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YO
FUERTE, YO DÉBIL.
Trabajo leído el 29 de Noviembre de
1997 en las Jornadas sobre el narcisismo y su
patología, organizadas por el Centro de
Estudios y Aplicación del Psicoanálisis, en
Madrid.
El yo es una unidad imaginaria.
Los adjetivos “fuerte” y “débil” están al uso en psicoanálisis. Es
muy común escuchar hablar en los medios psicoanalíticos del yo débil de
tal paciente, lo que lleva a una indicación precisa: hay que fortalecer
el yo. En el maremagno de las significaciones, éstas son obvias: un yo
fuerte es un yo normal, bien adaptado, sin fisuras. En cambio, el yo
“débil” es un yo enfermo, desadaptado, inestable. De esta manera podemos
colocar al yo “fuerte” como sinónimo de buena salud mental, y al yo
“débil” como lo que habría que mejorar terapéuticamente para que la
gente viva más feliz.
Esta forma de entender al yo es tributaria de pensarlo como una
unidad sin fisuras, una unidad que estaría en la base de su
constitución, en los cimientos de su fortaleza. Sin embargo, no creo que
ésta sea la idea freudiana del yo. Basta con recordar las múltiples
funciones que tiene el yo en la obra de Freud, para que quede evidente
que el yo puede ser cualquier cosa menos una unidad personal que habla
de buena salud. Del yo a la defensiva de sus primeros trabajos,
situación que lo hace dividirse en la defensa misma, hasta el yo de “El
yo y el Ello” (donde cumple la función de un campo de batalla en el que
se libra el combate entre las fuerzas opuestas del Ello, del superyó y
del mundo exterior), hay tal diversidad en los trabajos de Freud sobre
el “yo”, que lo más normal sería no saber qué es el yo.
La casualidad hizo que cayera en mis manos un libro de Cioran, “Ese
maldito yo”. Para este autor, el yo es el yo de la tristeza, una
tristeza no patológica pero tristeza al fin. Este yo triste de Cioran,
es un yo del cual bien podría decirse que es un yo “débil”, incluso
podría agregarse que es un yo “síntoma”.
Sea como sea, ese yo triste de Cioran está más cerca del concepto
freudiano de yo, incluidas sus reconsideraciones lacanianas, debido a
que los dos postulan que el yo es débil estructuralmente, que es un yo
cuyo componente narcisista es tan potente que lo hace débil. Y esta
cualidad es la que determina que el yo débil sea el más adaptado al
cambiante mundo que lo rodea.
Poco antes de su muerte, Freud escribe un pequeño artículo: “Escisión
del yo en el proceso de defensa”. Esta “spaltung” freudiana le
sirve para mostrar la posición del yo frente al fetichismo, de lo cual
deduce que cierta desgarradura del yo, cierta escisión, anula
definitivamente la posibilidad de una síntesis del yo respecto a la
realidad. Dicho de otra manera, en este escrito la posición se invierte
y Freud muestra que la verdadera realidad es la realidad psíquica
generada por la castración.
Su conclusión nos lleva a pensar que quizás convendría cuestionar
algunos términos para poder seguir avanzando, y el primer término a
cuestionar es el de adaptación. Porque... ¿qué es la adaptación?. Se
supone que el yo se adapta a una realidad exterior de la cual obtiene
las mejores cualidades para sobrevivir. Pero esto, que parece tan obvio,
tropieza con la dificultad de no saber lo que es la realidad, ya que si
hablamos desde el más poderoso sentido común, la realidad es lo que se
ve, lo que se toca, lo que está ahí incluso independientemente de
nuestros sentidos,... lo cual ya es mucho decir, ya que la realidad
descrita no puede ser más que una realidad dada por la percepción. En
otras palabras, la realidad es precaria; y cualquier adaptación a la
realidad también lo ha de ser.
Pero entre las volutas de esa presunta realidad, siempre supuesta y
algunas veces percibida, está por un lado la afirmación freudiana, y por
otro la corroboración lacaniana, de que los psicoanalistas tienen un yo
más débil que el común de los mortales.
