“La certeza, (...) que no está solamente en San Anselmo -porque la encontrarán también en Descartes-, aquélla que tiende a fundarse en la perfección objetiva de la idea para fundar en ella su existencia, (...) si se mantiene a pesar de toda la crítica, (...) es por no ser más que la sombra de otra cosa, (...) la certeza de la angustia.”
J. Lacan en la clase XVII del Seminario 10.

Descartes (1596-1650)

 

UN PROBLEMA DIAGNÓSTICO

Conferencia impartida en Enero de 2003 en el
Centro de Estudios sobre la Inmigración.

Introducción.

En el seminario de casos clínicos me vieron dar vueltas, ir y venir por los entresijos del caso, avanzar y retroceder, deslizarme por los meandros oscuros de la fenomenológica, intentar pensar el diagnóstico desde la creencia y la certeza, hasta meterme en un callejón sin salida que llevó a que quedaran demasiadas cosas pendientes que intentaré retomar. Pero como la única salida para un callejón sin salida es la entrada, hay que volver al principio para que en la articulación del caso pueda ser posible despejar las cuestiones pendientes.

Recordarán cómo comenzó la exposición: el portero del edificio vecino, un día me sorprende preguntándome por mis honorarios. Devuelta la pregunta, como es de rigor en este tipo de situaciones, me responde que está muy preocupado por un sobrino suyo, un joven de 19 años, inmigrante de origen peruano, quien desde que llegó a Madrid está muy agresivo con la madre. Le doy mi teléfono y al poco tiempo recibo una llamada de Irina, la madre del joven, que quiere tener una entrevista para hablar de su hijo.

Primera entrevista.

A la hora convenida llega Irina, una mujer de 41 años, que presenta claros rasgos de su origen peruano. Me advierte que viene a consultar por su hijo porque alguien conocido le dijo que sería bueno hablar con un “psicólogo”. Su hijo Sandro no quiere venir, y por eso es ella quien me consulta. Según Irina, su hijo desde que llegó a Madrid está muy agresivo con ella, la insulta y afirma que la odia, existiendo incluso agresiones físicas veladas que pasan como accidentes casuales. Un ejemplo que me pone es el de una escoba que se le cayó a Sandro, por un aparente descuido, y que la golpeó a ella. Este tipo de situaciones la tienen muy tensa y con mucho miedo de su hijo.

Un fenómeno que ha aparecido últimamente aumenta su preocupación: su hijo gasta todo su dinero en la compra de pequeños espejos que va acumulando con el pretexto de venderlos en Perú. La madre tiene que poner dinero para poder pagarlos.

De palabra y hechos, Sandro le ha confirmado lo que ella no quiere saber: que no deseaba venir a vivir a Madrid, que allí, en su pueblo de Jaén (Perú) tenía un grupo de amigos, y que aquí se siente solo, aislado, y no puede salir de su casa. Esta situación se ha agravado desde que dejó el trabajo que tenía, en la misma cafetería donde trabaja la madre, por una pelea con el encargado de personal.

Irina también tiene una hija, dos años menor que Sandro, que llegó a Madrid en la misma época que su hermano y que mantiene con éste relaciones tirantes, pero no le tiene miedo. Esta hija reconoce muchos de los comportamientos de Sandro, su tendencia agresiva, como algo habitual, ya que en Perú también los tenía.

En aquella primera entrevista quedan claras algunas cuestiones: Irina llega a Madrid hace cuatro años, no sabe dar razones concretas de su inmigración -en el sentido de razones particulares- y todas sus explicaciones están teñidas de los tópicos habituales, lo que no quiere decir que no sean verdaderos: quería mejorar su situación vital, quería darle un mejor porvenir a sus hijos, etc. Sin embargo, da la impresión de que el motivo central está relacionado con sus hermanos y hermanas, que viven en España. Fue un traslado realizado en forma abrupta. Sus dos hijos, Sandro y Susana, se quedaron viviendo con una prima de ella que, poco después de su partida, los abandonó. Desde ese momento vivieron solos con el dinero que la madre les enviaba.

