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UN PADRE PREOCUPADO
Trabajo presentado en la Sección Clínica de Madrid del
Seminario del Campo Freudiano
Un hombre de 35 años llega a la primera consulta en un trance
obsesivo. Relata padecer una gran angustia que localiza “como una
sensación extraña en las tripas”, una enorme inquietud que incluso le
dificulta la respiración y lo tiene continuamente agitado. Un insomnio
que no cede ante los psicofármacos y que le ha llevado a cambiar de
dormitorio alejándose del lecho conyugal, yendo a recalar a una
habitación al lado del salón que presenta el inconveniente de llenarse
de ruidos de la calle y de la algarabía de unos vecinos noctámbulos.
Vive esta situación como algo que lo “desquicia”, ya que a veces cambia
dos o tres veces de sitio durante la noche sin poder conciliar el sueño.
Como consecuencia de esto, el rendimiento laboral ha disminuido
considerablemente, y es común que falte a su trabajo, casi siempre con
el pretexto de alguna enfermedad que luego teme padecer realmente.
Explica su aspecto descuidado por la imposibilidad de ocuparse de los
pequeños detalles, refiriendo cierta desgana en su aseo personal, lo que
para él hace contraste con cierta meticulosidad anterior.
Puede precisar con exactitud el comienzo de sus malestares, que están
determinados por el nacimiento de su hija; en el momento de las primeras
consultas, la niña ronda los dos años. Fue deseada por él y ahora es “la
niña de sus ojos”, expresión con la que pone de manifiesto su amor por
ella. Amor que reconoce como atormentado, ya que está permanentemente
pendiente de ella, exigiendo a su esposa cuidados extremos. Al punto, él
lo reconoce, que termina enloqueciéndola. Desde una observación
meticulosa de la temperatura del baño hasta una vigilancia extrema de la
respiración nocturna de la niña, pasando por la imposibilidad de dejarla
ir a jugar a la casa de los vecinos, ya que le asalta el temor de que le
pueda pasar algo. Algunas veces, ya en marcha para su trabajo, vuelve a
su casa para constatar que no ha pasado nada. Este tipo de situaciones
se multiplican al infinito.
Reconoce lo absurdo de esta situación, pero al mismo tiempo insiste
en la imposibilidad de evitarla; se trata de imposiciones desde un Otro
que adquieren la característica de mandatos que van contorneando su
mundo fantasmático en ese “puede pasar algo”, donde aparece una
significación enigmática en una oscura referencia a una catástrofe,
siempre posible y relacionada con la muerte. De esta manera, su angustia
adquiere características pánicas cuando la hija lo saluda por el hueco
de la escalera, por donde él se imagina una caída sin retorno.
Algo pasó en ese nacimiento, aunque no sabe precisarlo, pero rescata
de su memoria un episodio que en su momento pasó desapercibido. De
ideología “progre”, estaba dispuesto a compartir con su esposa los
cuidados de la niña, pero una extraña sensación de repulsión le atacó la
primera vez que le cambió los pañales, repulsión que él piensa que está
en relación con la “caca del bebé”. Desde ese momento, evita todo lo
posible el cambio de pañales y también evita mirar el cuerpo desnudo de
la pequeña en sus baños.
De esta manera encontramos el detonante de su entrada en la neurosis;
su hija, en tanto que producto de su goce, produce un encuentro con lo
real que desestabiliza su equilibrio obsesivo. Es común encontrar este
detonante de la entrada en neurosis en la obsesividad, y muchas veces
esto es explicado con la siguiente hipótesis: la paternidad implicaría
un aumento de la responsabilidad que sería causa de la neurosis. Otras
veces, es explicado como un duelo a realizar sobre la condición de hijo
para pasar a ocupar el lugar del padre. Estas explicaciones portan una
verdad relativa, ya que el encuentro con un goce ignorado es lo que abre
las puertas a la neurosis forzando una pregunta: ¿qué soy yo como
padre?, y en este caso particular, la respuesta es impuesta desde su
fantasma: soy un padre que cuida, un cuidador, un padre preocupado.
Respuesta que evita la pregunta por su goce, evitación que no impide su
insistencia.
