía y
comprensión (Heimann, 1950, 1960; Money Kyrle, 1956).”
Puede leerse en la cita una nostalgia por una significación unívoca
que sería el rasgo de cientificidad, nostalgia de que el significante no
sea un signo. Por otro lado un deslizamiento gradual del señalamiento de
una dificultad en la cura (del lado del analista) a su uso en cuanto
herramienta terapéutica, lo cual presupone cierto vínculo con lo que se
llama el psicoanálisis activo.
Sería interesante hacer un análisis detallado de la teoría sobre la
transferencia que está detrás de cada apartado, pero no escapa a los
autores citados que el “concepto” de contratransferencia no puede ser
diferenciado de lo que se escucha en la transferencia y por ello se ven
necesitados de precisar la cuestión: “De aquí se desprendería que el
punto de vista más útil sobre la contratransferencia sería el
considerarla como la respuesta emocional específica que surge en el
análisis debido a cualidades específicas del paciente”(3).
Nueva inversión, el “escotoma” del analista queda transformado en una
respuesta emocional ante cualidades específicas del paciente.
La resistencia yoica, sus bolsas imaginarias hacen resistencia en la
teoría diluyendo una práctica que ensordece la oreja. Emoción, afectos,
respuestas. El analista sentimental, con sensibilidad. Una frase marcó
toda una época de las supervisiones en la Argentina: “yo siento que...”
En el apartado uno del texto citado aparece un artículo de Freud, que
es el mismo que citan Laplanche y Pontalis para significar el término:
“El porvenir de la terapia psicoanalítica”, conferencia pronunciada por
el creador del psicoanálisis en el Congreso Psicoanalítico Privado de
Nuremberg en 1910. Allí se habla de transferencia recíproca, lo que
desplaza la dirección para ubicarse en lo insoportable del saber
inconsciente que pone en marcha, alimenta, la demanda de saber en el
Otro. Lo cual permite la emergencia del Sujeto supuesto Saber, que de
paso elimina la concepción de la transferencia como una proyección
afectiva o como la repetición de un cliché infantil -metáfora freudiana-
que en su repetición banaliza al psicoanálisis.
Interminables obstáculos de la transmisión, donde la difusión del
concepto lacaniano de S.s.S. tropieza con cierta superficialidad cuyo
síntoma es el uso y abuso que de él se hace. Dicho de otra manera:
suponerle un sujeto al saber rompe el criterio de eficacia terapéutica
que presupone el goce de un conocimiento, trampa narcisista por donde el
controlador, supervisor, o analista de control, restaña la vacilación
esencial de una escucha que aparece en forma de demanda, ¿qué hacer con
lo escuchado?.
No puede ser de otra manera, y vale la pena recordar que en “El
chiste y su relación con lo inconsciente” está escrito: el levantamiento
de la represión (en su psicogénesis) es sólo pasajera y tiende a
transformar un displacer en placer. La alusión a un tercero permite la
diferencia con lo cómico. La seriedad de algunas supervisiones sostiene
a un yo ideal haciendo de la sugestión un soporte terapéutico, lo que
facilita la formación de una masa artificial. Como contrapartida puede
escribirse: el control es sólo un chiste, se abre la dimensión del
deseo.
En “Una neurosis demoníaca en el siglo XVII”, Freud afirma que “Los
demonios son los malos deseos reprimidos”, apuesta necesaria para que el
deseo en su hacer metonímico restablezca lo imposible que posibilite la
formulación de un interrogante. Interrogación del deseo cerrado en la
formación tradicional por el trípode: análisis didáctico, control o
supervisión, seminarios (clases y lecturas). Lacan incorpora un cuarto
término (el analizante) que permite la transformación del triángulo en
rombo.