El padre de sus hijos es una persona muy agresiva, motivo que la llevó a separarse. Su ex-esposo no estuvo de acuerdo con su viaje a Madrid, lo que hizo más difícil toda la situación. Este hombre es un militar peruano que participó en la primera línea de combate contra Sendero Luminoso y quedó marcado por la crueldad de tal lucha.

Irina le cogió mucho miedo porque, en el momento de la separación, tuvo actitudes agresivas que llegaron hasta la amenaza con la pistola reglamentaria, por lo cual ella le tuvo que denunciar en su mismo cuartel, tras lo que sucedió que sus compañeros militares no sólo no le hicieron caso, sino que incluso defendieron las conductas de aquél. Esta parte del relato no queda clara ya que no se sabe explicar cómo fueron esas agresiones. De hecho, a quien más teme es a su ex-suegra que, al parecer, duerme en la casa del ex-marido.

Logro entender, en medio de un lenguaje oscuro y enigmático, que su ex-suegra le ha echado un maleficio por medio del agua bendita de la iglesia de Jaén, el pueblo peruano donde vivía. Me da a conocer su opinión con relación a este tema: en Perú es muy común este tipo de prácticas que aquí, en Madrid, no se conciben, porque los españoles son muy fríos. Esto lo dedujo después de una visita a la parroquia donde vive, ya que el cura de ese lugar le afirmó que el agua bendita de Madrid no tenía propiedades para preparar hechizos. Irina tiene su opinión sobre estos temas, ella es creyente en la Virgen y también en el mal de ojos, la posesión diabólica, etc. Los españoles no creen en esas cosas y se dedican a explotar a los inmigrantes. Esto lo sufre en carne propia ya que trabaja en una cafetería de seis de la mañana hasta las dos de la tarde, momento de tregua tras el que ha de limpiar dos sucursales bancarias.

En una de esas sucursales bancarias trabaja junto a una amiga peruana con quien puede sincerarse y compartir todas estas vivencias desagradables, entre las cuales quiere destacar una semana de sufrimientos en los brazos, de pinchazos dolorosos, que remitieron cuando se lo contó a su amiga. Ésta hizo una consulta con un brujo que afirmó que Irina estaba poseída por un demonio que le había enviado la ex-suegra para martirizarla. Sus hijos también están poseídos, pero de distinta manera. Sandro es quien más sufre esta situación desde hace ya varios años. Comenzó con un estrechamiento de la camiseta, que lo asfixiaba, como si tuviera vida propia.

Me pregunta qué opino sobre estos temas, a lo que respondo que estoy ahí para escucharla. Mi respuesta no le satisface y, con un tono de cierta premura, demanda saber sobre mi posición con respecto a su creencia. Afirma que si yo fuera un psicólogo español la tomaría por loca, en cambio como soy un psicólogo sudamericano puedo entender a los inmigrantes. Éste es el significante de la transferencia que aparece en aquella primera entrevista, donde también entiende que la única forma de hacer algo por su hijo es venir ella a consulta, ya que Sandro no quiere venir.

Al finalizar surge el tema de los honorarios. Le propongo que me pague lo que le pagan a ella por hora y acepta. Mis honorarios se fijan en 5 euros la entrevista.

Queda claro: a) que su hijo es el síntoma que trae a la consulta; b) que todo lo relacionado con la brujería no es cuestionado por Irina; y c) queda una pregunta sobre su diagnóstico: ¿psicosis o neurosis?, ¿delirio paranoico o fantasma histérico?.

¿Diagnosticar?.

Sí, diagnosticar es importante por muchas razones, entre las cuales podemos destacar dos: 1) La posición del analista en la dirección de la cura, y 2) el psicofármaco preciso. Desde esta última perspectiva, no es lo mismo medicar a alguien que presenta síntomas histéricos que a quienes pueden necesitar neurolépticos.