Aproximadamente un año antes de la consulta, su hija hace un cuadro
febril que termina, según el paciente, en un cuadro convulsivo, no
quedando claro el diagnóstico pediátrico. Pero esto sirve para aumentar
las medidas de vigilancia a su alrededor y, al mismo tiempo, comienza,
más allá de la intensificación de la angustia, una serie de cavilaciones
fantasmáticas que lo atormentan. Él se imagina a su hija muerta o
gravemente herida en distintas circunstancias: si va caminando por la
calle y ve un perro, se imagina a su hija destrozada por las mordeduras
del animal; si ve un objeto cortante y afilado, se imagina a su hija
lastimada por esos objetos con profusión de cortes; si hay un coche que
pasa rápidamente, se imagina a su hija atropellada. El carácter impuesto
de estas cavilaciones fantasmáticas es algo que resalta, imposiciones
que trata de combatir con distintos rituales (cambiar de acera cuando ve
un perro, etc.), que siempre fracasan.
La ubicación precisa de estos malestares, que son en definitiva los
que producen la consulta, trae aparejado algunos problemas si tomamos el
binario síntoma-fantasma, ya que por un lado es tributario de una
formación del inconsciente y, por otro, adquiere la modalidad del
fantasma. En este caso particular, y más allá de las significaciones,
aparece un punto de mirada sobre una escena impuesta; si puedo decirlo
así, es en la mirada un sujeto aterrado que condiciona un rechazo del
sujeto del inconsciente y un intento forzado de anular el intervalo
entre S1 y S2.
Habitualmente el pensamiento obsesivo está determinado por la voz, en
este caso la mirada presente muestra con mayor precisión el costado
escénico de su malestar.
Al mismo tiempo, este modo compulsivo del fantasma, le impide a éste
cumplir con su función de cobertura frente al deseo del Otro, y de esta
manera aparece la angustia que señala lo real. Es decir, señala la
verdad de un goce ignorado que el nacimiento de su hija ha puesto de
manifiesto y del cual él nada quiere saber. Se le puede decir, como lo
afirma Guy Clastres en “La entrada en análisis del Hombre de las ratas y
la neurosis obsesiva”, publicado en “El Analiticón” nº 2: “El hecho de
que pueda pensar algo tan horrible como que el suplicio pueda sucederle
a las personas por las que siente un mayor afecto, es ahí exactamente
donde se sitúa para él el registro de la angustia, en tanto que ésta
hace signo del Otro. Se trata de algo que está más allá de todo saber,
más allá del espejo del semejante, y que para él, es el eco de una
verdad de la que él mismo es depositario”.
Entre la entrada en neurosis y la entrada en análisis: La demanda de
curación.
Desde esta posición de “no querer saber nada”, es desde donde formula
su pedido de ayuda y el ser recibido en entrevistas. Es decir, que la
demanda es una demanda de curación y alivio para sus malestares, es una
“demanda implícita”, como la llama Lacan en “La dirección de la cura”.
Ante la falta de respuesta, un hermano médico le receta psicofármacos e
hipnóticos que mejoran levemente su situación.
Pero es en el transcurso de las entrevistas y por un efecto de
retorno hacia viejas obsesiones, donde conseguirá un alivio momentáneo
para sus padecimientos. Retoma un hábito que le resultaba eficaz antes
del nacimiento de su hija y que consistía en entretenerse, durante
horas, en la construcción de lo que podría llamarse una arqueología de
ficción. Ésta consistía en la reconstrucción arquitectónica y
urbanística de Madrid en su devenir histórico. Estas ensoñaciones le
producían un placer que mitigaba su estricta vigilancia alrededor de su
hija y un cierto alivio de sus malestares. Sin embargo, esta situación
también era fruto de nuevos sufrimientos, ya que esta actividad
fantasmática requería dos condiciones: aislamiento y silencio. Se
debatía entonces, principalmente los fines de semana, entre enviar a su
hija y a su mujer a la casa de sus suegros, donde siempre existía la
posibilidad de que no la cuidaran adecuadamente y de que le pasara algo,
pero lo que le permitía a él tener las condiciones adecuadas para sus
construcciones arqueológicas; o, por el contrario, abandonar este placer
y quedarse a cuidar a su hija. Esta duda, a veces, le producía una
fuerte tensión, maniobrando para que fuera su esposa quien tomara la
decisión y, de esa manera, él aliviarse de esa responsabilidad.