Esta permutación habla de un sujeto de cuatro términos, lo que
excluye cualquier llamado (al) analista, para mostrar en su ser sólo la
apariencia. Lo que no deja de ser relevante ya que de esta manera el
juego queda abierto al deseo y a su transmisión como negativo de la
comunicación. Los jeroglíficos egipcios han transmitido algo de su
historia, las inscripciones funerarias y votivas de los etruscos han
transmitido significantes que hacen al misterio de la “lalengua”. En esa
la “lalengua”, en esos procesos primarios algo no cesa de no descifrarse
y ese algo, esos ruidos, esas interferencias son puntos de engarce para
que el deseo trence sus efectos.
Lo anterior abre al control o supervisión en la dimensión
significante que hace resguardo de falta preservando, de esta manera, la
causa de palabra que se perfila sobre el fondo de la transferencia. No
es la transmisión de una teoría (allí están los seminarios), ni es un
análisis. La paradoja hace que en sus diferencias y similitudes quede
abierto un campo específico que es necesario descifrar en el deseo del
Otro.
Retorna la afirmación del comienzo: el control, supervisión o
análisis del control es un acto analítico. Y ahora puede agregarse que
su territorio está marcado por un límite, límite no preciso y que deja
una zona de nadie, donde la superposición aparece como inevitable.
Limita con el análisis, por un lado; por otro con la transmisión de la
teoría o doctrina: esta doble diferencia hace a su particularidad, a su
parcela. Lo que es confirmado por una lectura de los trabajos incluidos
en las “Actas de la Escuela Freudiana de París”(4)
sobre el tema: están escritos con los mismos términos que hacen al
tratamiento psicoanalítico. Tratamiento del significante que lleva a una
pregunta sin respuesta: ¿cómo evitar la interferencia entre el análisis
y el análisis de control?. Intentos de borrar la interferencia que en la
lectura de los textos reaparece.
La interferencia en física es un cruce de ondas que puede anularse o
sumarse. ¿Qué impide la suma?. Bien puede ser la vieja problemática del
amor, en este caso del amor de transferencia. Disyunción entre el
analista que analiza a otro analista y el analista que supervisa o
controla a otro analista. Es en la imagen especular que anula el vértice
de un triángulo donde debe comenzar la pregunta. La interferencia que
anula la posibilidad de la cura, interferencia que a manera de ondas que
se suceden con la cadencia significante es imposible de evitar. De otra
manera: la interferencia es lo imposible que puede hacerse suma en el
juego del deseo (del Otro). Otra posibilidad es que el poder de la
transferencia sea utilizado en los oropeles narcisistas: ¿acaso no se
utiliza el posesivo en el habla coloquial analítica, “mi analizante, mi
controlado”?.
El límite del término o de los términos: supervisión, control, o
análisis de control es imposible de fijar puesto que hace a diferencias
y similitudes. Queda diferenciado del análisis por no ser estrictamente
una situación de asociación libre (aquí habría que hacer la discusión de
lo libre de la asociación), o de otra manera, es la asociación: la del
analizante. Efecto de lo anterior es una rotación de lugar (el deseo
rota); el analista pasa a supervisado o controlado desplazándose hacia
otro despacho que no lo acoge en el diván.
La transferencia es la condición necesaria, pero no suficiente, que
posibilita la transmisión doctrinaria. Escrita Sujeto supuesto Saber
marca lo transfenoménico que articula un sujeto de cuatro términos
produciendo efectos en el análisis, en el análisis de control y en los
seminarios. Efectos que trenzan obstáculos y facilitaciones que hacen,
incluso, a su liquidación. Con lo que el camino abre hacia el fin del
análisis y el pase.
La transferencia en la lectura, clases o seminarios produce efectos
que van de la fascinación y mimetización a desviaciones en la
aprehensión de conceptos que pueden suturar la vacilación de la escucha
confundiendo conocimiento con transmisión.
Para continuar es necesario dejar de lado aquellas situaciones que
distorsionan el acto mismo de la supervisión o control en razón de
estructuras institucionales: ya sea en los Institutos Oficiales de
Psicoanálisis, en donde la obligatoriedad del mismo dada por una
escalada jerárquica lo lleva en el mejor de los casos a una
banalización; o fuera de ellas, pero reproduciendo su modelo, búsqueda
de “prestigio profesional”, mejoría de una posición con respecto a la
derivación.