Las modalidades diagnósticas como el DSM-IV, parten en sus algoritmos diagnósticos de la noción de personalidad, borrando las estructuras clínicas y marcando un continuo entre diversas patologías. De paso, olvidan el concepto de inconsciente y se refugian en un marco adaptativo que hace posible una medicación combinada. Nuestra modalidad diagnóstica, sin embargo, al priorizar la estructura marca las relaciones del síntoma con el inconsciente.

Las entrevistas siguientes.

Irina viene a mi consulta dos veces por semana desde hace cuatro meses y, en ese tiempo, se ha ido historizando su devenir vital que ordenaré cronológicamente para su mejor comprensión, pero en el bien entendido que esta temporalización es una construcción, es decir, que no aparece igual en el transcurrir de las entrevistas.

Irina nace en Jerez, un pueblo de la sierra peruana, transcurriendo su infancia en medio de la pobreza, la suciedad, y un grupo de hermanos que le cuesta situar. Realiza estudios primarios (sabe leer y escribir) en el colegio del pueblo. Apenas conoce a su padre, un hombre huraño y solitario que, siguiendo las costumbres locales, trabaja en el campo -donde vive alejado de la familia que tiene su casa en el pueblo- y sólo baja a verlos los fines de semana. Por lo tanto, es la madre la que cuida, si se puede emplear esa palabra, de los hijos, quienes más de una vez pasan hambre y cuyo refugio es la parroquia del pueblo.

Desde pequeña Irina se hace muy creyente y cumple todos los ritos católicos. En particular, cree en la Virgen María que, en el fondo, es una figura que encubre la adoración por la Pacha Mama, divinidad incaica que está en el trasfondo del cristianismo peruano. De esta manera se puede entender cómo los carnavales son para ella la “fiesta del diablo de los espejos”, cuya representación popular la constituyen hombres disfrazados con capas en donde están cocidos miles de pequeños espejos. Esta fiesta anual, donde se consume chicha de maíz, es uno de los momentos de encuentro entre los sexos, y es justamente en una de esas fiestas donde Irina conoce al que luego será su marido. La tradición conserva también otra fiesta en esos pueblos andinos: la adoración a la Pacha Mama (la madre tierra) a quien se le ofrendan “choclos”, es decir, mazorcas de maíz. En estas fiestas radican las creencias populares en “el mal de ojos” y “la maldición de la leche” -que consiste en pellizcar el seno de una embarazada a quien se odia para que se le “corte” la leche.

Todo lo anterior viene a cuento para entender las coordenadas simbólicas del mundo de Irina, donde las relaciones entre padres e hijos tienen otra dimensión. Así podemos entender que el dejarlos para venir a Madrid casi no produzca culpa y sea vivido como algo del destino, aunque los hijos tengan que arreglárselas solos con muy pocos años.

Se enamora en unos carnavales y se casa por capricho, contra la voluntad de su padre, ya que quien iba a ser su marido era de otro pueblo. Aquí también tenemos que resignarnos a que el relato quede en cierta ambigüedad, ya que el hablar de Irina se llena de sobrentendidos, de datos contradictorios, de imprecisiones, donde es difícil discriminar qué corresponde a su forma peruana de hablar el español, qué a evitar que se enteren los que hacen de ella una poseída, o qué puede tener que ver con neologismos.

Lo que sí es posible discernir con cierta seguridad son los dos vectores que ya están en la primera entrevista: El primero es todo lo referido a su hijo, lo que podemos llamar su síntoma, y el segundo vector está en relación con la brujería, la posesión, lo cual es vivido con mucho miedo pero, al no hallarse para Irina fuera del orden de lo normal, no es motivo de consulta. Estos dos vectores tienen un punto de cruce que será definitivo para que Irina obtenga un alivio en su malestar y deje de venir a mi consulta.

El hijo tiene problemas desde muy corta edad, es decir, desde bastante antes de que Irina viajara a Madrid. Lo primero que recuerda es que, siendo muy pequeño, afirmaba que la camiseta le apretaba el cuerpo, especialmente el cuello, lo que hacía imposible que se la quitara en mucho tiempo. Piensa que esto coincide con las primeras peleas con su esposo, por lo que ahora sospecha que tiene que ver con fenómenos producidos por el agua bendita y los manejos de su suegra. Pero esta significación es reciente.