Este bosque fantasmático en el cual él se movía, hunde sus raíces en
una construcción similar, pero con otro tema, que comienza hacia los
diez u once años. En esa época, y a partir de la lectura de un cómic,
reconstruye el mundo histórico de un emperador chino. Estas
reconstrucciones, estas largas cavilaciones obsesivas, le ocupan mucho
tiempo, a punto tal que las detiene en un momento determinado para
continuarlas cuando las condiciones le sean propicias. Obtiene de ellas
un placer que le es negado en su vida cotidiana, ya que de natural
tímido -así se define- vive aislado de los compañeros y compañeras de su
edad. Estudiante mediocre y lector voraz de textos de historia, aleja de
su mente cualquier idea sexual a través de una sólida creencia
religiosa. Relata el periodo de su adolescencia como un tiempo oscuro,
donde sólo vivía en sus fantasías sobre el emperador de China.
Que en la actualidad le hayan ofrecido publicar su arqueología
ficción de la ciudad de Madrid, y que él haya rechazado ese ofrecimiento
por una vergüenza que se le antoja tonta, muestra a las claras que es un
desplazamiento sostenido en el horror a la castración. Es decir, que
todo este mundo fantasmático cuyo punto umbilical es la mirada, punto
que adquiere la fijeza de un invariante, está al servicio del principio
del placer. Lo cual explica que esta tarea forzada a la que se somete,
produzca por un lado cierto alivio a sus malestares y, por otro, muestre
el sometimiento a un amo que ordena su mundo fantasmático.
Estas mejorías pasajeras son interrumpidas por diversos
acontecimientos que lo devuelven a la angustia. Un día, en el recorrido
de su casa a mi despacho, tropieza con unas zanjas realizadas en
distintas aceras por Gas Madrid. En una de ellas, ve unas raíces de un
árbol cercano y se le antoja que éste podría morir. Preso de una gran
excitación, comienza una febril actividad para salvar la vida del árbol.
Llamadas telefónicas a distintas dependencias de la Comunidad y el
Ayuntamiento, concluyen en la presentación de varias instancias en
distintos organismos burocráticos, pero sin obtener ninguna respuesta.
Esta crisis de agitación se disipa con lentitud, quedando como saldo la
imposibilidad real de enfrentarse a las zanjas. Desde ese momento y
hasta que las obras estén concluidas, cambiará de itinerario para no
encontrarse con las “zanjas que afean el barrio”. De esta manera, puede
verse un aspecto secundario, pero no menos importante: el de la estética
como barrera ante el horror.
Como contrapartida, es en lo real del cuerpo donde las marcas tomarán
consistencia. Una serie de pequeños -y no tan pequeños- accidentes
domésticos, escandirán un tiempo en el cual sorprende la absoluta falta
de subjetivización de los acontecimientos. Un profundo corte en un dedo,
que requiere una visita a urgencias y tres puntos de sutura; una raja en
el cuero cabelludo -que también requiere sutura- al golpearse con la
puerta de un armario; un fuerte golpe en el dedo de un pie, al tropezar
con el borde de la cama en una de sus andanzas nocturnas; un esguince de
tobillo, al resbalar en una escalera,... van mostrando un costado de
sacrificio al dios oscuro del goce. De esta manera, actualiza la frase
que aparece en el diario del análisis del hombre de las ratas: ¿qué
sacrificio estoy dispuesto a hacer para que...?, a lo que agregaría:
“para que no le pase nada a la niña de mis ojos”. Sólo que en este caso
los cortes, los golpes, son reales, no han pasado por el significante.
Y estos pequeños sacrificios que son el reverso en las entrevistas
del erotismo anal, que en su vertiente retentiva produce el olvido
constante del pago de las sesiones, y una queja que va creciendo sobre
el sacrificio que debe realizar para poder pagar las sesiones.
En definitiva, dice: “pago para nada, todo sigue igual, no obtengo
ningún beneficio, no es una buena inversión”. Este cálculo que fracasa,
no le impide reiterar su demanda una y otra vez, él quiere curarse,
dejar de padecer, pero en ese momento no hay Sujeto supuesto
Saber. Las preguntas que realiza del tipo: “¿qué debo hacer para que se
vaya la angustia?”, no son verdaderas preguntas, no son preguntas
dirigidas al saber, son preguntas que se cierran alrededor del “no
quiero saber”. Trabaja, sí, pero en falso.
Entrada en análisis.