Para confirmar esta afirmación, basta recurrir a “Análisis terminable
e interminable”: “...el analista no alcanza generalmente en su propia
personalidad el grado de normalidad al que quisiera hacer llegar a sus
pacientes”. Mientras que Lacan, en “Variantes de la cura-tipo”, señala
que los psicoanalistas tienen un yo anormal, muy por debajo del
promedio, y que esto puede deberse a dos cosas: la primera, a que quien
elige ser analista lo puede hacer precisamente por esa debilidad yoica;
y, la segunda, al hecho de estar todo el tiempo recibiendo influencias
neuróticas de sus pacientes (es decir, como una especie de enfermedad
profesional).
El yo maldito de Cioran que -como dije- es el yo de la pura
melancolía, el yo anormal de Freud, o el yo por debajo de la media de
Lacan, pueden llevar a distintas conclusiones, pero una se impone por su
propio peso: el yo de los analistas es un yo enfermo, débil, que sería
la contrapartida de ese señor exitoso, con un yo fuerte, caracteropático
que diría Wilhelm Reich dentro de su locura. Aunque parezca mentira,
este esquema maniqueo ha infiltrado el cuerpo teórico del psicoanálisis
degradando su uso y abusando de él, sobre todo, en los análisis (si así
pueden llamarse) de los psicóticos. Al intentar fortalecer la integridad
imaginaria del yo, se olvidan de que esa supuesta integridad estaría
determinada por la palabra, y que es inútil recurrir a las duchas frías,
o a la colección interminable de psicofármacos, para intentar que la
separación entre lo imaginario y lo real conduzca al sujeto psicótico,
en el mejor de los casos, a una estabilidad siempre a punto de volver a
romperse.
El yo freudiano y sus cuatro vectores.
Cada cual puede tomar el atajo que más le convenga. Ni mejor ni peor,
el nuestro es haber elegido hablar de los cuatro vectores por los que
transita el yo freudiano.
El primer vector que aparece es el yo como sede de las defensas
frente a lo pulsional. Esta posición es temprana en la obra de Freud y
se inaugura con su artículo “Las neuropsicosis de defensa”. Vale la pena
recordar que cada neurosis tiene una defensa que le es propia y que da
lugar a una primera clínica psicoanalítica. Es así como se diferencian
histeria, obsesión y paranoia.
El segundo vector es el del yo unido al sistema
percepción-conciencia, invariante que se mantiene en toda la obra de
Freud debido a sus dificultades para establecer el estatuto de la
conciencia. Apunto que, en “Más allá del principio del placer”, deja a
las investigaciones por venir la solución del estatuto de la conciencia,
guante que es recogido por Lacan para resolverlo por medio de un
apólogo: la conciencia sería una filmadora automática que funciona por
sí, dejando imágenes de un lago solitario. Pero hay más, ya que lo que
está en cuestión también es el estatuto de la percepción. Podemos
comprender que Freud, que viene de la neurología, tenga una visión
biologicista de la percepción. Para decirlo de otra manera, las papilas
gustativas, las células de la retina, las terminaciones nerviosas del
oído interno, captarían directamente las señales que vienen del mundo
exterior. Sólo serían filtradas aquellas potencialmente peligrosas para
los órganos de los sentidos. Pero con todo el desarrollo del
psicoanálisis, podemos comenzar a cuestionar esta percepción adecuada
entre el “percipiens” y lo percibido. Hay, existe un filtro, y ese
filtro se llama inconsciente, siempre y cuando lo entendamos
estructurado como un lenguaje. Un ejemplo simple nos ayudará a sostener
esta posición: un músico escucha muchos más sonidos que un no músico, su
entrenamiento musical le lleva a tener una percepción distinta del resto
de los mortales. Y lo mismo pasa con el pintor, que puede distinguir una
serie de colores que pasarían desapercibidos por otra gente. Lo que
comúnmente se llama la deformación profesional, también tiene que ver
con esto, con una manera particular de percibir el mundo. Lo percibido
no es entonces un fenómeno exclusivamente neurológico, sino que tiene su
dimensión simbólica. Es más, esta dimensión simbólica es la principal
determinante de la percepción.