Irina tiene dificultades para recordar los tiempos, las fechas, los años en que sucedieron los hechos, lo cual no parece deberse a trastornos de la memoria o a déficits simbólicos. Esta situación nos habla de una modalidad simbólica distinta, ni mejor ni peor que la nuestra, ni primitiva, ni pre-lógica, sino simplemente diferente, más ligada a los fenómenos del nacimiento y de la muerte. Por ejemplo, no puede recordar los años que tenía Sandro cuando el fenómeno de la camiseta, sólo sabe que era pequeño. Pero no tiene duda en afirmar que: “fue cuando nació mi segundo sobrino, el de mi tercer hermano”.

Esta disquisición viene a cuenta del diagnóstico, ya que basarse en la noción de “comprensión” es un error muy común. Hay que tener presente que el yo de cada cual tiende a escuchar lo que no comprende como una formación psicótica.

Lo que Irina sí puede afirmar es que desde que su hijo llegó a Madrid las cosas van de mal en peor. Cada vez más agresivo, con más odio, y ella cada vez con más miedo porque piensa que su hijo ha heredado el carácter de su padre. La agresividad de Sandro ha aumentado después de un episodio con el encargado de la cafetería donde trabajaba, pero este episodio también queda marcado con ese aire confuso con el que relata las cosas que le angustian: unas veces dice que es el encargado el que agredió a Sandro, otras que fue Sandro el provocador, y lo único que queda establecido con certeza es que este último dejó el trabajo y se agravó la situación.

Reiteradamente, al final de cada entrevista me pregunta qué tiene que hacer con su hijo.

La posesión.

Este síntoma, no reconocido como tal, comienza con las peleas con su ex-esposo. Al principio no quiere creerlo, pero lentamente, y por la influencia de una amiga, va tomando conciencia de que su ex-suegra está haciendo alguna brujería sobre ella y que es por eso que cada vez se siente peor. Lo que más le incomoda es sufrir de orgasmos que aparecen en los momentos más inesperados y, a veces, de forma repetida. Así, lo que antes fueron sensaciones placenteras, devienen ahora penosas por su carácter de algo impuesto.

Cuando se separan, su ex-esposo se va a vivir al piso de arriba desde donde la amenaza permanentemente. Su ex-suegra vive con él, y no queda claro qué quiere decir con “piso de arriba” y “duerme con su madre”. Pero es evidente para ella que algo le están haciendo, ya que su cuerpo realiza movimientos de torsión espontáneos e incontrolables. En otros momentos, una profunda tristeza con mucho llanto le invade el alma sin motivo alguno. Y aún hay algo más: le dirigen los sueños, es decir, hacen que sueñe cosas que no quiere soñar. Aunque no logro que explicite el contenido de estos sueños, algo tienen que ver con la Pacha Mama y con el Ekeko. Este último es un muñeco fumador y santero que tiene propiedades para traer la suerte. Guiada por su amiga, consulta con el sacerdote del pueblo quien -según la paciente - le confirma que hay un embrujo que le han realizado con agua bendita y que él, por una módica cantidad de dinero, la curará. Cuando relata este episodio, el primero de tres similares, me pregunta si puede o debe consultar con un brujo, a lo cual me niego.

Mencionaba tres episodios: El primero, éste del que dice que fue curada por el sacerdote. Del segundo, un episodio similar que incluyó alucinaciones visuales y perceptivas, ya que creyó ver a la Pacha Mama (que, por otro lado, en el culto popular no tiene forma ni imagen) y también sintió que distintos bichos le caminaban por la piel, cuenta que fue curada por un brujo. El tercero es el actual, que implica mucho más a su hijo.

Este último episodio está tejido sobre la nostalgia de su tierra natal, de dificultades en la vida cotidiana porque no termina de adaptarse a la vida de Madrid, ciudad en la cual se siente sola a pesar de estar en ella también sus hermanos, ya que con éstos mantiene una relación de lejanía.