Constituye el acto psicoanalítico de supervisión, control o análisis
de control una vacilación en la escucha que pone en juego al ser de
analista. Búsqueda, demanda de un saber sobre el análisis, sobre la
interpretación a la cual se ha autorizado o, en forma más simple,
búsqueda de un saber sobre el quehacer psicoanalítico: que de su
posición en el sillón debe hacerse oreja. Vacilación de un lugar que
hace obstáculo al deseo del Otro. Lo temido, en la dirección de la
fobia, es el saber sobre el deseo del analista. Algo que habla en su
escucha lo relanza en la búsqueda de un sostén para su autorizarse, lo
que a veces conlleva en términos latos: a una búsqueda de reconocimiento
como analista en otro analista, y ahí la seducción recíproca puede hacer
estragos en los enredos del amor.
¿Cómo debo traer el material?, ¿qué debo contar?, ¿qué hacer con el
vacío de la palabra?, ¿cómo escuchar?, preguntas que se repiten con
insistencia en el eterno interrogante de la necesidad de un control,
como si se dijese de un controlador aéreo -y ya es sabido los efectos
que una huelga de éstos tiene sobre los aeropuertos. Se reclama que el
deseo atravesando la transferencia recíproca no produzca un descontrol,
un no saber a dónde se va, una petición sobre la dirección de la cura.
Temor a perderse en los laberintos del significante, como si el lugar
del analista no fuese justamente ese: perderse, borrarse.
Lo anterior aparece con todas las letras en un artículo de Alain
Didier Weil, de las “Actas” citadas(5),
titulado “Del control y del autorizarse”. Es la presentación de un
fragmento de análisis y más concretamente de un sueño, inscripto en una
modalidad transferencial cuya fórmula es: “¿qué es lo que me prueba a mí
que Usted, mi analista, no es un impostor?”. Relatado el sueño y alguna
de sus consecuencias el autor afirma: “Por mi parte, debo decir que sólo
entendí verdaderamente el significante controlador en el mismo instante
en que yo hablaba de este sueño al controlador, a quien hacía varios
años que hablaba de este caso. Ustedes presienten ahí la dimensión de la
transferencia y yo oigo, ahí, la transferencia del analista”... “Pero
¿qué es lo que resulta traumático en esa mirada para Jean Claude?. De
hecho, no tanto que el controlador supiese que Jean Claude no había
comprado el billete, que Jean Claude mintiese. Porque si en el sueño
hubiese dicho a Jean Claude sé que mientes, me imagino que Jean Claude
hubiese negado o reconocido la verdad, pero habría hablado. No hubiese
perdido la palabra. Dicho de otra manera, pienso que la situación que
crea el controlador, por el hecho que no dice qué sabe, es una situación
en la cual Jean Claude no ve tanto un sujeto que sabe sino más bien algo
que puede llamarse un Sujeto supuesto Saber y que en ello reside el
efecto traumático”.
En la cita puede leerse cómo la vacilación queda transformada en
certidumbre por intermedio de un verbo: “sólo entendí verdaderamente el
significante...”. Certidumbre por el entendimiento (por lo menos ésta es
la palabra que utilizan los traductores al castellano), verbo que en
español puede deslizarse hacia comprensiones intelectuales. Su
etimología habla en esta dirección (“intendere”), tender hacia algo
particularmente con la mente, comprender, percatarse. Lo cual abre un
nuevo interrogante puesto que la certidumbre significante se hace sobre
un inefable, sobre un indecible.
El interrogante queda desplegado en otro texto, esta vez de M.
Safouan, incluido en las mismas Actas(6).
