Portada de la Revista “Cuadernos de Psicoanálisis: Letra, Rasgo y Corte”, en la que se publicó este artículo en Septiembre de 1992.

"Cuadernos de Psicoanálisis: Letra, Rasgo y Corte". Ed. Eolia.

 

UN PADRE PREOCUPADO

Trabajo presentado en la Sección Clínica de Madrid del
Seminario del Campo Freudiano

Un hombre de 35 años llega a la primera consulta en un trance obsesivo. Relata padecer una gran angustia que localiza “como una sensación extraña en las tripas”, una enorme inquietud que incluso le dificulta la respiración y lo tiene continuamente agitado. Un insomnio que no cede ante los psicofármacos y que le ha llevado a cambiar de dormitorio alejándose del lecho conyugal, yendo a recalar a una habitación al lado del salón que presenta el inconveniente de llenarse de ruidos de la calle y de la algarabía de unos vecinos noctámbulos. Vive esta situación como algo que lo “desquicia”, ya que a veces cambia dos o tres veces de sitio durante la noche sin poder conciliar el sueño. Como consecuencia de esto, el rendimiento laboral ha disminuido considerablemente, y es común que falte a su trabajo, casi siempre con el pretexto de alguna enfermedad que luego teme padecer realmente. Explica su aspecto descuidado por la imposibilidad de ocuparse de los pequeños detalles, refiriendo cierta desgana en su aseo personal, lo que para él hace contraste con cierta meticulosidad anterior.

Puede precisar con exactitud el comienzo de sus malestares, que están determinados por el nacimiento de su hija; en el momento de las primeras consultas, la niña ronda los dos años. Fue deseada por él y ahora es “la niña de sus ojos”, expresión con la que pone de manifiesto su amor por ella. Amor que reconoce como atormentado, ya que está permanentemente pendiente de ella, exigiendo a su esposa cuidados extremos. Al punto, él lo reconoce, que termina enloqueciéndola. Desde una observación meticulosa de la temperatura del baño hasta una vigilancia extrema de la respiración nocturna de la niña, pasando por la imposibilidad de dejarla ir a jugar a la casa de los vecinos, ya que le asalta el temor de que le pueda pasar algo. Algunas veces, ya en marcha para su trabajo, vuelve a su casa para constatar que no ha pasado nada. Este tipo de situaciones se multiplican al infinito.

Reconoce lo absurdo de esta situación, pero al mismo tiempo insiste en la imposibilidad de evitarla; se trata de imposiciones desde un Otro que adquieren la característica de mandatos que van contorneando su mundo fantasmático en ese “puede pasar algo”, donde aparece una significación enigmática en una oscura referencia a una catástrofe, siempre posible y relacionada con la muerte. De esta manera, su angustia adquiere características pánicas cuando la hija lo saluda por el hueco de la escalera, por donde él se imagina una caída sin retorno.

Algo pasó en ese nacimiento, aunque no sabe precisarlo, pero rescata de su memoria un episodio que en su momento pasó desapercibido. De ideología “progre”, estaba dispuesto a compartir con su esposa los cuidados de la niña, pero una extraña sensación de repulsión le atacó la primera vez que le cambió los pañales, repulsión que él piensa que está en relación con la “caca del bebé”. Desde ese momento, evita todo lo posible el cambio de pañales y también evita mirar el cuerpo desnudo de la pequeña en sus baños.

De esta manera encontramos el detonante de su entrada en la neurosis; su hija, en tanto que producto de su goce, produce un encuentro con lo real que desestabiliza su equilibrio obsesivo. Es común encontrar este detonante de la entrada en neurosis en la obsesividad, y muchas veces esto es explicado con la siguiente hipótesis: la paternidad implicaría un aumento de la responsabilidad que sería causa de la neurosis. Otras veces, es explicado como un duelo a realizar sobre la condición de hijo para pasar a ocupar el lugar del padre. Estas explicaciones portan una verdad relativa, ya que el encuentro con un goce ignorado es lo que abre las puertas a la neurosis forzando una pregunta: ¿qué soy yo como padre?, y en este caso particular, la respuesta es impuesta desde su fantasma: soy un padre que cuida, un cuidador, un padre preocupado. Respuesta que evita la pregunta por su goce, evitación que no impide su insistencia.