El tercer vector por donde transita el yo freudiano, está determinado
por las relaciones de éste con la realidad. En este vector hay que tener
claro que Freud no define la realidad “exterior”, ni habla de que exista
una armonía preestablecida entre el yo y la realidad. Para Freud, y esto
es lo que marca su diferencia con otras formas de conceptuar este tema,
el yo está en relación con la pérdida de la realidad. Realidad perdida
que es diferente en la neurosis y en la psicosis.
Podríamos tensar las cosas para conseguir un cuarto vector sobre el
yo en la obra freudiana, y este último vector tiene que ver con el
cuerpo y su narcisismo, con lo que del eje a-a' del Esquema L queda
resaltado con su dimensión opaca.
La sumatoria de estos cuatro vectores nos lleva a constatar, una vez
más, que el yo tal cual lo concibe Freud no es el lugar de ninguna
síntesis psíquica, ni una unidad de la persona, ni del sí mismo. Todos
estos intentos de teorizar al yo como una unidad sin fracturas, o que se
fractura en determinadas patologías, son intentos desesperados de
algunos autores para conservar la yocracia, la autonomía de un yo que,
en definitiva, se demuestra como la sede del desconocimiento. El
descentramiento del yo propuesto por Freud no es del agrado de la
civilización de nuestros días, que tiene en diversas tesis psicológicas
su principal punto de apoyo.
Este desconocimiento perpetúa la cura, cuando es del orden de la
neurosis, en un proceso de obsesivización; pero de forma más grave aún
perturba la dirección de la cura en la psicosis, cuando se apuesta por
fortalecer la supuesta debilidad yoica intentando promover una
adaptación a la realidad siempre peligrosa.
Cuando se trata de la psicosis, dos lecturas son posibles: o se
entiende la psicosis como una patología del yo, es decir, una
desadaptación de éste a una realidad siempre problemática, o se lee la
psicosis desde una alteración del registro simbólico, lo que ofrece una
perspectiva en la cura totalmente distinta.
La psicología del yo y el problema de la
adaptación.
Los que han llevado al límite la primera lectura son los
psicoanalistas americanos, comenzando por Hartmann, quien en su libro
“La psicología del yo y el problema de la adaptación” hace de esta tesis
el centro del psicoanálisis, con lo cual, en el centro del centro, sitúa
al yo. Esta forma casi religiosa de entender el yo, consagrándolo en los
altares de la idolatría, fue presentada por primera vez en 1937 en la
Sociedad Psicoanalítica de Viena. Llama la atención que, precisamente
ese mismo año, Freud está escribiendo “Análisis terminable e
interminable” y, si se realiza una lectura conjunta, vemos con claridad
la diferencia abismal que separa ambas concepciones.
En la lectura de Hartmann, éste psicologiza al yo. En “Análisis
terminable e interminable”, Freud rompe la tradición psicológica del yo
con una pregunta vigorosa: “¿No proclama precisamente nuestra teoría la
instauración de un estado que nunca tiene lugar en el yo
espontáneamente, y cuya creación original constituye la diferencia
esencial entre el hombre analizado y el que no lo está?”. Este yo, que
es una “creación original” en el análisis, está creado por la
modificación mediante el análisis del “primitivo proceso de represión”.
Conviene subrayar con todas las letras que este primitivo proceso de
represión pone fin al predominio del factor cualitativo. En otras
palabras, la represión no es ya un mecanismo de defensa entre otros,
puesto que para Freud, en estos últimos años de su vida, la represión
pasa a ser la omisión de un texto fundamental que provoca una
ramificación de falsificaciones que alteran al yo.