Allí una interpretación en la transferencia es descentrada por una
intervención del analista control; quien hace observar que en el
despacho no están sólo dos personajes, ya que el controlador se incluye
abriendo al tres. “Fue a partir de ese momento que comencé a penetrar la
estructura del objeto libidinal en cuanto reflejo”. El verbo en este
caso hace a penetrar, pasar una cosa desde el exterior al interior de un
recinto, penetrar en sentido de una frase enigmática. Ir más allá de la
apariencia para reencontrarla.
Otro fragmento del mismo texto prosigue el interrogante, una
situación de angustia llevada al análisis del control: “Entonces en mi
perplejidad ¿qué podía hacer?. Evidentemente se lo comuniqué a Lacan,
porque el control estaba allí para algo. Entonces Lacan me dijo que en
efecto, la angustia, en ese ejemplo, estaba en relación con el deseo del
Otro en cuanto sabido y no en cuanto no sabido. Y creo que fue a partir
de ese momento que comencé personalmente a penetrar seriamente en la
estructura del deseo y en las aporías de sus relaciones con lo
articulado y lo inarticulable”(7).
La repetición del verbo habla de las dificultades lógicas del
interrogante que hace a las antinomias de lo inconsciente y a las
paradojas de su transmisión. La cita continúa: “Eso gracias a un
material -ya que es así como se dice- cuyas implicaciones
transferenciales eran enormes, porque se trataba evidentemente de un
material que sabía cómo tocarme en algo esencial, digamos en un límite
más allá del cual el silencio del ser analista o del ser a secas ya no
es admisible”.
Doble reciprocidad -ahí donde ello es imposible-, transferencia
recíproca entre analista y analizante, transferencia recíproca entre
controlado y controlador. Tres cuerpos en cuatro discursos hacen la
posibilidad de que el deseo sea relanzado en la escucha de lo que no se
articula, imposible que retorna anudado en la transferencia.
Vacilación en el analista que, causa de deseo del analizante, quiere
una respuesta plena de sentido, lo que introduce el deseo del
controlador que debe permitir el lugar de la pequeña a -causa de
palabra del analista en control- que haga el juego a la circulación
significante. Lo que en el análisis no fue analizado, aquellos puntos
ciegos, escotomas, de los cuales hablaba Freud, son en un análisis del
control lo que hace diferencia entre la ideología de la neurosis y la
doctrina psicoanalítica.
En 1919 la revista húngara “Gyógyászat” de Budapest publica un
artículo de Freud titulado “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la
Universidad?”(8). El
original alemán nunca fue encontrado, pero puede leerse en su
traducción: “1) Es indudable que la incorporación del psicoanálisis a la
enseñanza universitaria significaría una satisfacción moral para todo
psicoanalista, pero no es menos evidente que éste puede, por su parte,
prescindir de la Universidad sin menoscabo alguno para su formación. En
efecto, la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene
mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente,
en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así
como por el contacto personal con los miembros más antiguos y
experimentados de las mismas. En cuanto a su experiencia práctica,
aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla
mediante tratamientos efectuados bajo control y la guía de los
psicoanalistas más reconocidos”.
La cita anterior parecería contradecir lo que fue escrito
anteriormente ya que el verbo guiar puede abrir a la psicopedagogía, a
la enseñanza académica. Basta desplazar el acento para que algo pueda
ser leído; las huellas guían, el canal guía el agua hacia el molino.
Cauces, huellas, mojones desdibujados en la serranía que un baqueano
sabe aprehender donde han sido borradas, donde han estado. Se desprende
una cierta idea de maestría que puede ser confirmada en una lectura de
“Las reuniones de los miércoles - Actas de la Sociedad Psicoanalítica de
Viena”(9), testimonio
original de las sesiones científicas de psicoanálisis.
Crónica donde está presente la palabra en sus idas y vueltas,
controversias, consejos, malos entendidos en el arduo trabajo que impone
a cada cual ser hablados por el inconsciente. Progresos en un tejido de
equívocos, de nudos significantes que son síntomas y que hacen al goce
de los procesos primarios. Maestría difícil que haciendo resguardo de
falta posibilita que, en Lacan, S ocupe el lugar del Otro, rotando S2
hacia el lugar de la verdad.