Un final mágico.

Deja de venir y, a las dos semanas, me pide una nueva hora. En esa que será la última entrevista, me informa primero que ella está mucho mejor, que su hijo se ha curado totalmente, que está alegre, que sale de su casa, que tiene amigos. Estas novedades, que cuenta con satisfacción, según Irina son debidas a una consulta que realizó con un brujo africano que vive cerca de Madrid. Pagó 240 euros por esa consulta pero valió la pena. Hay que hacer constar que no está en el registro de la rivalidad imaginaria ni en el orden de la rebeldía, está contenta y, de una manera u otra, por la simpatía que me tiene piensa que me voy a alegrar. Nos despedimos con una sonrisa. No hay comentarios porque ante las preguntas que abre esta situación la única respuesta es lo real.

¿Qué diagnóstico?.

Recordemos lo que ya fue adelantado: lo importante en estos casos es diferenciar la neurosis de la psicosis, para lo cual debemos señalar los puntos diagnósticos que inclinan la balanza para uno u otro lado.

El primero es la presencia o no de trastornos del lenguaje. Pero, ¿cuáles son los fenómenos patognomónicos que mostrarían estos trastornos?. No es del orden de un lenguaje oscuro o incomprensible, no es del lado de un lenguaje bizarro, es fundamentalmente del orden del neologismo, definido este último como una significación que sólo remite a sí misma, que permanece irreductible (véase el Seminario 3). Palabras que pesan y que se salen o que son externas al código común. En este punto cabe señalar el discurso metonímico del esquizofrénico, o los trastornos sintácticos en el discurso paranoico. Todo lo cual nos va a llevar a entender estas alteraciones del lenguaje como fenómenos elementales.

A estas alteraciones del lenguaje pueden agregarse las frases interrumpidas, es decir, frases cortadas que dejan implícita la significación que falta.

En Irina no se aprecian este tipo de alteraciones, aunque a veces su lenguaje no sea del todo entendible por su modalidad peruana de hablar el castellano o por una ocultación hacia quienes le hacen los maleficios. En cualquier caso, su lenguaje incomprensible no es del orden neológico. Conviene recordar bien esto porque, en otras ocasiones, tales oscuridades llevan a errores diagnósticos.

Un segundo dato a tener en cuenta es la existencia de una neurosis infantil. De otra manera: si en la historia de un paciente aparecen datos claros de la existencia de una neurosis infantil, podemos inclinar la balanza diagnóstica para el lado de la neurosis. Este dato, que no es definitivo, es decisivo cuando aparece una psicosis infantil. No es el caso de Irina.

La alucinación no es patognomónica de la psicosis. De hecho, podemos ver alucinaciones en la histeria, como las vio Freud en sus primeros estudios. Sin embargo, si existen alucinaciones auditivas, si alguien escucha voces, nos hace pensar de inmediato en una psicosis. Mucho menos relevantes son las alucinaciones visuales o cenestésicas, que por sí solas no hablan de una psicosis. En Irina aparecen alucinaciones referidas al cuerpo, pero en ningún momento alucinaciones auditivas.

Sabemos que el síntoma neurótico es el retorno de lo reprimido y que su estructura es el retorno del significante, mientras que el síntoma psicótico es el retorno de lo real, por ello no corresponde hablar de “delirio histérico”. Podemos llamarlo “estados pasionales histéricos” que toman cierta modalidad de un delirio, pero lo que se evidencia es que estos estados histéricos se asemejan más al denominado “delirio onírico de la escuela psiquiátrica francesa”. Son al modo de una pesadilla, de un cuadro sonambúlico, de un desdoblamiento de la personalidad. Son efectos de la represión y no de la forclusión. Éste es el caso de Irina.

Tampoco constituyen un criterio definitivo las sensaciones persecutorias, a punto tal que la escuela kleiniana les ha dado el estatuto de normales al colocarlas bajo la descripción de “ansiedades paranoides”. Sin embargo, estas ansiedades paranoides pueden ser del orden de la certeza o del orden de la creencia.