Por esa época decido preguntar, de distintas maneras, ¿para qué
seguir en esas condiciones?; quiero decir que no es una pregunta que
formulo en una sola entrevista, sino que se reitera a lo largo de
varias. Lentamente, muy lentamente, da acuse de recibo y emerge lo que
para mí fue una respuesta inesperada: él seguía viniendo para hacerle
caso a su esposa, ya que tenía la impresión de que le hacia daño por su
situación, y que una forma de reparar era obedecerle ante el
requerimiento realizado por ella de analizarse. Este sometimiento a la
demanda del Otro, justificado en la reparación de un daño real, ya que
había establecido un pequeño infierno doméstico, colocaba a la
transferencia al servicio de la represión; es decir, al servicio de la
sutura significante, transformando la situación misma en imposible.
Pero es a partir de estas respuestas generadas por mi pregunta, y
siempre muy lentamente debido a su adhesión al goce que ejemplifica lo
que Freud llamó viscosidad de la libido, que comienzan a aparecer las
primeras asociaciones, el auténtico trabajo que es el trabajo sobre el
saber inconsciente.
De esta manera aparece un sueño, que es la reproducción mecánica del
episodio de la zanja y del árbol. Asocia su pánico a la muerte del
árbol, con la posibilidad de la muerte de su padre, quien ya anciano es
venerado por el paciente y al cual ha ocultado todos sus malestares.
Este temor a la muerte del padre queda ligado en el recuerdo a un
episodio, que para él tiene la característica de una fuerte carga de
angustia, y que se produce en el momento de la elección de carrera
universitaria. En ese momento decide elegir la paterna, pero al comienzo
del año escolar es invadido por una extraña parálisis. No puede estudiar
y, en vez de ir a la universidad, se sienta durante horas en un banco de
un parque de su ciudad donde se entrega a su actividad preferida: la
reconstrucción imaginaria del emperador de la China. Pero si bien es
cierto que esta situación de ensueño le trae tranquilidad, la vuelta a
su casa es un tormento; siempre teme al volver haber sido descubierto, y
que su padre haya muerto de un infarto al enterarse de la “catadura
moral” de su hijo. Esta situación dura un largo año, hasta que, como
suele suceder en estos casos, un amigo del padre descubre la situación,
y para su gran sorpresa el padre no sólo no muere, sino que lo trata con
cariño.
De esta manera, no de forma puntual, pero sí en el transcurso de
algunos meses, puedo entender que se producen algunos movimientos en la
transferencia. Por un lado, una modificación de la situación de
sometimiento a la demanda de su esposa, lo que abre la posibilidad de su
implicación en la demanda, que sostenida sobre el pedido de
apaciguamiento de sus malestares comienza a producir efectos de sujeto.
Por otro lado, el cuestionamiento del ideal paterno produce una
separación entre el Ideal del yo y el Otro, posibilitando así la
emergencia de un Sujeto supuesto Saber.
Todo lo anterior no sin problemas, ya que por momentos la pantomima
obsesiva retorna por sus fueros, en un esfuerzo doblemente sostenido,
para apoyar su potente no querer saber. Aconsejado por sus amigos,
decide emprender un viaje de descanso para aliviar las tensiones. Para
ahorrar el dinero del billete de avión decide viajar en tren, billete
que compra varios días antes. En las horas previas a la salida del tren,
la duda comienza su trabajo sumiéndolo en una parálisis que le impide
viajar; pierde el tren, pero va hasta la estación a recuperar un dinero
del cual sabe no habrá devolución. La duda sobre su viaje persiste,
decide viajar en avión y va hasta el aeropuerto, sabiendo de antemano la
imposibilidad de conseguir plaza. Vuelve a su casa, donde pasa sus días
de descanso cuidando a su hija. Todo un circuito al servicio del no
saber desde un extraño saber, que va desde el intento de no perder
dinero al perder, incluidas las entrevistas de las cuales se ausenta.
Idas y vueltas en la estrategia obsesiva sobre las que aparecen
brechas: no puede evitar relacionar el temor a la muerte del padre con
el temor a que le pase algo a su hija, lo que permite un comienzo de
subjetivización, una cierta implicación en sus malestares y,
correlativamente, una cierta disposición a perder goce más allá de la
demanda de curación. Entremezclado con lo anterior, persiste una
voluntad de no saber que hace de obstáculo a la cura y que marcará su
destino.
© ARTURO ROLDÁN
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