Siguiendo este razonamiento, el yo se constituye como un vacío
fundamental, como una omisión de un texto fundamental: es el yo débil
llevado hasta sus últimas consecuencias; es, simplemente, un conjunto
vacío, por lo menos al final del análisis.
Vale la pena agregar que para Freud la omisión de un texto es, desde
“La interpretación de los sueños”, un texto censurado; es el trabajo de
la censura que tiene como motor el principio de placer. Es decir, que la
censura se produce para evitar contenidos penosos, para evitar el
displacer. Un paso más y este displacer está determinado por la
percepción de la realidad, percepción de la realidad que lleva consigo
una verdad. Pero, al realizar este paso, al hacer sinónimos percepción
de la realidad y verdad, coloca al yo del lado del engaño, de quien
falsea la percepción para evitar el displacer, de donde se puede deducir
que mientras más fuerte es el yo, más engaños lleva en su seno.
Hartmann.
Volvamos a 1937 y revisemos nuevamente el libro de Hartmann. El
primer capítulo lleva por título “La esfera libre de conflictos del yo”,
y allí nos informa que su interés por el yo viene de su estudio sobre
“la personalidad total”. En el mundo de la psicología, la noción de
personalidad tiene significados muy diversos, pero todos tienen como
común denominador la idea de una “unidad coherente”. Lacan, en
Baltimore, dice: “La idea de una unidad unificadora de la condición
humana, la idea de una personalidad total, me ha producido el efecto de
una mentira escandalosa”.
Esta “mentira escandalosa” es el punto de partida de Hartmann. Es una
esfera, curiosa metáfora, en la cual el yo bien adaptado estaría libre
de conflictos con la realidad. El problema que tiene esta línea de
pensamiento es que toma la realidad como algo en lo cual la humanidad
entera, vía la sensopercepción, sabría exactamente lo que es. Sería un
dato indiscutible. Contra esta forma de entender la realidad, tomó
partido Freud al considerar que la verdadera realidad está perdida para
siempre, y que lo importante es lo que viene a reemplazar a esa realidad
perdida; para decirlo en forma contundente: el fantasma en la neurosis,
el delirio en la psicosis. Todo lo cual implica pensar la percepción no
desde la biología, sino como determinada por lo simbólico.
Hartmann afirma: “En términos generales, consideramos bien adaptado a
un hombre si su productividad, su capacidad para disfrutar de la vida y
su equilibrio mental no están perturbados”. Los ideales americanos
resuenan de mala manera: la productividad, lo que genera beneficios
económicos, lo que hace que alguien sea un triunfador, es la definición
misma del yo sano, del yo fuerte. Alguien que no tenga conflictos con la
comunidad, que esté bien adaptado, que sea un buen vecino, mejor padre y
buen esposo. Este ideal determina toda la cura proponiendo un modelo
identificatorio, al uso americano, que es básicamente antifreudiano; y
este punto ideal, este significante ideal, es el que arroja al analista
a buscar la “síntesis yoica” como medio para fortalecer la esfera libre
de conflictos.
Dos ejemplos nos sirven para dejar esta posición clara. El primero es
la importancia concedida a la religión, que Hartmann define como la
síntesis para enfrentarse con la desadaptación por medio de la formación
de diversas comunidades. En este ejemplo se ve con nitidez el modo de
vida americano y sus instituciones religiosas. Pero... recordemos que la
posición freudiana es considerar la religión como una neurosis obsesiva
universal.
El segundo ejemplo es el “amarás a tu prójimo como a ti mismo”,
mandamiento que Hartmann instituye en uno de los pilares sociales sobre
los cuales se construye la comunidad humana gracias a lo que supone la
función sintetizadora del yo, a su función adaptativa. Sin embargo, ante
este mismo mandamiento Freud retrocedió horrorizado en “El malestar en
la cultura”, y el pensamiento al respecto de Lacan lo podemos leer en su
Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”.
En resumen, los psicoanalistas americanos intentan que, a pesar de
toda la subversión introducida por Freud en el sistema yoico, éste quede
reducido a una mera función psicológica.
© ARTURO ROLDÁN
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