Aproximadamente un año antes de la consulta, su hija hace un cuadro febril que termina, según el paciente, en un cuadro convulsivo, no quedando claro el diagnóstico pediátrico. Pero esto sirve para aumentar las medidas de vigilancia a su alrededor y, al mismo tiempo, comienza, más allá de la intensificación de la angustia, una serie de cavilaciones fantasmáticas que lo atormentan. Él se imagina a su hija muerta o gravemente herida en distintas circunstancias: si va caminando por la calle y ve un perro, se imagina a su hija destrozada por las mordeduras del animal; si ve un objeto cortante y afilado, se imagina a su hija lastimada por esos objetos con profusión de cortes; si hay un coche que pasa rápidamente, se imagina a su hija atropellada. El carácter impuesto de estas cavilaciones fantasmáticas es algo que resalta, imposiciones que trata de combatir con distintos rituales (cambiar de acera cuando ve un perro, etc.), que siempre fracasan.

La ubicación precisa de estos malestares, que son en definitiva los que producen la consulta, trae aparejado algunos problemas si tomamos el binario síntoma-fantasma, ya que por un lado es tributario de una formación del inconsciente y, por otro, adquiere la modalidad del fantasma. En este caso particular, y más allá de las significaciones, aparece un punto de mirada sobre una escena impuesta; si puedo decirlo así, es en la mirada un sujeto aterrado que condiciona un rechazo del sujeto del inconsciente y un intento forzado de anular el intervalo entre S1 y S2. Habitualmente el pensamiento obsesivo está determinado por la voz, en este caso la mirada presente muestra con mayor precisión el costado escénico de su malestar.

Al mismo tiempo, este modo compulsivo del fantasma, le impide a éste cumplir con su función de cobertura frente al deseo del Otro, y de esta manera aparece la angustia que señala lo real. Es decir, señala la verdad de un goce ignorado que el nacimiento de su hija ha puesto de manifiesto y del cual él nada quiere saber. Se le puede decir, como lo afirma Guy Clastres en “La entrada en análisis del Hombre de las ratas y la neurosis obsesiva”, publicado en “El Analiticón” nº 2: “El hecho de que pueda pensar algo tan horrible como que el suplicio pueda sucederle a las personas por las que siente un mayor afecto, es ahí exactamente donde se sitúa para él el registro de la angustia, en tanto que ésta hace signo del Otro. Se trata de algo que está más allá de todo saber, más allá del espejo del semejante, y que para él, es el eco de una verdad de la que él mismo es depositario”.

Entre la entrada en neurosis y la entrada en análisis: La demanda de curación.

Desde esta posición de “no querer saber nada”, es desde donde formula su pedido de ayuda y el ser recibido en entrevistas. Es decir, que la demanda es una demanda de curación y alivio para sus malestares, es una “demanda implícita”, como la llama Lacan en “La dirección de la cura”. Ante la falta de respuesta, un hermano médico le receta psicofármacos e hipnóticos que mejoran levemente su situación.

Pero es en el transcurso de las entrevistas y por un efecto de retorno hacia viejas obsesiones, donde conseguirá un alivio momentáneo para sus padecimientos. Retoma un hábito que le resultaba eficaz antes del nacimiento de su hija y que consistía en entretenerse, durante horas, en la construcción de lo que podría llamarse una arqueología de ficción. Ésta consistía en la reconstrucción arquitectónica y urbanística de Madrid en su devenir histórico. Estas ensoñaciones le producían un placer que mitigaba su estricta vigilancia alrededor de su hija y un cierto alivio de sus malestares. Sin embargo, esta situación también era fruto de nuevos sufrimientos, ya que esta actividad fantasmática requería dos condiciones: aislamiento y silencio. Se debatía entonces, principalmente los fines de semana, entre enviar a su hija y a su mujer a la casa de sus suegros, donde siempre existía la posibilidad de que no la cuidaran adecuadamente y de que le pasara algo, pero lo que le permitía a él tener las condiciones adecuadas para sus construcciones arqueológicas; o, por el contrario, abandonar este placer y quedarse a cuidar a su hija. Esta duda, a veces, le producía una fuerte tensión, maniobrando para que fuera su esposa quien tomara la decisión y, de esa manera, él aliviarse de esa responsabilidad.