Lacan afirma en “Función y campo de la palabra”: “El único objeto que
está al alcance del analista, es la relación imaginaria que le liga al
sujeto en cuanto yo, y, a falta de poder eliminarlo, puede utilizarlo
para regular el caudal de sus orejas...”(10).
Vacilación del yo, tropiezo, caída. Búsqueda de anclajes, de “amarres a
tierra”, que permitan la ubicación de lo oído.
Regulador de caudal que en su inversión da la forma de una nasa, por
lo que el yo es esclavo de la resistencia a la escucha significante.
Situación que queda consolidada en la Institución bajo la mirada
omnipresente de las jerarquías. En la otra banda, la vacilación, el
tropiezo del yo, planteando su eclipse da en la angustia señal de lo
real de un cuerpo. Al no poder perderse en el cuerpo institucional
presentifica una mirada, ante la cual Nataniel se arroja al vacío dando
fin al cuento de Hoffmann.
Lo anterior hace metáfora de una cierta legalidad por donde el
análisis de control puede quedar preso en la respuesta a una demanda
social: responsabilidad; como suele hablarse de responsabilidad civil,
de ser responsable por la suerte de alguien, de responsabilidad médica.
En esta demanda el fantasma que asusta, el espantapájaros es la
posibilidad del suicidio.
Es en estos vericuetos por donde aparece la pregunta por el ¿qué
hacer?, lo que marca un desfallecimiento del deseo, por donde el ser
queda perpetuado en la posición de un ser deseable para Otro. Candidez
de alma que nada quiere saber sobre los demonios, esos “malos” deseos
reprimidos, obturación de la nasa por un presunto saber que antecede a
su apertura.
Lo singular de un texto vale por su intuición: “Es (el paciente), a
consecuencia de sus síntomas, el demandante y el testigo de cargo;
simultáneamente es él quien disimula y embrolla furiosamente los hechos.
En alguna parte, en lo más profundo de sí mismo sabe lo que ha ocurrido
y, no obstante, no lo sabe; lo que dice de las causalidades no es la
causa; lo que sabe no quiere saberlo, y lo que no sabe, lo sabe, sin
embargo, de algún modo”(11).
Lo cual impone una nueva inversión ya que en el análisis “lalengua” hace
resistencia a S2, condición de estructura de S. Desde esta perspectiva
puede leerse: “que el controlado desempeña allí el papel de filtro, o
incluso de refractor del discurso del sujeto, y que así se presenta ya
hecha al controlador una estereografía que destaca ya los tres o cuatro
registros en que puede leerse la partitura constituida por ese discurso”(12).
Intento de preservar el malestar ya que la institución provee los
parámetros por donde el aburrimiento suele hacer síntoma que dificulta
lo flotante de la atención. Imposibilidad de traspaso, de transferencia
significante del análisis al análisis de control. Evitación, esquive que
hace estatua de analista en las gratificaciones sustitutivas de lo
reprimido.
En el artículo citado de Safouan reaparece el tema de la angustia con
una indicación precisa; el analista de control afirma que la angustia de
la paciente “estaba en relación con el deseo del Otro en cuanto sabido y
no en cuanto no sabido”(13).
Lo familiar retorna en lo siniestro dando la angustia como señal del
deseo del Otro; algo extraño que ha sido ya visto deviene familiar.
Angustia que el yo emite como señal al sujeto desde su superficie; y
en el caso específico del análisis de control, es la señal de la falta
de reconocimiento como objeto y el cuestionamiento radical que el
analizante hace de su analista. Lo cual puede ser escrito de otra
manera: el analista caído del registro del reconocimiento en cuanto
objeto, sólo tiene la posibilidad de la pérdida, del perderse -en un
tiempo anterior al del sujeto.