La certeza, la creencia.

Aquí surgió el enredo en el Seminario Clínico, y esto no es casual ya que el traslado de la teoría a la clínica, a veces, presenta dificultades importantes porque estamos en presencia de instrumentos poco utilizados. De otra manera: ¿qué es la certeza?, ¿qué es la creencia?.

Para cercar esta pregunta se impone recordar que el psicoanálisis suele encontrar sus instrumentos en diversos discursos, pero cuando son incorporados a aquél, aparecen redefinidos. Es el caso que nos ocupa: la certeza o certidumbre es generalmente entendida, en su acepción habitual, como un estado subjetivo de profunda convicción, como efecto de una evidencia. Podríamos desarrollar este tema en forma más extensa pero no creo que éste sea el lugar, sólo agregar que conviene leer para ello a Descartes.

La certeza podemos afirmar que es un cortocircuito que se produce por una falla de lo simbólico, de modo que lo imaginario y lo real formulan una amalgama pegada por la certeza. Por el contrario, la creencia está sostenida en la separación de lo real y lo imaginario introducida por lo simbólico, para decirlo en términos del Seminario 3.

Citar el Seminario 3 de Jacques Lacan, donde trabaja el tema de las psicosis, es declarar que este utensilio clínico es introducido en el psicoanálisis por él, y, además, en referencia a la alucinación. En otras palabras, la certeza no toma en cuenta la realidad. El psicótico no tiene en cuenta la realidad de lo que le pasa. El psicótico puede incluso darse cuenta de que eso que ve, o percibe, o escucha no es del orden de la realidad, que no está en la realidad, pero de lo que no duda es de que eso le concierne. Éste es el principio de lo que Lacan llamó “fenómenos elementales”.

Un psicótico bien puede reconocer que las voces que escucha sólo son escuchadas por él, que no son reales, pero lo que inevitablemente sostiene es que esas voces inexistentes le conciernen, son “autorreferenciales”, como dice la psiquiatría. Son paradigmas, son axiomas desde los cuales se construirá su delirio. Esto no deja de tener su importancia en la melancolía que, a diferencia de las melancolizaciones en las distintas neurosis, presenta el paradigma de autoinculpación.

La creencia es de orden yoico, en el sentido imaginario del término. Se cree en Dios, por ejemplo, dentro de una constelación de creencias y, aunque se hable con él -eso es el rezo- no se cree que ese Dios tenga la exclusiva sobre el sujeto. Esto marca la diferencia entre el Dios de Schreber y el Dios del creyente. Se cree en la realidad de ese Dios.

En el caso de Irina, existen ciertas dificultades para situar el fenómeno pero todo lleva a pensar que sus creencias en las propiedades del “agua bendita” son eso, creencias. Para lo cual hay que tener en cuenta todos los fenómenos producidos por una cultura diferente, que en realidad remiten a la lengua.

Hay que agregar algo más. La alucinación, el fenómeno elemental, se basan en la certeza, pero esta certeza que podemos definir como radical, produce a su vez una nueva realidad. Dicho de otra manera: la certeza tiene la virtud de ser creadora, de crear otra realidad, la realidad del delirio que, no nos olvidemos, para Freud es un intento de curación, una manera de restaurar la pérdida estructural de la realidad. La certeza es creadora. En este sentido, está muy cerca del discurso de la ciencia, que también es creadora de nuevas realidades (las nuevas tecnologías, por ejemplo). Pero en Irina no hay creación, hay creencia en las propiedades mágicas de algunas substancias usadas por alguien a quien ella teme. Y este miedo, este temor, es transferencial, es el “Sujeto supuesto Saber... Dañar”.

Con todo, no hay que menospreciar el peso de la creencia, ya que en la creencia del Ideal se asienta el poder del sugestionador que incluso puede tener efectos “milagrosos”. Su uso social se ve todos los días en la televisión.

© ARTURO ROLDÁN
 

     
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