Este bosque fantasmático en el cual él se movía, hunde sus raíces en una construcción similar, pero con otro tema, que comienza hacia los diez u once años. En esa época, y a partir de la lectura de un cómic, reconstruye el mundo histórico de un emperador chino. Estas reconstrucciones, estas largas cavilaciones obsesivas, le ocupan mucho tiempo, a punto tal que las detiene en un momento determinado para continuarlas cuando las condiciones le sean propicias. Obtiene de ellas un placer que le es negado en su vida cotidiana, ya que de natural tímido -así se define- vive aislado de los compañeros y compañeras de su edad. Estudiante mediocre y lector voraz de textos de historia, aleja de su mente cualquier idea sexual a través de una sólida creencia religiosa. Relata el periodo de su adolescencia como un tiempo oscuro, donde sólo vivía en sus fantasías sobre el emperador de China.

Que en la actualidad le hayan ofrecido publicar su arqueología ficción de la ciudad de Madrid, y que él haya rechazado ese ofrecimiento por una vergüenza que se le antoja tonta, muestra a las claras que es un desplazamiento sostenido en el horror a la castración. Es decir, que todo este mundo fantasmático cuyo punto umbilical es la mirada, punto que adquiere la fijeza de un invariante, está al servicio del principio del placer. Lo cual explica que esta tarea forzada a la que se somete, produzca por un lado cierto alivio a sus malestares y, por otro, muestre el sometimiento a un amo que ordena su mundo fantasmático.

Estas mejorías pasajeras son interrumpidas por diversos acontecimientos que lo devuelven a la angustia. Un día, en el recorrido de su casa a mi despacho, tropieza con unas zanjas realizadas en distintas aceras por Gas Madrid. En una de ellas, ve unas raíces de un árbol cercano y se le antoja que éste podría morir. Preso de una gran excitación, comienza una febril actividad para salvar la vida del árbol. Llamadas telefónicas a distintas dependencias de la Comunidad y el Ayuntamiento, concluyen en la presentación de varias instancias en distintos organismos burocráticos, pero sin obtener ninguna respuesta. Esta crisis de agitación se disipa con lentitud, quedando como saldo la imposibilidad real de enfrentarse a las zanjas. Desde ese momento y hasta que las obras estén concluidas, cambiará de itinerario para no encontrarse con las “zanjas que afean el barrio”. De esta manera, puede verse un aspecto secundario, pero no menos importante: el de la estética como barrera ante el horror.

Como contrapartida, es en lo real del cuerpo donde las marcas tomarán consistencia. Una serie de pequeños -y no tan pequeños- accidentes domésticos, escandirán un tiempo en el cual sorprende la absoluta falta de subjetivización de los acontecimientos. Un profundo corte en un dedo, que requiere una visita a urgencias y tres puntos de sutura; una raja en el cuero cabelludo -que también requiere sutura- al golpearse con la puerta de un armario; un fuerte golpe en el dedo de un pie, al tropezar con el borde de la cama en una de sus andanzas nocturnas; un esguince de tobillo, al resbalar en una escalera,... van mostrando un costado de sacrificio al dios oscuro del goce. De esta manera, actualiza la frase que aparece en el diario del análisis del hombre de las ratas: ¿qué sacrificio estoy dispuesto a hacer para que...?, a lo que agregaría: “para que no le pase nada a la niña de mis ojos”. Sólo que en este caso los cortes, los golpes, son reales, no han pasado por el significante.

Y estos pequeños sacrificios que son el reverso en las entrevistas del erotismo anal, que en su vertiente retentiva produce el olvido constante del pago de las sesiones, y una queja que va creciendo sobre el sacrificio que debe realizar para poder pagar las sesiones.

En definitiva, dice: “pago para nada, todo sigue igual, no obtengo ningún beneficio, no es una buena inversión”. Este cálculo que fracasa, no le impide reiterar su demanda una y otra vez, él quiere curarse, dejar de padecer, pero en ese momento no hay Sujeto supuesto Saber. Las preguntas que realiza del tipo: “¿qué debo hacer para que se vaya la angustia?”, no son verdaderas preguntas, no son preguntas dirigidas al saber, son preguntas que se cierran alrededor del “no quiero saber”. Trabaja, sí, pero en falso.