Dimensión temporal que hace a la angustia en el interrogatorio
repetido sobre la raíz de su deseo, como causa de deseo, como a.
Es en la reduplicación del amor de transferencia donde -la clave del
deseo del Otro- manifiesta, en su articulación, el juego circular del
discurso que dicho por el analizante es repetido por el análisis ante
otro analista.
Y no es por casualidad que en este punteo la angustia encuentre su
lugar, ya que está presente en la literatura psicoanalítica sobre
análisis de control. Distintos textos suscitan su encuentro planeando un
interrogante cuyo extremo estaría dado por colocarla como motor de la
“experiencia”.
Situación engañosa que muestra en su rebote una labilidad de
estructura en el lugar de S.s.S., donde el cuerpo soporte gira 180°
pidiendo una palabra que nombre un sentido. Cuerpo que a veces soporta
cierta extrañeza como viene a mostrarlo una anécdota común entre
analistas: de vuelta de vacaciones me sentía extraño sentado en el
sillón y con ese señor que desde el diván hablaba.
Es este camino el que hace encuentro con el Seminario 10, “La
Angustia”, de Lacan. El 21 de Noviembre de 1962, lo explicita en el
contexto de su enseñanza:
“Fíjense ustedes en las consecuencias, por así decirlo, de esta base
tan inestable.
Si no fuera por esto, una enseñanza analítica, este mismo Seminario,
podría concebirse como la prolongación de lo que ocurre por ejemplo en
un control, donde lo que se aportaría sería aquello que ustedes saben, y
yo intervendría tan solo para aportar algo análogo a la interpretación,
o sea, aquella adición mediante la cual surge algo que da sentido a lo
que creen ustedes saber y hace surgir en un relámpago lo que es posible
captar más allá de los límites del saber.”(14)
Relámpago, casi revelación donde lo inefable hace a un verbo
“entender”, “penetrar”, significante articulado en un recambio
metafórico desplazamiento de lo inconsciente que hace a un “no se
sabía”, o para tomarlo en su radicalidad, donde “no puede saber”.
Imposibilidad de un saber que diferenciado de la mística lleva al matema
para la transmisión de ese no dicho.
Es común escuchar de boca de analistas que ciertas dificultades con
un analizante desaparecen como por arte de magia en el momento en que
son dichas en un análisis de control. La magia despista el paso de
oyente a hablante por donde el deseo puede articularse en torno a un
fantasma que hace a la transferencia del analista con el analizante. El
dicho permite la salida del embarazo que suspendido en un no dicho
atraganta una palabra por donde el silencio es resistencia a la
interpretación.
Lo anterior sitúa al análisis de control en la vertiente de la
formación, como fue escrito al comienzo. Vertiente que pasa en algunas
instituciones por la obligatoriedad por donde se cierra la indagación de
las formaciones del inconsciente.
La discusión de este punto se inicia temprano dentro del movimiento
psicoanalítico. Desde que se inician las “Reuniones científicas” de la
“Sociedad Psicológica de los Miércoles”, en la casa del profesor Freud
el 3 de octubre de 1906, la participación de cada uno de los miembros
era obligatoria. La modalidad que se había adoptado era la de colocar el
nombre de los que estaban presentes en la reunión en una urna, luego por
sorteo se extraía cada papel y así se establecía el orden por el cual
cada uno debía hacer “uso de la palabra”.
Federn explicita, tiempo después, que la obligatoriedad tenía por
finalidad evitar que “unos pocos monopolizaran la reunión” y como
“autodisciplina”. Sin embargo no alcanzó los efectos deseados ya que
muchos miembros “preferían abandonar la reunión prematuramente para no
tener que participar en las discusiones”. A propuesta de Adler, el 5 de
noviembre de 1908 se transforma la obligación en una participación
voluntaria.(15)
Marchas y contramarchas que hoy pueden develarse por lo que tienen de
movimiento: la puesta en juego del deseo, que en esos momentos
originarios del psicoanálisis -y cualquiera fuera el destino individual
de los que allí participaban-, se muestra en ese poner el cuerpo en la
palabra y que todavía asombra por su riqueza en cuestiones centrales que
el desarrollo posterior ha velado.