Entrada en análisis.

Por esa época decido preguntar, de distintas maneras, ¿para qué seguir en esas condiciones?; quiero decir que no es una pregunta que formulo en una sola entrevista, sino que se reitera a lo largo de varias. Lentamente, muy lentamente, da acuse de recibo y emerge lo que para mí fue una respuesta inesperada: él seguía viniendo para hacerle caso a su esposa, ya que tenía la impresión de que le hacia daño por su situación, y que una forma de reparar era obedecerle ante el requerimiento realizado por ella de analizarse. Este sometimiento a la demanda del Otro, justificado en la reparación de un daño real, ya que había establecido un pequeño infierno doméstico, colocaba a la transferencia al servicio de la represión; es decir, al servicio de la sutura significante, transformando la situación misma en imposible.

Pero es a partir de estas respuestas generadas por mi pregunta, y siempre muy lentamente debido a su adhesión al goce que ejemplifica lo que Freud llamó viscosidad de la libido, que comienzan a aparecer las primeras asociaciones, el auténtico trabajo que es el trabajo sobre el saber inconsciente.

De esta manera aparece un sueño, que es la reproducción mecánica del episodio de la zanja y del árbol. Asocia su pánico a la muerte del árbol, con la posibilidad de la muerte de su padre, quien ya anciano es venerado por el paciente y al cual ha ocultado todos sus malestares. Este temor a la muerte del padre queda ligado en el recuerdo a un episodio, que para él tiene la característica de una fuerte carga de angustia, y que se produce en el momento de la elección de carrera universitaria. En ese momento decide elegir la paterna, pero al comienzo del año escolar es invadido por una extraña parálisis. No puede estudiar y, en vez de ir a la universidad, se sienta durante horas en un banco de un parque de su ciudad donde se entrega a su actividad preferida: la reconstrucción imaginaria del emperador de la China. Pero si bien es cierto que esta situación de ensueño le trae tranquilidad, la vuelta a su casa es un tormento; siempre teme al volver haber sido descubierto, y que su padre haya muerto de un infarto al enterarse de la “catadura moral” de su hijo. Esta situación dura un largo año, hasta que, como suele suceder en estos casos, un amigo del padre descubre la situación, y para su gran sorpresa el padre no sólo no muere, sino que lo trata con cariño.

De esta manera, no de forma puntual, pero sí en el transcurso de algunos meses, puedo entender que se producen algunos movimientos en la transferencia. Por un lado, una modificación de la situación de sometimiento a la demanda de su esposa, lo que abre la posibilidad de su implicación en la demanda, que sostenida sobre el pedido de apaciguamiento de sus malestares comienza a producir efectos de sujeto. Por otro lado, el cuestionamiento del ideal paterno produce una separación entre el Ideal del yo y el Otro, posibilitando así la emergencia de un Sujeto supuesto Saber.

Todo lo anterior no sin problemas, ya que por momentos la pantomima obsesiva retorna por sus fueros, en un esfuerzo doblemente sostenido, para apoyar su potente no querer saber. Aconsejado por sus amigos, decide emprender un viaje de descanso para aliviar las tensiones. Para ahorrar el dinero del billete de avión decide viajar en tren, billete que compra varios días antes. En las horas previas a la salida del tren, la duda comienza su trabajo sumiéndolo en una parálisis que le impide viajar; pierde el tren, pero va hasta la estación a recuperar un dinero del cual sabe no habrá devolución. La duda sobre su viaje persiste, decide viajar en avión y va hasta el aeropuerto, sabiendo de antemano la imposibilidad de conseguir plaza. Vuelve a su casa, donde pasa sus días de descanso cuidando a su hija. Todo un circuito al servicio del no saber desde un extraño saber, que va desde el intento de no perder dinero al perder, incluidas las entrevistas de las cuales se ausenta.

Idas y vueltas en la estrategia obsesiva sobre las que aparecen brechas: no puede evitar relacionar el temor a la muerte del padre con el temor a que le pase algo a su hija, lo que permite un comienzo de subjetivización, una cierta implicación en sus malestares y, correlativamente, una cierta disposición a perder goce más allá de la demanda de curación. Entremezclado con lo anterior, persiste una voluntad de no saber que hace de obstáculo a la cura y que marcará su destino.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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