Velamiento que está dado, entre otras razones, por la obligatoriedad
que deforma el análisis de control al situarlo en el marco de una
legalidad institucional que constriñe al deseo en la transmisión de una
técnica.
De otra forma: La obligatoriedad del análisis de control en las
Instituciones Oficiales deforma dicho acto analítico -más allá de la
buena voluntad de sus actores-, debido a razones intrínsecas a su
estructura.
La “selección, guía y control” de los candidatos -como puede leerse
en el Informe del Secretario, Doctor Francis McLaughlin, a la reunión
administrativa, julio de 1979(16)-
ubica al controlador en el lugar del ideal, o para mayor precisión: el
a coincide con el ideal, haciendo de la doctrina un rito. No es
casual que en el informe citado se afirme “que el psicoanálisis se
encuentra en un estado razonablemente saludable” (...) “La Asociación
Psicoanalítica Internacional ha seguido creciendo en forma saludable”(17).
Quizás este ideal de buena salud oculte un malestar que Freud nombró en
la cultura.
Dicha situación que hace a una estructura institucional (y no sólo la
de la Internacional) perpetúa la deuda imaginaria que la circulación de
dinero en el análisis de control no logra desarticular, ya que queda
presa de la misma concatenación significante. Bien puede ser que esto
lleve a una situación de transferencias cruzadas, presididas por el amor
y el odio, dando una marcada obediencia o una solapada rebeldía que
imposibiliten el fin del análisis, haciendo del psicoanálisis letra
muerta.
Más allá de los límites del saber, un “no saber a qué atenerse” que
en una elipsis mostraría el reverso de la posición de un Ortega y Gasset
sobre el tema. Un “no saber a qué atenerse”, ya que la heteronomia
radical de dos sistemas (Inconsciente ≠ Preconsciente-Consciente) hace a
un sujeto no sapiente, a un “él no se sabía” que permite la instauración
del discurso analítico. Destitución de un presunto saber que trastocado
hace nuevo sentido, indagación de lo real en la falta de correlato entre
analista en control y analista supervisor.
© ARTURO ROLDÁN
NOTAS:
1. Ponencia 3, “La supervisión”,
Cuadernos Sigmund Freud 5/6, Buenos Aires, 1978.
2. Dossier de “Conceptos clínicos”,
Universitat de Barcelona, Facultat de Filosofía i Ciències de
l'Educació, Departamento de Psicología Fisiológica. Assignatura:
Técniques de psicoteràpia. Professors: Ramón Bassols Pares, Pere Folch
Mateu, Víctor Hernández Espinosa. Copia del libro “El paciente y el
analista”, Sandler J., Dare Ch., Holder A.
3. Ídem 2.
4. “Actas de la Escuela Freudiana de
París”, Ediciones Pretel, Barcelona, 1980.
5. Ídem 4.
6. Ídem 4.
7. Ídem 4.
8. Freud, Sigmund: “Sobre la enseñanza
del psicoanálisis en la Universidad” (1919), Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo III.
9. “Las reuniones de los miércoles.
Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena”, Ediciones Nueva Visión,
tomos I y II, Buenos Aires, 1980.
10. Lacan, Jacques: “Función y campo de
la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en Escritos I, Siglo XXI
editores, México, 1971.
11. Zweig, Stefan: “La curación por el
espíritu”, Colección Austral, Buenos Aires, Ed. Espasa-Calpe, Argentina,
1954.
12. Ídem 10.
13. Ídem 4.
14. Lacan, Jacques: “Seminario 10: La
angustia”. Ed. Paidós.
15. Ídem 9.
16. Informe de actividades importantes
dentro de la Asociación (1977-79). Ficha de la Escuela de Psicoanálisis.
Biblioteca Freudiana de Barcelona.
17. Ídem 16.
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